Sin el pasado el presente no es un pasaje para el futuro porque ignora su porvenir, en la medida en que desconoce su origen. En los años fundacionales de las instituciones culturales el apoyo que recibían los conjuntos de música danza y teatro se limitaba a los salones de ensayo del Palacio de Bellas Artes. Figuras del tamaño de Waldeen y Seki Sano formaron ahí a los primeros bailarines actrices y actores de la vanguardia artística del siglo XX mexicano.
La Orquesta Sinfónica Nacional fue la primera agrupación musical cobijada por el presupuesto gubernamental porque sus antecedentes vienen del siglo XIX, y en virtud de que en 1928 Carlos Chávez había sido su conductor, de manera que cuando fue nombrado en 1946 el primer funcionario del Instituto Nacional de Bellas Artes y Letras, lo primero que hizo fue sacarle al presidente Miguel Alemán el decreto de su institucionalización en 1949. Guillermina Bravo ya había conformado en 1948 el Ballet Nacional de México, a partir de la Academia de la Danza que ella dirigió para el INBAL, pero el Ballet no estuvo en la nomenclatura del instituto hasta muchos años después.
Como el teatro era cosa de cómicos y bataclanas para la sociedad imperante, la Compañía Nacional de Teatro alcanzó la bendición institucional hasta el 20 de julio de 1977 por iniciativa de Héctor Azar y José Solé, ambos admiradores incondicionales de La Comédie-Francaise, fundada por el rey Luis XIV en 1680. La distancia temporal de ambas iniciativas marca también la distancia en todo lo demás, comenzando por el presupuesto de una y otra.
Con todo, fue la primera vez en México que un grupo de actores tuvo cobijo oficial para hacer teatro, y lo hicieron bajo la influencia de la tradición española con escapadas al teatro en lengua inglesa, gracias a los autores y directores que formaron su repertorio, donde no faltó un Ionesco y alguna otra extravagancia europea. En ese contexto, la primera CNT cumplió con la misión de darle a la alta y pequeña burguesía de la ciudad de México la sensación de ser espectadores del “gran teatro del mundo”.
En el 2008 llegó a dirigir la CNT el inefable Luis de Tavira quien estuvo ahí hasta el 2016 cuando las protestas por su nepotismo y cacicazgo le cedieron el lugar a Enrique Singer, quien comenzó una restructuración que dejó en el puesto a la primera mujer en los casi 50 años de su existencia: Aurora Cano. En una reciente entrevista con Juan Carlos Talavera y como preludio por los 48 años que cumplirá la CNT en julio próximo, su directora detalló que ese cuerpo artístico está conformado por 57 miembros entre quienes destacan 12 actores de número o vitalicios porque estarán ahí hasta su fallecimiento.
En la categoría A sólo puede haber comediantes con 30 años de trayectoria y 40 mil pesos mensuales de salario. En el inciso B están las actrices y actores con 20 años de experiencia y 35 mil pesos por mes. En el cajón C histriones con 10 años de tablas y 30 mil pesos de sueldo, y en el D los jóvenes que están sobresaliendo en su oficio con 25 mil pesos de nómina. También hay tres músicos con el mismo salario.
Cada dos años hay concurso para renovar el elenco y cuenta la Cano que el año pasado se recibieron 500 solicitudes y fueron seleccionados solo 12 ejecutantes, intérpretes, o creadores de personaje; cómicos pues, pero de lujo porque viven de su trabajo.
En Francia rara vez se discute la pertinencia de la Comedia Francesa porque ya es un patrimonio cultural de esa nación y en razón de que hay muchas compañías subvencionadas por las finanzas públicas y privadas. Por el contrario, en México han tenido una vida muy corta los intentos de formar compañías estatales y municipales porque aquí se hacen las cosas por sexenios y sólo en el papel existe una política cultural que nunca pasa en limpio a la realidad. En esas condiciones resulta un privilegio tener un sueldo seguro para hacer teatro, aunque esa prerrogativa merezca el escrutinio público precisamente por ser la excepción de la regla de un país en el que un elevado numero de comediantes viven de todo, menos del teatro. Hay que tomarlo en cuenta, digo yo.











