El tiempo pasa y los hombres nos volvemos polvo: Armando Partida, Roberto Servín, Francisco Beverido, tres destacadas personalidades del teatro que ya hicieron mutis de una vida que abarca más de la mitad del siglo XX hasta nuestros días porque Partida nació en 1937, Servín en 1941 y Beverido en 1949.
Coincidencia o destino, los tres hicieron sus carreras a la vera de las universidades de México, Querétaro y Veracruz, respectivamente.
Cuando la crítica de teatro estaba más cerca de la farándula que de la academia, Armando Partida llegó de la Unión Soviética con el rigor necesario para convertir el análisis del texto y la puesta en escena en una tarea del conocimiento, aunque como dijo Braulio Peralta, uno de sus alumnos en la UNAM, sus clases eran tediosas. No tenía el don de la retórica, pero si el rigor del estudio y la serenidad de un maestro zen.
Compartí butaca muchos años con él en la ciudad de México y las Muestras Nacionales de Teatro, así que fui testigo de cómo la sordera lo fue tirando hacia el silencio interno porque se negaba a usar aparato auditivo por coqueto, decía su gran amigo Enrique Mijares. Sin gozar realmente de su amistad porque de algún modo yo era su antípoda como persona y como crítico, abrevé en su saber sobre el teatro y la cultura rusa en general. Recuerdo una cena en San Luis Potosí en donde le pregunté qué era leer Crimen y Castigo de Dostoievski en su idioma original. Se quedó absorto, dejó los cubiertos en la mesa, trató de decir algo, no pudo y tuvo que secar la humedad de sus ojos con la servilleta.
Roberto Servín fue una referencia para mí desde los años 70 en que comencé a frecuentar la ciudad de Querétaro como reportero de cultura. Como uno de los fundadores del histórico colectivo Cómicos de la legua en 1959, pensé que era una fuente directa del episodio en el que “el jefe Diego” (Fernández de Ceballos), azotó con un fuete al poeta y rector de la UAQ, Hugo Gutierrez Vega, así que en la primera ocasión que tuve le pregunté cómo fue la agresión, pero sólo respondió que fue una discusión muy acalorada y se salió del tema. Por algo era un destacado abogado de aquella sociedad que aún tenía retratos de Maximiliano en la sala.
Los cómicos de la legua fue la simiente de la visión liberal, más tolerante y jocosa que hizo del teatro universitario en centro de reunión de los conspiradores del porvenir en el sentido de que el pensamiento progresista se dejaba ver en su repertorio. Servín fue maestro de varias generaciones de cómicos y su paso por el teatro y la vida dejó una huella que se refleja en las sentidas condolencias que provocó su muerte.
Conocí a Francisco Beverido en Xalapa como el joven apuesto, brillante y apasionado del teatro en los años 80. Lo primero que me llamó la atención fue su biblioteca en la que había ensayos, historia, literatura y teatro, porque la ciencia le llegó directamente de su padre, el arqueólogo Francisco Beverido Pereau, reconocido por la elite cultural que vivía en la coda de aquella Atenas cultural de los años 50. La familia Beverido Duhalt que yo conocí era hermosa de aspecto, inteligente en la plática, generosa en la mesa y tenía sentido del humor.
Cordobés de nacimiento, Paco montó su primera obra (el Periquillo Sarniento) a los 14 años y desde ahí no soltó el teatro en el que fue autor, actor, director, docente, investigador y documentalista, actividad que guarda su propia memoria en el centro de documentación Candileja, que abrió en Xalapa en 1995 con el actor Jorge Castillo y el fotógrafo Luis Marín. Por varios años aquel espacio sumido en el Callejón del Diamante fue el centro de la tertulia teatral de la capital veracruzana. Pero como a las palabras se las lleva el viento desde 1979 Beverido había rescatado una bodega en descuido de la Universidad Veracruzana para montar La Caja, espacio teatral que fue un desahogo para la generación de su fundador, que ahí pudo experimentar la sensación del espacio y el tiempo de la creación. Por cierto, 46 años después de su inauguración La Caja es un referente del teatro veracruzano.
No tengo claro a qué edad aquel joven tan atractivo por su físico, su intelecto y su creatividad comenzó su lucha con el ángel de una manera tan solitaria e introvertida que lo fue consumiendo por dentro lenta pero inexorablemente. Cuando lo volví a ver ya era un señor tocado por el dolor físico de una pierna que lo obligaba al bastón que sería de ahí en adelante su santo y su seña. Cojeando fue a recoger los reconocimientos que sus paisanos le brindaron por una vida dedicada al teatro y a la formación de la gente de teatro. Cojeando por fin se puso las camisas floridas que había guardado en el closet (él, que se vistió de negro por años), lo que me hizo pensar que finalmente se había reconciliado consigo mismo.
Sin duda es gracias a gente de teatro como Partida, Servín y Paco Beverido que pese a todos los obstáculos el teatro en México no deja de sorprendernos, de deslumbrarnos, de permitir que la lucha con el ángel no sea una batalla en solitario, como la de Paco.







