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El háktór, el agere, el que hace la acción, el que hace el teatro. El actor contemporáneo es un engendro de la historia en el sentido original y derivativo de la palabra. Engendro porque fue engendrado por los ritos dionisiacos de la antigua Grecia y ocho siglos más tarde es el engendro, el monstruo de las mil caras, las mil vidas, las mil maneras de ser otro siendo el mismo.

En el caprichoso calendario onomástico del capitalismo occidental hace dos lunas fue el día del actor, sustantivo que en la gramática castellana incluye a las mujeres que se dedican a la actuación, discriminación lingüística justificada por la historia del teatro puesto que fue hasta el siglo XVII que se permitió la presencia de las damas en el escenario. De Esquilo a Shakespeare los hombres hicieron los personajes femeninos y la razón es la misma: el patriarcado.

En la Grecia del siglo VI las mujeres no podían participar en política ni asistir a las asambleas ni participar en los actos cívicos y religiosos. En la Inglaterra del siglo XVI, gobernada por una mujer, actuar sería una deshonra para ellas. Los griegos usaban máscaras para interpretar los roles femeninos, los ingleses utilizaban muchachos de voz aguda para hacer de Julieta o lady Macbeth. El machismo histórico se mordía la cola travistiendo a los varones en hembras.

Ahora que sabemos que hay una memoria cognitiva y una memoria del cuerpo resulta que el actor lo supo sin saberlo antes que los neurólogos y los psicólogos. La Comedia dell’arte que se popularizó en la Italia del siglo XVI fue el primer teatro físico en el que participaban mujeres y en el que la repetición de los movimientos formó al personaje. Tenemos al Teatro de Arte de Moscú de 1898 como el inicio del famoso método de actuación de Stanislavsky, pero ya en 1672 el pastor luterano Johann Gottfried tenía la Academia de Arte Dramático de Moscú para instruir a los jóvenes en el dominio del lenguaje escénico, aunque desde el renacimiento la verdadera escuela de los actores fue la práctica, la imitación de la expresión humana.

Fue hasta finales del siglo XIX con la aparición de autores como Ibsen y Chéjov que los actores tuvieron que modificar su forma de exponer las emociones y la ideología de sus personajes con una estética realista, objetiva y fiel. A partir de ahí la actuación se fue convirtiendo en una indagación sobre las costumbres sociales de cada época, y en los mejores casos en una indagación sobre la condición humana, comenzando por la del propio actor.

Fue emocionante escuchar a las diversas generaciones de actrices y actores de la Compañía Nacional de Teatro festejar el día del actor con una reflexión sobre su oficio, porque en los más jóvenes destacó su compromiso con el teatro y el aliento que le da a su vida profesional tener los medios para hacer teatro. Los comediantes de la generación intermedia aprecian la oportunidad de estar en un elenco estable, pero saben que el camino es arduo y nada es para siempre, así que están contentos por ser cómicos y trágicos, pero están alertas.

Fueron los viejos quienes llegaron al fondo del asunto. Ellas y ellos dijeron con sus propias palabras que el teatro es una forma en que la vida te permite conocerte a fondo y descubrir así a los otros en ti mismo. Actuar es un don divino a la manera de Spinoza; un don de la naturaleza humana. Actuar es una forma de autoconocimiento y de observación social. Sin el entorno no hay nada para el teatro. El teatro sólo puede ser con los otros y para ellos, aunque esa emoción, esa corriente vital pasa por la mente y el cuerpo del actuante, del simulador en la doctrina de Juan José Gurrola que halló en la simulación la clave para ser verídico.

“Amo actuar, es mucho más real que la vida”, dijo Arturo Beristain citando a Oscar Wilde. Sin duda. Sin amor no hay teatro. Del actor santo de Grotowski a las estrellas de Hollywood hay un pantano que nadie cruza sin mancharse, pero en el teatro aún se guarda una forma personal de ser yo, pero desprendido de mí. Nunca disfrazado, habitado más bien por la historia que estoy viviendo. Dentro y fuera de la ficción. Dentro y fuera de la realidad. Dentro y fuera del misterio revelado que es el teatro, esa ficción de la mente y el cuerpo que nos permite cruzar al otro lado del espejo de cuerpo entero.

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