Hora que se está relanzando la obra de Carlos Castaneda destacando la singularidad de su enseñanza, tiene sentido publicar este capítulo sobre el tema que forma parte de un libro sobre el pensamiento mágico que sólo ha circulado en formato digital.
Una de las vertientes más poderosa de la poesía de todos los lugares y todos los tiempos es el canto que provoca la finitud inevitable de la vida. Por ello, la criatura humana es el ser más sufriente del Universo. Nadie más sobre la tierra tiene tan clara conciencia de su destino biológico, y aun así a todos se nos escapa la experiencia de morir, porque incluso aquellos que tienen una muerte clínica, por el simple hecho de volver a la vida, no la cumplen.

Naturalmente ese misterio irresoluble ha inflamado la imaginación de los mortales que han fraguado todo tipo de salidas para ese callejón sin puerta. En el año axial de 1968 se publicó en Estados Unidos, Las enseñanzas de Don Juan, del antropólogo Carlos Castaneda_ traducidas ejemplarmente por Juan Tovar para la edición en español de 1974, con un prólogo de Octavio Paz, quien celebraba que el científico social que documentó sus andanzas de cinco años con el brujo mexicano Juan Matus, haya sido conquistado por su objeto de estudio-. Lo que fue en sus inicios una tesis de maestría para la Universidad de California se convirtió en los 70 en un Best Seller más global que el ocultismo propagado por el escritor inglés, Cyril Henry Hoskin, bajo el seudónimo de, Lampson Rampa, en los años 50.
El fabulador británico, quien jamás puso un pie en el Tíbet, aprovechó el desconocimiento que se tenía en occidente de la cultura tibetana, para darle a su fantasía la valides de una práctica esotérica para la reencarnación. Castaneda presentó con su nombre un trabajo de campo en el que se trasluce la conmoción de un académico occidental que descubre una forma de conocimiento que ha pervivido por siglos en las montañas de México. El acierto de Castaneda fue escribir con maestría sus encuentros con el brujo mexicano, porque logró en su compendio antropológico lo que Juan Rulfo en la novela: crear un mundo irreal dentro de la realidad, a partir del lenguaje.
Pero fue tan resonante el éxito de esas conversaciones que el antropólogo peruano terminó, como el escritor inglés, poseído por su invención. Ya por su cuenta, el antropólogo abandonó el trabajo académico para adentrarse en la ficción realista, aquella que utiliza datos verídicos para inventar situaciones inverosímiles, que, por lo mismo, son viaductos para el escapismo. Cuando te preguntas; ¿quién soy, ¿qué hago aquí, ¿cuál es mi propósito? y nada ni nadie te responde, el Pensamiento Mágico es la respuesta. Aunque el camino de la magia pasa por el sacrificio. Resulta que para lograr el vuelo del Águila hay que ser un Guerrero, y un luchador esotérico no se forja en el gimnasio sino en Alta Montaña, apartado de la civilización, luchando a cada segundo contra su importancia personal; enfrentándose a pruebas terribles para ser capaz de tirarse física, literalmente, de un portentoso acantilado, para morir en el intento o salvarse de la muerte.
Yo entendí a tiempo que lo valioso en Castaneda era su literatura porque su fantasía se había convertido en una invención insostenible. Corrijo; sólo posible para quienes creyeron que lo que decía, era cierto. Eso pasa con la fe. Creo en el milagro porque ya ha sucedido. Y cómo no pongo en duda que sucedió, sólo puede ser cierto. Con este mecanismo, incluso hoy, que ya se ha probado documentalmente que Castaneda mintió en todo en cuanto a sí mismo y su esotérica, y que no hizo el vuelo del Águila para evitar la muerte, sino que murió de cáncer; a pesar de la evidencia, gente que ya no tiene la Edad de Acuario, pero sí un alto coeficiente intelectual, sigue predicando su enseñanza.
El pensamiento mágico nace en la confrontación del ser racional con lo desconocido. Para los primeros testigos del prodigio de la vida todo sucedía por primera vez. Ver nacer un volcán o presenciar una tormenta eléctrica tuvo que ser aterrador. Ahora sabemos que la Naturaleza se tomó un millón de años para afinar el cerebro de la criatura andante. Cuando lo logró, el ser pensante se aferró a dos hermenéuticas del vitalismo existencial: la poesía y la magia. Supongo que nadie duda que la poesía es la magia de las palabras y la magia la poesía de lo imaginario. La poesía trasforma el mundo verbalmente cuando lo nombra, sobre todo la poesía capaz de crear imágenes inéditas de la finitud de la vida. Como todo tiene fecha de muerte, el fulgor del instante poético es un destello de inmortalidad. Es tan hondo su esplendor que te sobrevive.
La magia original, tan portentosa como los tiempos telúricos de los que tomó su ejemplo, pasó del Mito a la Leyenda de la leyenda a la novela y de la novela al cine. El pensamiento mágico, por el contrario, se filtró por diversos medios a la clase media ilustrada del siglo XX, sobre todo con esos individuos de las Capitales del Mundo que se dieron a la tarea de expandir la conciencia por medio del ácido lisérgico, la mota, el peyote y los hongos mágicos. A estas alturas no está claro si fue la droga la que provocó la Era de Acuario, o el reventón sicodélico el que lanzó a las montañas de México a un puñado de gringos y europeos en busca de su Juan Matus, el brujo, chaman, Nahual y guía del brujito Castaneda.
En teoría, si el aspirante a brujo cumplía con cambiar su estructura mental, limpiando con espátula la mierda que nos siembra y cultiva en el cerebro la cultura dominante, para dominarnos; si logramos esa limpia con legía de nuestro egoísmo, accedemos a la posibilidad de los brujos: Evitar la Muerte, o si se prefiere, pasar a los mundos paralelos que la magia ha frecuentado por tanto tiempo. La escena en la que los colegas de Castaneda se dirigen al borde más alto de una montaña inmensa de la Sierra Madre Occidental, y las últimas palabras del hombre que está dispuesto a perder la vida para salvarla, es un momento poético formidable. Su calidad descriptiva nos permite estar parados al borde del abismo, con la noche inmensa como testigo del intento de un ser mortal por perder la forma humana pero no la vida, la chispa del ser eterno.
Pero una cosa es alcanzar la cumbre de las palabras para desbarrancarte desde esa cima del artificio literario a lo desconocido, y una muy otra confundir la revelación poética con la realidad: “…Nuestras vidas son los ríos/que va a dar a la mar,/que es el morir;/allí van los señoríos/derechos a se acabar/y consumir;/allí los ríos caudales,/allí los otros medianos/y más chicos,/y llegados, son iguales/los que viven por sus manos/y los ricos…”(*) Solo en la emoción poética nos es dado resumir en una copla la meditación de toda una vida. Por supuesto que el lector de Las enseñanzas de don Juan cumple la última lección de su Maestro lanzándose al precipicio. Yo estuve toda una temporada, anonadado por aquel salto que me abrió la necesidad de subir a la Sierra Mazateca en busca de María Sabina, la sacerdotisa del hongo mágico. Pero lo que hallé en Huautla de Jiménez fue la depravación de la miseria, la enfermedad, el alcoholismo, la violencia y el abuso de los hombres sobre las mujeres y las niñas. El canto de la Sabina me llevó a otro estado de conciencia y en la cumbre de la sierra toqué con la punta de los dedos alguna estrella. Más al día siguiente la indigencia de los mazatecos seguía ahí, pegada a su cuerpo.


