Skip to main content

Elena Delfina Garro Navarro nació el 11 de diciembre de 1916 en la ciudad de Puebla de donde salió a temprana edad para vivir en Iguala, municipio ubicado en el estado de Guerrero de muy alta temperatura ambiental política y social, donde la futura escritora tuvo una Nana que le abrió ojos y oídos a la percepción del mundo indígena y le dio a su vocabulario el poder de convertir a una mujer en piedra, piedra parlante porque Isabel, uno de los personajes centrales de Los recuerdos del porvenir, es quien narra la trágica historia de Julia Andrade y de la familia Moncada, en manos del general Francisco Rosas, un sátrapa de los años 20, cuando la guerra cristera adornó los caminos del Bajío con los muertos colgantes que tanto impresionaron a Juan Rulfo.

Aunque el crítico mayor del medio siglo mexicano, Emanuel Carballo, dijo que la obra de la Garro era de “un realismo que anula el tiempo y el espacio, que salta de la lógica al absurdo, de la vigilia a la ensoñación y el sueño”, Los recueros del porvenir -escrita en 1953 y publicada hasta 1963- no tuvo la valoración que merecía. Acaso porque ya comenzaba el boom de los machos latinoamericanos y por definición la novela de una mujer debía estar al final de la línea, o los tiempos no estaban para esa insólita indagación literaria del tiempo y la memoria, escrita con una prosa luminosa y precisa, dos atributos estilísticos que le dan a la fantasía la calidad de lo posible. Que una mujer se convierta, por tanto dolor. en algo que detiene el tiempo, como es la piedra, no es un acto de magia, es oponerse al olvido con la esencia de tu ser que no es sólo el cuerpo ni el alma sino la voluntad que emana de ambas entidades pero que se condensa en ti, en lo que tú eres solo para ti, así que tu deseo es tan formidable que lo logras: Isabel es una piedra con memoria, y el tiempo se va a tardar su tiempo en horadarla.

Una disculpa, me puse lírico cuando mi intención era reconocer que la Garro no tuvo el reconocimiento que merecía su obra dramática y literaria ni de sus pares, ni de la crítica, ni del público, pero con ella no se puede separar la vida de la obra porque fue esposa del poeta más laureado de entre siglos en México. Lo digo así porque esa condición de subordinación jerárquica enardece a la crítica femenina y feminista al grado de culpar a Octavio Paz de opacar, ningunear, boicotear y dejar de morir de hambre a Elena Garro y a su hija Helena Paz, cuando hay varios testimonios de lo contrario, que dibujan más bien la buena y terrible relación que lleva uno con el ser amado cuando ya es parte de la familia, Pero de ambos lados. Porque también hay hartos testimonios de cómo se las gastaban las Elenas para desquiciar al prójimo.

Ya he narrado en otros espacios que con la complicidad de José María Fernández Unsaín, entonces presidente de la SOGEM, le propuse en 1992 a Víctor Flores Olea, el primer presidente del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, la posibilidad de invitar a Elena Garro a inaugurar la Muestra Nacional de Teatro de Aguascalientes, a sabiendas que don Víctor fue uno de los denunciados por la Garro entre los conspiradores contra el régimen de Díaz Ordaz.

Fui testigo de la erudición y de don de palabra de don Víctor en una conferencia sobre cultura mexicana que dio en la Casa de México en París en los años 80. Gracias a la reseña que hice de su charla en el unomásuno me era posible pedir una audiencia privada. Cuando le dije lo de la Garro se quedó en suspenso un momento. Puedo verlo. Quiso decir algo, no lo dijo. Diría que se quedó estupefacto, pero el desenlace de su perplejidad fue magnífico.

– Sólo te pido una cosa, dijo. Que Octavio Paz esté de acuerdo.

Y lo estuvo, para ser breve, aunque aún tengo en la memoria la cara de arrepentimiento que acompañaron su palabras.

-Sólo espero, balbució con ese sonsonete tan paciano, que no hable de mí la señora. Lo dijo con la seguridad de quien está pidiendo algo imposible.

Elena Garro volvió a México luego de 30 años y murió en Cuernavaca en 1998 y su lapida pudo decir: Genio y figura hasta la sepultura. Ella es la gran autora dramática mexicana de entre siglos porque soñó despierta en los escenarios de los años 50, con la sencillez -que no la simpleza-, del mundo que le mostró su Nana con sus historias, con su habla, con su presencia. Por eso Un hogar sólido – acaso su obra emblemática-, es un encuentro con y entre los muertos, porque en el imaginario ancestral de la raza esa conversación es obligatoria. Cierto que la Garro la convierte casi en un cotilleo familiar, muy irreverente para la época, pero al ver que la obra se publicó en 1957 y Pedro Páramo en 1955, le preguntó a esa piedra con memoria que es su obra: Quién fue la influencia: ¿Tu Nana o Rulfo?

Acerca del autor

Leave a Reply