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Solíamos decir que el mes de enero era una cuesta que comenzaba al final de la autopista Guadalupe-Reyes, pero este año el apuro para llegar al fin de mes no afecta ni a la Coordinación de teatro del INBAL ni a la Dirección de teatro de la UNAM que usualmente abrían telón en abril o mayo y ahora comenzaron ya sus temporadas de manera masiva, diría yo, porque desde ayer la Coordinación incluye el encuentro anual de los Amantes del Teatro que presentaran 35 montajes entre el 8 y el 26 de enero; la Temporada Académica de la Escuela Nacional de Teatro (ENAT) con cho montajes del 7 de enero al primero de febrero; Escenarios IMSS-Cultura que ofrecerá siete obras del 4 al 24 del mes que corre: 50 producciones en los teatros oficiales de la ciudad de México que en cualquier parte del mundo llamaría al asombro.

Por su parte la UNAM dará funciones de cinco puestas en escena en los teatros del antiguo CULTISUR del ocho al veinticuatro de enero; y el Ciclo de Obras Ganadoras del Festival Internacional de Teatro Universitario (FITU), a partir del 16 del presente mes, con el plus de que este ciclo es de entrada libre. La numeraria de ambas instituciones es alentadora y engañosa a la vez porque todas son producciones del año pasado, pero aun así es alentador que no estén los teatros cerrados esperando el presupuesto del 2026 como era la costumbre.

No hay una estadística confiable de cuantos mexicanos van al teatro anualmente, aunque el INEGI documentó en el 2024 que el 53. 1 de la población adulta asistió por lo menos a un evento cultural, aunque no necesariamente al teatro. Pero sabemos que el año pasado la UNAM dio 664 funciones de danza y teatro que fueron vistas por casi 90 mil espectadores. El INBAL por su arte reportó que 137 mil personas asistieron a sus espectáculos. No brincamos de alegría por el dato considerando que Shakira supera la suma de ambas instituciones en una sola temporada. Sin tener el número preciso de butacas que tienen los teatros oficiales y académicos, ese número de espectadores nos permite imaginar esos foros ocupados en un 60 por ciento al año. Nada mal para una maquinaria tan arruinada por el tiempo y los hombres -por llamarle así al corporativismo de la clase trabajadora a favor del PRI y otros males que no es el caso repetir-. Lo real es que con la maquinaria averiada Luis Mario Moncada y Juan Melia nos hacen creer que el teatro está en su apogeo. Y lo está en su pequeño reino, aunque fuera del castillo la realidad es otra.

Me dice Mario Ficachi que en tierra virgen para la cultura oficial hay grupos y asociaciones de teatro que hacen encuentros y festivales por abajo del agua, por así decirlo. Yuna actividad febril de egresados de las múltiples escuelas de teatro que viven en el autoempleo, por todo el país, tomando cursos para actuar en Netflix, pero como ya hay cola para eso montando una obra con otros autoempleados. Esa red no de islas flotantes -como querría Eugenio Barba- sino de gente que requiere vivir de su trabajo sin darse el lujo de ensayar una obra por 12 meses, tiene el dilema del arrojo metafísico para decirle al mundo que es una mierda, con el inconveniente de que, aunque hay muchísima gente que piensa lo mismo, no paga boleto para verlo. Para mi es un misterio que haya tanta gente haciendo teatro cuando hacerlo es una hazaña.

–Me grita desde el infierno Sergio Magaña: ¡Así fue siempre, pendejo!

En otro ámbito y aun con espíritu navideño me alegra que el grupo La Espiral que fundó hace 20 años Michel Guerra en Tijuana vaya ahora a Argentina y la India con una obra suya para la primera infancia, tema del que ha sido una de las pioneras en México, tan eficaz que es una figura importante en el comité internacional de Teatro para Infantes. Contento porque aquella jovencita que estudiaba para maestra normalista y cuidaba a mi coyotito en una casa tráiler de Ensenada -propiedad de la Pita Domínguez-, es ahora una autoridad en el cuidado emocional de los peques y en despertar su amor por la belleza, para resumir el propósito de todo teatro. Sea cual sea la edad de los espectadores.

Termino con una nota regia: celebro de calendario fotográfico 2026 de Enrique Gorostieta, ya no solo un constante fotógrafo del teatro de Monterrey y del que ha visitado la capital de Nuevo León, sino de un documentalista que cada año nos comparte ahora sí que su visión de la producción escénica de su lugar y de su tiempo. El arte de lo efímero encuentra en la fotografía, mas que en el video o la película, el esplendor del instante, esa fracción del tiempo que Borges aseguraba era la única forma de eternidad permitida a los seres mortales. Citando a los griegos, claro está.

Así las cosas -figura de lenguaje para no decir que no tiene uno la menor idea de cómo están-, desear el bien no está mal. Como cada día el celular nos lava el cerebro mostrándonos en HD cómo funciona ese laberinto, esa telaraña que maneja el control mental sensitivo y emocional, cada día creemos más en que la buena vibra ya no es una invención de los hippis de los 70 sino en una onda magnética reconocida por la ciencia. En ese arrullo del porvenir, sólo tengamos el coraje de decir no a la certeza. Nada está escrito como afirma la biblia. Sólo está escrito lo que escribimos en la propia conciencia (Lawrence de Arabia, la película).

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