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La escena se repite una y otra vez en las pantallas de cine: el condenado marcha cabizbajo, murmurando una oración personal pues en lo alto del cadalso lo espera el verdugo con el hacha en ristre. Le tapan el rostro con una capucha y, al gesto afirmativo del fiscal, se completa la ejecución acompañado por el grito de la multitud, “¡ahhhh!”, cuando la cabeza del decapitado rueda por el patíbulo. Ya no la cabeza del rey Luis XVI, sino que el decapitado es un maldito inefable que habitaba, un día sí y otro también, la primera plana de los periódicos.
         Primero fue Nicolás Maduro, después Nemesio Oceguera, hoy se trata del Ayatola Khamenei. En los tres “operativos” efectuados en sus baluartes, vigiló desde lo alto el ojo impacable del águila calva. La CIA, el Pentágono, la DEA. A los tres caudillos se les enviaron mensajes disuasivos, pero no los quisieron interpretar. “Iremos por ti, por las malas o por las peores”, y así ocurrió.
         Decapitar al maligno, ni más ni menos, es la estrategia de hoy. Ya no las invasiones de antes, los desembarcos, las columnas acorazadas avanzando palmo a palmo por el territorio enemigo. Ahora con veinte helicópteros, una compañía conjuntada de la Guardia Nacional y el ejército, una andanada de proyectiles teledirigidos… son suficientes para abatir al jerarca del mal.
         Cuando los electores norteamericanos optaron por el candidato que prometía el eslogan de MAGA, no imaginaron que esa consigna de ser “grandes otra vez” implicaría retornar al intervencionismo que floreció en el siglo XX, cuando el ejército de EU se jactaba de invadir territorios para enderezar gobiernos hostiles y execrables. Nicaragua, Corea, Vietnam, Grenada, Panamá… por no recordar la intervención yanqui en aquel Veracruz de 1914, convulsionado por una y otra asonada.
         La estrategia es la misma; lo que ha variado son las tácticas. Ya no se requiere del traslado masivo de infantes y cañones; la última campaña de ese tipo fue en Irak, en 2003, con resultados ambivalentes. La deposición del autócrata Saddam Hussein, ejecutado en 2006, requirió de la movilización de más de un millón de efectivos norteamericanos hasta el año 2011, en que se dio por terminada la ocupación.
         Con el Ayatola actual, sucesor del temible Ruhollah Jomeini (cabeza de la Revolución Islámica de 1979), se ha requerido de una actuación distinta. Coordinadas las fuerzas aéreas de Israel y EU, acometieron un bombardeo quirúrgico contra los centros de mando y los palacios donde se encontraban Khamenei, lo mismo que sus ministros de Guerra, Guardia Revolucionaria y Consejo de Defensa, de modo que en una hora los cuatro dirigentes quedaron eliminados.
         El caso de Nicolás Maduro, la noche del 2 de enero pasado, no fue muy distinta. Como se ha sabido, un comando especializado se encargó de “extraerlo” de su residencia, sin que se haya registrado una sola baja del equipo de operaciones especiales (SEALS) que intervino en su residencia de Fuerte Tiuna. Lo que sí, 32 guardaespaldas cubanos que se encargaban de su protección, quedaron eliminados.
         “Duro y a la cabeza”, decíamos en las riñas preparatorianas. La operación del pasado 22 de febrero, en el conjunto residencial de Tapalpa, Jalisco, intentó igualmente ser “quirúrgico”. El operativo conjunto del Ejército y los miembros de élite de la Guardia Nacional, que habrían intervenido en su captura, lo hicieron con información proporcionada por la CIA y el Departamento de Estado de los EU. Informantes locales, espionaje telefónico, supervisión satelital permanente (hay que ver la serie Fauda, en Netflix), facilitaron el asalto a la “cabaña de descanso” del temible capo, con las consecuencias por todos conocidas.
         Ya no el hacha del verdugo. Para decapitar al déspota, a partrir de hoy, ya no se requerirán las acciones bélicas de antaño, que requerían de la movilización de miles y decenas de miles de soldados. La tecnología actual ahorrará mucho dinero a los gobiernos que han resuelto ese tipo de operaciones. Se calcula que la intevención militar de EU en Irak, para deponer al gobierno de Hussein, habría costado 800,000 millones de dólares. En cambio una bomba Sentinel (sustituto de los misiles teledirigidos Minuteman) cuesta 160 millones de dólares. Con diez de esos cohetes se puede eliminar a cualquier narco-terrorista, dictador, o autócrata escondido en el más profundo de los refugios.
         Seguramente que algo ocurrió en la mente del candidato Donald Trump el 13 de julio de 2024, cuando la bala disparada por Thomas Matthew le hirió la oreja derecha. Al sobrevivir al atentado, seguramente pensó que fue por algo. Una misión redentora. Lo de estos días son las consecuencias.

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