Paseando por la ribera del Támesis presenciamos un episodio de desmesura. Un podiosero, sentado en su tresillo de aluminio, pide limosnas con su celular montado sobre un modesto atril. “Credit Card, please. 1 or 2 pounds; thank you», reza el letrerito. O sea, limosnero y con pago electrónico, pues.
Barítonos y sopranos, todos en el salón de clases nos esmerábamos por ser el que mejor entonara las estrofas apuntadas en el pizarrón. La leyenda decía que el poeta había sido encerrado por su novia, hasta que no completara los versos que compondrían esa propuesta de “himno nacional” en el concurso de 1854 convocado para el caso.
Y en esas estábamos hasta que un compañero, el rebelde del grupo, alzó la mano preguntando:
–Maestra, ¿por qué la palabra “guerra” se repite siete veces en el Himno?
La respuesta (que no la hubo) reside en que el ambiente nacional de entonces, después de la guerra con los Estados Unidos que perdimos (y que nos costó la cesión de los territorios del norte, de California a Tejas), era del todo vindicativo. Sí, que nadie osase plantar el pie extranjero en la Patria dolida, porque se le irían encima bridones y rugidos de cañones.
El teórico militar Carl von Clausewitz lo explicó en las páginas de su famoso tratado: la guerra “no es más que la continuación de la política por otros medios” …más explícitos que la discusión parlamentaria.
De los “alegres años veintes” del siglo pasado, a los de este XXI, el panorama se ha trastornado. Los países que hoy están en guerra suman una decena (Ukrania, Rusia, Pakistán, Afganistán, Estados Unidos, Israel, Irán, Kuwait, Irak, Palestina) por lo menos, sin contar los conflictos e intervenciones militares localizadas, como ha ocurrido en Caracas y en Tatalpa, Jalisco.
Todo lo cual lleva a concluir que la visión idealista de un mundo en permanente paz, es por demás ilusa. El espíritu guerrero habita desde siempre en nuestras arterias, y no ha habido lapso de la historia sin uno o dos conflictos de ese tipo. Desde los murales de Cacaxtla hasta las pinturas de Eugene Delacroix, son exaltadas las batallas donde el vencedor impone la propia causa. El siglo pasado fue un hervidero de guerras, algunas internas referidas como “revoluciones”, que abarcó a los cinco continentes. Así que ahora no nos debemos llamar a escándalo.
El presidente Donald Trump así lo ha entendido, y asumiéndose como heredero intervencionista de las dos guerras mundiales, la de Corea, la de Vietnam, la de Irak, hoy ha decidido abrir un nuevo frente en la antigua Persia, estrangulada por el régimen de los Ayatolas. La única diferencia es que anteriormente se requería del desplazamiento de batallones y artillería por miles, cuando que hoy la guerra se está decidiendo con el disparo de cohetes teledirigidos y drones.
El gran temor es que alguno de los contendientes resuelva defenderse con armas de orden atómico, lo que dislocaría por completo el acuerdo tácito que se mantiene, otorgando a las grandes potencias sus parcelas de influencia. Estados Unidos, Rusia y China, en primer orden, y detrás Francia, Reino Unido, Corea del Norte, Israel, India y al parecer ya no Irán.
Es algo de lo que ya no se habla con la efusividad de los años 60, cuando la “crisis de los misiles” mantuvo al planeta suspendido de un hilo, con los teléfonos calientes de Nikita Kruschev y John F. Kennedy.
Ahora las imágenes de Gaza arrasada, luego de la declaración implícita de guerra del 7 de octubre de 2023, cuando tropas de Hamas atacaron territorio de Israel, se han vuelto la estampa que suple a las fotografías de Vietnam o las de la “la madre de todas las batallas” en Irak.
El talante belicoso de míster Trump no es muy distinto al del presidente Richard Nixon en 1970. El enemigo de entonces era el avance del comunismo, el de ahora es el del empoderamiento islámico, y de refilón la guerra contra el terrorismo de los cárteles, que se habrían apoderado de cierto país que no lo reconoce.
La continuación de la política por otros medios, bien lo decía Von Clausewitz, de modo que malamente nos estamos acostumbrando a las imágenes de la guerra, como si fuesen un capítulo más de la entrega de los Óscares.
En todo caso nos queda el Himno para liberarnos de cualquier afrenta, y los patrios pendones, ¡guerra, guerra!, en las olas de sangre empapar.
La idea fue de Jaime Torres Bodet, luego de conversar con el candidato electo, Adolfo López Mateos. Hacer libros para todos los niños de México, atractivos, gratuitos, instructivos. Así en 1959, luego de creada la Comisión Nacional del Libro de Texto Gratuito, fue publicado el inaugural de ellos: “Mi libro de Primer Año”.
La leyenda cuenta que don Adolfo, cuando niño, no tenía libro escolar y era la burla (como siempre) de sus compañeritos del salón de clases. Después de su aciaga participación como orador en la campaña presidencial de José Vasconcelos, después de su trashumante peregrinaje hasta la hacienda en Chiapas donde vivía su verdadero padre –don Gonzalo de Murga–, después de sobresalir como senador y como ministro de Trabajo, López Mateos fue electo presidente de la República. Cuentan que se emocionó hasta la lágrimas al tener en las manos aquel primer ejemplar, en cuya portada lucía el retrato de La Patria, óleo de Jorge González Camarena.
Hace días el retrato de Carlos Marx lucía en el escritorio de su homónimo, Marx Arriaga, director de Producción Editorial en la SEP. Es cosa de revisar las fotografías de prensa. De ese modo, el capitán de los libros gratuitos que reciben los niños en México, se precia de ser coautor de la Nueva Escuela Mexicana, que se ha impuesto desde diciembre de 2018.
Quien revise los libros de texto hoy vigentes, comparados con los editados en décadas anteriores, se podría ir de espaldas. El ánimo por la formación y el aprendizaje (científico) se ha puesto de lado en beneficio de la instrumentación ideológica. En el libro de Cuarto Año, por ejemplo, asoma el dibujo de un caballero elegante, trajeado, sobre el cual hay una voluta de rayones, eliminándolo, sobre una leyenda que dice: “Las personas que llevan corbata son desconfiables”. Así nomás.
Ahora que don Marx Arriaga fue despedido de su puesto, sin embargo, se aseguró que no habrá cambios en el contenido de los libros producidos por la Conaliteg, si acaso serán incorporados temas de las mujeres y las comunidades indígenas del país. Y como don Marx Arriaga no se quería ir de su trinchera… perdón, de su oficina, emprendió una campaña para salvar el puesto, aduciendo que las fuerzas neoliberales, en connivencia con el titular de la SEP, Mario Delgado, están confabuladas contra él y la “revolución educativa” que encabezaba.
Para quienes hayan leído el Manifiesto Comunista, recordarán que tesis fundamental del volumen es aquella donde se afirma que “La historia del mundo es la historia de la lucha de clases”. En ese volumen, escrito emparejadamente por Federico Engels y Carlos Marx (el verdadero), asoma la primera frase de terror cívico: “Un fantasma recorre Europa, es el fantasma del comunismo”.
Así ahora, en la crónica que podría escribirse desde el sexto piso de la SEP, asomaría la sentencia: “Un fantasma recorre la SEP, es el mismo que vaga por Palacio Nacional”. Cosa de esperar cómo se desenvuelve el desaguisado.
Los precedentes políticos que confluyeron en la integración del PRD –luego Morena–, fueron partidos de apellido histórico: Popular Socialista, Socialista Unificado (antes PCM), Mexicano de los Trabajadores, “Tendencia democrática” del PRI. Todos tildados de izquierda, asumiendo el marxismo como principio motor de su lucha, que era (y es) la de los desheredados del mundo. Recuérdense las pueriles pancartas asomando en las dos campañas electorales de Cuauhtémoc Cárdenas… Carlos Marx, Federico Engels, Joseph Stalin, junto a las imágenes de la Virgen de Guadalupe. O sea, el que se daba en llamar “marxismo guadalupano”, del que hoy disfrutamos sus consecuencias.
La revolución proletaria requiere de conciencia, militancia, adoctrinamiento. Así fue en la Rusia zarista de 1917, así fue en Cuba después del 16 de abril de 1961, cuando la Declaración de La Habana. No es ningún secreto, en esa visión del mundo lo primordial es azuzar la “lucha de clases”… esclavos vs. patricios, siervos vs. hacendados, proletarios vs. capitalistas, y ahora “el pueblo bueno” vs. neoliberales. En ese sentido es como deben ser entendidos los nuevos libros de texto, bendecidos por don Marx Arriaga, para concientizar a las masas. Al fin que los encorbatados –del Banco de México y del Grupo Monterrey– son del todo desconfiables, y merecen ser tachonados a golpes de crayón.
Cada quien se llama como quiere (o como puede). Las Guadalupes son adeptas a la Virgen que apareció en el Tepeyac, los Benitos son discípulos del Benemérito, los Brandon del mundo son prosélitos del tosco Marlon de las películas. Así nuestro (Carlos) Marx defendiendo la barricada del sexto piso… ¿por qué ese nombre tan histórico? ¿De qué se hablaba en la sobremesa familiar? ¿De princesas y castillos, del canto de Filippa Giordano? Me parece que no mucho, aunque sí de incendiar corbatas, tan incómodas por cierto.