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El aula escolar esconde muchas trampas. Ahí se dan todo tipo de complicidades, argucias y ultrajes que los mentores ni en cuenta. A la edad de las hormonas, la cosa sube de temperatura y los muchachos (y las muchachas) salen de control. Lo importante es pasar de año, sí, pero fundamentalmente sobrevivir ante el acoso y la competencia de los compañeros, que por lo general traen las mañas de casa. Así se ha presentado esta semana la crisis de la educación media en el país.
       Por una parte hubo un examen de admisión en la UNAM –de modo distante–, que dio por resultado una maraña escandalosa e indefendible, por decir lo menos. Al mismo tiempo estalló en los medios que la muerte incidental de la cadete Dafne Zapata Quintos, ocurrida en un “campamento de verano” de la Escuela Militarizada Doenitz, en Ciudad Madero, en realidad fue un crimen cometido por algunos de sus compañeros.
       Así, la semana pasada, las autoridades de la SEP ordenaron la clausura de los planteles militarizados del país, o los que se ostenten como tales. De un plumazo de autoridad se ha prohibido la educación marcial que no esté supeditada a las secretarías de Marina o de la Defensa.
       Quién lo dijera, pero en ese tipo de escuelas se gestaron algunas historias que han alcanzado la gloria literaria. Es el caso de La ciudad y los perros, la novela primigenia de Mario Vargas Llosa, y del libro de cuentos Asalto Nocturno, de nuestro recordado Eraclio Zepeda. Ambos, el peruano y el chiapaneco, cursaron el bachillerato en escuelas de ese tipo; experiencia que les serviría luego para hacer apuntes autobiográficos que hoy habitan nuestra biblioteca.
         Eraclio Zepeda fue alumno en la Academia Militarizada de México. Compañeros de banca suyos fueron los hermanos Labastida Ochoa (Jaime y Francisco), así como el fotógrafo Rodrigo Moya. De esa experiencia “Laco” escribiría luego ese relato donde el muchacho protagonista urde el asalto al plantel militar para reivindicar las ofensas y abusos de su adolescencia.
     Mario Vargas Llosa, igualmente, cursó la secundaria en el Colegio Militar Leoncio Prado, en Lima, donde fue inscrito para asegurar que ese ambiente viril lo alejase de las tentaciones poéticas que ya mostraba. El resultado, años después, sería la novela aludida que obtuvo el Premio Biblioteca Breve de 1962, y que lo lanzó a la fama… narración que cuenta, por cierto, los abusos (hoy denominado bullying) de los compañeros mayores, “los perros”.
       Disciplina, obediencia, control, valentía (antes le llamaban virilidad), “esprit de corps”. Todo ello se supone que vendrá con la inscripción del muchacho (o la muchacha) a un colegio militarizado. El rigor formativo que el jovencito no logró adquirir en el seno familiar, resquebrajado muchas veces por el abandono parental. “A ver si así”, suspiran los padres al pagar la inscripción.
       El caso del examen de inscripción a la UNAM es paralelo y, de algún modo, producto de la misma crisis conductual. Como ya se ha informado, el proceso inicial se aplicó de un modo virtual, a distancia, cada aspirante sentado ante su computadora. Pero el resultado fue anormalmente inclusivo, en comparación con los procesos anteriores, lo que llevó a pensar que muchos de los aspirantes “aprobados” fueron auxiliados por terceros o por dispositivos de inteligencia artificial; lo que obligó a la destitución de la secretaria académica (Patricia Dávila) y a la necesidad de aplicar un segundo “examen de control” presencial y con papel y lápiz, sin el auxilio del celular.
       El percance estuvo a punto de salírsele de control al rector Leonardo Lomelí, vislumbrando en el horizonte un movimiento estudiantil de alcances mayores… que por lo visto ha quedado allanado. Aspirantes “tramposillos” queriéndose quedar a la de a fuerzas, y alumnos aplicados y honorables que fueron despojados, por lo mismo, de su ingreso.
       Escuelas militarizadas que son prohibidas por un caso aislado de bullying, exámenes que echan abajo la confianza de los bachilleres; suman el escenario de una crisis mayor. La educación misma que de un tiempo a esta parte ha quedado en manos de mentores que abandonan el salón para incorporarse a la movilización sindical y tutores que entregan libros de texto donde se agita la lucha de clases sin cuartel, como lo hizo el editor Marx Arriaga. ¿Para qué educar, si contamos con el acordeón de IA a la mano? ¿Qué sigue?

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