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EL CUARTO REICH

By Sobre 2 ruedasNo Comments
El personaje es severo pero a la vez un poco zoquete. Usa gafas oscuras, luce sus medallas en la casaca, es chaparrito de dar risa. Los lectores sabíamos que se trataba de una caricatura del dictador Augusto Pinochet (tal vez Rafael Videla) cometiendo tropelías y abusos al por mayor. El cartón apareció en las páginas medias del diario Unomásuno y duró allí una eternidad. Luego se mudó a LaJornada y ya se habrá perdido en el confín de las rotativas, toda vez que su autor, el chileno José Palomo, pasó a mejor vida el sábado pasado.
         Aquel diario se fue poblando de exiliados sudamericanos a pasto. También los había guatemaltecos (J. Manuel Fortuny), dominicanos (Ramón E. Colombo), salvadoreños (René Arteaga). Sin embargo el grueso de los inmigrantes era de origen argentino, y varios chilenos, como Palomo. Discreto, amable, de pocas palabras, falleció a los 82 años sin haber retornado a su natal Santiago de Chile, de donde migró en 1973, tras el golpe de estado contra el presidente Salvador Allende.
         Fue la circunstancia que marcó a mi generación. El gobierno de la Unidad Popular Chilena, que se presentaba como la primera instancia del “arribo al socialismo” por la vía electoral. Sus apoyos incondicionales eran Fidel Castro, en Cuba, y Luis Echeverría, en México. Del primero se dice que le obsequió un fusil Kalashinikov “para que lo empleara si llegase el momento”, que fue el 11 de septiembre de 1973, cuando todo se vino abajo y Allende debió emplearlo para disparar contra los aviones que bombardeaban el Palacio de La Moneda, y contra él mismo, con la última bala.
         El presidente Echeverría lo recibió como invitado de honor en el invierno de 1972, con giras por el Distrito Federal y Guadalajara, donde el chileno pronunció un discurso que anunciaba su despedida. “Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción de la vida”. La disertación fue en el Paraninfo de Medicina de la UdeG; yo estuve ahí. Diez meses después fue la asonada, y esa misma tarde, en el tejado de la embajada chilena, Hugo Gutiérrez Vega lanzó una arenga “contra los esbirros de los espadones”, para formar las brigadas de combatientes que iríamos a luchar en defensa del presidente Allende que, en esos minutos, pasaba a mejor vida.
         Por cierto que, en una confesión años después, Gutiérrez Vega, como presidente del Comité de Solidaridad con el Pueblo Chileno, me contaba una anécdota que ni James Bond:
         –Por aquel tiempo (1974-75), viendo que el gobierno del sátrapa se consolidaba en Chile, se abrió una rendija de perdón y libertad. Nos hicieron saber en el Comité que el gobierno pinochetista estaría dispuesto a liberar a algunos presos de cierto renombre, un trueque en metálico, ni más ni menos. Un preso por una maleta llena de dinero. Estrictamente, 150 fajos de billetes de 20 dólares en cada valija. Lo hablamos con don Mario Moya Palencia, secretario de Gobernación, quien nos dio todas las facilidades para el intercambio pero, eso sí, que guardáramos la reserva del caso porque de lo contrario… y la comunidad de exiliados hicieron una campaña secreta de recolección de dólares, que el gobierno luego acompletó, como decimos. Viajamos a la base militar de Río Hato, en Panamá, gobernada entonces por el general Omar Torrijos. Y sí, volamos en un avión de la Fuerza Aérea Mexicana con 80 asientos, en cada uno amarrada una maletita con aquellos dólares. Aterrizamos y pocos minutos después descendió una nave del ejército chileno. Yo era el interlocutor mexicano, acompañado por tres oficiales del ejército, y de la parte chilena lo mismo, tres coroneles cuyos nombres no recuerdo. Y así, con la lista en mano, procedió el cambalache: medio centenar de presos que, ahí mismo, eran liberados de las esposas que los maniataban. Y asunto acabado, cada avión de regreso y sanseacabó.
         De no creerse.
         Igualmente chileno, fugado de la barbarie militarista, fue el buen Poli Délano, escritor que muy pronto se asentó en la florida Cuernavaca (vivía en una habitación del Hotel San Angelo), y se ganó la amistad del medio literario. Así bautizado por culpa de Pablo Neruda quien, al tenerlo en brazos, aseguró que esa criatura tenía cara de San Policarpio, el obispo de Esmirna, y se le quedó el nombre. Nos acompañaba a cuanto encuentro de escritores se organizaba en el país… Zacatecas, Morelia, Acapulco, Monterrey, la FIL de Guadalajara, celebrando con sus pares Rafael Ramírez Heredia (“el Rayo”) y Hernán Lara Zavala.
         Triste, muy triste fue la muerte de su hija Bárbara caída en el avión que la transportaba a Santiago, y que obligó a Poli a trasladarse a esas playas peruanas para ver si podía rescatar algo de ella… un zapato, una bufanda. Como capítulo de una novela por demás atribulada.
         Así ahora se nos ha ido Palomo, melancólico como todos los chilenos, con su Cuarto Reich que se salvó, por lo visto, de los misiles de míster Trump, y sus comandos aerotransportados. Cosa de tener suerte.

Al grito de guerra

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Barítonos y sopranos, todos en el salón de clases nos esmerábamos por ser el que mejor entonara las estrofas apuntadas en el pizarrón. La leyenda decía que el poeta había sido encerrado por su novia, hasta que no completara los versos que compondrían esa propuesta de “himno nacional” en el concurso de 1854 convocado para el caso.

       Y en esas estábamos hasta que un compañero, el rebelde del grupo, alzó la mano preguntando:

       –Maestra, ¿por qué la palabra “guerra” se repite siete veces en el Himno?

       La respuesta (que no la hubo) reside en que el ambiente nacional de entonces, después de la guerra con los Estados Unidos que perdimos (y que nos costó la cesión de los territorios del norte, de California a Tejas), era del todo vindicativo. Sí, que nadie osase plantar el pie extranjero en la Patria dolida, porque se le irían encima bridones y rugidos de cañones.

       El teórico militar Carl von Clausewitz lo explicó en las páginas de su famoso tratado: la guerra “no es más que la continuación de la política por otros medios” …más explícitos que la discusión parlamentaria.

       De los “alegres años veintes” del siglo pasado, a los de este XXI, el panorama se ha trastornado. Los países que hoy están en guerra suman una decena (Ukrania, Rusia, Pakistán, Afganistán, Estados Unidos, Israel, Irán, Kuwait, Irak, Palestina) por lo menos, sin contar los conflictos e intervenciones militares localizadas, como ha ocurrido en Caracas y en Tatalpa, Jalisco.

Todo lo cual lleva a concluir que la visión idealista de un mundo en permanente paz, es por demás ilusa. El espíritu guerrero habita desde siempre en nuestras arterias, y no ha habido lapso de la historia sin uno o dos conflictos de ese tipo. Desde los murales de Cacaxtla hasta las pinturas de Eugene Delacroix, son exaltadas las batallas donde el vencedor impone la propia causa. El siglo pasado fue un hervidero de guerras, algunas internas referidas como “revoluciones”, que abarcó a los cinco continentes. Así que ahora no nos debemos llamar a escándalo.

       El presidente Donald Trump así lo ha entendido, y asumiéndose como heredero intervencionista de las dos guerras mundiales, la de Corea, la de Vietnam, la de Irak, hoy ha decidido abrir un nuevo frente en la antigua Persia, estrangulada por el régimen de los Ayatolas. La única diferencia es que anteriormente se requería del desplazamiento de batallones y artillería por miles, cuando que hoy la guerra se está decidiendo con el disparo de cohetes teledirigidos y drones.

       El gran temor es que alguno de los contendientes resuelva defenderse con armas de orden atómico, lo que dislocaría por completo el acuerdo tácito que se mantiene, otorgando a las grandes potencias sus parcelas de influencia. Estados Unidos, Rusia y China, en primer orden, y detrás Francia, Reino Unido, Corea del Norte, Israel, India y al parecer ya no Irán.

       Es algo de lo que ya no se habla con la efusividad de los años 60, cuando la “crisis de los misiles” mantuvo al planeta suspendido de un hilo, con los teléfonos calientes de Nikita Kruschev y John F. Kennedy.

       Ahora las imágenes de Gaza arrasada, luego de la declaración implícita de guerra del 7 de octubre de 2023, cuando tropas de Hamas atacaron territorio de Israel, se han vuelto la estampa que suple a las fotografías de Vietnam o las de la “la madre de todas las batallas” en Irak.

       El talante belicoso de míster Trump no es muy distinto al del presidente Richard Nixon en 1970. El enemigo de entonces era el avance del comunismo, el de ahora es el del empoderamiento islámico, y de refilón la guerra contra el terrorismo de los cárteles, que se habrían apoderado de cierto país que no lo reconoce.

       La continuación de la política por otros medios, bien lo decía Von Clausewitz, de modo que malamente nos estamos acostumbrando a las imágenes de la guerra, como si fuesen un capítulo más de la entrega de los Óscares.

       En todo caso nos queda el Himno para liberarnos de cualquier afrenta, y los patrios pendones, ¡guerra, guerra!, en las olas de sangre empapar.

DURO Y A LA CABEZA

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La escena se repite una y otra vez en las pantallas de cine: el condenado marcha cabizbajo, murmurando una oración personal pues en lo alto del cadalso lo espera el verdugo con el hacha en ristre. Le tapan el rostro con una capucha y, al gesto afirmativo del fiscal, se completa la ejecución acompañado por el grito de la multitud, “¡ahhhh!”, cuando la cabeza del decapitado rueda por el patíbulo. Ya no la cabeza del rey Luis XVI, sino que el decapitado es un maldito inefable que habitaba, un día sí y otro también, la primera plana de los periódicos.

         Primero fue Nicolás Maduro, después Nemesio Oceguera, hoy se trata del Ayatola Khamenei. En los tres “operativos” efectuados en sus baluartes, vigiló desde lo alto el ojo impacable del águila calva. La CIA, el Pentágono, la DEA. A los tres caudillos se les enviaron mensajes disuasivos, pero no los quisieron interpretar. “Iremos por ti, por las malas o por las peores”, y así ocurrió.
         Decapitar al maligno, ni más ni menos, es la estrategia de hoy. Ya no las invasiones de antes, los desembarcos, las columnas acorazadas avanzando palmo a palmo por el territorio enemigo. Ahora con veinte helicópteros, una compañía conjuntada de la Guardia Nacional y el ejército, una andanada de proyectiles teledirigidos… son suficientes para abatir al jerarca del mal.
         Cuando los electores norteamericanos optaron por el candidato que prometía el eslogan de MAGA, no imaginaron que esa consigna de ser “grandes otra vez” implicaría retornar al intervencionismo que floreció en el siglo XX, cuando el ejército de EU se jactaba de invadir territorios para enderezar gobiernos hostiles y execrables. Nicaragua, Corea, Vietnam, Grenada, Panamá… por no recordar la intervención yanqui en aquel Veracruz de 1914, convulsionado por una y otra asonada.

         La estrategia es la misma; lo que ha variado son las tácticas. Ya no se requiere del traslado masivo de infantes y cañones; la última campaña de ese tipo fue en Irak, en 2003, con resultados ambivalentes. La deposición del autócrata Saddam Hussein, ejecutado en 2006, requirió de la movilización de más de un millón de efectivos norteamericanos hasta el año 2011, en que se dio por terminada la ocupación.

         Con el Ayatola actual, sucesor del temible Ruhollah Jomeini (cabeza de la Revolución Islámica de 1979), se ha requerido de una actuación distinta. Coordinadas las fuerzas aéreas de Israel y EU, acometieron un bombardeo quirúrgico contra los centros de mando y los palacios donde se encontraban Khamenei, lo mismo que sus ministros de Guerra, Guardia Revolucionaria y Consejo de Defensa, de modo que en una hora los cuatro dirigentes quedaron eliminados.
         El caso de Nicolás Maduro, la noche del 2 de enero pasado, no fue muy distinta. Como se ha sabido, un comando especializado se encargó de “extraerlo” de su residencia, sin que se haya registrado una sola baja del equipo de operaciones especiales (SEALS) que intervino en su residencia de Fuerte Tiuna. Lo que sí, 32 guardaespaldas cubanos que se encargaban de su protección, quedaron eliminados.
         “Duro y a la cabeza”, decíamos en las riñas preparatorianas. La operación del pasado 22 de febrero, en el conjunto residencial de Tapalpa, Jalisco, intentó igualmente ser “quirúrgico”. El operativo conjunto del Ejército y los miembros de élite de la Guardia Nacional, que habrían intervenido en su captura, lo hicieron con información proporcionada por la CIA y el Departamento de Estado de los EU. Informantes locales, espionaje telefónico, supervisión satelital permanente (hay que ver la serie Fauda, en Netflix), facilitaron el asalto a la “cabaña de descanso” del temible capo, con las consecuencias por todos conocidas.

         Ya no el hacha del verdugo. Para decapitar al déspota, a partrir de hoy, ya no se requerirán las acciones bélicas de antaño, que requerían de la movilización de miles y decenas de miles de soldados. La tecnología actual ahorrará mucho dinero a los gobiernos que han resuelto ese tipo de operaciones. Se calcula que la intevención militar de EU en Irak, para deponer al gobierno de Hussein, habría costado 800,000 millones de dólares. En cambio una bomba Sentinel (sustituto de los misiles teledirigidos Minuteman) cuesta 160 millones de dólares. Con diez de esos cohetes se puede eliminar a cualquier narco-terrorista, dictador, o autócrata escondido en el más profundo de los refugios.
         Seguramente que algo ocurrió en la mente del candidato Donald Trump el 13 de julio de 2024, cuando la bala disparada por Thomas Matthew le hirió la oreja derecha. Al sobrevivir al atentado, seguramente pensó que fue por algo. Una misión redentora. Lo de estos días son las consecuencias.

SIN CORBATA.

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La idea fue de Jaime Torres Bodet, luego de conversar con el candidato electo, Adolfo López Mateos. Hacer libros para todos los niños de México, atractivos, gratuitos, instructivos. Así en 1959, luego de creada la Comisión Nacional del Libro de Texto Gratuito, fue publicado el inaugural de ellos: “Mi libro de Primer Año”.

La leyenda cuenta que don Adolfo, cuando niño, no tenía libro escolar y era la burla (como siempre) de sus compañeritos del salón de clases. Después de su aciaga participación como orador en la campaña presidencial de José Vasconcelos, después de su trashumante peregrinaje hasta la hacienda en Chiapas donde vivía su verdadero padre –don Gonzalo de Murga–, después de sobresalir como senador y como ministro de Trabajo, López Mateos fue electo presidente de la República. Cuentan que se emocionó hasta la lágrimas al tener en las manos aquel primer ejemplar, en cuya portada lucía el retrato de La Patria, óleo de Jorge González Camarena.

Hace días el retrato de Carlos Marx lucía en el escritorio de su homónimo, Marx Arriaga, director de Producción Editorial en la SEP. Es cosa de revisar las fotografías de prensa. De ese modo, el capitán de los libros gratuitos que reciben los niños en México, se precia de ser coautor de la Nueva Escuela Mexicana, que se ha impuesto desde diciembre de 2018.

Quien revise los libros de texto hoy vigentes, comparados con los editados en décadas anteriores, se podría ir de espaldas. El ánimo por la formación y el aprendizaje (científico) se ha puesto de lado en beneficio de la instrumentación ideológica. En el libro de Cuarto Año, por ejemplo, asoma el dibujo de un caballero elegante, trajeado, sobre el cual hay una voluta de rayones, eliminándolo, sobre una leyenda que dice: “Las personas que llevan corbata son desconfiables”. Así nomás.

Ahora que don Marx Arriaga fue despedido de su puesto, sin embargo, se aseguró que no habrá cambios en el contenido de los libros producidos por la Conaliteg, si acaso serán incorporados temas de las mujeres y las comunidades indígenas del país. Y como don Marx Arriaga no se quería ir de su trinchera… perdón, de su oficina, emprendió una campaña para salvar el puesto, aduciendo que las fuerzas neoliberales, en connivencia con el titular de la SEP, Mario Delgado, están confabuladas contra él y la “revolución educativa” que encabezaba.

Para quienes hayan leído el Manifiesto Comunista, recordarán que tesis fundamental del volumen es aquella donde se afirma que “La historia del mundo es la historia de la lucha de clases”. En ese volumen, escrito emparejadamente por Federico Engels y Carlos Marx (el verdadero), asoma la primera frase de terror cívico: “Un fantasma recorre Europa, es el fantasma del comunismo”.

Así ahora, en la crónica que podría escribirse desde el sexto piso de la SEP, asomaría la sentencia: “Un fantasma recorre la SEP, es el mismo que vaga por Palacio Nacional”. Cosa de esperar cómo se desenvuelve el desaguisado.

Los precedentes políticos que confluyeron en la integración del PRD –luego Morena–, fueron partidos de apellido histórico: Popular Socialista, Socialista Unificado (antes PCM), Mexicano de los Trabajadores, “Tendencia democrática” del PRI. Todos tildados de izquierda, asumiendo el marxismo como principio motor de su lucha, que era (y es) la de los desheredados del mundo. Recuérdense las pueriles pancartas asomando en las dos campañas electorales de Cuauhtémoc Cárdenas… Carlos Marx, Federico Engels, Joseph Stalin, junto a las imágenes de la Virgen de Guadalupe. O sea, el que se daba en llamar “marxismo guadalupano”, del que hoy disfrutamos sus consecuencias.

La revolución proletaria requiere de conciencia, militancia, adoctrinamiento. Así fue en la Rusia zarista de 1917, así fue en Cuba después del 16 de abril de 1961, cuando la Declaración de La Habana. No es ningún secreto, en esa visión del mundo lo primordial es azuzar la “lucha de clases”… esclavos vs. patricios, siervos vs. hacendados, proletarios vs. capitalistas, y ahora “el pueblo bueno” vs. neoliberales. En ese sentido es como deben ser entendidos los nuevos libros de texto, bendecidos por don Marx Arriaga, para concientizar a las masas. Al fin que los encorbatados –del Banco de México y del Grupo Monterrey– son del todo desconfiables, y merecen ser tachonados a golpes de crayón.

Cada quien se llama como quiere (o como puede). Las Guadalupes son adeptas a la Virgen que apareció en el Tepeyac, los Benitos son discípulos del Benemérito, los Brandon del mundo son prosélitos del tosco Marlon de las películas. Así nuestro (Carlos) Marx defendiendo la barricada del sexto piso… ¿por qué ese nombre tan histórico? ¿De qué se hablaba en la sobremesa familiar? ¿De princesas y castillos, del canto de Filippa Giordano? Me parece que no mucho, aunque sí de incendiar corbatas, tan incómodas por cierto.

Gabachismos.

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Montañés rústico y grosero. En el origen la palabra “gabacho” significaba eso. Campesino francés en las fronteras de Aragón y Cataluña. Así llegó el apelativo a tierras de América, y lo de franchute gañán se trasladó a los “americanos” rubios y patanes que fueron llegando a partir de 1848. La guerra por la que cedimos California, Texas y Arizona.

       Gabachos que habitan “el Gabacho”, o sea, la patria de su majestad, don Donaldo Trump, buscando desesperadamente retornar a los años de felicidad y supremacía (por medio de MAGA, su campaña electoral) cuando Mickey Mouse, Elvis Presley y Dwight D. Eisenhower mangoneaban el mundo a su gusto.
       Así las cosas, consideremos la necesaria publicación de un Diccionario de Gabachismos, que iniciaría con:
       BARDA –muro fronterizo que se extiende (o debería extenderse) a lo largo de los mil kilómetros que van de Tijuana a Ciudad Juárez, y que el presidente Trump buscó levantar físicamente en su primer periodo. También se le conoce como La Línea. De ahí el concepto “saltarse la barda”. Igual que “el muro”, “la alambrada”.
       BESTIA –“la Bestia”, ferrocarril de carga que corre del Itsmo de Tehuantepec hacia el norte (Nuevo Laredo, Reynosa, Ciudad Juárez), sobre el cual trepan los inmigrantes centroamericanos (hondureños, nicaragüenses, haitianos incluso) para viajar encaramados sobre el techo de los vagones. También le llaman “tren de la muerte”, y en el se evita ser requeridos en los puestos de control migratorio distribuidos a lo largo de las carreteras.

       CARAVANA –tropel o romería de migrantes centroamericanos que avanzan desde la frontera sur (Tapachula, Corozal) hacia el norte. Las columnas, que parten cíclicamente, son de caminantes (no en vehículos) y conjuntan a muchas familias enteras. Su arribo a la frontera es todo un espectáculo.
       COYOTE –traficante ilegal de personas, fundamentalmente migrantes que buscan llegar a la frontera norte, muchas veces ligados a los distintos cárteles de la droga. La cuota promedio es de 8 mil dólares por “pasar” a un ilegal a suelo estadunidense.
       DERECHOS HUMANOS –argumento que se esgrime a la hora de enfrentar a los guardias fronterizos (derecho a la vida, la libertad de expresión, derecho al trabajo, igualdad ante la ley), aunque el sujeto se encuentre en falta ante las leyes migratorias.
       GREEN CARD –documento que garantiza la “residencia permanente” de un extranjero en suelo norteamericano. Es la panacea de todo migrante.
       ILEGAL, INDOCUMENTADO –persona que habita y trabaja en territorio de EU sin documentos que garanticen su residencia lícita. Lo contrario, un “residente legal”.
       MIGRA –agente fronterizo. Policía de migración, hoy destacadamente cumplido por la agencia ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas) que incursiona permanentemente en los sitios públicos y centros laborales frecuentados por la población latinoamericana (especialmente mexicanos).

       MOJADO –en inglés, “wetback” (espalda mojada). Migrante ilegal que cruza el río Bravo (o Grande) a nado o vadeándolo. “Irse de mojado”.
       REFUGIO –casa o residencia para acoger migrantes (proporcionando techo, alimentación y auxilio psicológico), normalmente a recién llegados. Ahí se les prepara a fin de continuar su migración legal a los EU, o su residencia local.
       REMESA –envío regular monetario a los familiares del migrante. Se emplean todo tipo de medios de transferencia (físicos, bancarios, por transmisión digital).

       PAPELES –documentos que garantizan el libre tránsito del migrante (“green card”, pasaporte, visa). “Llevar o no llevar papeles”.
       PUENTE –paso fronterizo, aduana ubicada sobre el cauce del río Bravo. “Cruzar el puente” es ingresar legalmente a los EU.
       QUEDAR(SE) –ingresar a territorio estadunidense como visitante o turista, y decidir la permanencia en ese país para laborar o establecer una familia, sin trámite migratorio legal. “Fue y se quedó”.
       VISA –Obtenerla es la garantía para aspirar al “sueño americano”. Perderla es un trámite que anuncia el inicio de un procedimiento judicial (por rastreos mafiosos) que puede terminar con la cárcel.
       Migrar, migrar, migrar… como lo hicieron nuestros antepasados, como lo hacen nuestros familiares, huyendo siempre de las infaustas condiciones del aquí y ahora. “Hacer las Américas”, se decía antes; “mudarse a Gringolandia”, se dice ahora. Con ICE, o a pesar de ella.

¿Y si Fidel tuvo razón?

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Como somos superiores (arios, portadores del martillo de Thor), deberemos convencer –y conquistar– al resto del mundo. Fue la tesis que esgrimió el partido Nacional Socialista de los Trabajadores, Nazi, para lanzarse a ocupación de las naciones adyacentes… Austria, Checoeslovaquia, Polonia, Francia, Hungría, Rumanía, todo con el propósito de erigir el Tercer Imperio (Reich).

El ejército comandado por Adolfo Hitler logró sorprendentes éxitos en los primeros años del conflicto, 1940, 1941; después vendría la debacle, que duró hasta la ocupación de Berlín el 30 de abril de 1945. Lo demás, es historia.

Los marxistas afirman que la lucha de clases ha sido la clave del acontecer histórico: esclavos contra patricios, siervos contra patrones, proletarios contra hacendados. Ha sido la clave de algunos movimientos políticos fundados en la imposible reconciliación social. Sin embargo el acontecer reciente nos recuerda que otra interpretación, igualmente válida, es la de los imperios en pugna. Imperios que se han apoderado de la mitad del mundo, imponiendo su estatus, su religión, su idioma, y obligando al ineludible tributo, cuando no la cesión territorial. Así ocurrió con el imperio de Alejandro, la Roma del César, el imperio Otomano, la invasión mongola de Gengis Kahn, la expansión musulmana, el imperio de Carlos V (“donde nunca se ponía el sol”), el imperio británico, el japonés, ya no se diga la Europa soviética resultado de la II Guerra Mundial.

La reciente bravuconada de Donald Trump, advirtiendo que en algún momento se apoderará de Groenlandia, no hace sino confirmar la tesis que esgrimía Fidel Castro en cuanta tribuna se le presentaba. Su lucha, la de la pequeña Cuba socialista, era contra “el imperialismo norteamericano”, así cuando en lo personal disfrutase de beberse diariamente dos cocacolas.

Aupado por la campaña MAGA que lo llevó al poder por segunda ocasión (Make America Great Again), el republicano ganador pareciera empeñado en “conformar” el entorno occidental a su gusto y conveniencia. La sustracción del presidente (usurpador) Nicolás Maduro, en una operación militar que merecerá traducirse en película de Netflix, se inscribe en esa visión totalitaria. A Maduro se le acusó (desde luego) de narco-terrorista, cabecilla de un cartel que enviaba a los Estados Unidos embarques cotidianos de cocaína. Ahora, en la cárcel federal de Brooklin, el ex mandatario venezolano deberá esperar la defensa que haga su abogado. No es probable que vuelva a mirar el sol en libertad.

Los imperios, por definición, imponen sus reglas en todo territorio dominado. Luego del “evento Maduro” es previsible cualquier otro tipo de acción similar. ¿En Cuba, en Nicaragua, en Colombia? ¿Otro país? La argumentación podría ser igualmente sólida (o endeble) pues la situación lícita de algunos de sus líderes no es (a simple vista) del todo pulcra. Máxime que ahora es posible acusar libremente a cualquiera, casi a cualquiera, de “narco-terrorismo”.

Quien dio luz verde a los nuevos desplazamientos imperiales fue Vladimir Putin con la invasión a Ucrania en febrero de 2022, cuando acusó a sus dirigentes de ser “neo-fascistas”. Así que neofascistas o narco-terroristas, ¿cuál es la diferencia a la hora de resolver una intervención militar? Otras invasiones imperiales, muchos siglos atrás, se decidían por acusar a sus indefensos pobladores de infieles, antropófagos, enemigos de la civilización.

Groenlandia tiene la tercera parte de los pobladores de Tulancingo, así que su ocupación será, ante todo, estratégica. Una nueva “frontera” ante los otros dos imperios en pugna, el ruso, el chino, que igualmente hacen planes de movilización al hallar cualquier excusa punible. Sería el caso de Taiwan, el de Rumania, como lo fue el Tibet en 1950, acusado de sufrir un gobierno de “despotismo feudal”.

Primero fue Canadá, hace un año, pero los canadienses (que suman 40 millones) dijeron que nanay. Así que ahora el imperialismo norteamericano –que no es imperio, sino república monroeísta– anuncia la probable modificación de sus fronteras estratégicas hacia la enorme isla, casi despoblada, que administra Dinamarca.

Habrá que ver, toda vez que ya, desde los años cincuenta, somos partícipes de esa cultura imperial (que también es nuestra) que incluye a Micky Mouse, la Serie Mundial, el Rock, Marilyn Monroe, la pizza, el jazz, Marlon Brando, Hollywood, las Torres Gemelas y Madonna.

¿Tenía razón Fidel? No sé.

El presidente capturado

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Lo despertaron las explosiones. Apenas iba hilando el sueño cuando estuvieron allá, no lejos, los efectos del bombardeo. Algunos disparos acercándose, ¿dónde dejé las botas?, y los gritos en inglés de la infantería cercándolo. ¿Qué hacer? No había modo de esconderse, ¿huir adónde?, y los gritos y las detonaciones aproximándose. Así, a medio sueño, fue apresado el presidente de la República, don Antonio López de Santana, en la batalla de San Jacinto, combatiendo al ejército norteamericano que había invadido el suelo tejano. Era el año de 1837, y el general y presidente, ya preso, fue llevado en carruaje con rejas hasta la ciudad de Washington, donde se le mantuvo cautivo durante siete meses a fin de “negociar” la sustracción de la República de Texas, que diez años después sería anexionada al territorio de los Estados Unidos.

No muy distinta fue la extracción, por así llamarla, de Nicolás Maduro en la madrugada del sábado pasado. Ahora no fueron empleados las cureñas de artillería ligera, sino una veintena de helicópteros donde arribó el centenar de comandos encargado de llevarse, vivo o muerto, al jefe de estado venezolano. Se trató de un operativo quirúrgico, sin necesidad del desembarco de tropas en la costa del Caribe, para apresar al mandatario de facto (nunca se publicaron los resultados de las elecciones del 28 de julio pasado), acusado de narco-terrorismo internacional.

El sofisticado operativo hizo recordar el caso del general Manuel Antonio Noriega, en diciembre 1989, cuando el ejército del presidente George H. W. Bush asestó el golpe relámpago que derribó al mandatario panameño (se entregó, coincidentemente, el 3 de enero de 1990), acusado igualmente de narco-terrorismo. Permaneció en prisión hasta su muerte en 2017.

Ese recurso de las “extracciones relámpago” pareciera ser una exitosa estrategia militar que está implementando el ejército estadunidense. Recuérdese el “traslado” del capo Ismael Mayo Zambada, el 24 de julio de 2024, cuando según algunas fuentes fue capturado y llevado –de Culiacán a El Paso, Texas–, en un operativo que no llevó más de cinco horas.

Como respuesta al secuestro del dictador Maduro Moros, las comunidades de venezolanos exiliados en el exterior, y que suman cerca de 9 millones de “expulsados” por la dictadura, no tardaron en celebrar el derrocamiento express del mandatario espurio… en Madrid, en Lima, en Miami, y en Tijuana incluso, dando gritos de “¡libertad, libertad!”, como si Mr. Trump les hubiera cumplido el sueño imposible.

Los idus de diciembre (y de noviembre) ya lo venían presagiando. Los ataques con drones a las embarcaciones repletas de cocaína que a todo motor surcaban las aguas del Caribe, procedentes de la costa venezolana, fueron el anuncio de lo que habría de ocurrir la madrugada del 3 de enero. Como en Los idus de marzo, de Thorton Wilder, novela que narra la muerte de Julio César en las escalinatas del senado romano, así ahora el césar tropicalizado se vuelve para preguntar: “Tú también, Delcy”, pues la presidenta Rodríguez, sustituta, ha reaccionado impávida, con la palidez de las circunstancias.

La escena ideal habría sido a un audaz Nicolás Maduro empuñando el fusil Kalashinikov, la Colt automática, enfrentando con su vida a los  comandos “seals” asaltando la alcoba presidencial. Su cadáver arrastrado, cubierto con la bandera bolivariana ensangrentada, listo para inscribirse en los mausoleos del caso… pero no ocurrió así. El presidente de facto simplemente se entregó, aseguran, luego que sus escoltas cubanos (ellos sí) enfrentasen a los “marines”.

Algunos analistas aseguran que la cuestión de fondo es el petróleo. Nacionalizadas las compañías petroleras por el gobierno de Hugo Chávez, ahora la empresa PDVSA sobrevive en la insuficiencia. No es ningún secreto que China financió al corrompido gobierno madurista a cambio del suministro de crudo (Venezuela posee los mayores yacimientos del mundo), y ahora las cosas quedan en el aire.

Lo de moda será condenar a todo grito la intervención militar que “secuestró” al mandatario venezolano. Rasgarse las vestiduras, llamar a foros internacionales, comités de solidaridad con las soberanías del tercer mundo… y así. No por ello será liberado el (ex) presidente Maduro, que desde ya enfrentará a los tribunales de la justicia norteamericana. Veinte, cuarenta años podría ser la sentencia, y el buen Nicolás guardándose en el polvo de la historia.

Quizás allí, frente a los barrotes de su estrecha ventana en Rikers Island, el natural de villa Chagaruamos pedirá que le pasen capítulos de las series Kojak y Columbo, a las que eran tan aficionado en su adolescencia. Entonces asomará el pajarito, que se le presentó en abril de 2013, y que según él era el espíritu mismo del comandante Chávez. Tuiit, tuiiit, tuiiit… le chiflará, y sólo él sabrá qué le dice.

Venid, Reyes de Oriente

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La nueva estrella asoma deslumbrante más allá de Maravatío. Ya vienen los Reyes de Oriente, en sus trocas y suburbans, desde el Houston, Río Grande y acullá. Ha nacido el anunciado Salvador, escucharon en un sueño, y allá van para presentarle sus parabienes.

Ese nuevo lucero sí que es sospechoso. ¿No será un asteroide asomando para impactar el Planeta? ¿O un dron del gabacho ciscando a los connacionales? “De qué es una señal, no hay duda”, comentó en su momento Melchor, el de Galveston, yesero de profesión. “Vamos pues, y si no es nada nos devolvemos”, lo apoyó Gaspar desde Texarkana, donde se desempeñaba como jardinero. “Una centella como esa, nomás una vez cada mil años”, confirmó el primo Baltazar Reyes desde McAllen. Era el tercer primo.

 Los tres Reyes quedaron de reunirse en Juárez, cada cual en su vehículo y de ahí bajar en caravana hasta donde el alumbrón destellaba. Así, para no perderse, grafitearon sus trocas con el epíteto familiar; Reyes, Reyes… y se iban comunicando por medio del celular.

     –¿Ya vieron esas vacas jodidas?, deben estar agusanadas.

     –¡Arrebásame, Gaspar! ¡Arrebasa que no hay fuckin shit delante!

     –Ya me dio la hambre –intercedía Baltazar Reyes, tan antojadizo–. ¿Y si nos paramos en esa birriería?

El plan era pernoctar en Zacatecas, acompletar los tanques de gasolina, que eran de 15 galones, y comprar algunas baratijas en los puestos de El Laberinto.

Arrancaron temprano, repuestos, con más curiosidad que esperanza. “Esa  fucking star, ¿no será puro mareo, primo?”, gritaba Gaspar Reyes al teléfono cuando debió disminuir la velocidad. Un retén de la policía aparecía ahí delante.

     –Uy, vienen del gabacho… –comentó el agente Augusto, al pedir los papeles–. ¿Visitando a la family?

     El permiso de circulación, el seguro del vehículo, ¿dónde van?, el certificado aduanal, ¿traen green card?

     –Uh, no. Vienen incompletos –gruñó amenazante el agente Adán–. Así no van a poder seguir; tendrán que dejar aquí sus unidades. Parking here.

     –Pero, pero… la vez pasada no hubo problema –se defendió el jardinero Gaspar–. ¿Ahora por qué?

     –Uh, ¿no se enteraron? –río burlón el otro policía–. Acá hubo elección, la judicial ahora es democrática, del voto del pueblo. Somos distintos, nueva ley.

     –¿Y entonces? –Baltazar atisbaba hacia el sur; la estrella de esperanza.

     –Entonces hay que cumplir el trámite, disponer la norma “in situ”. Facilitar la cosa.

     Los tres reyes, comprendieron el gesto, los agentes sobándose los bolsillos. Melchor, Gaspar y Baltazar se miraron contrariados. ¿Y entonces?

     En eso asomó en el horizonte una polvareda. Varios vehículos aproximándose a toda velocidad… camionetas, vehículos pesados.

     –¡Uuuta!, de nueva cuenta –gruño el gente Adán, dudando si desabrochar su pistolera.

     –Son ellos meros –confirmó su compañero cruzándose de brazos.

     Apenas a arribar, frenando a polvo y rechinidos, retumbó el grito de los que ya saltaban:

     –¡Quietos todos! ¡Acá llegan las cuatro letras! –portando cada cual un fusil de asalto.

     –¿Qué traen los paisanos? –preguntó al agente Adán el cabecilla de los bandidos.

    –Sabe… –tardó en responder el policía–. Apenas dialogábamos.

     Los tres Reyes, obligados por la circunstancia, ingresaron a sus vehículos para mostrar las mercancías recién adquiridas.

     –Oro –dijo Melchor, mostrando un santito de escayola pintado con esmalte.

     –Mirra –adujo Gaspar al enseñar el envoltorio de tamarindo enchilado.

     –Incienso –expresó Baltazar presentando la bolsita de copal.

     Los asaltantes se miraron con gesto desengañado. “¿Tanto para esto?”.

     –Creo que van al bochinche de Maravatío –másculló el jefe de policía.

     –Al guateque de la famosa estrella, como tantos otros.

     –¿Tú crees, Jicotillo? –rezongó el jefe de los bandidos–. Entonces sólo nos llevaremos las unidades. A ver… vengan esas llaves.

Dos minutos después procedieron, y en el mismo momento los policías del retén también abandonaban.

Los tres Reyes quedaron como pasmados. ¿Y ahora? Más tarde, cuando el cierzo arreciaba, vieron aproximarse una peregrinación. Venían a pie, retornaba del Tepeyac, repetían letanías y plegarias. Todos eran campesinos. Algunos pastores, gente de bien.

 A los despojados viajeros no les quedó más que sumarse a la triste procesión. Ya se vería. Esa noche, descansando en un cobertizo de Apaseo, dos peregrinos de nombres José y María se apartaron. Ella parió en secreto a una hermosa criatura, y los tres Reyes decidieron obsequiarle aquellas insustanciales mercancías.

 Nunca llegarían a Maravatío. La magnífica estrella desapareció, así nomás, esa misma noche. Los tres Reyes debieron regresar sin los documentos robados. Como ilegales, otra vez.

SIEMPRE EN VIGILA

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Sonreír o no sonreír. Los que la han presenciado saben que la primera sonrisa de un bebé es un éxtasis de redención. La risa de complicidad, “ya sabes que yo sé que tú eres tú”. Después de ese momento la vida es otra cosa. Aunque puede ocurrir que esa mueca de connivencia no se presente sino mucho después, digamos cuando la criatura retorna del colegio con un cinco en conducta.

            El jueves pasado falleció Eduardo Manzano, el segundo de “Los Polivoces”, llevándose consigo la última sonrisa de los veintesigleros. A los 87 años, el gordo de la pareja se fue con su edípico grito “¡Ahí madre, ahí madre…!” que en su papel de Gordolfo Gelatino celebraba las puntadas de Naborita, la anciana madre, protagonizada por su mancuerna escénica Enrique Cuenca.
            El dúo de las carcajadas, en sus apariciones televisivas, representaban otros papeles igualmente cómicos: Chano y Chon, Pasiflorino y Acelerino, los hermanos Lelos, Mostachón y el Wash&Wear, y desde luego los dos agentes de La Policía Siempre en Vigila. En sociedad con el libretista Mauricio Kleiff, habitaron las pantallas de Televisa durante sus buenos 20 años.

            Uno de los pecados capitales de la literatura (y en general de las artes narrativas) es la “Agelastia”, concepto que en griego significa eso; “el que nunca ríe”. O, alguien diría, aquel al que siempre hay que explicarle los chistes. Gente adusta, ceñuda, estreñida a perpetuidad. A nada le hallan la gracia, no gustan de oír guasas, viven con el rictus trascendente del existencialismo de la mala muerte. Gente que, como me confió un taxista en Madrid, pertenecen al bando de los QSJ. Gente que todo lo ve gris, podrido, y se la pasa gruñendo… La secta ésa, de los “que se jodan” si no quieren ser felices. O estar contentos, que la vida se nos va en un suspiro y no vale desperdiciarla rezongando a diestra y siniestra.
            Los Polivoces eran el sol en las noches del jueves. Había que ganar el mejor rincón del sofá, apoltronarse, escuchar la musiquita que los anunciaba y sus capítulos breves escenificando a ese dueto despistado, exagerado, arrancándonos las carcajadas por atolondrados. Género humorístico, le llaman los sabios, y que nos persigue desde que Eurípides y Sófocles pisaron el teatro. Comedias, farsas, catarsis del respetable doblándose de la risa.
            Los duetos cómicos han sido la clave del género en televisión. Recuérdese, si no, a Viruta y Capulina, Manolín y Schilinsky, Chabelo y Gamboín, Madaleno y Daniel Pérez Alcaraz, el “Loco” Valdés y Alejandro Suárez, Pompín y Nacho, el Chavo del Ocho y el profesor Jirafales. En fin, no terminaríamos aunque hay que añadir, desde luego, la pareja clásica del Quijote y Sancho Panza, o el Gordo y el Flaco (Stanley and Laurel), por no mencionar a Tres Patines y Mamá Nananina de “La tremenda corte” que transmitía la radio mexicana luego de su expulsión de Cuba.

            En palacio el monarca siempre buscó la sonrisa de la pandilla de bufones. Cuando el príncipe Hamlet alza la calavera para emitir su famosa frase, está reconociendo la calaca de Yorick, el bufón de su niñez, sobre el que cabalgaba juguetón y reía hasta llorar. Ahora “ser o no ser”, es la sentencia que se repite en otros palacios, sabiendo de antemano la respuesta.
            Cuentan que el presidente Miguel de la Madrid celebraba las ocurrencias de dos de sus ministros más divertidos: el secretario de Agricultura, Eduardo Pesqueira, y el regente del DDF, Ramón Aguirre. Se hacía acompañar por ellos, animándolos a contagiarle su buen humor. La peor broma de Pesqueira (se recordará) fue cuando en una gira le colocó de sopetón una peluca anaranjada al titular de Programación, Carlos Salinas… quien nunca le perdonaría la broma.
            Reír es una necesidad humana, casi tanto como dormir. Los súbditos de Agelastos seguirán por la vida soltando bilis y rezongos. Sin Los Polivoces, sin Chaplin en las pantallas (ya no lo transmiten) la vida es quizá más trascendente, más Wifi, más actualizada por el Facebook y el TikTok, aunque definitivamente hemos perdido la risa espontánea de antaño. Ay, las carcajadas de Gordolfo Valentino, que eran de portento. Tienen la palabra el huachicol y los aranceles. Bienvenida la era de los bostezos… ¡T

SIMPLEMENTE COLAPSO

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Colapso, con todas sus letras. Estrangular, infartar, bloquear. La nación paralizada por el paro dispuesto por los transportistas (y muchos agricultores) cansados del robo cotidiano que sufren en las carreteras. Robo de las mafias, extorsión de los policías en los retenes de inspección, todo ante la complicidad de las autoridades declarando, muy ufanas, que han dispuesto ya las «mesas de diálogo» para atender la inconformidad.

La nación estuvo, durante todo el lunes 24, como uno de esos ahorcados del imaginario vaquero pendiendo de la rama del árbol. Boicotear las carreteras, que recuerda las jornadas similares en Chile, cuando bandas de opositores sembraban “miguelitos” ponchallantas por el pavimento, presagio que fue del golpe militar contra el gobierno de Salvador Allende.
El comercio ambulante… esos vendedores apostados en las esquinas ofreciendo galletas, medicinas y cosméticos a mitad de precio, son los cómplices terminales del robo carretero, pues innegablemente se trata de artículos obtenidos de ese modo.
 ¿Para qué robar un camión si sus mercancías –ante la ausencia de documentación fiscal– son imposibles de llevar al comercio legal? Lo que los modernos cuatreros pretenden es el dinero fácil, no construir bodegas.
Por su parte los conductores –atravesando sus camiones a lo ancho de la carretera– no tienen la culpa. Ellos cumplen con su papel de asalariados ganando un sueldo al trasladar la carga de Saltillo a la capital, o de Puebla a Guadalajara. Si en el camino son detenidos por una banda de empistolados, no les queda más que detenerse, entregar la unidad y reportar el robo cuando son liberados. O pagar con la vida al intentar la elusión del asalto. Así de fácil. Realizar el bloqueo es un poco suplicar por su vida.
De un tiempo acá se observa que en muchas de las ruedas delanteras de los camiones y tráileres asoman tremendos pernos que ciñen los rines. Uno pensaría que es para ganar el paso entre las carrocerías, cuando que en realidad constituyen defensas acorazadas para desalentar a los asaltantes que trepan en el estribo esgrimiendo la calibre 0.38. “Oríllate ahí compadre, y no la hagas de tos”.

 

El problema de fondo es que nadie transita ya con ingenuidad. La telefonía celular en manos de los «halcones» permite a los delincuentes conocer de antemano el contenido de un camión que circula con aparente inocencia. Amén de que buena parte de las policías (municipales, judiciales) están en contubernio con los asaltantes.
Es lo que se cuenta en Los bandidos de Río Frío, la magistral novela de Manuel Payno, demostrando que desde siempre en México los salteadores han guardado colusión con la gendarmería. Robar, porque el dinero fácil es la norma. Ocurre en todas las modalidades… robo a tráileres, huachicoleo de combustible, robo de luz, de agua, de alcantarillas, del cableado eléctrico. Robar (verbo que en náhuatl inicia con la letra «ch»), es la norma creciente. Y la economía nacional rozando el índice de la recesión.

Asalto a la diligencia Manuel Serranoca. 1855. Oleo sobre tela. Museo Nacional de Historia INAH.

Por ello los transportistas decidieron el paro del lunes 24. No saben cómo, pero su desesperación es mayúscula. Se estima que diariamente son robados 70 autotransportes en los caminos del país, que es hablar de mil 500 toneladas de mercancías. Pero los culpables, ya lo sabemos, son los de atrás… los neoliberales del antepretérito; porque ahora es distinto.
Pareciera que la consigna es hacer colapsar al país. Lo mismo los contingentes del magisterio en rebeldía que el ”bloque negro” rompiendo vitrinas; los vecinos del barrio sin agua que los estudiantes radicalizados. Ocupar la carretera, la caseta de peaje, colapsar el libre tránsito de personas y mercancías (que por cierto garantiza la Constitución en su Artículo 11).

Y como el gobierno no se prestará a equipararse con los del antiguo régimen, no habrá fuerza pública para garantizar el cumplimento de la ley. “Jamás reprimiremos”, es el lema de hoy, y que cada cual haga lo que se le pegue la gana estrangulando caminos, vendiendo huachicol o galletas robadas.
 ¿Entonces para qué gobernar si de entrada se anuncia que no habrá de cumplirse la ley? Policías que no hacen respetar la autoridad, ladrones adueñados de las carreteras, delincuentes que matan a los que se oponen a la extorsión. Y los ciudadanos, bien gracias, encerrado en casa para no sufrir el colapso.