Mis hijos me dan guerra todos los días. Es la frase que se escucha a diario en miles de hogares… chamacos latosos que rompen todo, muchachos en rencilla permanente, escuincles incontrolables que se vinculan al crimen a la menor provocación. ¿Y por qué no?, alguien diría, si el Himno Nacional menciona y repite nueve veces la palabra “guerra”.
Mexicanos al grito… Guerra, guerra sin tregua… y etcétera.
Es que lo traemos en la sangre, eso de ser permanentemente rijosos. No olvidemos que el himno fue compuesto por Francisco Bocanegra en las postrimerías de la guerra contra Estados Unidos (1847-49), cuando debimos ceder la mitad del territorio al gobierno de James Polk… aunque fuimos compensados con 2 millones de dólares por los daños de la intervención. Cuando se decidió la invasión, perdimos de hecho todas todas las batallas; la de Veracruz, la de Cerro Gordo, la del Convento de Churubusco, Molino del Rey y la del Castillo de Chapultepec.
Luego de mirar el televisor unos minutos, esos mismos niños incontrolables se voltean para preguntar, ¿estamos otra vez en guerra mundial? Y les asiste la razón luego de ver las escenas en Gaza, en Ucrania, en Irán, en las calles de Los Angeles y, a ratos, en el corazón de Sinaloa. Bueno pues, ¿qué sigue?
Lo aseguró Carl von Clausewitz en su tratado clásico, donde asegura que la guerra no es más que “la continuación de la política, pero por otros medios”. La política, que es dominación, mando y obediencia, de Porfirio Díaz a Díaz Ordaz. El manotazo, y callar y obedecer… hasta que no.
La historia del México independiente ha sido la historia de innumerables guerras: la de Independencia, la asonada contra el emperador Agustín de Iturbide, la Guerra de Reforma, la Guerra de Tejas, la invasión norteamericana, la francesa para instaurar el Segundo Imperio, la contienda republicana para derrocar a Maximiliano, la Guerra de Castas, la Revolución maderista, la asonada de Victoriano Huerta y la guerra de facciones que le siguió, la guerra contra los agraristas de Zapata y los bandoleros de Villa, la Guerra Cristera, la Guerra Mundial (Escuadrón 201)… que por cierto ganamos, y luego las guerrillas guevaristas de la sierra de Chihuahua (Arturo Gámiz) y Guerrero (Lucio Cabañas), la sorda guerrilla urbana de los años setenta, para concluir con el alzamiento del EZLN en las cañadas de Chiapas. Alguien diría, ¿es que no nos podemos estar en paz?
Con todo y todo, el siglo actual ha sido un periodo sin convulsiones. Luego de la llamada transición democrática (año 2000), ciertamente hemos gozado de una paz relativa, sin considerar los eventos de violencia (el caso Ayotzinapa, la matanza de San Fernando) amén de los desórdenes que acompañan a las movilizaciones del feminismo recalcitrante y el magisterio radicalizado, por no referirnos a la expansión de la violencia que las mafias han sembrado por todo el país, y que tienen en jaque al gobierno. La corrección política nos impide hoy llamarla, como se hizo años atrás, “guerra contra el narco”.
Así las cosas hoy despertamos ante un complicado panorama internacional que seguramente será asunto central en la reunión de Grupo de los Siete que se ha citado en Alberta, Canadá.
Lo de la Franja de Gaza parece el cuento de nunca acabar. Desde la guerra del Yom-Kipur, en 1973, el conflicto árabe-israelí ha evolucionado con periodos de altibajos. Cuando ocurrió el ataque de Hamas al asentamiento judío en Kibutzim, el 7 de octubre de 2023 (y en el que fueron asesinadas mil 195 personas), muy pocos quisieron imaginar que eso no implicaba una nueva declaración de guerra. Es lo que ha ocurrido desde entonces, y que nadie se llame a sorpresa.
Consecuencia de lo anterior ha sido la guerra (no declarada) entre la Guardia Militar Islámica, que gobierna Irán desde la revolución de 1979, y el gobierno de Benjamín Netanyahu. Aunque el Casus Belli del conflicto fue la agresión de Israel a la embajada iraní en Damasco (donde se ocultaban los dirigentes de Hamas), días después el gobierno islámico de Teherán lanzó una andanada de 320 misiles y drones contra Israel, estableciéndose en los hechos un nuevo frente de guerra.
Lo de Ucrania ya dura tiempo, y no hay que insistir demasiado en el asunto. La Rusia de Putin decidió la invasión militar de Crimea en el verano de 2014, y los demás han sido las consecuencias de un país independiente (por cierto que el más extenso de Europa) luchando desde las trincheras contra el heredero del mariscal Stalin.
Y en las calles de Los Angeles, Chicago y Nueva York lo mismo, asoman las banderas mexicanas en pie de guerra contra los oficiales de la agencia de migración trumpista (ICE), que han declarado la guerra a los migrantes latinos, fundamentalmente mexicanos, con papeles y sin ellos. Una guerra xenofóbica, a todas luces, con centenares de detenidos, algunas patrullas incendiadas y foros supremos donde se vilipendia a los migrantes contemporáneos, tildándolos de nacotraficantes y terroristas.
Guerra sin cuartel, la que estamos presenciando, que por sus alcances tecnológicos (Irán está a punto de construir sus primeras bombas atómicas) nos hacen recordar a sir Winston Churchill quien, al iniciarse la Guerra Fría de los años sesenta, declaró con su proverbial llaneza: “No me preocupa lo que pudiera ocurrir se se desata una Tercera Guerra Mundial… me preocupa la Cuarta, que será a palos y pedradas”. Banderas, himnos, iracundia; la especie humana tan dada a la intolerancia.
El vicio de los pensionistas gringos se denomina Bingo. Es una suerte de lotería donde se gritan los guarismos, del uno al 99, para completar la cartilla, hasta que algún viejillo grita eso, “¡bingo!”. Así muchos, boleta en mano, parodiaron el domingo pasado la ruleta judicial… ¿el 22 o el 4, la 37 o la 13?, y que la diosa Fortuna se encargue de la designación de los señores magistrados.
Ya que estamos con las preguntas, ¿qué son los 27 mil millones de pesos empleados en el ejercicio comicial del 1 de junio? Pues eso, 270 pesos por piocha que (ya aprendimos la lección) sirvieron para marcar el bingo judicial que nadie, nadie de los nadies pudo aprenderse. Insisto, ¿Rutilo Méndez o Lucrecia Hernández?, y que San Acordeón lo resuelva.
Este ejercicio comicial pasará a la historia como “la elección de los acordeones” pues nadie habría podido reconocer los méritos de los postulantes. De ahí que, oficial y extraoficialmente, empezaron a circular los acertados “acordeones” que impedirían confundir la destreza jurídica del 33 o de la 14. Si en mis años de pupilo el “acordeón” era imprescindible para resolver la fórmula de los paralelipípedos, ahora hasta el ex presidente López Obrador ha llevado el propio a la casilla en Palenque, no fuera a ser que cayera en confusiones.
La pregunta quedará en el aire. ¿No ha sido éste un ejercicio electoral innecesario, es decir, un desperdicio? Habrá que ver los resultados, y que el Cielo nos guarde de ver convertido el Judicial en una suerte de Secretaría de la Justicia, igual que la SEP o la SHCP.
Lo que estamos presenciando es la consolidación gradual de la nueva mayoría que pretende constituirse en régimen absoluto, como el PRI de Lázaro Cárdenas y de Carlos Salinas, o de Adolfo Ruiz Cortines y Gustavo Díaz Ordaz. El régimen de la mayoría que, en ruso, se denomina “bolchevique”. Revisen su diccionario, porque los minoritarios, obvia recordarlo, era la facción “menchevique”. Cuestión de asimilar las lecciones de la historia, por más que ahora los declarantes se cansen de argumentar que no somos Nicaragua, Venezuela o Cuba. Y que Dios nos coja confesados.
Cabe imaginar que esa mayoría-minoría que anuló su voto (o no acudió a sufragar), constituye una expresión cierta del desdén contra el cerco al Poder Judicial. Desaire por convicción, desconfianza o desaliento. “Que sigan haciendo de las suyas hasta que se cansen”, o rompan el juguete nuevo, al fin que cada seis años se restituye. Y que alguien ponga el disco de Javier Solís interpretando “Desdén”, al fin que a alguien le habrá de venir el saco: “Mira mi sufrir, oye mi alma gemir, ¿qué no ves que sin ti ya no puedo vivir?”.
Los que asistieron a esa premier en la Cineteca Nacional aún lo recuerdan. Era el jueves 12 de febrero de 1976, y a punto de iniciar la proyección de “El reportero”, la premiada película de Antonioni, irrumpió el novelista afrancesado (recién había desembarcado de París), y dirigiéndose al novelista de Aracataca, en la primera fila de la sala, le soltó un puñetazo al rostro. Gabriel García Márquez, que apenas lo saludaba, rodó al piso y Vargas Llosa se fue sin decir palabra. La “china” María Luisa Mendoza, ahí presente, clamaba: “Traigan un bistec”, para el moretón. Así moría esa fraternidad literaria que algún crítico bautizó como “el boom latinoamericano”, luego que Rodrigo Moya la retratara en su casa al acudir al llamado de Gabo.
Habían sido amigos y cómplices, en las buenas y en las malas, durante los años de zafacoca en Barcelona, París y La Habana donde conversaban con sus pares, Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Carlos Barral y José Donoso. La deslumbrante camada se extinguió la semana pasada con el fallecimiento de Mario Vargas Llosa en su casa familiar de Lima.
Contar y recontar la vida. La vida nacional y la vida personal, la tragedia que es Latinoamérica a ratos, la pasión y la desesperanza, la utopía, la entronización del poder, la barbarie que se niega a abandonarnos. Todo ello habita en las novelas de esos monstruos de la narrativa –el Boom– que se fumaron la vida con su obra, como aventureros desaforados.
En México se recordará por siempre la expresión destemplada que hizo Vargas Llosa en el verano de 1990 para describir al régimen del PRI. “La dictadura perfecta no es el comunismo, no es la Unión Soviética, no es Fidel Castro, la dictadura perfecta es el PRI en México”. Sentencia que quedó como de bronce. La dictadura no tan perfecta que había perdurado 70 años (desde 1929, en que Plutarco Elías Calles lo fundara como PNR). Y con cajas destempladas alguien le sugirió que sí, abandonara prontito el país. Y se le quedó el mote. La perfecta dictadura que ni Somoza, ni Perón, ni Trujillo lograron instalar, per se, en sus propios países.
La novelística de Vargas Llosa recoge algunos episodios regionales del caso. Es lo que se narra de modo magistral en La Fiesta del Chivo, La guerra del fin del mundo, Historia de Mayta, Tiempos recios, y de algún modo en La casa verde, Conversación en la catedral, El pez en el agua. En esas novelas Vargas Llosa nos cuenta las ilusiones de redención nacional, el atraso popular, el ejercicio del poder que se arrogan esos tiranuelos ávidos de codicia y venganza, cuyos nombres hacen heder las páginas de la historia continental… Fulgencio Batista, Alfredo Stroenssner, Augusto Pinochet, Jorge Videla, Hugo Chávez, nuestro Victoriano Huerta, “Papá Doc” Duvalier.
Dictadores de pacotilla que sucumbían en la primera asonada pues nunca supieron hacer “institucional” la sucesión del poder, como aquí lo vislumbró el Jefe Máximo, ya lo decíamos, Plutarco Elías Chávez. Sólo que la democracia, cuando se conquista en las calles y en las urnas, se vuelve del todo aburrida y no es candidata a protagonizar un ejercicio narrativo de peso. ¿Alguien se animará a escribir la novela de Dilma Roussef, de Andrés Pastrana, de Enrique Peña? Serían convenientes para la lucha contra el insomnio.
En un arranque de arrogancia, discípulo al fin de Jean-Paul Sartre, Vargas Llosa sintió la necesidad existencial de trascender en el plano político. Como nadie de su generación, se lanzó a la campaña electoral por la presidencia del Perú en 1990, que perdió ante un anónimo candidato de apellido japonés, que terminaría en la cárcel. Rómulo Gallegos, escritor colombiano, sí logró la presidencia de su país (1947-48) hasta que fue derrocado. Lo mismo intentaría nuestro José Vasconcelos en la campaña antirreleccionista de 1929, pero el temerario intelectual político fue derrotado por el incipiente y perfecto régimen.
Mario Vargas Llosa fue igualmente aventurero. En la literatura, combinando los episodios biográficos con la narración histórica, en la vida personal, concertando relaciones sentimentales cada decenio, en la vida intelectual, ciñéndose al liberalismo luego de abandonar las militancias juveniles de corte comunista.
Fue el más importante escritor en lengua española de su generación, y así fue reconocido por los jurados del Premio Nobel y del Príncipe de Asturias. Cumplida su misión, en los últimos años fue conciliándose consigo mismo y su gente. En 2022 publicó en la revista Letras LIbres un cuento denominado “Los aires”, en el que describía el aburrimiento y la extrañeza de un personaje que no se reconoce ya en los ámbitos de antaño… la gente ya no conversa, sino que dialoga con sus telefonitos, y todo ha perdido de interés. Luego anunció que ya no colaboraría con su columna periodística Piedra de toque, y se despidió de sus lectores. Al poco abandonó a Isabel Preysler, con quien había concertado un romance de socialité, y retornó al seno familiar con Patricia, su mujer.
Paseaba por los barrios antiguos de Lima, se reconocía en las avenidas de antaño, conversaba con sus hijos, recibía a viejos amigos en su casa. El héroe estaba fatigado, su existencia había sido del todo imperfecta, pero vital como ninguna. Sí, el mundo le había pertenecido. ¿Qué más?
El uso viene de los tiempos en que abandonamos las cavernas (¿abandonamos?). La secta, la tribu, el clan era lo que debía imperar; es decir “los nuestros”. Somos de la misma sangre, mamamos en el mismo lecho, “amarás a tu padre y madre”. Tú mi carnal, mi bró, ¿no semos lo mismo?

La Familia Real siempre ha sido respetada y obedecida sin menoscabo, por lo menos en los regímenes de monarquía parlamentaria. Alrededor de ella se extiende el boato de sumisión y respeto. “La Familia Real ha dado sus pésames”. El poder no se comparte y, cuando llega el momento, asoman los puñales. De eso tratan los dramas de y ante la lectura del testamento vienen las disputas y los arrebatos. “Hasta en las mejores familias sucede”, o precisamente.
En términos lingüísticos “nepote” significa sobrino, nieto, y era la costumbre de los Papas en Roma, desde los tiempos del Renacimiento, ésa de colocar en puestos administrativos a sus parientes de más confianza (incluso sus hijos). El diccionario describe el concepto como “la utilización de un cargo para designar a familiares o amigos en determinados empleos o concederles otro tipo de favores, al margen del principio de mérito y capacidad”. O sea, favoritismo con los de casa, amiguismo, enchufe.
En días pasados el legislativo en turno resolvió que la iniciativa de acabar con el nepotismo en los procesos electorales fuera una realidad… hasta el proceso de 2030 (¿ó 2300?). O sea, que los candidatos a la presidencia, diputaciones, senadurías, gubernaturas y otros cargos locales deberán cumplir el requisito de no tener parentesco consanguíneo o civil con el servidor público al que aspiran a suceder, ni tener vínculo de matrimonio o concubinato con el funcionario saliente.
La familia como trampolín político es un hecho en todas las naciones. Los Kennedy, los Bush y los Clinton en Estados Unidos; los Frei en Chile, los Somoza en Nicaragua, los Kirchner en Argentina, los Trudeau en Canadá, los hermanos Kaczinski en Polonia y los Castro en Cuba. Todo queda en familia, ya saben dónde se guardan las toallas, sólo habría que cambiar el paño a la silla presidencial.
En México ese caudillaje se explica por sí mismo. Con sólo nombrar el apellido se comprende el linaje sucesorio… los dos Miguel Alemán, los tres Cárdenas (abuelo, hijo y nieto), los hermanos Manuel y Maximino Ávila Camacho (su biografía está contada por Ángeles Mastretta en su novela “Arráncame la vida”), los hermanos Salinas de Gortari, los Monreal en Zacatecas, los Yunez en Veracruz, los Figueroa en Guerrero, los Sansores en Campeche… y así hasta completar el directorio.
En las naciones gobernadas por la monarquía eso no está en discusión. Las casas reales son sucesorias, manda el Rey o la Reina y todo mundo contento… hasta que les llega su hora en el cadalso: los Borbones en Francia, los Romanov en Rusia. Por eso, quizá, la necesidad de compartir las cosas en familia y de ese modo evitar las envidias y la rebatinga. “Para todos hay”, nomás fórmense por estaturas.
La administración de la cosa pública, por lo demás, no es equiparable al manejo de una tlapalería, aunque hay casos… La ironía de un gobierno que repite apellido, en todo caso, es que garantiza la ausencia de secretos. En charlas familiares y de sobremesa es como se comprende el manejo de los hilos del poder, los grupos y sectores, los sindicatos, los partidos, las cofradías. Vamos, que en familia todo se sabe…
Pero eso se acabó. Ahora deberán ser los méritos y desempeños propios la garantía de un buen ejercicio público, y no ser más un “junior” del PRI o de Morena. Personas con estudios y conocimientos, con buenas maneras y facilidad de palabra, con vocación de servicio y honorabilidad. De esos que se cuentan con los dedos de un manco… pero será hasta dentro de cinco años (si acaso), porque todavía podremos tener diputados y alcaldes sin título y de sonrisa cínica apretujados a la hora de sacarse la foto con el bueno… o con el hijo del bueno. Sonríe y trasciende, que ya eres de la familia.