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David Martín del Campo

LA CULPA ES DEL ÁGUILA

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Me he de comer esa tuna, se llama la canción que homenajeaba a Jorge Negrete, y que Manuel M. Esperón hizo arrancar con la estrofa que nos tiene hoy atribulados: “Guadalajara en un llano, México en una laguna”.
         Sí, la leyenda asegura que los dioses del paraíso mexica determinaron que la ciudad de los nahuas debía ser fundada donde el águila y la serpiente fueran sorprendidas en lucha a muerte. Y fue ahí mismo, en el islote central del gran lago de México, donde se decidió erigir la gran Tenochtitlan que, como repiten los profesores hasta el cansancio, era una metrópoli lacustre y que por lo mismo inexpugnable.
Lago de Texcoco, se le llamaba, y que se extendía a los largo de más de cien kilómetros (de Zumpango a Chalco), convertido con el tiempo en la cuenca donde hoy se asienta el extinto Distrito Federal. Esa misma cuenca donde se han registrado, en las recientes semanas, cientos de inundaciones como efecto de la lluvia incontenible. Aluviones y anegamientos en Naucalpan, Chalco, Tlalpan, el Centro Histórico, Ciudad Neza… Y como siempre hay que señalar a un culpable, éste se halla en las autoridades municipales que no desazolvaron las coladeras, en los puercos vecinos que tiran la basura en las calles, en la deficiente labor del servicio metereológico nacional.
         El hito histórico se remonta al año de 1629, cuando se registró la Gran Inundación que mantuvo a la ciudad bajo el agua (dos, cuatro metros) y que se prolongó hasta 1631. Las personas vivían en los segundos pisos, las misas se oficiaban en las azoteas, el transporte era por medio de canoas y trajineras. Incluso se pensó mudar los poderes de gobierno a otra urbe (tal vez Puebla) porque sencillamente el lago de Texcoco había retornado a sus lindes originales. Fue el tiempo en que se mandó construir el tajo de Nochistongo, al norte de Cuautitlán, para drenar el lago de Zumpango… y salvar así a la metrópoli que por aquel entonces sumaba 150 mil almas.
         Ha sido desde siempre el gran problema de la ciudad capital: desaguar, desecar, drenar las aguas de un lago inmenso que se niega a desaparecer. Luego, ya en el siglo XX, vendría la construcción del Canal de Desagüe (flanqueado por el reluciente Viaducto Miguel Alemán, 1950), y después el Drenaje Profundo,  (150 kilómetros de tuberías de cinco metros de diámetro) inaugurado por el presidente Luis Echeverría, y que fue la solución temporal del asunto.
El problema que deriva de ubicar una ciudad en el fondo de un lago cuyo instinto cenagoso perdurará por siempre. Por eso iniciábamos con la canción de Esperón, sí “México en una laguna”, completada con la rima de Raúl Sandoval con aquello de que “yo siempre fui el que soy, jamás te dije mentiras, y puse a tus pies mi vida”, o por lo menos una inundación.
         Manuel Perló Cohen, especialista en el estudio del drenaje y el suministro acuífero de la ciudad capital, recientemente publicaba un artículo donde celebraba la nostalgia lacustre de ilustres paisajistas como José M. Velasco, Eugenio Landesio y Daniel T. Egerton, quienes a lo largo del siglo XIX e inicios del XX buscaron retratar esos humedales donde las trajineras cruzaban por los canales de Tlahuac y La Viga, donde convivían los ajolotes con los chichicuilotes. Las canoas que bajo el puente se cruzaban con las carrozas y los primeros automóviles. Nostalgia de un México de epazote y cempazúchil despuntando en las chinampas.
Así que no nos engañemos. Los diluvios que llegan con estos, “los relámpagos de agosto”, no son causa de las malditas inundaciones, sino al revés: es el lago que busca renacer a la menor provocación, el mismo lago que permitió la batalla final de la Conquista, que por cierto fue naval, cuando los trece bergantines del ejército español-tlaxcalteca lograron la captura del último emperador en el verano de 1521. “Águila que desciende”, era su nombre, como la que llegó al escudo nacional. Tan culpable como la serpiente, cuando juntas decretaron que nos aposentásemos en esta tierra; es decir, agua.

MIL PESOS

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Bonito León Guanajuato, se cansaba de cantar José Alfredo, botella en mano, porque amor sin sufrimiento no es amor y allá en su feria con su jugada la vida no vale nada… Es verdad, ¿cuánto cuesta la vida en México?
    No se queda atrás la Comisión Nacional del Salario Mínimo al situar éste en 172 pesos con 87 centavos. Serán suficientes, sí, “para satisfacer las necesidades normales de un jefe de familia en el orden material, social y cultural para proveer la educación de los hijos”. Muy bien, aunque hay indicios que llevan por encima de esa estimación.
    Como se recordará, el lunes 4 pasado la señora Noemí acudió a las oficinas del DIF en el barrio de Neza-Bordo luego de que las agencias del MP en Los Reyes y Ciudad Neza desatendieran su caso. No le entendían, toda vez  que la mujer denunciaba que su pequeño de cinco años había sido robado por una vecina y no se lo querían devolver. El caso ocupó las planas de la prensa debido a la bestialidad del hecho: El niño Fernandito había sido secuestrado “en prenda” por una deuda de mil pesos que doña Noemí debía a su vecina Ana Lilia, en la misma colonia El Pino donde habita.
    Luego del peritaje que realizó la agencia especializada en Delitos de Género, se halló el cuerpo del infante dentro de una bolsa de plástico. Los agentes señalaron que Fernandito presentaba heridas en todo el cuerpo y que había fallecido a consecuencias de un martillazo (posiblemente) en la cabeza. De inmediato fueron apresados los parientes Lilia N. y Carlos N. junto con doña Ana Lilia, quien manifestó que no sabía leer ni escribir.
    Todo por los mil pesos que le habían prestado a Noemí, y que se negaba a pagar. De ese modo queda actualizada la estrofa del vate de Dolores Hidalgo pues no; es falso que la vida no valga nada. Vale mil pesos que, puestos en dólares, son apenas $50.
    ¿Vale más un ser humano con estudios en Harvard o Stanford (como nuestra señora Presidenta), que un niño de familia analfabeta en los márgenes de Ciudad Neza? Antes de responder recordemos, ¿cuánto pagó el Sanedrín a Judas Iscariote por la entrega del Nazareno? Treinta denarios, muy buenos, y la zozobra que lo acompañó por el resto de sus días.
    Treinta denarios, mil pesos, ¿cuál es la cantidad mínima que aceptan las compañías aseguradoras para contratar un seguro de vida? Eso me lleva a recordar el precio acordado por la vida de los presos políticos durante la dictadura de Augusto Pinochet. Alguna vez, conversando con el buen Hugo Gutiérrez Vega, recordábamos sus años cuando dirigente del Comité de Solidaridad con el Pueblo Chileno.
    El golpe militar que derrocó al gobierno de Salvador Allende fue en 1973 (el 11 de septiembre), y un año después Gutiérrez Vega desde México logró pactar la liberación de algunas decenas de presos del gobierno de la Unidad Popular.
    “En el Comité nos hicieron saber que el gobierno chileno estaría dispuesto a liberar a algunos prisioneros por un trueque en metálico. Un preso por una maleta llena de dinero en billetes de 20 dólares. El gobierno de Echeverría nos dio todas las facilidades y así volamos a Panamá, donde nos entrevistamos con dos coroneles chilenos que descendieron del avión donde venía medio centenar de presos políticos. Y se dio el intercambio”.
    Eso del precio de una vida me hace recordar, igualmente, el viacrucis de un amigo que recientemente transitó por los quirófanos de un afamado nosocomio a sur de la ciudad… ingresado a consecuencia de una apoplejía ya no superó. Durante dos meses los médicos le ordenaron radiografías, ultrasonidos y tomografías de todo tipo sospechando desde luego que el paciente ya no se levantaría. Así lo enviaron a su casa, aquejado de una atrofia total y con una deuda cercana a los cuatro millones de pesos que, para nada. A la semana pasó a mejor vida.
     Entonces, ¿la vida cuesta 30 denarios, una maleta llena de dólares, 4 millones o los mil pesos que quedó a deber la mamá de Fernandito? La patria bien vale la vida, nos lo recuerda la abnegada estrofa que promete “exhalar en tus aras su aliento”, si el clarín lo convoca. Así que actualicemos la copla del buen José Alfredo y no, que la vida no valga nada sino al menos un poquito… por lo menos los mil pesos de Fernandito, que hubieran alcanzado para comprarle un bonito triciclo.

El viento a Juárez.

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El asunto es la inmortalidad. Que el egregio paladín perviva por siempre en el corazón de los ciudadanos. Aplausos, vítores, y que la pátina del tiempo no los haga sucumbir. ¡Vivan los héroes que nos dieron patria y libertad, los que salvaron la banca estatizada, los que adquirieron las vacunas de Pfizer contra el Covid-19!
         Siempre habrá alguna proeza que celebrar, sólo que para impedir que la efeméride se esfume con el discurrir de las calendas, el escultor se yergue como el artista necesario. Esculpir la estatua del prócer, y que ya las nuevas generaciones se encarguen de desfilar ante el pedestal de granito memorizando el apotegma que lo definió: “El respeto al derecho ajeno…”, “¡Hoy, hoy, hoy!”, “Defenderé al peso como un perro”.
         Se han llevado las estatuas de Ernesto Guevara y Fidel Castro de la banca donde reposaban en el parque de la Tabacalera. La alcaldesa Alessandra Rojo de la Vega aseguró que la medida fue porque las figuras eran víctimas del vandalismo permanente. Así ahora, resguardadas de las inclemencias, descansarán en la bodega vigilando cómo evoluciona la revolución continental que inició con el asalto al Cuartel Moncada el 26 de julio de 1953. Y lo que sobrevino.
         Por cierto que el jueves pasado falleció Isabel Custodio, quien fuera pareja sentimental de Castro Ruz durante su exilio en México. La guapa señora es autora de “El amor me absolverá”, novela que hace un guiño a la célebre frase que el doctor Castro lanzó cuando fue condenado por el régimen de Fulgencio Batista. Como algunos recordarán, el batallón que daría inicio a la revolución en Cuba se formó en la ciudad de México, entrenando en las faldas del Chiquihuite y organizando la estrategia en las mesas del café La Habana.
         En 1956 el grupo adquirió el yate “Granmá” en Tuxpan, Veracruz, en el que iniciarían la travesía revolucionaria. Lo tripulaban 82 expedicionarios –entre ellos Fidel y Raúl Castro, el Ché Guevara y Camilo Cienfuegos–, de los que un año después sólo sobrevivirían doce. Lo demás es historia.
         El grupo vivía disperso en los alrededores de la colonia Tabacalera, donde fueron apresados por el director de la DFS, Fernando Gutiérrez Barrios, quien los mantuvo en prisión varias semanas. Luego, por órdenes del presidente Adolfo Ruiz Cortines, fueron liberados, y no perdieron el tiempo para iniciar su travesía en el desvencijado yate que les costó 50 mil pesos. De ahí que en el verano de 2017 el delegado Ricardo Monreal contratara al escultor Oscar Ponzanelli para realizar el par de figuras de bronce que celebran el encuentro de Fidel con el Ché.
         Han retirado sus efigies por no ser del gusto de la alcaldesa, igual como fue retirada la estatua de Cristóbal Colón de la glorieta que aún lleva su sombre. Igual suerte corrió la figura ecuestre de José María Morelos en la autopista a Cuernavaca (en realidad fue sustraída en 2012), como fue arrebatada la efigie de Vicente Fox en Boca del Río, y derribadas las efigies de Lenin en Moscú al desaparecer la URSS; ya no se diga las estatuas de Saddam Hussein en Irak durante “la Madre de todas las Batallas”.
         ¿Alguien recuerda cuando en 1943 la Liga de la Decencia logró que a la Diana Cazadora (obra de Juan Olaguíbel) en Paseo de la Reforma le fueran añadidos unos calzones de bronce?
         El crimen de apostasía tuvo su esplendor en los siglos VII y VIII de nuestra era, cuando los primeros cristianos se lanzaron a destruir las representaciones de Cristo y los santos obedeciendo el edicto de iconoclastia decretado por León III, quien decretó que “se debía venerar al Ser Supremo y no a sus representaciones”.
         Ha sido la tradición en los periodos de turbulencia. Los soldados de Hernán Cortés destruyendo los monolitos de idolatría, o el gobernador radicalista de Tabasco, Tomás Garrido Canabal (1923-35), incitando a quemar iglesias y fusilar santos, apoyado en el movimiento de los Camisas Rojas que, irónicamente, comandaba el insigne Carlos Madrazo, después dirigente del PRI.
         Camisas Rojas, Ligas de la Decencia, milicianos de Hamas; cada cual halla sus razones para ejercer los nuevos modos de la herejía. Destruyamos, arrasemos, arranquemos las efigies de nuestros rivales, al fin que para alcanzar al Benemérito en su alto pedestal, los vándalos encapuchados no le llegarán ni a los talones. Su furia iconoclasta le hace lo que el viento.

¡Fuera Gringos!

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En términos clásicos estaríamos hablando de la nueva burguesía. Así fueron llamados los antiguos habitantes de los burgos (las ciudades) en la Edad Media. O sea, personas con estabilidad económica y social que les permite vivir con suficiente comodidad. Y peor si proceden de Wisconsin y residen en la colonia Hipódromo-Condesa.
         La palabra es un galimatías horroroso, “gentrificación”, que procede del inglés gentry, equivalente a una cierta nobleza mediana, en contraposición con la plebe. Lucha de clases, a fin de cuentas, que es la moda ideológica desde que Carlos Marx publicó sus ideas.
         La primera semana del julio fue despertada por ese vandalismo de nuevo cuño… el odio al extranjero, sobre todo si son norteamericanos, y que se han adueñado de muchas viviendas y espacios en las zonas más apacibles de la Metrópoli; las colonias Condesa, Roma y Nápoles. Pintas y graffitis donde se demanda lo impensable: “Primero Nuestra Cultura”, “Fuera Gringos”, “Hablen Español” (¿y por qué no náhuatl?).
         Esa campaña de xenofobia se reproduce igualmente en Barcelona, Atenas, Londres, donde el turismo veraniego asalta, materialmente, los espacios más apacibles. Alojamientos en hostales y apartamentos en régimen de Air-b&b que ocasionan el alza de los alquileres y, consecuentemente, el desplazamiento de los vecinos nativos. Es decir, la elitización de un barrio que hasta hace poco disfrutaba de su feliz medianía.
         En términos políticos el asalto del 4 de julio protagonizado por los vándalos contra la gentrificación (que destrozaron terrazas y vidrieras) se empata con las escenas de la semana anterior, cuando los agentes de ICE cargaron contra los migrantes –ilegales y no– en las calles de Los Angeles, Houston y Nueva York… respondiendo a la hostilidad de siempre que ha guardado contra ellos el señor Donald Trump.
         Xenofobia (y no otra cosa) en tiempos de la globalidad turística. Ahora lo interesante no es “visitar” tal o cual ciudad o mausoleo, sino “vivir” en el sitio… conocer a fondo su gastronomía, todos sus museos, convivir con la gente y el idioma. No ser más un “turista”, sino un “huésped”. Si a ello añadimos el principal efecto de la pandemia del Covid-19, que fue el encierro de meses y la oportunidad de laborar “a distancia” por medio de internet, tenemos como resultado esa nueva especie que son los empleados remotos del “teletrabajo”. Es decir, perfectamente se puede laborar desde una terraza en la colonia Roma y cobrar quincenas depositadas en Atlanta o Chicago.
         A eso hay que añadir una obviedad: el costo de vida en México es tres veces menor que en EU, por lo que el visitante gringo ve mejorado en mucho su nivel de consumo. Por ello queda en el aire la frase de Marx (otra vez) cuando los obreros parisinos –la Comuna de 1871– tomaron el control de todos los edificios de gobierno y, por un breve periodo, lograron arribar “al cielo por asalto”. El cielo comunista, hay que precisarlo.
         Así ahora los vándalos por aquí y por allá, ocupando las calles todo un día, las plazas municipales y las carreteras, parecieran emular a los obreros franceses de aquel entonces… como los otros vándalos, más aguerridos y mejor pertrechados, se van apoderando de la mitad del país mediante el crimen, el narcotráfico, la extorsión, el despojo, el huachicol. Cuatreros justicieros, y de los otros, tomando el control del país.
         El asunto de fondo es que existen dos ciudades dentro de una misma. La ciudad “sufrible” y la ciudad “habitable”. La primera queda lejos, en la periferia, donde para salir o arribar se requieren horas de transporte, amén de que carecen de servicios de calidad en el entorno. La ciudad habitable es lo contrario. Se vive a pie, tiene bonitos bulevares, hay tiendas de todo, cafeterías, bares y restaurantes; no hay necesidad de sufrir el transporte público que, en la ciudad de México, es una tortura.
         Es la metrópoli que soñó Maximiliano cuando emperador, y ordenó al urbanista Alais Bolland el trazo de la Calzada de la Emperatriz (a imitación de los Campos Elíseos), para comunicar el Castillo de Chapultepec con Palacio Nacional. Ahora se le conoce como Paseo de la Reforma y alrededor de ella, ciertamente, bulle la vida donde la gentry mexicana habitó… hasta la llegada de los odiados norteamericanos. ¡Fuera gringos!

HIDROFOBIA

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Barry y Flossie, qué ternura de nombres: dos borrascas que azotan las costas mexicanas para inaugurar la temporada de huracanes. Inundaciones, desbordamientos, deslaves, ahogados, y los reporteros peleando por narrar la peor catástrofe. Veinte desaparecidos, más de cien casas bajo el agua, todas las escuelas cerradas por orden de las autoridades, se implemente el Plan DN-III por la gravedad del desastre.
         El país se ubica en una cruel encrucijada. Bajo el suelo coinciden tres placas tectónicas que muy seguido nos obsequian sismos de intensidad variable… Por el cielo circulan eso que románticamente denominaban “aire marítimo tropical” y que no es más que el sendero donde transitan los cúmulos nubosos –de uno a otro océano–, y que en las canículas derivan en tormentas y ciclones.
         Así ahora, luego del ciclón “Otis” que destruyó Acapulco en octubre de 2023, hemos quedado más que escamados. Llega la depresión tropical y ya estamos anunciando su evolución a tormenta tropical, luego a huracán en sus varias categorías. Somos entusiastas del desastre, morbosos por naturaleza, y que el sicoanalista se encargue de hallar las causas en nuestra tenebrosa infancia. Hambre de crisis y catástrofes; qué remedio, hay que aprender a vivir con el desastre cotidiano. Es el ciclo de la vida.
         Antiguamente los ciclones (que en América denominamos “huracán”) eran realmente sorpresivos. Ante la ausencia de satélites meteorológicos, la proximidad de las tormentas quedaba en manos de los barómetros. Y cuando la tempestad azotaba, no había alerta de contingencia… el mal tiempo se convertía en tormenta, y la tormenta en desastre. Ya se sabía, la maldición llega con los meses que terminan en “bre”: septiembre, octubre… porque entonces son peores los efectos del calentamiento del mar. O, como me dijo un metorólogo de la UNAM: “Los huracanes son verdaderas máquinas de vapor; imagine usted una olla express; calor, agua, y destápela de pronto”.
         A partir de los años 60 los satélites geo-estacionarios permiten el seguimiento puntual del celaje marino y su desplazamiento. Ya no hay sorpresas, como con el huracán “Hilda”, que destruyó Tampico en 1955, o “Janet”, que hizo lo mismo con Chetumal cuatro años después. Ahora las trayectorias se siguen minuto a minuto y puede saberse la intensidad de su viento. Agua pasa por mi casa, llega el aviso y no queda más que dirigirse al refugio recién habilitado.
         Los habitantes de Cancún y Monterrey no olvidarán al peor ciclón del siglo XX, “Gilberto”, que asoló la cuenca del Golfo en 1988. ¿Y qué decir de “Kenna”, en 2002, que barrió con Puerto Vallarta? ¿O “Ismael” en Mazatlán, que ocasionó la muerte de un centenar de pescadores? ¿Y “Odile”, en 2014?
         Estiaje y mal tiempo. A eso se reducían las estaciones según lo explicaba mi abuelo. Sequía de febrero a mayo, tormentas de junio a septiembre, “lo demás combinado, pero siempre lo mismo, agua y calor”. No por nada las divinidades que presidían el Templo Mayor, cada cual en su pirámide, eran las de Tlaloc y Huitzilopochtli.
         Hoy es lo mismo a la hora de los noticiarios: guerra y lluvia. La sombra de “Huichilobos” (como le llamaban los conquistadores) asoma en cada corte informativo; catorce muertos en Culiacán, siete en Celaya, ocho en Coatzacoalcos… como partes de guerra de una conflagración no declarada, equivalente a ratos a los reportes de Gaza y Ucrania. Así celebran en la mesa, revisando los avances y retrocesos, Netanyahu, Putin y Huichilobos, sobándose las manos.
         Lo de Tlaloc tira más a la resignación. Meses y meses clamando por el fin del estiaje, los niveles raquíticos de las represas, cuando de pronto despierta y… ¡Aguas!, ruge a los cuatro vientos azotándonos con uno y otro temporal, “Barry” en Veracruz, “Flossie” en Michoacán, y que Dios nos obsequie la gabardina.
         Ya lo decíamos, diluvio e inundación que nos hacen blasfemar contra el sereno Tlaloc. ¿Quién nos manda haberlo secuestrado en 1964 de Coatlinchán, donde reposaba tan tranquilo? “Aborrecimiento al agua”; que así se define la hidrofobia. Vacúnense.

A palos y pedradas

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Mis hijos me dan guerra todos los días. Es la frase que se escucha a diario en miles de hogares… chamacos latosos que rompen todo, muchachos en rencilla permanente, escuincles incontrolables que se vinculan al crimen a la menor provocación. ¿Y por qué no?, alguien diría, si el Himno Nacional menciona y repite nueve veces la palabra “guerra”.

Mexicanos al grito… Guerra, guerra sin tregua… y etcétera.

Es que lo traemos en la sangre, eso de ser permanentemente rijosos. No olvidemos que el himno fue compuesto por Francisco Bocanegra en las postrimerías de la guerra contra Estados Unidos (1847-49), cuando debimos ceder la mitad del territorio al gobierno de James Polk… aunque fuimos compensados con 2 millones de dólares por los daños de la intervención. Cuando se decidió la invasión, perdimos de hecho todas todas las batallas; la de Veracruz, la de Cerro Gordo, la del Convento de Churubusco, Molino del Rey y la del Castillo de Chapultepec.

Luego de mirar el televisor unos minutos, esos mismos niños incontrolables se voltean para preguntar, ¿estamos otra vez en guerra mundial? Y les asiste la razón luego de ver las escenas en Gaza, en Ucrania, en Irán, en las calles de Los Angeles y, a ratos, en el corazón de Sinaloa. Bueno pues, ¿qué sigue?

Lo aseguró Carl von Clausewitz en su tratado clásico, donde asegura que la guerra no es más que “la continuación de la política, pero por otros medios”. La política, que es dominación, mando y obediencia, de Porfirio Díaz a Díaz Ordaz. El manotazo, y callar y obedecer… hasta que no.

La historia del México independiente ha sido la historia de innumerables guerras: la de Independencia, la asonada contra el emperador Agustín de Iturbide, la Guerra de Reforma, la Guerra de Tejas, la invasión norteamericana, la francesa para instaurar el Segundo Imperio, la contienda republicana para derrocar a Maximiliano, la Guerra de Castas, la Revolución maderista, la asonada de Victoriano Huerta y la guerra de facciones que le siguió, la guerra contra los agraristas de Zapata y los bandoleros de Villa, la Guerra Cristera, la Guerra Mundial (Escuadrón 201)… que por cierto ganamos, y luego las guerrillas guevaristas de la sierra de Chihuahua (Arturo Gámiz) y Guerrero (Lucio Cabañas), la sorda guerrilla urbana de los años setenta, para concluir con el alzamiento del EZLN en las cañadas de Chiapas. Alguien diría, ¿es que no nos podemos estar en paz?

Con todo y todo, el siglo actual ha sido un periodo sin convulsiones. Luego de la llamada transición democrática (año 2000), ciertamente hemos gozado de una paz relativa, sin considerar los eventos de violencia (el caso Ayotzinapa, la matanza de San Fernando) amén de los desórdenes que acompañan a las movilizaciones del feminismo recalcitrante y el magisterio radicalizado, por no referirnos a la expansión de la violencia que las mafias han sembrado por todo el país, y que tienen en jaque al gobierno. La corrección política nos impide hoy llamarla, como se hizo años atrás, “guerra contra el narco”.

Así las cosas hoy despertamos ante un complicado panorama internacional que seguramente será asunto central en la reunión de Grupo de los Siete que se ha citado en Alberta, Canadá.

Lo de la Franja de Gaza parece el cuento de nunca acabar. Desde la guerra del Yom-Kipur, en 1973, el conflicto árabe-israelí ha evolucionado con periodos de altibajos. Cuando ocurrió el ataque de Hamas al asentamiento judío en Kibutzim, el 7 de octubre de 2023 (y en el que fueron asesinadas mil 195 personas), muy pocos quisieron imaginar que eso no implicaba una nueva declaración de guerra. Es lo que ha ocurrido desde entonces, y que nadie se llame a sorpresa.

Consecuencia de lo anterior ha sido la guerra (no declarada) entre la Guardia Militar Islámica, que gobierna Irán desde la revolución de 1979, y el gobierno de Benjamín Netanyahu. Aunque el Casus Belli del conflicto fue la agresión de Israel a la embajada iraní en Damasco (donde se ocultaban los dirigentes de Hamas), días después el gobierno islámico de Teherán lanzó una andanada de 320 misiles y drones contra Israel, estableciéndose en los hechos un nuevo frente de guerra.

Lo de Ucrania ya dura tiempo, y no hay que insistir demasiado en el asunto. La Rusia de Putin decidió la invasión militar de Crimea en el verano de 2014, y los demás han sido las consecuencias de un país independiente (por cierto que el más extenso de Europa) luchando desde las trincheras contra el heredero del mariscal Stalin.

Y en las calles de Los Angeles, Chicago y Nueva York lo mismo, asoman las banderas mexicanas en pie de guerra contra los oficiales de la agencia de migración trumpista (ICE), que han declarado la guerra a los migrantes latinos, fundamentalmente mexicanos, con papeles y sin ellos. Una guerra xenofóbica, a todas luces, con centenares de detenidos, algunas patrullas incendiadas y foros supremos donde se vilipendia a los migrantes contemporáneos, tildándolos de nacotraficantes y terroristas.

Guerra sin cuartel, la que estamos presenciando, que por sus alcances tecnológicos (Irán está a punto de construir sus primeras bombas atómicas) nos hacen recordar a sir Winston Churchill quien, al iniciarse la Guerra Fría de los años sesenta, declaró con su proverbial llaneza: “No me preocupa lo que pudiera ocurrir se se desata una Tercera Guerra Mundial… me preocupa la Cuarta, que será a palos y pedradas”. Banderas, himnos, iracundia; la especie humana tan dada a la intolerancia.

De acordeones y desaires.

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Tómbola, bingo, desdén. A eso se ha reducido la democracia mexicana ahora que se pretendió la “elección” de sus impartidores de justicia. Fue una novedad histórica que jamás imaginaron los constituyentes del 17: elegir a los jueces que no debieran deberle sumisión a partido alguno. De ese modo, 87 millones de electores le dieron la espalda al proceso electoral del domingo, toda vez que se pretenda celebrar con fanfarrias la aquiescencia de los 12 millones que sí asistieron, “acordeón” en mano, a obedecer la orden –diría Cri cri– que dio el general.
¿Rutilo Méndez, Herlinda Sierra o Fabián Izquierdo? Las disquisiciones del elector, boleta en mano, con los más de 2 mil 600 candidatos de los que realmente se ignora todo. Circunstancia que alcanza el absurdo, máxime que muchos de ellos fueron pre-seleccionados por el “democrático” procedimiento de la tómbola. De ese modo, alguien diría, el sufragio universal ahora se ejerce al ritmo de la melodía de Marisol en los años 60, cuando nos advertía con su jovial desenfado… “la vida es una tómbola, tom-tom tómbla, de luz y de color”, por no decir que de tin-marín, de do pingüé, porque votar o no votar por Rutilo, Herlinda o Fabián, daba lo mismo.

El vicio de los pensionistas gringos se denomina Bingo. Es una suerte de lotería donde se gritan los guarismos, del uno al 99, para completar la cartilla, hasta que algún viejillo grita eso, “¡bingo!”. Así muchos, boleta en mano, parodiaron el domingo pasado la ruleta judicial… ¿el 22 o el 4, la 37 o la 13?, y que la diosa Fortuna se encargue de la designación de los señores magistrados.
Ya que estamos con las preguntas, ¿qué son los 27 mil millones de pesos empleados en el ejercicio comicial del 1 de junio? Pues eso, 270 pesos por piocha que (ya aprendimos la lección) sirvieron para marcar el bingo judicial que nadie, nadie de los nadies pudo aprenderse. Insisto, ¿Rutilo Méndez o Lucrecia Hernández?, y que San Acordeón lo resuelva.
Este ejercicio comicial pasará a la historia como “la elección de los acordeones” pues nadie habría podido reconocer los méritos de los postulantes. De ahí que, oficial y extraoficialmente, empezaron a circular los acertados “acordeones” que impedirían confundir la destreza jurídica del 33 o de la 14. Si en mis años de pupilo el “acordeón” era imprescindible para resolver la fórmula de los paralelipípedos, ahora hasta el ex presidente López Obrador ha llevado el propio a la casilla en Palenque, no fuera a ser que cayera en confusiones.

La pregunta quedará en el aire. ¿No ha sido éste un ejercicio electoral innecesario, es decir, un desperdicio? Habrá que ver los resultados, y que el Cielo nos guarde de ver convertido el Judicial en una suerte de Secretaría de la Justicia, igual que la SEP o la SHCP.
Lo que estamos presenciando es la consolidación gradual de la nueva mayoría que pretende constituirse en régimen absoluto, como el PRI de Lázaro Cárdenas y de Carlos Salinas, o de Adolfo Ruiz Cortines y Gustavo Díaz Ordaz. El régimen de la mayoría que, en ruso, se denomina “bolchevique”. Revisen su diccionario, porque los minoritarios, obvia recordarlo, era la facción “menchevique”. Cuestión de asimilar las lecciones de la historia, por más que ahora los declarantes se cansen de argumentar que no somos Nicaragua, Venezuela o Cuba. Y que Dios nos coja confesados.

Cabe imaginar que esa mayoría-minoría que anuló su voto (o no acudió a sufragar), constituye una expresión cierta del desdén contra el cerco al Poder Judicial. Desaire por convicción, desconfianza o desaliento. “Que sigan haciendo de las suyas hasta que se cansen”, o rompan el juguete nuevo, al fin que cada seis años se restituye. Y que alguien ponga el disco de Javier Solís interpretando “Desdén”, al fin que a alguien le habrá de venir el saco: “Mira mi sufrir, oye mi alma gemir, ¿qué no ves que sin ti ya no puedo vivir?”.

         El destino nacional por siempre será el manotazo sobre la mesa. “Aquí nomás mis chicharrones truenan”, porque la vida es una tómbola, tom-tom tómbola, donde unos pierden y otros ganan. ¿El 22 ó la 37?

Viento en popa, a toda vela.

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De no creerse. Iba vestido de lujo, las velas tendidas y el enorme pendón desplegado en popa. La marinería trepada en las jarcias bajo aquella luminaria a lo ancho de los aparejos… igual que un sueño infantil, cuando en cosa de segundos la fragata quedó al garete, arrastrada por la corriente del East River y ¡zaz!, colisionó bajo el puente de Brooklyn y todo se esfumó.
    Botado en los astilleros de Bilbao, el buque escuela “Cuauhtémoc” fue abanderado el 1982 por el presidente José López Portillo, tan dado a las proezas marineras. En principio se trataba de un “crucero de instrucción” para los cadetes de la Escuela Naval, donde concluirían sus estudios navegando por los cinco mares. La noche del viernes, cuando zarpaba con rumbo a Reikiavic, ocurrió el accidente que ha ocasionado la muerte de los cadetes América Sánchez y Adal Jair Marcos.
    La vocación marina del país no es sobresaliente. Poseemos una armada más bien modesta que se constriñe a medio vigilar los 10 mil kilómetros de litorales que poseemos. Si bien un ataque marino fue el que nos obligó a entrar en la contienda de la II Guerra Mundial, el país se precia de no requerir de una armada mayor dada nuestra nula ambición expansionista.
    “Navega, velero mío sin temor, que ni enemigo navío, ni tormenta ni bonanza, tu rumbo a torcer alcanza ni a sujetar tu valor”, nos hacían aprender en el salón escolar porque la copla de José Espronceda era obligatoria para cubrir la calificación de la materia de Español. Se paraba uno ante el pizarrón para arrancarse con la Canción del Pirata, que inicia: “Con diez cañones por banda, viento en popa a toda vela, no corta el mar, sino vuela, un velero bergantín”.
    Más que accidentes, verdaderas catástrofes navieras son las que sufrieron Rusia y Argentina en años recientes. Como se recordará, la explosión del submarino (K-141) “Kursk” en aguas del Mar de Barents, fue un escándalo a cuentagotas. En el otoño de 2000 la armada ex soviética participaba en maniobras navales cuando los radares registraron una tremenda explosión bajo el mar. Después se sabría: un torpedo estalló dentro del casco del submarino, ocasionando la muerte de sus 118 tripulantes.
    El caso argentino es más reciente. El submarino ARA “San Juan” quedó destruido al depositarse en el talud oceánico, al norte de las islas Malvinas. Se supone que habrá perdido el control, quedando a expensas de la fuerza de gravedad que lo habrá depositado en el lecho marino a 907 metros de profundidad, luego de “implosionar” su estructura. Costó la vida de sus 44 tripulantes.
    Las explicaciones que se han dado en torno al accidente del buque-escuela “Cuauhtémoc” son un tanto confusas. Que el capitán a cargo no debió hacer la maniobra en el punto más alto de la marea, que el motor quedó atascado en reversa y no pudo salvarse con un golpe de “todo avante”, que el remolcador que acompañaba la maniobra no remolcó puntualmente a la fragata mexicana… y así hasta el infinito, toda vez que, como asegura el capitán John A. Konrad, especialista de navegación postuaria, “en el mar los errores se pagan prontamente”.
    Los accidentes ocurren. Sí, pero pueden ser previsibles. Si la máquina de la corbeta tenía un fallo, ¿por qué no se atendió puntualmente?. Si el remolcador “Charles MacAlister” no cumplió cabalmente su cometido, ¿debe su piloto ser sometido a un proceso penal por negligencia? Si la fragata-escuela debió permanecer amarrada al muelle durante la bajamar, ¿debe su capitán ser sometido a juicio marcial?
    Decíamos de las veleidades marineras del expresidente López Portillo cuando, al concluir su mandato, decidió hacer un crucero alrededor del Mediterráneo acompañado por su segunda esposa, de apellidos Acimovic Popovic. Un capricho de viejo verde, como hay otros que se encaprichan con los trenecitos o los ranchos del Bajío.
    Los cadetes del “Cuauhtémoc” deberán esperar a que los tres mástiles del navío (por cierto que de aluminio) sean reparados en el astillero naval de Brooklin para cumplir la travesía pendiente por Islandia, Noruega y San Petersburgo. Tiempo tendrán de aprender la estrofa completa de Espronceda: “¿Qué es mi barco? Mi tesoro. ¿Qué es mi Dios? La libertad. ¿Mi ley? ¡La fuerza y el viento!”, o lo que disponga Mr. Trump con sus aranceles.

En la madre

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Cuentan las crónicas de aquel 10 de mayo de 1949, en la inauguración del Monumento a la Madre ubicado en el jardín Sullivan, el desmadre en que derivó el festejo. Se había anunciado que las primeras mamacitas que acudieran ahí, con el presidente Miguel Alemán en persona, serían obsequiadas con modernas licuadoras eléctricas para liberarlas del humillante molcajete. Y llegaron diez, cien, mil, diez mil… y aquello fue un bochinche que terminó en rebatinga. Los guardias del Primer Mandatario debieron llevárselo en andas para salvarlo del feroz arrebatadero.
    Ah, la fascinante modernidad. Aquello se remontaba a 1922, cuando el secretario de Educación, José Vasconcelos, instituyó la fecha como la efeméride cívica por antonomasia. En el pedestal del monolito fue colocada una placa anunciando a todos los cielos que la figura ahí dispuesta celebraba “a la que nos amó antes de conocernos”. Y todos (y todas) tan felices.
   Muchos pensadores del siglo pasado han señalado aquello de que el mexicano, “ausente de padre”, experimenta un complejo edípico de marca. Con un padre inexistente, no le queda más que vincularse afectivamente a su progenitora, con todas la consecuencias que ello supone. Después de todo madre sólo hay una, y el que lo niegue que se vaya mucho… Bueno, al fin que todo queda en familia.
   Sin mencionarlo abiertamente, los antropólogos coincidían en explicar aquello de que la (nefanda) Conquista habría implicado, también, una violación masiva de mujeres ante el hecho de que los soldados castellanos venían solos, lo mismo que Hernán Cortés. Y que cada cual se buscase su Malintzin para cumplir con la hombría en suspenso. Buena parte de nuestro mestizaje ocurrió de tal manera, que ya la cuestión de los apellidos vendría después.
   Que nadie se sorprenda… las guerras, además de la conquista territorial, supone ese daño colateral del que muy pocos (pocas) gustan hablar. Es el caso -para los interesados- de la crónica titulada “Una mujer en Berlín” (ed. Anagrama), publicado anónimamente en 1954, y que se presume es el testimonio de Marta Hillers, quien  habría sufrido -como cientos de miles de mujeres alemanas- el abuso sexual de las tropas soviéticas, comandadas por el general Zhúkov, “liberando” al país del régimen nazi.
   De tal manera es como en la madre depositamos toda nuestra confianza, nuestras dudas, nuestro cariño sin tapujos. Con el padre todo está bien, aunque históricamente era el ausente pues debía salir a matar bisontes, atender la chamba y cumplir con las 40 horas de jornada laboral que ya don Fidel Velázquez demandaba en los años setenta. La chuleta es la chuleta, en el sobreentendido de que desde hace medio siglo la mujer contribuye igualmente a la economía doméstica. Después de todo para eso se inventaron las guarderías y los klinbebés. La liberación femenina, después de todo, es mucho más que retórica electoral.
    La valoración suprema que hacemos de nuestras progenitoras habita en el lenguaje coloquial. ¡En la madre! es la expresión ante un percance inesperado. “Vale madre”, por lo contrario, significa la minusvalía de una decisión. Ya no se diga la exclamación suprema de un logro personal, ¡a toda madre!, implícito en la película de Pedro Infante y Luis Aguilar, ¡ATM!, que se anunció hipócritamente como ¡A toda máquina!
    Reyes y reinas, presidentes y presidentas, ministros y ministras; el ejercicio del poder no es más un asunto de testosterona, y los padres y las madres participan hoy en circunstancias de igualdad (se supone) dentro del seno familiar. La milicia y el clero, hasta hoy, son las instituciones donde las mujeres no alcanzan los estrados supremos… y así quedarán las cosas por algún tiempo. Caso aislado ha sido el de Michelle Bachelet, quien fungiera como Ministra del Defensa en Chile, antes de ser electa Presidenta.
    De la Mamá de Tarzán a “La Madre”, la inconmensurable novela de Máximo Gorki, corren todas las alusiones maternas de nuestra cultura. La de Iraq, en 1991, fue la “Tormenta del desierto” que Sadam Hussein rebautizó como “La madre de todas las batallas”… y así le fue cuando los ejércitos combinados de Estados Unidos y otras 30 naciones (incluyendo El Salvador) fueron al rescate del pequeño emirato.
    En “La Madre” cincelada por el escultor Luis Ortiz Monasterio son visibles los rasgos de la escuela mexicanista de arte. Mestizaje, rasgos olmecas, ya no más el paradigma afrancesado que imperó en el arte del porfiriato. Esa madre de cantera, por cierto, se fue al suelo en el terremoto de 2017, y ahí estuvo algunos meses a la espera de los restauradores.
    Ahora, celebrando el 10 de Mayo, reluce empoderada luego del resultado electoral de 2024. Pareciera evocar la estrofa retadora de Silvio Rodríguez en “…madre, en tu día, tus muchachos barren minas en Haiphong” porque el bombardeo norteamericano en Vietnam era del todo feroz. Esos muchachos cubanos que, hoy día, integran buena parte de las caravanas de menesterosos que marchan hacia Estados Unidos para enviar, en su momento, algunos dólares a las buenas madres que esperan reposando en la poltrona. Un ramo de rosas sí, una licuadora no.

LA PERFECTA IMPERFECTA.

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Los que asistieron a esa premier en la Cineteca Nacional aún lo recuerdan. Era el jueves 12 de febrero de 1976, y a punto de iniciar la proyección de “El reportero”, la premiada película de Antonioni, irrumpió el novelista afrancesado (recién había desembarcado de París), y dirigiéndose al novelista de Aracataca, en la primera fila de la sala, le soltó un puñetazo al rostro. Gabriel García Márquez, que apenas lo saludaba, rodó al piso y Vargas Llosa se fue sin decir palabra. La “china” María Luisa Mendoza, ahí presente, clamaba: “Traigan un bistec”, para el moretón. Así moría esa fraternidad literaria que algún crítico bautizó como “el boom latinoamericano”, luego que Rodrigo Moya la retratara en su casa al acudir al llamado de Gabo.

Habían sido amigos y cómplices, en las buenas y en las malas, durante los años de zafacoca en Barcelona, París y La Habana donde conversaban con sus pares, Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Carlos Barral y José Donoso. La deslumbrante camada se extinguió la semana pasada con el fallecimiento de Mario Vargas Llosa en su casa familiar de Lima.

Contar y recontar la vida. La vida nacional y la vida personal, la tragedia que es Latinoamérica a ratos, la pasión y la desesperanza, la utopía, la entronización del poder, la barbarie que se niega a abandonarnos. Todo ello habita en las novelas de esos monstruos de la narrativa –el Boom– que se fumaron la vida con su obra, como aventureros desaforados.

En México se recordará por siempre la expresión destemplada que hizo Vargas Llosa en el verano de 1990 para describir al régimen del PRI. “La dictadura perfecta no es el comunismo, no es la Unión Soviética, no es Fidel Castro, la dictadura perfecta es el PRI en México”. Sentencia que quedó como de bronce. La dictadura no tan perfecta que había perdurado 70 años (desde 1929, en que Plutarco Elías Calles lo fundara como PNR). Y con cajas destempladas alguien le sugirió que sí, abandonara prontito el país. Y se le quedó el mote. La perfecta dictadura que ni Somoza, ni Perón, ni Trujillo lograron instalar, per se, en sus propios países.

La novelística de Vargas Llosa recoge algunos episodios regionales del caso. Es lo que se narra de modo magistral en La Fiesta del Chivo, La guerra del fin del mundo, Historia de Mayta, Tiempos recios, y de algún modo en La casa verde, Conversación en la catedral, El pez en el agua. En esas novelas Vargas Llosa nos cuenta las ilusiones de redención nacional, el atraso popular, el ejercicio del poder que se arrogan esos tiranuelos ávidos de codicia y venganza, cuyos nombres hacen heder las páginas de la historia continental… Fulgencio Batista, Alfredo Stroenssner, Augusto Pinochet, Jorge Videla, Hugo Chávez, nuestro Victoriano Huerta, “Papá Doc” Duvalier.

Dictadores de pacotilla que sucumbían en la primera asonada pues nunca supieron hacer “institucional” la sucesión del poder, como aquí lo vislumbró el Jefe Máximo, ya lo decíamos, Plutarco Elías Chávez. Sólo que la democracia, cuando se conquista en las calles y en las urnas, se vuelve del todo aburrida y no es candidata a protagonizar un ejercicio narrativo de peso. ¿Alguien se animará a escribir la novela de Dilma Roussef, de Andrés Pastrana, de Enrique Peña? Serían convenientes para la lucha contra el insomnio.

En un arranque de arrogancia, discípulo al fin de Jean-Paul Sartre, Vargas Llosa sintió la necesidad existencial de trascender en el plano político. Como nadie de su generación, se lanzó a la campaña electoral por la presidencia del Perú en 1990, que perdió ante un anónimo candidato de apellido japonés, que terminaría en la cárcel. Rómulo Gallegos, escritor colombiano, sí logró la presidencia de su país (1947-48) hasta que fue derrocado. Lo mismo intentaría nuestro José Vasconcelos en la campaña antirreleccionista de 1929, pero el temerario intelectual político fue derrotado por el incipiente y perfecto régimen.

Mario Vargas Llosa fue igualmente aventurero. En la literatura, combinando los episodios biográficos con la narración histórica, en la vida personal, concertando relaciones sentimentales cada decenio, en la vida intelectual, ciñéndose al liberalismo luego de abandonar las militancias juveniles de corte comunista.

Fue el más importante escritor en lengua española de su generación, y así fue reconocido por los jurados del Premio Nobel y del Príncipe de Asturias. Cumplida su misión, en los últimos años fue conciliándose consigo mismo y su gente. En 2022 publicó en la revista Letras LIbres un cuento denominado “Los aires”, en el que describía el aburrimiento y la extrañeza de un personaje que no se reconoce ya en los ámbitos de antaño… la gente ya no conversa, sino que dialoga con sus telefonitos, y todo ha perdido de interés. Luego anunció que ya no colaboraría con su columna periodística Piedra de toque, y se despidió de sus lectores. Al poco abandonó a Isabel Preysler, con quien había concertado un romance de socialité, y retornó al seno familiar con Patricia, su mujer.

Paseaba por los barrios antiguos de Lima, se reconocía en las avenidas de antaño, conversaba con sus hijos, recibía a viejos amigos en su casa. El héroe estaba fatigado, su existencia había sido del todo imperfecta, pero vital como ninguna. Sí, el mundo le había pertenecido. ¿Qué más?