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FRANKENSTEIN, REDIVIVO.

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El monstruo está ahí, ¿ahora qué hacemos con él? Su destino es la inmortalidad, acompañarnos por siempre y demostrar que los talacheros son los grandes artífices de la humanidad, no los sabios del extinto Conacyt. Sí, talachas como los mecánicos avecindados en la colonia Obrera. “¿Se le quemó el alternador?, ‘orita le conseguimos otro”.

Poco importa que el resultado sea un adefesio… un riñoncito por aquí, un hígado por allá. Si el trasplante de quirófano fue exitoso, el paciente podrá seguir circulando otros buenos añitos. Así fue la criatura imaginada por Mary Shelley en 1818, al reconstruir un nuevo ser humano con los desechos del prójimo, no importa que provengan del camposanto o de las gavetas del forense. Como si se escibiera nuevamente el Génesis, de lo que se trata es de rehacer al hombre, redivirlo, hacerlo eterno… ya sea que el cirujano se llame Christian Barnard o Herr Frankenstein. Como siempre, el resultado es lo que importa.
Luego de aquellas películas de laboratorios arrojando chispas y médicos locos serruchando cuerpos, crecimos con la idea de que Frankenstein sería el monstruo eterno de nuestras pesadillas. La sonrisa satánica que, por cierto, no acompaña al genio Guillermo del Toro, quien ha llegado para explicar que el doctor Frankenstein y su criatura están ahí para filosofar en torno a la paternidad, el bien, el mal, y la extinción de los ataúdes.
¡Ah, vivir por siempre!, aunque sea con el corazón y las tripas de otro, si de lo que se trata es de asustar al espectador, porque eso de la eternidad nos viene de lejos. Los yihadistas se entregan a la milicia con la promesa de que algún día –luego de abatidos– ingresarán al “paraíso de las 72 vírgenes”. Nosotros, ceñidos a la templanza, estamos destinados a un placer menor, consistente en la contemplación eterna del Creador. En todo caso ahí estará el doctor Frankenstein para repararnos el cuerpo. Sobrevivir para siempre con la pedacería de los que ya la diñaron. El gran arte de la talacha.

¿Quién no ha donado una bolsita de sangre en el hospital donde se restablece el buen amigo? La novela de , insinúa el lado monstruoso de todo transplante… al periodista Wallingford le ha comido la mano un león de circo, de manera que logra reponerla con el trasplante de otra que consigue el nosocomio… esa mano ajena que se vuelve maldita y le comienza a robar la identidad. Lo mismo que le ocurrió al buen Guillermo Mendizábal, reconocido editor, cuando en Houston le trasplantaron un hígado de 28 años luego de arruinar el suyo propio con la botella de whisky trasegadas de noche a noche.
Trasplantes, pastiches, talachas, vamos por la vida cosechando lo que nos donan los otros. Asimilamos las virtudes (o los vicios) que presenciamos, y los hacemos propios. No es tanto nuestro espíritu creativo como lo que hemos asimilado en el pizarrón o en las charlas de sobremesa. Ley de la vida eso de aprender por imitación, reproducir la imagen de los progenitores, repetir las enseñanzas de nuestros maestros. Como el Frankenstein de Del Toro reclamándole a su progenitor el abandono, la presencia horrible que le ha estampado, la necesidad de vivir junto a él y no ser abandonado más.


Monstruos de pastiche que sobran en la vida política. Los vándalos de Mussolini fueron los Camisas Negras, los de Hitler los Camisas Pardas, los de Tomás Garrido (en Tabasco) los Camisas Rojas, los fascistas de Franco eran los Camisas Azules… ahora, de aquellos deshechos, ¿qué camisa queda por vestir? Igual que el monstruo del doctor Frankenstain, demostrado por el cineasta mexicano, vamos por la vida como remiendos del pasado. Las ropa del hermano mayor heredada al que sigue, y luego al más chico. Nada es propio del todo, somos las voces de los viejos, las ideas de hace tres siglos, vino añejado.
La fijación monstruosa de Guillermo del Toro le viene de la infancia. Sus películas le han servido para exorcizar los demonios y pesadillas que le contagiaban sus tías. En el fondo, como siempre (sobra mirar las aterradoras noticias del diario), queda la pregunta obvia: ¿existe el Demonio? La película de Guillermo, y nuestro entorno, invitan a responder que sí.

FUERA DEL PARAISO

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Quizá fuimos engañados. Una vez expulsados del paraíso todo ha sido atender contratiempos. Ya no más el maná al alcance de la mano y la dulce compañía de Eva (o Adán) explorando la exuberancia del Edén. “Ven, ven, ven; que Tabasco es un Edén”, el edén de Adán Augusto, Layda y Andrés Manuel. Pero un día la utopía bíblica dio por concluida.

La inundación de la Huasteca registrada en días pasados no hace sino confirmar que vivimos, como siempre, al arbitrio de la naturaleza. Y no es que las “lluvias atípicas” se hayan ensañado contra esa región serrana, sino que el fenómeno fue, simplemente, un diluvio (con todas sus letras) y no hubo patriarca bíblico ni funcionario de la 4T que pudiera salvar a la población local de la catástrofe. El agua arrasó con todo lo que halló a su paso. ¿Quién les manda fincar sus viviendas a la orilla del río?, preguntaría el ambientalista. “¿Y dónde, pues?”, respondería la población que no ha tenido medios para hacerse, siquiera, de un departamentito del Infonavit.
La ubicación del territorio nacional es crucial, en el estricto sentido de la palabra. Los flujos nubosos que nos asedian, del Atlántico al Pacífico, no hacen sino mantenernos alerta desde que inicia el otoño. Lluvias, tormentas, eventualmente ciclones que asedian las costas del país y que son el dolor de cabeza del servicio meteorológico nacional. Esos chubascos no son tan frecuentes, digamos, en Finlandia, Bolivia ni Zimbabue. Acá vivimos, lo que se dice, a la intemperie en cuestiones de meteorología tropical. Sequía y diluvio es lo nuestro. México no es el paraíso (contra lo que aseveró Alexander Humboldt) sino la encrucijada sofocante en Ciudad Mante y la vecindad telúrica de la costa guerrerense al borde de la placa tectónica. Temblores cotidianos que sacuden frecuentemente el sur del país y que el pudor cívico evita nombrarlos como los terremotos que son.

A esa condición habría que añadir el saqueo y las trapacerías que sufren sus habitantes por parte de los criminales (con fuero y sin el) que han decidido vivir expoliando a la población que vive –o sobrevive– de su humilde trabajo. Cultivas limón, te niegas a pagar la extorsión, pagas la osadía con el precio de tu vida. Así con los aguacateros, los tortilleros, los polleros, los locatarios y los gerentes de bares y cantinas. “Aflojas o cuello”, dijo el chinito.
No, el paraíso no es lo nuestro por más que nos preciemos de tener las playas más hermosas, las selvas resguardadas por los “aluxes”, y los festejos más deslumbrantes con los que celebramos todo… el Día de Muertos y el Día de la Patria, el de la madre, del maestro, del trabajo y de la raza (bueno, ése ya no). Lo mismo que la noche de Halloween y la mañanitas cantadas a la Virgen de Guadalupe. Ahora seguirá “el Día del Bienestar”. ¿Para qué trabajar, pues?

Después del diluvio ya no quedó nada. En Poza Rica, en Huauchinango, en Tianguistengo. Los barrios de abajo donde el río desbordó llevándose la casa, los muebles, la ropa, los animales y el álbum fotográfico. Nada, sólo fango y pestilencia donde hubo calor de hogar. Que les van a dar 20 mil pesos como salvamento, es lo que han prometido, para rehacer la vida. Dinero que no vendrá del desaparecido Fondo (para atender) los Desastres Naturales –Fonden–, sino del bolsillo del gasto público.
Por más que se vitupere contra los presidentes municipales y gobernadores, en realidad no hay culpables. Los diluvios son impredecibles (el caso del patriarca Noé es aparte) y no existe albarrada que pueda contener una avenida bajando de la sierra tras cuatro días de lluvia continua. No recuerdo si en Macondo hubo Fonden o no, pero sí cabría cierta perspicacia para erigir las nuevas viviendas en esas localidades tan castigadas. Mejor cimentación, pisos más altos, ubicación de los terrenos en sitios no tan próximos al cauce del río. Eso sin hablar de los huracanes, que son palabras mayores y el dolor de cabeza de los meteorólogos a partir del cordonazo de San Francisco.
No, el paraíso no existe, ya lo decíamos, aunque sí la solidaridad de la gente, como lo vemos en estos días pasada ya la emergencia.

CASCAJO A LA VISTA

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Era toda una celebración. Cartulinas, dibujos hasta las diez de la noche, el disfraz de marinero antiguo. Ya viene el Día de la Raza (con mayúsculas), y en todos los colegios se invitaba a escribir composiciones y realizar puestas en escena, seleccionando al más listo para representar al Navegante, los hermanos Pinzón, y quizás uno despistado para hacerla de Américo Vespucio.
Pero todo eso se acabó. Ahora las bodegas municipales se han llenado de escombro y cascote donde asoma, por ahí, el tricornio oxidado del que fuera Almirante de la Mar Océana. Pobres monumentos vencidos por la piqueta y el resentimiento de siglos, pues el 12 de octubre se ha convertido en una fecha que es la desolación misma.

Ya no los atribulados Reyes Católicos atendiendo los disparates de ese locuaz italianillo. “Oye, que dice éste que la tierra… que es plana, es redonda”. “Sí, y que yendo a Poniente arribarás a Levante; válgame el Santísimo”. Los locos, como siempre, adueñándose del Mundo. ¿Escuchas por allá, Mr. Donald?

No es que el Nuevo Mundo fuera “tierra de nadie”, pero la que sería denominada como América fue materialmente asaltada por pobladores de toda Europa –se estima que 60 millones arribaron entre 1500 y 1930–, principalmente ingleses, españoles, franceses y portugueses, en ese orden, sin descontar a los sirio-libaneses, que no fueron pocos. El concepto era “hacer la América”, y ya veremos.

Otro caso sería el de Australia, formalmente “descubierta” por el capitán James Cook en 1770, y que fue colonizada paulatinamente por los ingleses. Años después descubriría el archipiélago de Hawai, donde fue atacado y muerto por los nativos. Hasta donde se sabe, los australianos de hoy no han atacado las estatuas de Cook hasta convertirlas en cascajo, como ha ocurrido en otros lares.

El origen de todo está en el Génesis, donde se ordena “ser fecundos y multiplicarse”, amén de poblar todos los mares y territorios… sin tomar en cuenta que, en nuestro caso ya estaban poblados por las tribus que hace 20 mil años migraron del noreste asiático para fundar las culturas que luego serían de los navajos, olmecas, mayas, mixtecos, nahuas, incas y patagones, por referirlo con brevedad.

O sea que la América, en verdad, fue “descubierta” cuando el primer cazador del mamut pisó tierra en la península de Alaska, aunque esa leyenda no cuenta. El mestizaje de siglos habría servido para erigir una cultura novedosa, creativa y vigorosa como pocas. De hecho podría decirse que el siglo XX fue el siglo americano por antonomasia, pues en este continente (desconocido hasta 1492) surgieron elementos culturales de asombro. Además de ser tierra origen del tomate, el maíz, la vainilla y la papa, América le dio al mundo la fantasmagoría de Hollywood, el tango, el mambo de Pérez Prado, Frida Kahlo y Marilyn Monroe, la bomba atómica y Octavio Paz, el beisbol, el jazz, Pancho Villa y Lionel Messi, el rock&roll, los autos Ford, Machu-Pichu y la Cocacola. Por decir lo menos.

Nada es eso existiría si el navegante genovés hubiera errado el trayecto. Respondiéndoles a los chovinistas recalcitrantes, sí; hubo un descubrimiento. Sí, hubo un proceso de evangelización. Sí, hubo una paulatina colonización y mestizaje. Sí, hubo una conquista imperial que sometió a los pueblos autóctonos… lo mismo que podría decirse de las demás “conquistas” de la historia. La del imperio romano por toda Europa (siglos I, II y III de nuestra era), la expansión musulmana del siglo VIII, la horda mongol de Gengis Kanh en el siglo XIII. Ya no se diga las intentonas del “ensanche” alemán y japonés por media Europa y el Pacífico a partir de 1938.

Está en la naturaleza humana. Dominar, someter, convertir a los vasallos al credo del conquistador. ¿No era la proclama de Fidel Castro luchar contra el “imperialismo yanqui” hasta derrotarlo? Para muchos el mundo sería mejor si Cristóbal Colón no hubiera emprendido aquella travesía que lo depositó en las Bahamas (la isla de Guanahaní, rebautizada como San Salvador). Así que odiar al Navegante es la consigna. “Ojalá hubieras naufragado, y te hubieras ahogado”, “Maldito sea tu arribo, la Cruz que trajiste y el idioma de Castilla que hablamos”. ¡Ah, qué felices seríamos gobernados eternamente por Moctezuma y Tupac Amaru! Y esos cascajos, ahí están bien.

EFEMÉRIDES

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El calendario se está sobrepoblando de festejos, y con ello el jolgorio de los chamacos armando “puentes” escolares. Día de la Bandera, Día de la Madre, Día del Maestro, 5 de Mayo, 15 de Septiembre, y ahora el 26 de septiembre, la famosa “noche de Iguala” en 2014, cuando la policía local apresó a un centenar de estudiantes de la Escuela Normal de Ayotzinapa, de los cuales 43 nunca más aparecieron.
    Efemérides que enlutecen o contagian gloria a la ciudadanía. La bandera a media asta o tremolando a todo lo alto, según sea la fecha. El Himno Nacional entonado, o el minuto de silencio requerido por el diputado Hernández… porque en mis tiempos de estudiante surgía la réplica infaltable: “¡No un minuto de silencio, sino toda una vida de lucha!”. Bueno, sí.
    A las efemérides cívicas se añaden las celebraciones del Evangelio, impostergables y obligatorias: la Navidad, la Semana Santa, el festejo de la Virgen de Guadalupe, que también son oficiales. Siempre hay algo que conmemorar, y bendita sea la memoria recordando los momentos fundamentales del calendario.
    Estamos por conmemorar el día insigne de nuestra democracia moderna. Como algunos recordarán, aquel 2 de octubre de 1968 ocurrió la terrible “noche de Tlatelolco” en que fue aplacada una manifestación estudiantil en la Plaza de las Tres Culturas. Diez días depués el presidente Gustavo Díaz Ordaz inauguraba los XIX Juegos Olímpicos en una ciudad pacificada, luego de las refriegas que acompañaron al movimiento estudiantil de aquel año.
    No es ningún secreto que en aquellas movilizaciones participaban –de manera encubierta– militantes de la izquierda, principalmente del Partido Comunista. Cuando ocurrió la masacre de Tlatelolco, muchos de ellos fueron encarcelados y aquello sería la simiente del movimiento, largo y sinuoso, que desembocaría en la apertura política de años más tarde… la fundación del PMT, del PST, la legalización del PCM, las fusiones electorales del PMS, PSUM, el FDN, el PRD y Morena, hoy en el poder.
    La consigna era: “Dos de octubre, no se olvida”, y ahora vivimos las consecuencias de aquellos desplantes reivindicativos, luego de probar y comprobar que la vía armada para la transformación social era inviable.
    Y vino el 10 de junio (de 1971) –otra efeméride aciaga–, que puso en guardia al gobierno de Luis Echeverría, receloso de repetir la estrategia de Díaz Ordaz. De ese modo se abrió a una izquierda suavecita, amiga de las Naciones del Tercer Mundo y del gobierno socialista de Salvador Allende en Chile. Lo sentenció Carlos Fuentes en una proclama: “Echeverría, o el fascismo”; y lo nombraron embajador en París.
    La efeméride del 5 de Mayo celebra la única victoria militar mexicana contra la invasión del ejército francés, comandado Napoleón III. La del 13 de septiembre (de 1847) conmemora la batalla del Castillo de Chapultepec donde murieron los seis cadetes denominados “niños héroes”, tras cuya derrota el general Winfield Scott izaría la bandera norteamericana en Palacio Nacional, donde se negociaría la paz con la cesión de los territorios de California, Arizona, Colorado, Nevada, Utah, Nuevo Mexico, Texas y buena parte de Oklahoma y Kansas.
    El 19 de septiembre es una efeméride celebrada con el sonido aterrador de la alerta sísmica. Luego de los terremotos de 1985 y 2017, coincidiendo en la fatídica fecha, el suceso pone en guardia a la población del centro y sur del país, recordándonos que vivimos en territorio telúrico donde tiembla en cualquier momento, y que remite al terremoto del 7 de junio de 1911, día en que el ejército revolucionario ingresaba a la ciudad de México, recordado en aquella famosa expresión: “Cuando Madero entró, hasta la tierra tembló”.
    El 12 de octubre, “Día de la Raza” que celebraba el Descubrimiento de América, ya no es celebrado con aquella emoción escolar, sino con abominiación contra España. El 20 de noviembre, día de la Revolución, es algo más que la avenida principal en medio país, pues fue nuestra gloriosa Tercera Transformación de la que resultó ganadora (a la larga) el PRI; hoy casi extinto. Una efeméride más, pues.

GRITOS Y SUSURROS

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La “1 T” no inició con el programa acordado, aquél de que se sublevarían los dragones de la reina y las milicias a su mando, acaudillados por el capitán Ignacio Allende. No; arrancó al despiporre, despabilados por las campanas llamando a rebato una vez que el párroco de Dolores supo que la asonada había sido delatada. Lo demás, es historia.
El grito del padre Miguel Hidalgo, aquella madrugada hace 215 años, fue vehemente: “¡Viva Fernando VII, muera el mal gobierno!”, y arránquense con los machetes y azadones que tengan a la mano. Dos siglos después el grito sigue repitiéndose en ésta, la fecha patria, aunque no precisamente para exaltar a Sus Majestades.

De hecho el México independiente inició como imperio al ser coronado Agustín de Iturbide como soberano, una vez que defeccionara del ejército real y se sumara a la lucha de Vicente Guerrero en el famoso “Abrazo de Acatempan”. Esas deslealtades nos vienen desde entonces, eso de abandonar el partido en desgracia para sumarse al que se abre a la redención del pueblo.
El 15 es el día del grito, y no hay mexicano que desdeñe la efeméride con el tequila en una mano y la pistola (o los cuetes) en la otra. Gritar, vociferar, desgañitarse, porque el resto del día vivimos subyugados por el miedo a la violencia que asoma a la vuelta de la esquina. El gobernador Rubén Rocha declaró que este año no habría “fiesta del grito” en Culiacán, apelando a la comprensión de la ciudadanía, “y que los sinaloenses festejen el orgullo de ser mexicanos en el seno de nuestros hogares”.

Lo mismo ocurrió en Uruapan, en Iztapalapa, en Cerro Azul y en Zozocolco, Vereacruz. Es decir, el abrazo en casa y el susurro del Viva México sin signos de admiración.
Mejor no gritar y sobrevivir, que es vivir entre murmullos, como las hormigas y los topos. Ya no la patria festejada con la bandera tremolante, las campanas al vuelo y los cohetones incendiando el cielo. No, porque hasta eso nos han prohibido ahora: que no haya cuetes ni petardos, cohetones de feria en lo alto “porque son peligrosos y atemorizan a las mascotas en el hogar”.
La patria en murmullos, como sugería la película de Ingmar Berman de 1973, “Gritos y susurros”, y que ganó el Oscar a la mejor realización de aquel año. Tres hermanas bajo encierro, el recuerdo de la infancia y los días felices de entonces convertidos en tristeza y sombras como única compañía.
Así ahora, ya que los señores de las mafias son dueños de medio país, mejor encerraditos en casa tomando agua de jamaica y que alguien, a las diez de la noche lance el grito… perdón, el susurro: viva méxico, sin marcas de entusiasmo, y a seguir jugando baraja.

¡Ah, el grito exaltado del presidente Luis Echeverría!, acompañado por sus ministros López Portillo, Ignacio Ovalle, Bravo Ahuja… cuando después de emitir el tradicional “¡Viva México y los héroes que nos dieron patria y libertad!”, lanzaba aquella arenga estrambótica al clamar: “¡Vivan los Pueblos del Tercer Mundo!”. Sí, claro.

El grito de ahora ha sido femenino, por primera vez en la historia, cuando la presidenta Sheinbaum Pardo ha llamado a enorgullecernos de nuestra independencia y soberanía. Esa misma bandera que en ese mismo balcón, a su tiempo, enarbolaron Adolfo López Mateos, Vicente Fox, Lázaro Cárdenas, Carlos Salinas de Gortari… pues obligación legendaria es ensalzar la fecha en que el cura Miguel Hidalgo imaginó (o no) que su arenga prendería –luego de una lucha de diez años– en un pueblo subyugado por la corona española.
Desgañitarse o no degañitarse, eh ahí el dilema, dirían los clásicos, en el entendido que a la patria se la ama y se la defiende desde que así lo aprendimos cuando párvulos.

La bandera en lo alto, los cuetes, el tequila pero, sobre todo, la seguridad de sabernos ciudadanos libres de zozobras. Como no ocurre hoy día –ya en la Cuarta T–, en que privan el susurro y las detonaciones de una guerra civil que no es tal, pero asoma.
Viva México, sí. ¡Viva!

LA CULPA ES DEL ÁGUILA

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Me he de comer esa tuna, se llama la canción que homenajeaba a Jorge Negrete, y que Manuel M. Esperón hizo arrancar con la estrofa que nos tiene hoy atribulados: “Guadalajara en un llano, México en una laguna”.
         Sí, la leyenda asegura que los dioses del paraíso mexica determinaron que la ciudad de los nahuas debía ser fundada donde el águila y la serpiente fueran sorprendidas en lucha a muerte. Y fue ahí mismo, en el islote central del gran lago de México, donde se decidió erigir la gran Tenochtitlan que, como repiten los profesores hasta el cansancio, era una metrópoli lacustre y que por lo mismo inexpugnable.
Lago de Texcoco, se le llamaba, y que se extendía a los largo de más de cien kilómetros (de Zumpango a Chalco), convertido con el tiempo en la cuenca donde hoy se asienta el extinto Distrito Federal. Esa misma cuenca donde se han registrado, en las recientes semanas, cientos de inundaciones como efecto de la lluvia incontenible. Aluviones y anegamientos en Naucalpan, Chalco, Tlalpan, el Centro Histórico, Ciudad Neza… Y como siempre hay que señalar a un culpable, éste se halla en las autoridades municipales que no desazolvaron las coladeras, en los puercos vecinos que tiran la basura en las calles, en la deficiente labor del servicio metereológico nacional.
         El hito histórico se remonta al año de 1629, cuando se registró la Gran Inundación que mantuvo a la ciudad bajo el agua (dos, cuatro metros) y que se prolongó hasta 1631. Las personas vivían en los segundos pisos, las misas se oficiaban en las azoteas, el transporte era por medio de canoas y trajineras. Incluso se pensó mudar los poderes de gobierno a otra urbe (tal vez Puebla) porque sencillamente el lago de Texcoco había retornado a sus lindes originales. Fue el tiempo en que se mandó construir el tajo de Nochistongo, al norte de Cuautitlán, para drenar el lago de Zumpango… y salvar así a la metrópoli que por aquel entonces sumaba 150 mil almas.
         Ha sido desde siempre el gran problema de la ciudad capital: desaguar, desecar, drenar las aguas de un lago inmenso que se niega a desaparecer. Luego, ya en el siglo XX, vendría la construcción del Canal de Desagüe (flanqueado por el reluciente Viaducto Miguel Alemán, 1950), y después el Drenaje Profundo,  (150 kilómetros de tuberías de cinco metros de diámetro) inaugurado por el presidente Luis Echeverría, y que fue la solución temporal del asunto.
El problema que deriva de ubicar una ciudad en el fondo de un lago cuyo instinto cenagoso perdurará por siempre. Por eso iniciábamos con la canción de Esperón, sí “México en una laguna”, completada con la rima de Raúl Sandoval con aquello de que “yo siempre fui el que soy, jamás te dije mentiras, y puse a tus pies mi vida”, o por lo menos una inundación.
         Manuel Perló Cohen, especialista en el estudio del drenaje y el suministro acuífero de la ciudad capital, recientemente publicaba un artículo donde celebraba la nostalgia lacustre de ilustres paisajistas como José M. Velasco, Eugenio Landesio y Daniel T. Egerton, quienes a lo largo del siglo XIX e inicios del XX buscaron retratar esos humedales donde las trajineras cruzaban por los canales de Tlahuac y La Viga, donde convivían los ajolotes con los chichicuilotes. Las canoas que bajo el puente se cruzaban con las carrozas y los primeros automóviles. Nostalgia de un México de epazote y cempazúchil despuntando en las chinampas.
Así que no nos engañemos. Los diluvios que llegan con estos, “los relámpagos de agosto”, no son causa de las malditas inundaciones, sino al revés: es el lago que busca renacer a la menor provocación, el mismo lago que permitió la batalla final de la Conquista, que por cierto fue naval, cuando los trece bergantines del ejército español-tlaxcalteca lograron la captura del último emperador en el verano de 1521. “Águila que desciende”, era su nombre, como la que llegó al escudo nacional. Tan culpable como la serpiente, cuando juntas decretaron que nos aposentásemos en esta tierra; es decir, agua.

MIL PESOS

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Bonito León Guanajuato, se cansaba de cantar José Alfredo, botella en mano, porque amor sin sufrimiento no es amor y allá en su feria con su jugada la vida no vale nada… Es verdad, ¿cuánto cuesta la vida en México?
    No se queda atrás la Comisión Nacional del Salario Mínimo al situar éste en 172 pesos con 87 centavos. Serán suficientes, sí, “para satisfacer las necesidades normales de un jefe de familia en el orden material, social y cultural para proveer la educación de los hijos”. Muy bien, aunque hay indicios que llevan por encima de esa estimación.
    Como se recordará, el lunes 4 pasado la señora Noemí acudió a las oficinas del DIF en el barrio de Neza-Bordo luego de que las agencias del MP en Los Reyes y Ciudad Neza desatendieran su caso. No le entendían, toda vez  que la mujer denunciaba que su pequeño de cinco años había sido robado por una vecina y no se lo querían devolver. El caso ocupó las planas de la prensa debido a la bestialidad del hecho: El niño Fernandito había sido secuestrado “en prenda” por una deuda de mil pesos que doña Noemí debía a su vecina Ana Lilia, en la misma colonia El Pino donde habita.
    Luego del peritaje que realizó la agencia especializada en Delitos de Género, se halló el cuerpo del infante dentro de una bolsa de plástico. Los agentes señalaron que Fernandito presentaba heridas en todo el cuerpo y que había fallecido a consecuencias de un martillazo (posiblemente) en la cabeza. De inmediato fueron apresados los parientes Lilia N. y Carlos N. junto con doña Ana Lilia, quien manifestó que no sabía leer ni escribir.
    Todo por los mil pesos que le habían prestado a Noemí, y que se negaba a pagar. De ese modo queda actualizada la estrofa del vate de Dolores Hidalgo pues no; es falso que la vida no valga nada. Vale mil pesos que, puestos en dólares, son apenas $50.
    ¿Vale más un ser humano con estudios en Harvard o Stanford (como nuestra señora Presidenta), que un niño de familia analfabeta en los márgenes de Ciudad Neza? Antes de responder recordemos, ¿cuánto pagó el Sanedrín a Judas Iscariote por la entrega del Nazareno? Treinta denarios, muy buenos, y la zozobra que lo acompañó por el resto de sus días.
    Treinta denarios, mil pesos, ¿cuál es la cantidad mínima que aceptan las compañías aseguradoras para contratar un seguro de vida? Eso me lleva a recordar el precio acordado por la vida de los presos políticos durante la dictadura de Augusto Pinochet. Alguna vez, conversando con el buen Hugo Gutiérrez Vega, recordábamos sus años cuando dirigente del Comité de Solidaridad con el Pueblo Chileno.
    El golpe militar que derrocó al gobierno de Salvador Allende fue en 1973 (el 11 de septiembre), y un año después Gutiérrez Vega desde México logró pactar la liberación de algunas decenas de presos del gobierno de la Unidad Popular.
    “En el Comité nos hicieron saber que el gobierno chileno estaría dispuesto a liberar a algunos prisioneros por un trueque en metálico. Un preso por una maleta llena de dinero en billetes de 20 dólares. El gobierno de Echeverría nos dio todas las facilidades y así volamos a Panamá, donde nos entrevistamos con dos coroneles chilenos que descendieron del avión donde venía medio centenar de presos políticos. Y se dio el intercambio”.
    Eso del precio de una vida me hace recordar, igualmente, el viacrucis de un amigo que recientemente transitó por los quirófanos de un afamado nosocomio a sur de la ciudad… ingresado a consecuencia de una apoplejía ya no superó. Durante dos meses los médicos le ordenaron radiografías, ultrasonidos y tomografías de todo tipo sospechando desde luego que el paciente ya no se levantaría. Así lo enviaron a su casa, aquejado de una atrofia total y con una deuda cercana a los cuatro millones de pesos que, para nada. A la semana pasó a mejor vida.
     Entonces, ¿la vida cuesta 30 denarios, una maleta llena de dólares, 4 millones o los mil pesos que quedó a deber la mamá de Fernandito? La patria bien vale la vida, nos lo recuerda la abnegada estrofa que promete “exhalar en tus aras su aliento”, si el clarín lo convoca. Así que actualicemos la copla del buen José Alfredo y no, que la vida no valga nada sino al menos un poquito… por lo menos los mil pesos de Fernandito, que hubieran alcanzado para comprarle un bonito triciclo.

El viento a Juárez.

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El asunto es la inmortalidad. Que el egregio paladín perviva por siempre en el corazón de los ciudadanos. Aplausos, vítores, y que la pátina del tiempo no los haga sucumbir. ¡Vivan los héroes que nos dieron patria y libertad, los que salvaron la banca estatizada, los que adquirieron las vacunas de Pfizer contra el Covid-19!
         Siempre habrá alguna proeza que celebrar, sólo que para impedir que la efeméride se esfume con el discurrir de las calendas, el escultor se yergue como el artista necesario. Esculpir la estatua del prócer, y que ya las nuevas generaciones se encarguen de desfilar ante el pedestal de granito memorizando el apotegma que lo definió: “El respeto al derecho ajeno…”, “¡Hoy, hoy, hoy!”, “Defenderé al peso como un perro”.
         Se han llevado las estatuas de Ernesto Guevara y Fidel Castro de la banca donde reposaban en el parque de la Tabacalera. La alcaldesa Alessandra Rojo de la Vega aseguró que la medida fue porque las figuras eran víctimas del vandalismo permanente. Así ahora, resguardadas de las inclemencias, descansarán en la bodega vigilando cómo evoluciona la revolución continental que inició con el asalto al Cuartel Moncada el 26 de julio de 1953. Y lo que sobrevino.
         Por cierto que el jueves pasado falleció Isabel Custodio, quien fuera pareja sentimental de Castro Ruz durante su exilio en México. La guapa señora es autora de “El amor me absolverá”, novela que hace un guiño a la célebre frase que el doctor Castro lanzó cuando fue condenado por el régimen de Fulgencio Batista. Como algunos recordarán, el batallón que daría inicio a la revolución en Cuba se formó en la ciudad de México, entrenando en las faldas del Chiquihuite y organizando la estrategia en las mesas del café La Habana.
         En 1956 el grupo adquirió el yate “Granmá” en Tuxpan, Veracruz, en el que iniciarían la travesía revolucionaria. Lo tripulaban 82 expedicionarios –entre ellos Fidel y Raúl Castro, el Ché Guevara y Camilo Cienfuegos–, de los que un año después sólo sobrevivirían doce. Lo demás es historia.
         El grupo vivía disperso en los alrededores de la colonia Tabacalera, donde fueron apresados por el director de la DFS, Fernando Gutiérrez Barrios, quien los mantuvo en prisión varias semanas. Luego, por órdenes del presidente Adolfo Ruiz Cortines, fueron liberados, y no perdieron el tiempo para iniciar su travesía en el desvencijado yate que les costó 50 mil pesos. De ahí que en el verano de 2017 el delegado Ricardo Monreal contratara al escultor Oscar Ponzanelli para realizar el par de figuras de bronce que celebran el encuentro de Fidel con el Ché.
         Han retirado sus efigies por no ser del gusto de la alcaldesa, igual como fue retirada la estatua de Cristóbal Colón de la glorieta que aún lleva su sombre. Igual suerte corrió la figura ecuestre de José María Morelos en la autopista a Cuernavaca (en realidad fue sustraída en 2012), como fue arrebatada la efigie de Vicente Fox en Boca del Río, y derribadas las efigies de Lenin en Moscú al desaparecer la URSS; ya no se diga las estatuas de Saddam Hussein en Irak durante “la Madre de todas las Batallas”.
         ¿Alguien recuerda cuando en 1943 la Liga de la Decencia logró que a la Diana Cazadora (obra de Juan Olaguíbel) en Paseo de la Reforma le fueran añadidos unos calzones de bronce?
         El crimen de apostasía tuvo su esplendor en los siglos VII y VIII de nuestra era, cuando los primeros cristianos se lanzaron a destruir las representaciones de Cristo y los santos obedeciendo el edicto de iconoclastia decretado por León III, quien decretó que “se debía venerar al Ser Supremo y no a sus representaciones”.
         Ha sido la tradición en los periodos de turbulencia. Los soldados de Hernán Cortés destruyendo los monolitos de idolatría, o el gobernador radicalista de Tabasco, Tomás Garrido Canabal (1923-35), incitando a quemar iglesias y fusilar santos, apoyado en el movimiento de los Camisas Rojas que, irónicamente, comandaba el insigne Carlos Madrazo, después dirigente del PRI.
         Camisas Rojas, Ligas de la Decencia, milicianos de Hamas; cada cual halla sus razones para ejercer los nuevos modos de la herejía. Destruyamos, arrasemos, arranquemos las efigies de nuestros rivales, al fin que para alcanzar al Benemérito en su alto pedestal, los vándalos encapuchados no le llegarán ni a los talones. Su furia iconoclasta le hace lo que el viento.

¡Fuera Gringos!

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En términos clásicos estaríamos hablando de la nueva burguesía. Así fueron llamados los antiguos habitantes de los burgos (las ciudades) en la Edad Media. O sea, personas con estabilidad económica y social que les permite vivir con suficiente comodidad. Y peor si proceden de Wisconsin y residen en la colonia Hipódromo-Condesa.
         La palabra es un galimatías horroroso, “gentrificación”, que procede del inglés gentry, equivalente a una cierta nobleza mediana, en contraposición con la plebe. Lucha de clases, a fin de cuentas, que es la moda ideológica desde que Carlos Marx publicó sus ideas.
         La primera semana del julio fue despertada por ese vandalismo de nuevo cuño… el odio al extranjero, sobre todo si son norteamericanos, y que se han adueñado de muchas viviendas y espacios en las zonas más apacibles de la Metrópoli; las colonias Condesa, Roma y Nápoles. Pintas y graffitis donde se demanda lo impensable: “Primero Nuestra Cultura”, “Fuera Gringos”, “Hablen Español” (¿y por qué no náhuatl?).
         Esa campaña de xenofobia se reproduce igualmente en Barcelona, Atenas, Londres, donde el turismo veraniego asalta, materialmente, los espacios más apacibles. Alojamientos en hostales y apartamentos en régimen de Air-b&b que ocasionan el alza de los alquileres y, consecuentemente, el desplazamiento de los vecinos nativos. Es decir, la elitización de un barrio que hasta hace poco disfrutaba de su feliz medianía.
         En términos políticos el asalto del 4 de julio protagonizado por los vándalos contra la gentrificación (que destrozaron terrazas y vidrieras) se empata con las escenas de la semana anterior, cuando los agentes de ICE cargaron contra los migrantes –ilegales y no– en las calles de Los Angeles, Houston y Nueva York… respondiendo a la hostilidad de siempre que ha guardado contra ellos el señor Donald Trump.
         Xenofobia (y no otra cosa) en tiempos de la globalidad turística. Ahora lo interesante no es “visitar” tal o cual ciudad o mausoleo, sino “vivir” en el sitio… conocer a fondo su gastronomía, todos sus museos, convivir con la gente y el idioma. No ser más un “turista”, sino un “huésped”. Si a ello añadimos el principal efecto de la pandemia del Covid-19, que fue el encierro de meses y la oportunidad de laborar “a distancia” por medio de internet, tenemos como resultado esa nueva especie que son los empleados remotos del “teletrabajo”. Es decir, perfectamente se puede laborar desde una terraza en la colonia Roma y cobrar quincenas depositadas en Atlanta o Chicago.
         A eso hay que añadir una obviedad: el costo de vida en México es tres veces menor que en EU, por lo que el visitante gringo ve mejorado en mucho su nivel de consumo. Por ello queda en el aire la frase de Marx (otra vez) cuando los obreros parisinos –la Comuna de 1871– tomaron el control de todos los edificios de gobierno y, por un breve periodo, lograron arribar “al cielo por asalto”. El cielo comunista, hay que precisarlo.
         Así ahora los vándalos por aquí y por allá, ocupando las calles todo un día, las plazas municipales y las carreteras, parecieran emular a los obreros franceses de aquel entonces… como los otros vándalos, más aguerridos y mejor pertrechados, se van apoderando de la mitad del país mediante el crimen, el narcotráfico, la extorsión, el despojo, el huachicol. Cuatreros justicieros, y de los otros, tomando el control del país.
         El asunto de fondo es que existen dos ciudades dentro de una misma. La ciudad “sufrible” y la ciudad “habitable”. La primera queda lejos, en la periferia, donde para salir o arribar se requieren horas de transporte, amén de que carecen de servicios de calidad en el entorno. La ciudad habitable es lo contrario. Se vive a pie, tiene bonitos bulevares, hay tiendas de todo, cafeterías, bares y restaurantes; no hay necesidad de sufrir el transporte público que, en la ciudad de México, es una tortura.
         Es la metrópoli que soñó Maximiliano cuando emperador, y ordenó al urbanista Alais Bolland el trazo de la Calzada de la Emperatriz (a imitación de los Campos Elíseos), para comunicar el Castillo de Chapultepec con Palacio Nacional. Ahora se le conoce como Paseo de la Reforma y alrededor de ella, ciertamente, bulle la vida donde la gentry mexicana habitó… hasta la llegada de los odiados norteamericanos. ¡Fuera gringos!

HIDROFOBIA

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Barry y Flossie, qué ternura de nombres: dos borrascas que azotan las costas mexicanas para inaugurar la temporada de huracanes. Inundaciones, desbordamientos, deslaves, ahogados, y los reporteros peleando por narrar la peor catástrofe. Veinte desaparecidos, más de cien casas bajo el agua, todas las escuelas cerradas por orden de las autoridades, se implemente el Plan DN-III por la gravedad del desastre.
         El país se ubica en una cruel encrucijada. Bajo el suelo coinciden tres placas tectónicas que muy seguido nos obsequian sismos de intensidad variable… Por el cielo circulan eso que románticamente denominaban “aire marítimo tropical” y que no es más que el sendero donde transitan los cúmulos nubosos –de uno a otro océano–, y que en las canículas derivan en tormentas y ciclones.
         Así ahora, luego del ciclón “Otis” que destruyó Acapulco en octubre de 2023, hemos quedado más que escamados. Llega la depresión tropical y ya estamos anunciando su evolución a tormenta tropical, luego a huracán en sus varias categorías. Somos entusiastas del desastre, morbosos por naturaleza, y que el sicoanalista se encargue de hallar las causas en nuestra tenebrosa infancia. Hambre de crisis y catástrofes; qué remedio, hay que aprender a vivir con el desastre cotidiano. Es el ciclo de la vida.
         Antiguamente los ciclones (que en América denominamos “huracán”) eran realmente sorpresivos. Ante la ausencia de satélites meteorológicos, la proximidad de las tormentas quedaba en manos de los barómetros. Y cuando la tempestad azotaba, no había alerta de contingencia… el mal tiempo se convertía en tormenta, y la tormenta en desastre. Ya se sabía, la maldición llega con los meses que terminan en “bre”: septiembre, octubre… porque entonces son peores los efectos del calentamiento del mar. O, como me dijo un metorólogo de la UNAM: “Los huracanes son verdaderas máquinas de vapor; imagine usted una olla express; calor, agua, y destápela de pronto”.
         A partir de los años 60 los satélites geo-estacionarios permiten el seguimiento puntual del celaje marino y su desplazamiento. Ya no hay sorpresas, como con el huracán “Hilda”, que destruyó Tampico en 1955, o “Janet”, que hizo lo mismo con Chetumal cuatro años después. Ahora las trayectorias se siguen minuto a minuto y puede saberse la intensidad de su viento. Agua pasa por mi casa, llega el aviso y no queda más que dirigirse al refugio recién habilitado.
         Los habitantes de Cancún y Monterrey no olvidarán al peor ciclón del siglo XX, “Gilberto”, que asoló la cuenca del Golfo en 1988. ¿Y qué decir de “Kenna”, en 2002, que barrió con Puerto Vallarta? ¿O “Ismael” en Mazatlán, que ocasionó la muerte de un centenar de pescadores? ¿Y “Odile”, en 2014?
         Estiaje y mal tiempo. A eso se reducían las estaciones según lo explicaba mi abuelo. Sequía de febrero a mayo, tormentas de junio a septiembre, “lo demás combinado, pero siempre lo mismo, agua y calor”. No por nada las divinidades que presidían el Templo Mayor, cada cual en su pirámide, eran las de Tlaloc y Huitzilopochtli.
         Hoy es lo mismo a la hora de los noticiarios: guerra y lluvia. La sombra de “Huichilobos” (como le llamaban los conquistadores) asoma en cada corte informativo; catorce muertos en Culiacán, siete en Celaya, ocho en Coatzacoalcos… como partes de guerra de una conflagración no declarada, equivalente a ratos a los reportes de Gaza y Ucrania. Así celebran en la mesa, revisando los avances y retrocesos, Netanyahu, Putin y Huichilobos, sobándose las manos.
         Lo de Tlaloc tira más a la resignación. Meses y meses clamando por el fin del estiaje, los niveles raquíticos de las represas, cuando de pronto despierta y… ¡Aguas!, ruge a los cuatro vientos azotándonos con uno y otro temporal, “Barry” en Veracruz, “Flossie” en Michoacán, y que Dios nos obsequie la gabardina.
         Ya lo decíamos, diluvio e inundación que nos hacen blasfemar contra el sereno Tlaloc. ¿Quién nos manda haberlo secuestrado en 1964 de Coatlinchán, donde reposaba tan tranquilo? “Aborrecimiento al agua”; que así se define la hidrofobia. Vacúnense.