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David Martín del Campo

EL DIA QUE PROHIBIERON LA ESCUELA.

By Sobre 2 ruedasNo Comments
Apenas se aproximaba el fin de cursos, se repetía la cantinela en el patio de recreo: “Trabajar, ¡qué horror!, estudiar tantito peor… ¡prefiero que me dé viruela, para ya no ir a la escuela!”, y luego la gritería de los compañeros. Sí, la vida como unas vacaciones perpetuas llenas de juegos, paseos, travesuras y bicicleta por todo el barrio. “¿Cómo se obtiene la circunferencia de una círculo?” “¿Cuáles son las capitales de Albania y Yugoslavia?”. Ahí estaban los cuadernos garrapateados para estudiar y repasar la lección.
       A propósito, hará unos diez años en que publiqué un libro muy apreciado por mis lectores infantiles. Se titula “El día que prohibieron la escuela”, y al presentarlo en los colegios no faltan los burros de atrás que saltan festejando “¡Éeeeehh! ¡Síiii!”. El cuento de marras describe el día en que el profesor regresa a todos los alumnos a su casa pues el gobierno ha prohibido la escuela, el estudio, los recreos, y a los bomberos les impiden sofocar las casas incendiándose y a los panaderos amasar el pan. Todo se ha prohibido en vistas de retornar, más o menos, a los tiempos felices de las cavernas, cuando todo era de todos y nada de nadie.
       Ignoro si el titular de la SEP haya leído mi libro, y me enorgullecería saber que he sido su inspiración. El jueves pasado, al declarar Mario Delgado que las clases se suspenderían durante las cinco semanas coincidentes con la celebración del Mundial de Futbol y la canícula (que es el periodo con más calor del año), el encargado de Educacion se llevó su buena rechifla.
       Lo que ha propuesto es, casi casi, la reducción del periodo lectivo a la mitad (26 semanas) y el resto del año ofrecido como vacaciones, “puentes inhábiles”, conmemoraciones y días de “evaluación” magisterial. O sea, el paraíso mismo de mi época dorada.
       Que los alumnos no se sofoquen, que tengan tiempo de disfrutar los partidazos transmitidos y retransmitidos por televisión, que se queden en casa contemplando la realidad nacional desde la ventana de su recámara. El corolario de esa medida sería que la educación es perniciosa para la estabilidad nacional, que la quietud debe ser erigida como norma cívica, además de que es necesario adquirir un segundo ventilador en casa.
       El trasfondo de todo es político. Se habrá pensado que ausentándose los 24 millones de niños de los centros escolares se habrían evitado las manifestaciones y plantones del magisterio sindicalizado y la CNTE, se habría disminuido el tránsito vehicular, se habría retornado a la “paz pandémica” que vivimos en 2021. Y así, el medio millón de aficionados visitantes, y todos los medios de comunicación enfocados en nuestros estadios y sus alrededores, tendrían una opinión dulcificada de la violencia y el desastre urbano que viven nuestras metrópolis. Sugerir que éste es un país terso y funcional. Sí, claro.
       Habría que recordar al “padre fundador” del Singapur actual, Lee Kuan Yew, quien fundamentó el progreso de su nación bajo dos principios: educación y aire acondicionado. De ese modo la pequeña isla asiática, situada en el sofocante anillo ecuatorial (al igual que México), dejó de ser el “pozo de ignominia” colonial para situarse como una de las diez economías más ricas del orbe. Los niños en las escuelas de Singapur asisten siete, nueve horas diarias, aprendiéndolo todo (inglés y computación, desde luego), en un clima templado gracias a los millones de aparatos de aire acondicionado instalados en todos los hogares, comercios y centros escolares.
       Pero acá pensamos lo contrario… que las escuelas no tengan condiciones mínimas de confort, baños funcionales ni clases de inglés. Al fin que el periodo lectivo será demediado y todos podrán ver los golazos de Harry Kane los días en que juegue Inglaterra.
       La decisión está en el aire. “Algunos estados podrán alargar el periodo vacacional”, “no fue una ocurrencia de Mario Delgado”, afirmó el lunes 11 la presidenta Claudia Sheinbaum, así que el destino de los niños mexicanos sigue en el aire. ¿Y quién cuidará a los alumnos permaneciendo en casa mientras sus padres cumplen la jornada laboral? Seguramente el canal de Nickelodeon y las consolas de Play Station.
       Quedará en el aire, también, el destino de esta generación de niños y jovencitos que fueron “encarcelados” involuntariamente en casa durante la pandemia, y que ahora enfrentan otro periodo de aprendizaje nulo ausentes del pupitre y el pizarrón. El día que prohibieron la escuela, no lo saben, prohibieron también la geometría, el civismo, la historia, la gramática y la geografía que, por cierto, la capital de Yugoslavia era Belgrado, pero el país se desintegró en 1992. Y no gobernaba míster Donald Trump.

DON FIDEL, SU AUSENCIA.

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Todo se remonta a la plaza Haymarket, a orillas del lago Michigan, en 1886. De la represión que efectuó la policía contra los manifestantes obreros, se hablaría después de los “Mártires de Chicago” que así se inscribirían en la historia. Aquel Primero de mayo daría pie a la institución del Día Internacional del Trabajo (o del trabajador), que es celebrado en todos los países.

 

Para esa fecha circulaba ya el Manifiesto Comunista, publicado por Carlos Marx y Fedeico Engels, donde se instruía al movimiento obrero mundial para emprender la revolución proletaria que los liberaría de la explotación capitalista de los burgueses dueños de fábricas y empresas. Una de las medidas previas a la gran revolución obrera, consistía en luchar por medidas concretas de mejoramiento salarial, por ejemplo la reducción de la jornada laboral a ocho horas, que fue el motivo de aquella manifestación histórica.
Se cuenta que hubo tiros, la participación de grupos anarquistas, el estallido de algunas bombas de fabricación casera. Muchos heridos y algunos muertos en las calles, que derivaría en la detención de una veintena de obreros, de los cuales cinco serían condenados a la horca. Todos ellos, menos uno, eran de origen alemán.
Ese ha sido el discurso que han manejado todos los gobiernos  a partir de la instauración del régimen de la Revolución Mexicana, de modo que le resultó muy sencillo empatar el legado agrarista (que fue el principal motivo de la insurrección armada) con el “proletario” de aquel entonces. La Casa del Obrero Mundial y sus “batallones rojos”. Líderes como Vicente Lombardo Toledano (fundador de la CTM), Fidel Velázquez, Luis N. Morones (CNOP), Fernando Amilpa, Joaquín Hernández Galicia (“la Quina”, dirigente del sindicato petrolero), e incluso Joaquín Gamboa Pascoe (tan elegante), se empataban con el presidente en turno –Lázaro Cárdenas, Miguel Alemán, Adolfo López Mateos, José López Portillo, Carlos Salinas de Gortari–, y desde el balcón central de Palacio Nacional veían marchar los contingentes obreros donde se sucedían los ferrocarrileros, los electricistas, los petroleros, los maestros, las enfermeras, los pilotos comerciales…
Recuerdo que más de una vez mi padre, ingeniero civil contratado en la SCOP (luego en la CFE), regresaba por la tarde de aquellos Primeros de Mayo extenuado de sol, por decir lo menos, para beberse dos vasos de limonada y tirarse en la cama para una siesta de tres horas.
Ha sido la condena de todos los gobiernos. Empatarse con mayor o menor hipocresía al discurso proletario que ya no aspira a la revolución mundial, sino a la mejora paulatina de las condiciones de vida del trabajador (vía del aumento salarial o la disminución de la jornada), pues en el fondo la extinción del capitalismo ha quedado para las calendas.
El dirigente de dirigentes era el zorro Fidel Velázquez, secretario general de la Confederación de Trabajadores de México, acompañando a todos los presidentes desde Lázaro Cárdenas hasta Ernesto Zedillo, de modo que a sus 97 años era retratado por el caricaturista Magú rodeado de moscas, seguramente panteoneras, acechándolo.
 Y las gafas oscuras, y la imprescindible corbata, y sus declaraciones mofletudas que nadie comprendía, amén de sus tres frases históricas que han quedado para el bronce de los monumentos: “El que se mueve, no sale en la foto” (en política, no te salgas del huacal subordinado). “Llegamos a balazos, con la fuerza de las armas, y así nos habrán de sacar”. “Estamos con el partido, y con usted Señor Presidente… hasta la ignominia”, y José López Portillo, que era letrado, sonrió por el despropósito.
Ya mayor, a sus noventaitantos, llegó al hospital para atenderse de un mal que le impedía sostenerse en pie. El país entró en pánico, “¡cómo, está en peligro la vida del dirigente histórico del proletariado nacional?”. Una sagaz reportera se coló al nosocomio, se disfrazó de enfermera, llegó hasta su cuarto y en soledad le preguntó:
       –¿Don Fidel, qué ha sucederle al movimiento obrero ahora en su condición?
       El viejo zorro, reconociéndola, le respondió:
       –Ay, Carmelita, mire usted… los seres humanos a veces se enferman, y yo, que soy humano, ahora me encuentro malito.
Pero aquello se extinguió con el líder histórico en 1997, a poco de que el “sector obrero” del PRI se hiciera polvo con el partido agonizando en su lecho de muerte. Qué falta nos hace ahora don Fidel, erguido con su inseparable puro a la mano, aguantando unos segundos para estrechar la mano del presidente en turno. Ese era pundonor proletario, no como ahora.

UN MIRLO BLANCO

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Tenía 29 años y se transportó como pudo a ese rincón del país. Era septiembre de 1955, el servicio meteorológico vaticinaba de posibles tormentas arribando al litoral quintanarroense, como ya había ocurrido semanas atrás con el huracán Hilda. Y el territorio caribeño enfrentó ese nuevo ciclón. El 30 de septiembre, dictándolo por vía telefónica, el despacho del reportero afirmaba: “El huracán Janet tocó ayer las costas del Caribe mexicano dejando un sudario de horror y destrucción que suma ya 97 muertos, en su mayoría niños. Se puede afirmar que Chetumal, la capital de este territorio, ha dejado de existir”. Firmaba la nota el osado reportero Julio Scherer García.
Estos días se cumplen cien años de nacimiento del, quizás, más destacado periodista del siglo XX mexicano. Una semblanza de él, publicada por Arno Burkholder en las páginas de Letras Libres, refiere que el inquieto jovencito no se conformó con iniciar las carreras de Jurisprudencia y Filosofía en la Universidad Nacional, y así fue a dar (recomendado por su padre) a la redacción del diario Excélsior, que dirigía Rodrigo de Llano. De “office-boy” y “hueso” no pasó el primer año, pero poco a poco fue comprendiendo ese oficio de colmillo, astucia y filantropía.
 Muy pronto el joven Julio Scherer aprendió las claves y mañas que ejercían, en ese oficio, Enrique Borrego, Carlos Denegri, Luis Spota y el mismo Regino Hernández Llergo (director de Impacto) quien, al conocer su insobornable honradez, lo bautizó como “el mirlo blanco” del periodismo de aquel entonces. (Un mirlo, como todos recordarán, es negro renegrido).
Su desempeño y buen oficio lo llevaron a dirigir el periódico iniciando el año de 1968, hasta el golpe administrativo ocurrido en julio de 1976, y que fue auspiciado por el gobierno de Luis Echeverría. Así lo cuentan las hemerotecas: los reportajes, artículos y entrevistas de esos dos años (1974 y 75) eran feroces en cuanto al despilfarro y desatino de las medidas gubernamentales. Las firmas de Daniel Cosío Villegas, Heberto Castillo, Gastón García Cantú, Froylán López Narváez, Miguel Angel Granados Chapa, Vicente Leñero, Ángel Trinidad Ferreyra, Carlos Monsiváis, así como las caricaturas de Abel Quezada irritaron tanto al gobierno, que se decidió ese “golpe interno” manipulando una asamblea de cooperativistas que decidió la expulsión de Scherer y su equipo. Para bien.
A poco de eso los periodistas proscritos decidieron fundar una publicación igualmente crítica e insobornable. Así nació, en noviembre de 1976, la revista Proceso, cuya lectura fue obligatoria para mi generación. Los cartones de Naranjo, las colaboraciones de José Emilio Pacheco, los artículos de Heberto Castillo y Ricardo Garibay.
Decíamos que para bien fue el golpe de Echeverría al periodismo que representaba don Julio, ya que la embestida provocó la multiplicación de medios analíticos y esclarecedores que poco a poco fueron poblando los kioskos de prensa… después de Proceso, los diarios Unomásuno (luego LaJornada), Reforma, Milenio (en sustitución del viejo Novedades), El Financiero, El Heraldo (refundado), La Crónica, La Razón…
Los jueves por la tarde, a la hora del café en el Vip’s de Plaza California, era muy divertido encontrarse en la mesita del rincón a Vicente Leñero, don Julio, el jesuita Enrique Maza, Carlos Marín… callaban sus secretos de Estado y me saludaban. La secta se reunía ahí en preparación de la junta que decidiría la edición de Proceso, a dos cuadras de ahí.
 La escisión aquella que me permitió tratar, y cruzar alguna copa, con reporteros, jefes y editores como René Arteaga, Manuel Becerra Acosta, Jorge Hernández Campos, Rodolfo Roja-Zea, Rafael Cardona, Raymundo Riva Palacio, Carlos Duayhe, Antonio Andrade, Enrique Loubet, David Siller, Abelardo Martín, Jaime Avilés, Antonio Marimón, Carmen Lira, Agustín Gutiérrez Canet, José Manuel Fortuny, Guadalupe Irízar, Javier Molina, Ramón Márquez, Víctor Avilés, Ramón Colombo y Eduardo Deschamps quien, después de entrevistar a Brigitte Bardot en el Aeropuerto Internacional, a instancias de ella se bebieron una botella de champagne en el Ambassadeur de Reforma.
Y todo por la honorabilidad de don Julio. A mucha honra.

EL CUARTO REICH

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El personaje es severo pero a la vez un poco zoquete. Usa gafas oscuras, luce sus medallas en la casaca, es chaparrito de dar risa. Los lectores sabíamos que se trataba de una caricatura del dictador Augusto Pinochet (tal vez Rafael Videla) cometiendo tropelías y abusos al por mayor. El cartón apareció en las páginas medias del diario Unomásuno y duró allí una eternidad. Luego se mudó a LaJornada y ya se habrá perdido en el confín de las rotativas, toda vez que su autor, el chileno José Palomo, pasó a mejor vida el sábado pasado.
         Aquel diario se fue poblando de exiliados sudamericanos a pasto. También los había guatemaltecos (J. Manuel Fortuny), dominicanos (Ramón E. Colombo), salvadoreños (René Arteaga). Sin embargo el grueso de los inmigrantes era de origen argentino, y varios chilenos, como Palomo. Discreto, amable, de pocas palabras, falleció a los 82 años sin haber retornado a su natal Santiago de Chile, de donde migró en 1973, tras el golpe de estado contra el presidente Salvador Allende.
         Fue la circunstancia que marcó a mi generación. El gobierno de la Unidad Popular Chilena, que se presentaba como la primera instancia del “arribo al socialismo” por la vía electoral. Sus apoyos incondicionales eran Fidel Castro, en Cuba, y Luis Echeverría, en México. Del primero se dice que le obsequió un fusil Kalashinikov “para que lo empleara si llegase el momento”, que fue el 11 de septiembre de 1973, cuando todo se vino abajo y Allende debió emplearlo para disparar contra los aviones que bombardeaban el Palacio de La Moneda, y contra él mismo, con la última bala.
         El presidente Echeverría lo recibió como invitado de honor en el invierno de 1972, con giras por el Distrito Federal y Guadalajara, donde el chileno pronunció un discurso que anunciaba su despedida. “Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción de la vida”. La disertación fue en el Paraninfo de Medicina de la UdeG; yo estuve ahí. Diez meses después fue la asonada, y esa misma tarde, en el tejado de la embajada chilena, Hugo Gutiérrez Vega lanzó una arenga “contra los esbirros de los espadones”, para formar las brigadas de combatientes que iríamos a luchar en defensa del presidente Allende que, en esos minutos, pasaba a mejor vida.
         Por cierto que, en una confesión años después, Gutiérrez Vega, como presidente del Comité de Solidaridad con el Pueblo Chileno, me contaba una anécdota que ni James Bond:
         –Por aquel tiempo (1974-75), viendo que el gobierno del sátrapa se consolidaba en Chile, se abrió una rendija de perdón y libertad. Nos hicieron saber en el Comité que el gobierno pinochetista estaría dispuesto a liberar a algunos presos de cierto renombre, un trueque en metálico, ni más ni menos. Un preso por una maleta llena de dinero. Estrictamente, 150 fajos de billetes de 20 dólares en cada valija. Lo hablamos con don Mario Moya Palencia, secretario de Gobernación, quien nos dio todas las facilidades para el intercambio pero, eso sí, que guardáramos la reserva del caso porque de lo contrario… y la comunidad de exiliados hicieron una campaña secreta de recolección de dólares, que el gobierno luego acompletó, como decimos. Viajamos a la base militar de Río Hato, en Panamá, gobernada entonces por el general Omar Torrijos. Y sí, volamos en un avión de la Fuerza Aérea Mexicana con 80 asientos, en cada uno amarrada una maletita con aquellos dólares. Aterrizamos y pocos minutos después descendió una nave del ejército chileno. Yo era el interlocutor mexicano, acompañado por tres oficiales del ejército, y de la parte chilena lo mismo, tres coroneles cuyos nombres no recuerdo. Y así, con la lista en mano, procedió el cambalache: medio centenar de presos que, ahí mismo, eran liberados de las esposas que los maniataban. Y asunto acabado, cada avión de regreso y sanseacabó.
         De no creerse.
         Igualmente chileno, fugado de la barbarie militarista, fue el buen Poli Délano, escritor que muy pronto se asentó en la florida Cuernavaca (vivía en una habitación del Hotel San Angelo), y se ganó la amistad del medio literario. Así bautizado por culpa de Pablo Neruda quien, al tenerlo en brazos, aseguró que esa criatura tenía cara de San Policarpio, el obispo de Esmirna, y se le quedó el nombre. Nos acompañaba a cuanto encuentro de escritores se organizaba en el país… Zacatecas, Morelia, Acapulco, Monterrey, la FIL de Guadalajara, celebrando con sus pares Rafael Ramírez Heredia (“el Rayo”) y Hernán Lara Zavala.
         Triste, muy triste fue la muerte de su hija Bárbara caída en el avión que la transportaba a Santiago, y que obligó a Poli a trasladarse a esas playas peruanas para ver si podía rescatar algo de ella… un zapato, una bufanda. Como capítulo de una novela por demás atribulada.
         Así ahora se nos ha ido Palomo, melancólico como todos los chilenos, con su Cuarto Reich que se salvó, por lo visto, de los misiles de míster Trump, y sus comandos aerotransportados. Cosa de tener suerte.

Al grito de guerra

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Barítonos y sopranos, todos en el salón de clases nos esmerábamos por ser el que mejor entonara las estrofas apuntadas en el pizarrón. La leyenda decía que el poeta había sido encerrado por su novia, hasta que no completara los versos que compondrían esa propuesta de “himno nacional” en el concurso de 1854 convocado para el caso.

       Y en esas estábamos hasta que un compañero, el rebelde del grupo, alzó la mano preguntando:

       –Maestra, ¿por qué la palabra “guerra” se repite siete veces en el Himno?

       La respuesta (que no la hubo) reside en que el ambiente nacional de entonces, después de la guerra con los Estados Unidos que perdimos (y que nos costó la cesión de los territorios del norte, de California a Tejas), era del todo vindicativo. Sí, que nadie osase plantar el pie extranjero en la Patria dolida, porque se le irían encima bridones y rugidos de cañones.

       El teórico militar Carl von Clausewitz lo explicó en las páginas de su famoso tratado: la guerra “no es más que la continuación de la política por otros medios” …más explícitos que la discusión parlamentaria.

       De los “alegres años veintes” del siglo pasado, a los de este XXI, el panorama se ha trastornado. Los países que hoy están en guerra suman una decena (Ukrania, Rusia, Pakistán, Afganistán, Estados Unidos, Israel, Irán, Kuwait, Irak, Palestina) por lo menos, sin contar los conflictos e intervenciones militares localizadas, como ha ocurrido en Caracas y en Tatalpa, Jalisco.

Todo lo cual lleva a concluir que la visión idealista de un mundo en permanente paz, es por demás ilusa. El espíritu guerrero habita desde siempre en nuestras arterias, y no ha habido lapso de la historia sin uno o dos conflictos de ese tipo. Desde los murales de Cacaxtla hasta las pinturas de Eugene Delacroix, son exaltadas las batallas donde el vencedor impone la propia causa. El siglo pasado fue un hervidero de guerras, algunas internas referidas como “revoluciones”, que abarcó a los cinco continentes. Así que ahora no nos debemos llamar a escándalo.

       El presidente Donald Trump así lo ha entendido, y asumiéndose como heredero intervencionista de las dos guerras mundiales, la de Corea, la de Vietnam, la de Irak, hoy ha decidido abrir un nuevo frente en la antigua Persia, estrangulada por el régimen de los Ayatolas. La única diferencia es que anteriormente se requería del desplazamiento de batallones y artillería por miles, cuando que hoy la guerra se está decidiendo con el disparo de cohetes teledirigidos y drones.

       El gran temor es que alguno de los contendientes resuelva defenderse con armas de orden atómico, lo que dislocaría por completo el acuerdo tácito que se mantiene, otorgando a las grandes potencias sus parcelas de influencia. Estados Unidos, Rusia y China, en primer orden, y detrás Francia, Reino Unido, Corea del Norte, Israel, India y al parecer ya no Irán.

       Es algo de lo que ya no se habla con la efusividad de los años 60, cuando la “crisis de los misiles” mantuvo al planeta suspendido de un hilo, con los teléfonos calientes de Nikita Kruschev y John F. Kennedy.

       Ahora las imágenes de Gaza arrasada, luego de la declaración implícita de guerra del 7 de octubre de 2023, cuando tropas de Hamas atacaron territorio de Israel, se han vuelto la estampa que suple a las fotografías de Vietnam o las de la “la madre de todas las batallas” en Irak.

       El talante belicoso de míster Trump no es muy distinto al del presidente Richard Nixon en 1970. El enemigo de entonces era el avance del comunismo, el de ahora es el del empoderamiento islámico, y de refilón la guerra contra el terrorismo de los cárteles, que se habrían apoderado de cierto país que no lo reconoce.

       La continuación de la política por otros medios, bien lo decía Von Clausewitz, de modo que malamente nos estamos acostumbrando a las imágenes de la guerra, como si fuesen un capítulo más de la entrega de los Óscares.

       En todo caso nos queda el Himno para liberarnos de cualquier afrenta, y los patrios pendones, ¡guerra, guerra!, en las olas de sangre empapar.

DURO Y A LA CABEZA

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La escena se repite una y otra vez en las pantallas de cine: el condenado marcha cabizbajo, murmurando una oración personal pues en lo alto del cadalso lo espera el verdugo con el hacha en ristre. Le tapan el rostro con una capucha y, al gesto afirmativo del fiscal, se completa la ejecución acompañado por el grito de la multitud, “¡ahhhh!”, cuando la cabeza del decapitado rueda por el patíbulo. Ya no la cabeza del rey Luis XVI, sino que el decapitado es un maldito inefable que habitaba, un día sí y otro también, la primera plana de los periódicos.

         Primero fue Nicolás Maduro, después Nemesio Oceguera, hoy se trata del Ayatola Khamenei. En los tres “operativos” efectuados en sus baluartes, vigiló desde lo alto el ojo impacable del águila calva. La CIA, el Pentágono, la DEA. A los tres caudillos se les enviaron mensajes disuasivos, pero no los quisieron interpretar. “Iremos por ti, por las malas o por las peores”, y así ocurrió.
         Decapitar al maligno, ni más ni menos, es la estrategia de hoy. Ya no las invasiones de antes, los desembarcos, las columnas acorazadas avanzando palmo a palmo por el territorio enemigo. Ahora con veinte helicópteros, una compañía conjuntada de la Guardia Nacional y el ejército, una andanada de proyectiles teledirigidos… son suficientes para abatir al jerarca del mal.
         Cuando los electores norteamericanos optaron por el candidato que prometía el eslogan de MAGA, no imaginaron que esa consigna de ser “grandes otra vez” implicaría retornar al intervencionismo que floreció en el siglo XX, cuando el ejército de EU se jactaba de invadir territorios para enderezar gobiernos hostiles y execrables. Nicaragua, Corea, Vietnam, Grenada, Panamá… por no recordar la intervención yanqui en aquel Veracruz de 1914, convulsionado por una y otra asonada.

         La estrategia es la misma; lo que ha variado son las tácticas. Ya no se requiere del traslado masivo de infantes y cañones; la última campaña de ese tipo fue en Irak, en 2003, con resultados ambivalentes. La deposición del autócrata Saddam Hussein, ejecutado en 2006, requirió de la movilización de más de un millón de efectivos norteamericanos hasta el año 2011, en que se dio por terminada la ocupación.

         Con el Ayatola actual, sucesor del temible Ruhollah Jomeini (cabeza de la Revolución Islámica de 1979), se ha requerido de una actuación distinta. Coordinadas las fuerzas aéreas de Israel y EU, acometieron un bombardeo quirúrgico contra los centros de mando y los palacios donde se encontraban Khamenei, lo mismo que sus ministros de Guerra, Guardia Revolucionaria y Consejo de Defensa, de modo que en una hora los cuatro dirigentes quedaron eliminados.
         El caso de Nicolás Maduro, la noche del 2 de enero pasado, no fue muy distinta. Como se ha sabido, un comando especializado se encargó de “extraerlo” de su residencia, sin que se haya registrado una sola baja del equipo de operaciones especiales (SEALS) que intervino en su residencia de Fuerte Tiuna. Lo que sí, 32 guardaespaldas cubanos que se encargaban de su protección, quedaron eliminados.
         “Duro y a la cabeza”, decíamos en las riñas preparatorianas. La operación del pasado 22 de febrero, en el conjunto residencial de Tapalpa, Jalisco, intentó igualmente ser “quirúrgico”. El operativo conjunto del Ejército y los miembros de élite de la Guardia Nacional, que habrían intervenido en su captura, lo hicieron con información proporcionada por la CIA y el Departamento de Estado de los EU. Informantes locales, espionaje telefónico, supervisión satelital permanente (hay que ver la serie Fauda, en Netflix), facilitaron el asalto a la “cabaña de descanso” del temible capo, con las consecuencias por todos conocidas.

         Ya no el hacha del verdugo. Para decapitar al déspota, a partrir de hoy, ya no se requerirán las acciones bélicas de antaño, que requerían de la movilización de miles y decenas de miles de soldados. La tecnología actual ahorrará mucho dinero a los gobiernos que han resuelto ese tipo de operaciones. Se calcula que la intevención militar de EU en Irak, para deponer al gobierno de Hussein, habría costado 800,000 millones de dólares. En cambio una bomba Sentinel (sustituto de los misiles teledirigidos Minuteman) cuesta 160 millones de dólares. Con diez de esos cohetes se puede eliminar a cualquier narco-terrorista, dictador, o autócrata escondido en el más profundo de los refugios.
         Seguramente que algo ocurrió en la mente del candidato Donald Trump el 13 de julio de 2024, cuando la bala disparada por Thomas Matthew le hirió la oreja derecha. Al sobrevivir al atentado, seguramente pensó que fue por algo. Una misión redentora. Lo de estos días son las consecuencias.

SIN CORBATA.

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La idea fue de Jaime Torres Bodet, luego de conversar con el candidato electo, Adolfo López Mateos. Hacer libros para todos los niños de México, atractivos, gratuitos, instructivos. Así en 1959, luego de creada la Comisión Nacional del Libro de Texto Gratuito, fue publicado el inaugural de ellos: “Mi libro de Primer Año”.

La leyenda cuenta que don Adolfo, cuando niño, no tenía libro escolar y era la burla (como siempre) de sus compañeritos del salón de clases. Después de su aciaga participación como orador en la campaña presidencial de José Vasconcelos, después de su trashumante peregrinaje hasta la hacienda en Chiapas donde vivía su verdadero padre –don Gonzalo de Murga–, después de sobresalir como senador y como ministro de Trabajo, López Mateos fue electo presidente de la República. Cuentan que se emocionó hasta la lágrimas al tener en las manos aquel primer ejemplar, en cuya portada lucía el retrato de La Patria, óleo de Jorge González Camarena.

Hace días el retrato de Carlos Marx lucía en el escritorio de su homónimo, Marx Arriaga, director de Producción Editorial en la SEP. Es cosa de revisar las fotografías de prensa. De ese modo, el capitán de los libros gratuitos que reciben los niños en México, se precia de ser coautor de la Nueva Escuela Mexicana, que se ha impuesto desde diciembre de 2018.

Quien revise los libros de texto hoy vigentes, comparados con los editados en décadas anteriores, se podría ir de espaldas. El ánimo por la formación y el aprendizaje (científico) se ha puesto de lado en beneficio de la instrumentación ideológica. En el libro de Cuarto Año, por ejemplo, asoma el dibujo de un caballero elegante, trajeado, sobre el cual hay una voluta de rayones, eliminándolo, sobre una leyenda que dice: “Las personas que llevan corbata son desconfiables”. Así nomás.

Ahora que don Marx Arriaga fue despedido de su puesto, sin embargo, se aseguró que no habrá cambios en el contenido de los libros producidos por la Conaliteg, si acaso serán incorporados temas de las mujeres y las comunidades indígenas del país. Y como don Marx Arriaga no se quería ir de su trinchera… perdón, de su oficina, emprendió una campaña para salvar el puesto, aduciendo que las fuerzas neoliberales, en connivencia con el titular de la SEP, Mario Delgado, están confabuladas contra él y la “revolución educativa” que encabezaba.

Para quienes hayan leído el Manifiesto Comunista, recordarán que tesis fundamental del volumen es aquella donde se afirma que “La historia del mundo es la historia de la lucha de clases”. En ese volumen, escrito emparejadamente por Federico Engels y Carlos Marx (el verdadero), asoma la primera frase de terror cívico: “Un fantasma recorre Europa, es el fantasma del comunismo”.

Así ahora, en la crónica que podría escribirse desde el sexto piso de la SEP, asomaría la sentencia: “Un fantasma recorre la SEP, es el mismo que vaga por Palacio Nacional”. Cosa de esperar cómo se desenvuelve el desaguisado.

Los precedentes políticos que confluyeron en la integración del PRD –luego Morena–, fueron partidos de apellido histórico: Popular Socialista, Socialista Unificado (antes PCM), Mexicano de los Trabajadores, “Tendencia democrática” del PRI. Todos tildados de izquierda, asumiendo el marxismo como principio motor de su lucha, que era (y es) la de los desheredados del mundo. Recuérdense las pueriles pancartas asomando en las dos campañas electorales de Cuauhtémoc Cárdenas… Carlos Marx, Federico Engels, Joseph Stalin, junto a las imágenes de la Virgen de Guadalupe. O sea, el que se daba en llamar “marxismo guadalupano”, del que hoy disfrutamos sus consecuencias.

La revolución proletaria requiere de conciencia, militancia, adoctrinamiento. Así fue en la Rusia zarista de 1917, así fue en Cuba después del 16 de abril de 1961, cuando la Declaración de La Habana. No es ningún secreto, en esa visión del mundo lo primordial es azuzar la “lucha de clases”… esclavos vs. patricios, siervos vs. hacendados, proletarios vs. capitalistas, y ahora “el pueblo bueno” vs. neoliberales. En ese sentido es como deben ser entendidos los nuevos libros de texto, bendecidos por don Marx Arriaga, para concientizar a las masas. Al fin que los encorbatados –del Banco de México y del Grupo Monterrey– son del todo desconfiables, y merecen ser tachonados a golpes de crayón.

Cada quien se llama como quiere (o como puede). Las Guadalupes son adeptas a la Virgen que apareció en el Tepeyac, los Benitos son discípulos del Benemérito, los Brandon del mundo son prosélitos del tosco Marlon de las películas. Así nuestro (Carlos) Marx defendiendo la barricada del sexto piso… ¿por qué ese nombre tan histórico? ¿De qué se hablaba en la sobremesa familiar? ¿De princesas y castillos, del canto de Filippa Giordano? Me parece que no mucho, aunque sí de incendiar corbatas, tan incómodas por cierto.

Gabachismos.

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Montañés rústico y grosero. En el origen la palabra “gabacho” significaba eso. Campesino francés en las fronteras de Aragón y Cataluña. Así llegó el apelativo a tierras de América, y lo de franchute gañán se trasladó a los “americanos” rubios y patanes que fueron llegando a partir de 1848. La guerra por la que cedimos California, Texas y Arizona.

       Gabachos que habitan “el Gabacho”, o sea, la patria de su majestad, don Donaldo Trump, buscando desesperadamente retornar a los años de felicidad y supremacía (por medio de MAGA, su campaña electoral) cuando Mickey Mouse, Elvis Presley y Dwight D. Eisenhower mangoneaban el mundo a su gusto.
       Así las cosas, consideremos la necesaria publicación de un Diccionario de Gabachismos, que iniciaría con:
       BARDA –muro fronterizo que se extiende (o debería extenderse) a lo largo de los mil kilómetros que van de Tijuana a Ciudad Juárez, y que el presidente Trump buscó levantar físicamente en su primer periodo. También se le conoce como La Línea. De ahí el concepto “saltarse la barda”. Igual que “el muro”, “la alambrada”.
       BESTIA –“la Bestia”, ferrocarril de carga que corre del Itsmo de Tehuantepec hacia el norte (Nuevo Laredo, Reynosa, Ciudad Juárez), sobre el cual trepan los inmigrantes centroamericanos (hondureños, nicaragüenses, haitianos incluso) para viajar encaramados sobre el techo de los vagones. También le llaman “tren de la muerte”, y en el se evita ser requeridos en los puestos de control migratorio distribuidos a lo largo de las carreteras.

       CARAVANA –tropel o romería de migrantes centroamericanos que avanzan desde la frontera sur (Tapachula, Corozal) hacia el norte. Las columnas, que parten cíclicamente, son de caminantes (no en vehículos) y conjuntan a muchas familias enteras. Su arribo a la frontera es todo un espectáculo.
       COYOTE –traficante ilegal de personas, fundamentalmente migrantes que buscan llegar a la frontera norte, muchas veces ligados a los distintos cárteles de la droga. La cuota promedio es de 8 mil dólares por “pasar” a un ilegal a suelo estadunidense.
       DERECHOS HUMANOS –argumento que se esgrime a la hora de enfrentar a los guardias fronterizos (derecho a la vida, la libertad de expresión, derecho al trabajo, igualdad ante la ley), aunque el sujeto se encuentre en falta ante las leyes migratorias.
       GREEN CARD –documento que garantiza la “residencia permanente” de un extranjero en suelo norteamericano. Es la panacea de todo migrante.
       ILEGAL, INDOCUMENTADO –persona que habita y trabaja en territorio de EU sin documentos que garanticen su residencia lícita. Lo contrario, un “residente legal”.
       MIGRA –agente fronterizo. Policía de migración, hoy destacadamente cumplido por la agencia ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas) que incursiona permanentemente en los sitios públicos y centros laborales frecuentados por la población latinoamericana (especialmente mexicanos).

       MOJADO –en inglés, “wetback” (espalda mojada). Migrante ilegal que cruza el río Bravo (o Grande) a nado o vadeándolo. “Irse de mojado”.
       REFUGIO –casa o residencia para acoger migrantes (proporcionando techo, alimentación y auxilio psicológico), normalmente a recién llegados. Ahí se les prepara a fin de continuar su migración legal a los EU, o su residencia local.
       REMESA –envío regular monetario a los familiares del migrante. Se emplean todo tipo de medios de transferencia (físicos, bancarios, por transmisión digital).

       PAPELES –documentos que garantizan el libre tránsito del migrante (“green card”, pasaporte, visa). “Llevar o no llevar papeles”.
       PUENTE –paso fronterizo, aduana ubicada sobre el cauce del río Bravo. “Cruzar el puente” es ingresar legalmente a los EU.
       QUEDAR(SE) –ingresar a territorio estadunidense como visitante o turista, y decidir la permanencia en ese país para laborar o establecer una familia, sin trámite migratorio legal. “Fue y se quedó”.
       VISA –Obtenerla es la garantía para aspirar al “sueño americano”. Perderla es un trámite que anuncia el inicio de un procedimiento judicial (por rastreos mafiosos) que puede terminar con la cárcel.
       Migrar, migrar, migrar… como lo hicieron nuestros antepasados, como lo hacen nuestros familiares, huyendo siempre de las infaustas condiciones del aquí y ahora. “Hacer las Américas”, se decía antes; “mudarse a Gringolandia”, se dice ahora. Con ICE, o a pesar de ella.

¿Y si Fidel tuvo razón?

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Como somos superiores (arios, portadores del martillo de Thor), deberemos convencer –y conquistar– al resto del mundo. Fue la tesis que esgrimió el partido Nacional Socialista de los Trabajadores, Nazi, para lanzarse a ocupación de las naciones adyacentes… Austria, Checoeslovaquia, Polonia, Francia, Hungría, Rumanía, todo con el propósito de erigir el Tercer Imperio (Reich).

El ejército comandado por Adolfo Hitler logró sorprendentes éxitos en los primeros años del conflicto, 1940, 1941; después vendría la debacle, que duró hasta la ocupación de Berlín el 30 de abril de 1945. Lo demás, es historia.

Los marxistas afirman que la lucha de clases ha sido la clave del acontecer histórico: esclavos contra patricios, siervos contra patrones, proletarios contra hacendados. Ha sido la clave de algunos movimientos políticos fundados en la imposible reconciliación social. Sin embargo el acontecer reciente nos recuerda que otra interpretación, igualmente válida, es la de los imperios en pugna. Imperios que se han apoderado de la mitad del mundo, imponiendo su estatus, su religión, su idioma, y obligando al ineludible tributo, cuando no la cesión territorial. Así ocurrió con el imperio de Alejandro, la Roma del César, el imperio Otomano, la invasión mongola de Gengis Kahn, la expansión musulmana, el imperio de Carlos V (“donde nunca se ponía el sol”), el imperio británico, el japonés, ya no se diga la Europa soviética resultado de la II Guerra Mundial.

La reciente bravuconada de Donald Trump, advirtiendo que en algún momento se apoderará de Groenlandia, no hace sino confirmar la tesis que esgrimía Fidel Castro en cuanta tribuna se le presentaba. Su lucha, la de la pequeña Cuba socialista, era contra “el imperialismo norteamericano”, así cuando en lo personal disfrutase de beberse diariamente dos cocacolas.

Aupado por la campaña MAGA que lo llevó al poder por segunda ocasión (Make America Great Again), el republicano ganador pareciera empeñado en “conformar” el entorno occidental a su gusto y conveniencia. La sustracción del presidente (usurpador) Nicolás Maduro, en una operación militar que merecerá traducirse en película de Netflix, se inscribe en esa visión totalitaria. A Maduro se le acusó (desde luego) de narco-terrorista, cabecilla de un cartel que enviaba a los Estados Unidos embarques cotidianos de cocaína. Ahora, en la cárcel federal de Brooklin, el ex mandatario venezolano deberá esperar la defensa que haga su abogado. No es probable que vuelva a mirar el sol en libertad.

Los imperios, por definición, imponen sus reglas en todo territorio dominado. Luego del “evento Maduro” es previsible cualquier otro tipo de acción similar. ¿En Cuba, en Nicaragua, en Colombia? ¿Otro país? La argumentación podría ser igualmente sólida (o endeble) pues la situación lícita de algunos de sus líderes no es (a simple vista) del todo pulcra. Máxime que ahora es posible acusar libremente a cualquiera, casi a cualquiera, de “narco-terrorismo”.

Quien dio luz verde a los nuevos desplazamientos imperiales fue Vladimir Putin con la invasión a Ucrania en febrero de 2022, cuando acusó a sus dirigentes de ser “neo-fascistas”. Así que neofascistas o narco-terroristas, ¿cuál es la diferencia a la hora de resolver una intervención militar? Otras invasiones imperiales, muchos siglos atrás, se decidían por acusar a sus indefensos pobladores de infieles, antropófagos, enemigos de la civilización.

Groenlandia tiene la tercera parte de los pobladores de Tulancingo, así que su ocupación será, ante todo, estratégica. Una nueva “frontera” ante los otros dos imperios en pugna, el ruso, el chino, que igualmente hacen planes de movilización al hallar cualquier excusa punible. Sería el caso de Taiwan, el de Rumania, como lo fue el Tibet en 1950, acusado de sufrir un gobierno de “despotismo feudal”.

Primero fue Canadá, hace un año, pero los canadienses (que suman 40 millones) dijeron que nanay. Así que ahora el imperialismo norteamericano –que no es imperio, sino república monroeísta– anuncia la probable modificación de sus fronteras estratégicas hacia la enorme isla, casi despoblada, que administra Dinamarca.

Habrá que ver, toda vez que ya, desde los años cincuenta, somos partícipes de esa cultura imperial (que también es nuestra) que incluye a Micky Mouse, la Serie Mundial, el Rock, Marilyn Monroe, la pizza, el jazz, Marlon Brando, Hollywood, las Torres Gemelas y Madonna.

¿Tenía razón Fidel? No sé.

El presidente capturado

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Lo despertaron las explosiones. Apenas iba hilando el sueño cuando estuvieron allá, no lejos, los efectos del bombardeo. Algunos disparos acercándose, ¿dónde dejé las botas?, y los gritos en inglés de la infantería cercándolo. ¿Qué hacer? No había modo de esconderse, ¿huir adónde?, y los gritos y las detonaciones aproximándose. Así, a medio sueño, fue apresado el presidente de la República, don Antonio López de Santana, en la batalla de San Jacinto, combatiendo al ejército norteamericano que había invadido el suelo tejano. Era el año de 1837, y el general y presidente, ya preso, fue llevado en carruaje con rejas hasta la ciudad de Washington, donde se le mantuvo cautivo durante siete meses a fin de “negociar” la sustracción de la República de Texas, que diez años después sería anexionada al territorio de los Estados Unidos.

No muy distinta fue la extracción, por así llamarla, de Nicolás Maduro en la madrugada del sábado pasado. Ahora no fueron empleados las cureñas de artillería ligera, sino una veintena de helicópteros donde arribó el centenar de comandos encargado de llevarse, vivo o muerto, al jefe de estado venezolano. Se trató de un operativo quirúrgico, sin necesidad del desembarco de tropas en la costa del Caribe, para apresar al mandatario de facto (nunca se publicaron los resultados de las elecciones del 28 de julio pasado), acusado de narco-terrorismo internacional.

El sofisticado operativo hizo recordar el caso del general Manuel Antonio Noriega, en diciembre 1989, cuando el ejército del presidente George H. W. Bush asestó el golpe relámpago que derribó al mandatario panameño (se entregó, coincidentemente, el 3 de enero de 1990), acusado igualmente de narco-terrorismo. Permaneció en prisión hasta su muerte en 2017.

Ese recurso de las “extracciones relámpago” pareciera ser una exitosa estrategia militar que está implementando el ejército estadunidense. Recuérdese el “traslado” del capo Ismael Mayo Zambada, el 24 de julio de 2024, cuando según algunas fuentes fue capturado y llevado –de Culiacán a El Paso, Texas–, en un operativo que no llevó más de cinco horas.

Como respuesta al secuestro del dictador Maduro Moros, las comunidades de venezolanos exiliados en el exterior, y que suman cerca de 9 millones de “expulsados” por la dictadura, no tardaron en celebrar el derrocamiento express del mandatario espurio… en Madrid, en Lima, en Miami, y en Tijuana incluso, dando gritos de “¡libertad, libertad!”, como si Mr. Trump les hubiera cumplido el sueño imposible.

Los idus de diciembre (y de noviembre) ya lo venían presagiando. Los ataques con drones a las embarcaciones repletas de cocaína que a todo motor surcaban las aguas del Caribe, procedentes de la costa venezolana, fueron el anuncio de lo que habría de ocurrir la madrugada del 3 de enero. Como en Los idus de marzo, de Thorton Wilder, novela que narra la muerte de Julio César en las escalinatas del senado romano, así ahora el césar tropicalizado se vuelve para preguntar: “Tú también, Delcy”, pues la presidenta Rodríguez, sustituta, ha reaccionado impávida, con la palidez de las circunstancias.

La escena ideal habría sido a un audaz Nicolás Maduro empuñando el fusil Kalashinikov, la Colt automática, enfrentando con su vida a los  comandos “seals” asaltando la alcoba presidencial. Su cadáver arrastrado, cubierto con la bandera bolivariana ensangrentada, listo para inscribirse en los mausoleos del caso… pero no ocurrió así. El presidente de facto simplemente se entregó, aseguran, luego que sus escoltas cubanos (ellos sí) enfrentasen a los “marines”.

Algunos analistas aseguran que la cuestión de fondo es el petróleo. Nacionalizadas las compañías petroleras por el gobierno de Hugo Chávez, ahora la empresa PDVSA sobrevive en la insuficiencia. No es ningún secreto que China financió al corrompido gobierno madurista a cambio del suministro de crudo (Venezuela posee los mayores yacimientos del mundo), y ahora las cosas quedan en el aire.

Lo de moda será condenar a todo grito la intervención militar que “secuestró” al mandatario venezolano. Rasgarse las vestiduras, llamar a foros internacionales, comités de solidaridad con las soberanías del tercer mundo… y así. No por ello será liberado el (ex) presidente Maduro, que desde ya enfrentará a los tribunales de la justicia norteamericana. Veinte, cuarenta años podría ser la sentencia, y el buen Nicolás guardándose en el polvo de la historia.

Quizás allí, frente a los barrotes de su estrecha ventana en Rikers Island, el natural de villa Chagaruamos pedirá que le pasen capítulos de las series Kojak y Columbo, a las que eran tan aficionado en su adolescencia. Entonces asomará el pajarito, que se le presentó en abril de 2013, y que según él era el espíritu mismo del comandante Chávez. Tuiit, tuiiit, tuiiit… le chiflará, y sólo él sabrá qué le dice.