- Ilustraciones: Abraham Balcázar Rodríguez
- Abraham Balcázar Rodríguez
Barítonos y sopranos, todos en el salón de clases nos esmerábamos por ser el que mejor entonara las estrofas apuntadas en el pizarrón. La leyenda decía que el poeta había sido encerrado por su novia, hasta que no completara los versos que compondrían esa propuesta de “himno nacional” en el concurso de 1854 convocado para el caso.
Y en esas estábamos hasta que un compañero, el rebelde del grupo, alzó la mano preguntando:
–Maestra, ¿por qué la palabra “guerra” se repite siete veces en el Himno?
La respuesta (que no la hubo) reside en que el ambiente nacional de entonces, después de la guerra con los Estados Unidos que perdimos (y que nos costó la cesión de los territorios del norte, de California a Tejas), era del todo vindicativo. Sí, que nadie osase plantar el pie extranjero en la Patria dolida, porque se le irían encima bridones y rugidos de cañones.
El teórico militar Carl von Clausewitz lo explicó en las páginas de su famoso tratado: la guerra “no es más que la continuación de la política por otros medios” …más explícitos que la discusión parlamentaria.
De los “alegres años veintes” del siglo pasado, a los de este XXI, el panorama se ha trastornado. Los países que hoy están en guerra suman una decena (Ukrania, Rusia, Pakistán, Afganistán, Estados Unidos, Israel, Irán, Kuwait, Irak, Palestina) por lo menos, sin contar los conflictos e intervenciones militares localizadas, como ha ocurrido en Caracas y en Tatalpa, Jalisco.
Todo lo cual lleva a concluir que la visión idealista de un mundo en permanente paz, es por demás ilusa. El espíritu guerrero habita desde siempre en nuestras arterias, y no ha habido lapso de la historia sin uno o dos conflictos de ese tipo. Desde los murales de Cacaxtla hasta las pinturas de Eugene Delacroix, son exaltadas las batallas donde el vencedor impone la propia causa. El siglo pasado fue un hervidero de guerras, algunas internas referidas como “revoluciones”, que abarcó a los cinco continentes. Así que ahora no nos debemos llamar a escándalo.
El presidente Donald Trump así lo ha entendido, y asumiéndose como heredero intervencionista de las dos guerras mundiales, la de Corea, la de Vietnam, la de Irak, hoy ha decidido abrir un nuevo frente en la antigua Persia, estrangulada por el régimen de los Ayatolas. La única diferencia es que anteriormente se requería del desplazamiento de batallones y artillería por miles, cuando que hoy la guerra se está decidiendo con el disparo de cohetes teledirigidos y drones.
El gran temor es que alguno de los contendientes resuelva defenderse con armas de orden atómico, lo que dislocaría por completo el acuerdo tácito que se mantiene, otorgando a las grandes potencias sus parcelas de influencia. Estados Unidos, Rusia y China, en primer orden, y detrás Francia, Reino Unido, Corea del Norte, Israel, India y al parecer ya no Irán.
Es algo de lo que ya no se habla con la efusividad de los años 60, cuando la “crisis de los misiles” mantuvo al planeta suspendido de un hilo, con los teléfonos calientes de Nikita Kruschev y John F. Kennedy.
Ahora las imágenes de Gaza arrasada, luego de la declaración implícita de guerra del 7 de octubre de 2023, cuando tropas de Hamas atacaron territorio de Israel, se han vuelto la estampa que suple a las fotografías de Vietnam o las de la “la madre de todas las batallas” en Irak.
El talante belicoso de míster Trump no es muy distinto al del presidente Richard Nixon en 1970. El enemigo de entonces era el avance del comunismo, el de ahora es el del empoderamiento islámico, y de refilón la guerra contra el terrorismo de los cárteles, que se habrían apoderado de cierto país que no lo reconoce.
La continuación de la política por otros medios, bien lo decía Von Clausewitz, de modo que malamente nos estamos acostumbrando a las imágenes de la guerra, como si fuesen un capítulo más de la entrega de los Óscares.
En todo caso nos queda el Himno para liberarnos de cualquier afrenta, y los patrios pendones, ¡guerra, guerra!, en las olas de sangre empapar.
La idea fue de Jaime Torres Bodet, luego de conversar con el candidato electo, Adolfo López Mateos. Hacer libros para todos los niños de México, atractivos, gratuitos, instructivos. Así en 1959, luego de creada la Comisión Nacional del Libro de Texto Gratuito, fue publicado el inaugural de ellos: “Mi libro de Primer Año”.
La leyenda cuenta que don Adolfo, cuando niño, no tenía libro escolar y era la burla (como siempre) de sus compañeritos del salón de clases. Después de su aciaga participación como orador en la campaña presidencial de José Vasconcelos, después de su trashumante peregrinaje hasta la hacienda en Chiapas donde vivía su verdadero padre –don Gonzalo de Murga–, después de sobresalir como senador y como ministro de Trabajo, López Mateos fue electo presidente de la República. Cuentan que se emocionó hasta la lágrimas al tener en las manos aquel primer ejemplar, en cuya portada lucía el retrato de La Patria, óleo de Jorge González Camarena.
Hace días el retrato de Carlos Marx lucía en el escritorio de su homónimo, Marx Arriaga, director de Producción Editorial en la SEP. Es cosa de revisar las fotografías de prensa. De ese modo, el capitán de los libros gratuitos que reciben los niños en México, se precia de ser coautor de la Nueva Escuela Mexicana, que se ha impuesto desde diciembre de 2018.
Quien revise los libros de texto hoy vigentes, comparados con los editados en décadas anteriores, se podría ir de espaldas. El ánimo por la formación y el aprendizaje (científico) se ha puesto de lado en beneficio de la instrumentación ideológica. En el libro de Cuarto Año, por ejemplo, asoma el dibujo de un caballero elegante, trajeado, sobre el cual hay una voluta de rayones, eliminándolo, sobre una leyenda que dice: “Las personas que llevan corbata son desconfiables”. Así nomás.
Ahora que don Marx Arriaga fue despedido de su puesto, sin embargo, se aseguró que no habrá cambios en el contenido de los libros producidos por la Conaliteg, si acaso serán incorporados temas de las mujeres y las comunidades indígenas del país. Y como don Marx Arriaga no se quería ir de su trinchera… perdón, de su oficina, emprendió una campaña para salvar el puesto, aduciendo que las fuerzas neoliberales, en connivencia con el titular de la SEP, Mario Delgado, están confabuladas contra él y la “revolución educativa” que encabezaba.
Para quienes hayan leído el Manifiesto Comunista, recordarán que tesis fundamental del volumen es aquella donde se afirma que “La historia del mundo es la historia de la lucha de clases”. En ese volumen, escrito emparejadamente por Federico Engels y Carlos Marx (el verdadero), asoma la primera frase de terror cívico: “Un fantasma recorre Europa, es el fantasma del comunismo”.
Así ahora, en la crónica que podría escribirse desde el sexto piso de la SEP, asomaría la sentencia: “Un fantasma recorre la SEP, es el mismo que vaga por Palacio Nacional”. Cosa de esperar cómo se desenvuelve el desaguisado.
Los precedentes políticos que confluyeron en la integración del PRD –luego Morena–, fueron partidos de apellido histórico: Popular Socialista, Socialista Unificado (antes PCM), Mexicano de los Trabajadores, “Tendencia democrática” del PRI. Todos tildados de izquierda, asumiendo el marxismo como principio motor de su lucha, que era (y es) la de los desheredados del mundo. Recuérdense las pueriles pancartas asomando en las dos campañas electorales de Cuauhtémoc Cárdenas… Carlos Marx, Federico Engels, Joseph Stalin, junto a las imágenes de la Virgen de Guadalupe. O sea, el que se daba en llamar “marxismo guadalupano”, del que hoy disfrutamos sus consecuencias.
La revolución proletaria requiere de conciencia, militancia, adoctrinamiento. Así fue en la Rusia zarista de 1917, así fue en Cuba después del 16 de abril de 1961, cuando la Declaración de La Habana. No es ningún secreto, en esa visión del mundo lo primordial es azuzar la “lucha de clases”… esclavos vs. patricios, siervos vs. hacendados, proletarios vs. capitalistas, y ahora “el pueblo bueno” vs. neoliberales. En ese sentido es como deben ser entendidos los nuevos libros de texto, bendecidos por don Marx Arriaga, para concientizar a las masas. Al fin que los encorbatados –del Banco de México y del Grupo Monterrey– son del todo desconfiables, y merecen ser tachonados a golpes de crayón.
Cada quien se llama como quiere (o como puede). Las Guadalupes son adeptas a la Virgen que apareció en el Tepeyac, los Benitos son discípulos del Benemérito, los Brandon del mundo son prosélitos del tosco Marlon de las películas. Así nuestro (Carlos) Marx defendiendo la barricada del sexto piso… ¿por qué ese nombre tan histórico? ¿De qué se hablaba en la sobremesa familiar? ¿De princesas y castillos, del canto de Filippa Giordano? Me parece que no mucho, aunque sí de incendiar corbatas, tan incómodas por cierto.
Como somos superiores (arios, portadores del martillo de Thor), deberemos convencer –y conquistar– al resto del mundo. Fue la tesis que esgrimió el partido Nacional Socialista de los Trabajadores, Nazi, para lanzarse a ocupación de las naciones adyacentes… Austria, Checoeslovaquia, Polonia, Francia, Hungría, Rumanía, todo con el propósito de erigir el Tercer Imperio (Reich).
El ejército comandado por Adolfo Hitler logró sorprendentes éxitos en los primeros años del conflicto, 1940, 1941; después vendría la debacle, que duró hasta la ocupación de Berlín el 30 de abril de 1945. Lo demás, es historia.
Los marxistas afirman que la lucha de clases ha sido la clave del acontecer histórico: esclavos contra patricios, siervos contra patrones, proletarios contra hacendados. Ha sido la clave de algunos movimientos políticos fundados en la imposible reconciliación social. Sin embargo el acontecer reciente nos recuerda que otra interpretación, igualmente válida, es la de los imperios en pugna. Imperios que se han apoderado de la mitad del mundo, imponiendo su estatus, su religión, su idioma, y obligando al ineludible tributo, cuando no la cesión territorial. Así ocurrió con el imperio de Alejandro, la Roma del César, el imperio Otomano, la invasión mongola de Gengis Kahn, la expansión musulmana, el imperio de Carlos V (“donde nunca se ponía el sol”), el imperio británico, el japonés, ya no se diga la Europa soviética resultado de la II Guerra Mundial.
La reciente bravuconada de Donald Trump, advirtiendo que en algún momento se apoderará de Groenlandia, no hace sino confirmar la tesis que esgrimía Fidel Castro en cuanta tribuna se le presentaba. Su lucha, la de la pequeña Cuba socialista, era contra “el imperialismo norteamericano”, así cuando en lo personal disfrutase de beberse diariamente dos cocacolas.
Aupado por la campaña MAGA que lo llevó al poder por segunda ocasión (Make America Great Again), el republicano ganador pareciera empeñado en “conformar” el entorno occidental a su gusto y conveniencia. La sustracción del presidente (usurpador) Nicolás Maduro, en una operación militar que merecerá traducirse en película de Netflix, se inscribe en esa visión totalitaria. A Maduro se le acusó (desde luego) de narco-terrorista, cabecilla de un cartel que enviaba a los Estados Unidos embarques cotidianos de cocaína. Ahora, en la cárcel federal de Brooklin, el ex mandatario venezolano deberá esperar la defensa que haga su abogado. No es probable que vuelva a mirar el sol en libertad.
Los imperios, por definición, imponen sus reglas en todo territorio dominado. Luego del “evento Maduro” es previsible cualquier otro tipo de acción similar. ¿En Cuba, en Nicaragua, en Colombia? ¿Otro país? La argumentación podría ser igualmente sólida (o endeble) pues la situación lícita de algunos de sus líderes no es (a simple vista) del todo pulcra. Máxime que ahora es posible acusar libremente a cualquiera, casi a cualquiera, de “narco-terrorismo”.
Quien dio luz verde a los nuevos desplazamientos imperiales fue Vladimir Putin con la invasión a Ucrania en febrero de 2022, cuando acusó a sus dirigentes de ser “neo-fascistas”. Así que neofascistas o narco-terroristas, ¿cuál es la diferencia a la hora de resolver una intervención militar? Otras invasiones imperiales, muchos siglos atrás, se decidían por acusar a sus indefensos pobladores de infieles, antropófagos, enemigos de la civilización.
Groenlandia tiene la tercera parte de los pobladores de Tulancingo, así que su ocupación será, ante todo, estratégica. Una nueva “frontera” ante los otros dos imperios en pugna, el ruso, el chino, que igualmente hacen planes de movilización al hallar cualquier excusa punible. Sería el caso de Taiwan, el de Rumania, como lo fue el Tibet en 1950, acusado de sufrir un gobierno de “despotismo feudal”.
Primero fue Canadá, hace un año, pero los canadienses (que suman 40 millones) dijeron que nanay. Así que ahora el imperialismo norteamericano –que no es imperio, sino república monroeísta– anuncia la probable modificación de sus fronteras estratégicas hacia la enorme isla, casi despoblada, que administra Dinamarca.
Habrá que ver, toda vez que ya, desde los años cincuenta, somos partícipes de esa cultura imperial (que también es nuestra) que incluye a Micky Mouse, la Serie Mundial, el Rock, Marilyn Monroe, la pizza, el jazz, Marlon Brando, Hollywood, las Torres Gemelas y Madonna.
¿Tenía razón Fidel? No sé.
Lo despertaron las explosiones. Apenas iba hilando el sueño cuando estuvieron allá, no lejos, los efectos del bombardeo. Algunos disparos acercándose, ¿dónde dejé las botas?, y los gritos en inglés de la infantería cercándolo. ¿Qué hacer? No había modo de esconderse, ¿huir adónde?, y los gritos y las detonaciones aproximándose. Así, a medio sueño, fue apresado el presidente de la República, don Antonio López de Santana, en la batalla de San Jacinto, combatiendo al ejército norteamericano que había invadido el suelo tejano. Era el año de 1837, y el general y presidente, ya preso, fue llevado en carruaje con rejas hasta la ciudad de Washington, donde se le mantuvo cautivo durante siete meses a fin de “negociar” la sustracción de la República de Texas, que diez años después sería anexionada al territorio de los Estados Unidos.
No muy distinta fue la extracción, por así llamarla, de Nicolás Maduro en la madrugada del sábado pasado. Ahora no fueron empleados las cureñas de artillería ligera, sino una veintena de helicópteros donde arribó el centenar de comandos encargado de llevarse, vivo o muerto, al jefe de estado venezolano. Se trató de un operativo quirúrgico, sin necesidad del desembarco de tropas en la costa del Caribe, para apresar al mandatario de facto (nunca se publicaron los resultados de las elecciones del 28 de julio pasado), acusado de narco-terrorismo internacional.
El sofisticado operativo hizo recordar el caso del general Manuel Antonio Noriega, en diciembre 1989, cuando el ejército del presidente George H. W. Bush asestó el golpe relámpago que derribó al mandatario panameño (se entregó, coincidentemente, el 3 de enero de 1990), acusado igualmente de narco-terrorismo. Permaneció en prisión hasta su muerte en 2017.
Ese recurso de las “extracciones relámpago” pareciera ser una exitosa estrategia militar que está implementando el ejército estadunidense. Recuérdese el “traslado” del capo Ismael Mayo Zambada, el 24 de julio de 2024, cuando según algunas fuentes fue capturado y llevado –de Culiacán a El Paso, Texas–, en un operativo que no llevó más de cinco horas.
Como respuesta al secuestro del dictador Maduro Moros, las comunidades de venezolanos exiliados en el exterior, y que suman cerca de 9 millones de “expulsados” por la dictadura, no tardaron en celebrar el derrocamiento express del mandatario espurio… en Madrid, en Lima, en Miami, y en Tijuana incluso, dando gritos de “¡libertad, libertad!”, como si Mr. Trump les hubiera cumplido el sueño imposible.
Los idus de diciembre (y de noviembre) ya lo venían presagiando. Los ataques con drones a las embarcaciones repletas de cocaína que a todo motor surcaban las aguas del Caribe, procedentes de la costa venezolana, fueron el anuncio de lo que habría de ocurrir la madrugada del 3 de enero. Como en Los idus de marzo, de Thorton Wilder, novela que narra la muerte de Julio César en las escalinatas del senado romano, así ahora el césar tropicalizado se vuelve para preguntar: “Tú también, Delcy”, pues la presidenta Rodríguez, sustituta, ha reaccionado impávida, con la palidez de las circunstancias.
La escena ideal habría sido a un audaz Nicolás Maduro empuñando el fusil Kalashinikov, la Colt automática, enfrentando con su vida a los comandos “seals” asaltando la alcoba presidencial. Su cadáver arrastrado, cubierto con la bandera bolivariana ensangrentada, listo para inscribirse en los mausoleos del caso… pero no ocurrió así. El presidente de facto simplemente se entregó, aseguran, luego que sus escoltas cubanos (ellos sí) enfrentasen a los “marines”.
Algunos analistas aseguran que la cuestión de fondo es el petróleo. Nacionalizadas las compañías petroleras por el gobierno de Hugo Chávez, ahora la empresa PDVSA sobrevive en la insuficiencia. No es ningún secreto que China financió al corrompido gobierno madurista a cambio del suministro de crudo (Venezuela posee los mayores yacimientos del mundo), y ahora las cosas quedan en el aire.
Lo de moda será condenar a todo grito la intervención militar que “secuestró” al mandatario venezolano. Rasgarse las vestiduras, llamar a foros internacionales, comités de solidaridad con las soberanías del tercer mundo… y así. No por ello será liberado el (ex) presidente Maduro, que desde ya enfrentará a los tribunales de la justicia norteamericana. Veinte, cuarenta años podría ser la sentencia, y el buen Nicolás guardándose en el polvo de la historia.
Quizás allí, frente a los barrotes de su estrecha ventana en Rikers Island, el natural de villa Chagaruamos pedirá que le pasen capítulos de las series Kojak y Columbo, a las que eran tan aficionado en su adolescencia. Entonces asomará el pajarito, que se le presentó en abril de 2013, y que según él era el espíritu mismo del comandante Chávez. Tuiit, tuiiit, tuiiit… le chiflará, y sólo él sabrá qué le dice.