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LOS PÍCAROS AL PAREDÓN

By Sobre 2 ruedasNo Comments
Es una leyenda que ha viajado con el tiempo. En la corte del monarca Felipe IV se paseaban los nobles y patricios cotilleando las novedades del día. Uno de ellos, que se las daba de secretario real, era un profesional de la mordacidad. Aquel día Francisco de Quevedo vio pasar a la reina Mariana de Austria que, la pobrecita, renqueaba de toda la vida. Se acercó a sus compañeros de ocio y murmuración para retarlos: “¿Pero es que nadie puede decirle que su condición no es para presumirse?”. Y se hicieron las apuestas. ¿Quién se atrevería a decirle a Su Majestad que, por Dios, era coja? Iban en juego 20 maravedíes. ¿Quién?
       La picardía acompaña a la humanidad desde los tiempos de las cavernas. Alguien que resbala, alguien que tiene muy grandes las orejas, alguien que ronca como oso. Sátira, granujada, guasa vil. El buen humor va aparejado de esas picardías a la menor provocación. El ofendido debe aguantar, por cortesía, mientras los demás ríen aguantando la carcajada.
       Existen profesionales del pitorreo que nos aligeran la vida de tarde en tarde. Charles Chaplin, Cantinflas, Los Polivoces, Jerry Lewis, la India María, el Chavo del Ocho, el Gordo y el Flaco, Eugenio Derbez, el inspector Calzontzin, el mismo Quijote de la Mancha y su escudero Sancho Panza. En los tiempos antiguos ese papel lo asumían los bufones y payasos de la plaza, hoy tenemos esa posibilidad en los memes que nos llegan a cada rato.
       Ironías, chacota, pitorreo de este senador, aquel ministro, el gabinete que se mueve dando palos de ciego. Siempre habrá alguna declaración, algún traspiés, alguna transa revelada por la prensa y que le hacen llover encima todo tipo de ocurrencias. Así ocurre en la prensa (libre) de todos los países. Así ocurre hoy en todos los sitios y vínculos de internet que manejamos en nuestro teléfono celular. “¿Ya viste a González Noroña en su avión de Alitalia?”.
       Pero ha sido tal la insidia de los chistes y caricaturas difundidos por estos medios, que la clase en el poder ha propuesto la reforma a la Ley Federal de Protección a la Propiedad Industrial, para garantizar la imagen, el decoro y las virtudes personales del agraviado. Algo que se ha dado en llamar la “Ley Anti-memes”. Y los primeros en saltar han sido los profesionales de la parodia y la sátira que practican (desde hace un siglo) en las páginas de los periódicos y las pantallas del televisor.
       Si entendemos por “meme” un texto, imagen o vídeo que se difunde modificado por internet con fines humorísticos, estamos fritos. Que lance la primera piedra el que esté libre de culpa. Todos hemos replicado, una y otra vez, los ingeniosos pitorreos que nos llegan a toda hora. Y ahora nos quieren llevar a la cárcel por ese crimen de ¿lesa dignidad?
       Revistas y suplementos los ha habido que se dediquen precisamente al oficio de la sátira social y política. El más famoso de ellos fueron “Los Agachados” de Rius, donde los personajes eran transcripción literal de los políticos y funcionarios de un pueblecito, lo mismo que de la sociedad de beatas y malandrines que los rodeaban. Su autor, Eduardo del Río, pasará a la historia junto a otros del calibre de Guadalupe Posada y sus calaveras catrinas, así como Abel Quezada y su Charro Matías o don Gastón Billetes.
       Tiempos de intolerancia, estos, en que Mr. Trump prohíbe la asistencia de periodistas críticos a sus conferencias de prensa. El caso más grave ocurrió hace diez años en Francia, contra la revista humorística “Charlie Hebdo”, caracterizada por su tono irreverente contra las instituciones del poder, las posiciones de extrema derecha e izquierda, así como los dogmas del catolicismo, el islam y el judaísmo. Aquel 7 de enero de 2015 una banda de Al-Qaeda asaltó la redacción del semanario, y con el grito de “¡Alá es grande!” dieron muerte a doce personas, entre ellas a cuatro caricaturistas y varios redactores.
       Sí, paredón a los que nos provocan una carcajada. ¿Qué no saben que las instituciones y los paladines son sacrosantos? Así que en las páginas y en las pantallitas electrónicas, al paredón con ellos… y el buen humor que los acompaña (y que tanta falta nos hace). Algunos tal vez recuerden al “Loco Valdés” en la TV de 1972, aquel momento en que Luis Echeverría lo declaró “El Año de Juárez”, cuando el atolondrado humorista sale a cuadro y pregunta a los camarógrafos: “¿A que no saben quién es el bombero más famoso del país…? Pues el Bomberito Juárez”. Y le llegó una multa tremenda y una suspensión del programa, por atreverse a punzar aquel monolito nacional.
       Así que aquella tarde Quevedo quiso ganarse la apuesta, y viendo llegar a la Reina Mariana se postró ante ella, enarbolando una flor roja y una blanca en cada mano, preguntándole con galante cortesía: “Entre la rosa blanca y la rosa roja, que su Majestad escoja”. Y sí, se la entregó a la reina, que era coja.
       Ahora, con la iniciativa anti-memes, ¿quién alzará la voz con el primer chascarrillo? Paredón a la picardía.

ICONOCLASTAS

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El desayuno fue en el restaurante del hotel Geneve de la Zona Rosa. Nos habíamos citado varios colegas para discutir los contenidos de la Feria del Libro del INAH, de la que entonces yo era responsable. El país invitado, las ampliación de los “stands”, la edición de un libro conmemorativo. Entre otros estaban ahí el añorado Hernán Lara Zavala, director de publicaciones de la UNAM, y Joaquín Díez-Canedo, encargado del FCE. “Podríamos invitar a Elena Poniatowska a la ceremonia inaugural”, propuso alguien, cuando me alcé de la mesa buscando los sanitarios. Al pasar junto a la recepción noté que todos observaban el televisor en medio del muro. Una noticia matutina, la cámara enfocando aquellos edificios de Nueva York. Una de las torres gemelas con un hoyo en el piso 106, que soltaba humo. “¿Qué pasó?”, quise indagar. “Parece que un avioncito se estrelló contra el edificio”, y me fui a la mesa a informar. Hernán se volvió hacia el monitor a la distancia, “debe haber sido un piloto que se quedó dormido”. Pagamos la cuenta y nos fuimos despidiendo. Joaquín, con más curiosidad, me acompañó a la mesa de recepción para mal escuchar al locutor que comentaba el hecho, cuando ¡madres!, un segundo avión impactó contra la otra torre, e hizo que el buen Joaquín se fuera al piso de la impresión.
       Era el 11 de septiembre de 2001. Y cambió el mundo.
       La fruición iconoclasta nos acompañará por siempre. Destruir la obra, los monolitos que dejan nuestros gobernantes, para lanzar esa nada como testimonio del cambio (¿revolucionario?) que se está gestando. Muy pronto se supo que los terroristas que se inmolaron en los tres ataques simultáneos (el del Pentágono fue parcial, el de la Casa Blanca no se consumó) pertenecían a Al-Qaeda, la organización yihadista que pretendía (pretende) instaurar la ley islámica en todas las sociedades “paganas”… como la nuestra.
       Destruyendo las torres gemelas, que eran el emblema del progreso y las finanzas en la capital del dinero, se estaría demoliendo un símbolo… que tal vez facilitaría el ascenso de la sociedad pura, regida por el Corán, para erradicar a las corruptas democracias de Occidente.
       Lo que siguió fue el prolegómeno de la historia que navegamos en el siglo XXI… y que en nuestro medio coincidió con la ruptura del régimen más o menos autocrático de entonces. Vencido el PRI en las elecciones del año 2000, se pensó que ingresaríamos en una lucha política moderna, justiciera, de iguales.
       El movimiento iconoclasta del siglo VIII y IX de nuestra era, fundamentalmente en Bizancio, decretó la destrucción de todas las imágenes religiosas (crucifijos, santos, retablos) para que los feligreses rindieran pleitesía a “la esencia divina” y no su representación en piedra o madera. Así fue la lucha de entonces, iconoclastas contra iconódulos, es decir, “los adoradores de las estampitas”, diría alguien.
       Cada régimen tiene sus particulares sagrarios. ¿A quién hay que venerar?, y a quién enterrar. El enemigo del anterior régimen fuer el Héroe del 2 de abril, Porfirio Díaz. Era el tirano protocapitalista, el ricachón afrancesado, el siete veces presidente (en cargo discontinuo, de 1876 a 1911). Otras figuras a las que, paulatinamente, se encargarían de demoler los historiadores modernos, fueron desde luego Victoriano Huerta, Venustiano Carranza, Elías Calles, Gustavo Díaz Ordaz, Felipe Calderón… cuya estatua, derribada, reposa en los jardines de Los Pinos sin que un alma caritativa se anime de erguirla de nuevo junto a sus pares.
       Ese ánimo intolerable es el que ha permeado, por ejemplo, en las declaraciones de los últimos tiempos contra el ser español. Todo lo que represente al reino de España ha sido condenable por los gobiernos de AMLO y la presidenta Sheinbaum. De la necedad de exigir “perdón” por los excesos de la Conquista, a la idea de cambiarle el nombre al Paso de Cortés, en la cordillera de Anáhuac, asoma ese prurito iconoclasta, que muy bien permite atender esas nimiedades cuando no el avance de las mafias criminales por medio país.
       Ciertamente que las pirámides de Tláloc y Huitzilopochtli fueron arrasadas en la Tenochtitlan de entonces… con cuyos piedras fueron cimentados (por cierto) los edificios del Palacio Nacional y la catedral metropolitana. Destruir para reconstruir, vieja norma de la economía. De modo que el ánimo iconoclasta no nos abandona. Echarle la culpa de todos los males al antecesor… “que nosotros traemos la redención inscrita en la sonrisa”. Echarle la culpa a los que no piensan como nosotros… “emisarios del pasado”, les llamó Luis Echeverría; “sanguijuelas del periodo neoliberal”, se les criticó más recientemente.
       Se han cumplido 25 años de aquel ataque terrorista, que culminaría (diez años después) con el apresamiento y ejecución de Osama Bin Laden. Dede siempre andamos cuidándonos de esos modernos vándalos que no respetan cosa alguna, sagrada ni profana. ¿Y quien habla de reconstruir? Es la tarea.

EL ÚLTIMO LECTOR

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Los mundos sutiles, dijo el poeta, ingrávidos y gentiles, que se quiebran de un día a otro. Así va en evolución el mundo de las ideas, las palabras, pasando de la piedra a la arcilla, luego al papel, al fax y hoy a las pantallitas de nuestros celulares. Pregúntenle a la IA lo que sea, al fin que igual que la suegra, tiene una respuesta para todo. O dos.
       En días recientes sacudió al medio librero el cese de la editorial ERA, que anunció su retiro por el quebranto comercial de la empresa. Las ventas se habían ido a los suelos (sobre todo después de la pandemia) y ya no había modo de mantener en condiciones de competencia a la editorial fundada por Vicente Rojo y Neus Espresate. Kaput, cerramos, adiós queridos lectores.
       Recuerdo cuando visitábamos la casa del tío Augusto en las Lomas de Chapultepec. Era el pariente rico, y en el salón de juegos tenía un gramófono (ya en desuso) y junto al aparato un anaquel con centenares de discos. Aquel día preguntamos que cuál correspondía a la Quinta Sinfonía de Beethoven (lo acabábamos de estudiar en clase) y mis primos señalaron un paquete de siete discos. “Esa es”. Los discos de hace un siglo giraban a 78 revoluciones por minuto (RPM), de modo que un lado del acetato duraba, cuando más, nueve minutos. Así que la de Beethoven y los demás sinfónicos se llevaba esos siete discos dándoles la vuelta de tanto en tanto.
       Ahora le grito a mi reproductor: “Alexa, por la quinta de Beethoven”, y el aparato obedece de inmediato, sin aclararme si es versión de Von Karajan, Furtwängler o Eduardo Mata. ¿Para qué, si los derechos de autor son una patraña del paleolítico? Así ha sido la transformación de los medios que, en cosa de lustros, pasó del bulbo al transistor, del transistor al walkman, y ahora al spotify. Adiós a los discos, sí, y conste que en casa aún guardo la colección completa de los Beatles, desde Help! hasta Let it be.
       ¿Qué sigue? Caminante, no hay camino, son tus huellas nada más… se cansó de recordárnoslo don Antonio Machado, quien por cierto murió peregrinando hacia los Pirineos franceses, tras la derrota de la República Española. ¿Así ahora los editores de ERA? La derrota comercial, un último lector, la muerte del libro de papel.
       La crisis asoma en los kioskos de la esquina. Algunos de ellos han desaparecido, cada mes se esfuma una revista, los periódicos adelgazan sus páginas, muchos de ellos han debido mudar a los medios electrónicos… arrostrando con ello el castigo publicitario. Usted, lector, ¿hace cuánto que no adquiere un periódico de papel?
       La revolución mediática (¿instructiva?) asoma por doquier. Ahora que por fin han iniciado los cursos escolares, queda en el aire la cuestión de los teléfonos móviles. ¿Deberemos prohibir a los niños el uso de los celulares? No es ninguna novedad que la niñez de hoy no es ya como las precedentes, la nuestra, de trompo, canicas y bote pateado. Los niños de hoy rehúyen el juego participativo, prefieren las consolas y los videojuegos, resuelven todo tironeando con los pulgares en vez de perseguir el balón en la “cascarita” del recreo.
       ¿Y qué decir de sus lecturas? Revísense las páginas de los libros pergeñados por el inefable Marx Arriaga… adoctrinamiento ideológico, nula pedagogía, loas al régimen que llegó para quién sabe qué. Así que mejor el celular en el bolsillo, de “Genshim Impact” a “Dragon Balls”, la vida se va en esas aventuras de adrenalina e irrealidad. Después de todo nosotros jugábamos a los soldaditos y los carritos de plástico, así que a cada generación le toca su dosis de fantasía a la mano.
       El último lector asoma ya en el horizonte. Los editores viven temblando cada que contratan un nuevo título. Si Gutemberg viviera, se convertiría en influencer de Tik-tok. Afortunadamente la editorial ERA ha mitigado su anuncio inicial, asegurando que seguirá operando a lo mínimo, pues en su catálogo se inscriben libros fundamentales de nuestro ser nacional, desde “La noche de Tlatelolco” de Elena Poniatowska hasta la obra entera de José Revueltas.
       El problema es uno, después de todo. “Al volver la vista atrás”, nos recordaba Machado, se ve la senda “que nunca de ha de volver a pisar”. Discos, libros, amores, ¿qué sigue? El problema, sí, se llama nostalgia, que no es tan grave.

DEL BULLYING AL ACORDEON

By Sobre 2 ruedasNo Comments
El aula escolar esconde muchas trampas. Ahí se dan todo tipo de complicidades, argucias y ultrajes que los mentores ni en cuenta. A la edad de las hormonas, la cosa sube de temperatura y los muchachos (y las muchachas) salen de control. Lo importante es pasar de año, sí, pero fundamentalmente sobrevivir ante el acoso y la competencia de los compañeros, que por lo general traen las mañas de casa. Así se ha presentado esta semana la crisis de la educación media en el país.
       Por una parte hubo un examen de admisión en la UNAM –de modo distante–, que dio por resultado una maraña escandalosa e indefendible, por decir lo menos. Al mismo tiempo estalló en los medios que la muerte incidental de la cadete Dafne Zapata Quintos, ocurrida en un “campamento de verano” de la Escuela Militarizada Doenitz, en Ciudad Madero, en realidad fue un crimen cometido por algunos de sus compañeros.
       Así, la semana pasada, las autoridades de la SEP ordenaron la clausura de los planteles militarizados del país, o los que se ostenten como tales. De un plumazo de autoridad se ha prohibido la educación marcial que no esté supeditada a las secretarías de Marina o de la Defensa.
       Quién lo dijera, pero en ese tipo de escuelas se gestaron algunas historias que han alcanzado la gloria literaria. Es el caso de La ciudad y los perros, la novela primigenia de Mario Vargas Llosa, y del libro de cuentos Asalto Nocturno, de nuestro recordado Eraclio Zepeda. Ambos, el peruano y el chiapaneco, cursaron el bachillerato en escuelas de ese tipo; experiencia que les serviría luego para hacer apuntes autobiográficos que hoy habitan nuestra biblioteca.
         Eraclio Zepeda fue alumno en la Academia Militarizada de México. Compañeros de banca suyos fueron los hermanos Labastida Ochoa (Jaime y Francisco), así como el fotógrafo Rodrigo Moya. De esa experiencia “Laco” escribiría luego ese relato donde el muchacho protagonista urde el asalto al plantel militar para reivindicar las ofensas y abusos de su adolescencia.
     Mario Vargas Llosa, igualmente, cursó la secundaria en el Colegio Militar Leoncio Prado, en Lima, donde fue inscrito para asegurar que ese ambiente viril lo alejase de las tentaciones poéticas que ya mostraba. El resultado, años después, sería la novela aludida que obtuvo el Premio Biblioteca Breve de 1962, y que lo lanzó a la fama… narración que cuenta, por cierto, los abusos (hoy denominado bullying) de los compañeros mayores, “los perros”.
       Disciplina, obediencia, control, valentía (antes le llamaban virilidad), “esprit de corps”. Todo ello se supone que vendrá con la inscripción del muchacho (o la muchacha) a un colegio militarizado. El rigor formativo que el jovencito no logró adquirir en el seno familiar, resquebrajado muchas veces por el abandono parental. “A ver si así”, suspiran los padres al pagar la inscripción.
       El caso del examen de inscripción a la UNAM es paralelo y, de algún modo, producto de la misma crisis conductual. Como ya se ha informado, el proceso inicial se aplicó de un modo virtual, a distancia, cada aspirante sentado ante su computadora. Pero el resultado fue anormalmente inclusivo, en comparación con los procesos anteriores, lo que llevó a pensar que muchos de los aspirantes “aprobados” fueron auxiliados por terceros o por dispositivos de inteligencia artificial; lo que obligó a la destitución de la secretaria académica (Patricia Dávila) y a la necesidad de aplicar un segundo “examen de control” presencial y con papel y lápiz, sin el auxilio del celular.
       El percance estuvo a punto de salírsele de control al rector Leonardo Lomelí, vislumbrando en el horizonte un movimiento estudiantil de alcances mayores… que por lo visto ha quedado allanado. Aspirantes “tramposillos” queriéndose quedar a la de a fuerzas, y alumnos aplicados y honorables que fueron despojados, por lo mismo, de su ingreso.
       Escuelas militarizadas que son prohibidas por un caso aislado de bullying, exámenes que echan abajo la confianza de los bachilleres; suman el escenario de una crisis mayor. La educación misma que de un tiempo a esta parte ha quedado en manos de mentores que abandonan el salón para incorporarse a la movilización sindical y tutores que entregan libros de texto donde se agita la lucha de clases sin cuartel, como lo hizo el editor Marx Arriaga. ¿Para qué educar, si contamos con el acordeón de IA a la mano? ¿Qué sigue?

TIEMPO DE CAMPEONES

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120 minutos bastaron para salvarnos del ajusticiamiento que significaría resolver la final con una serie de tiros penales. El equipo ganador lo merecía –dígase lo que se diga–, y así ha concluido la brega que durante seis semanas hizo de todos nosotros expertos futbolísticos. Opinadores de patadas y cabezazos, el VAR del réferi y la decadencia corporal de Leonel Messi.
       Ahora vivimos una suerte de “cruda” festiva, luego de permanecer ante la pantalla televisiva horas y horas de gritos y manoteos, cerveza y chicharrones, buscando la emoción que nunca más repetiremos jadeando en la grama. Gran invento ha sido el futbol, evitando con once milicianos las guerras que antes requerían de regimientos y artillerías. ¿Cuántos miles, cientos de miles de caídos en combate nos habríamos ahorrado, por ejemplo, con un encuentro futbolístico entre Alemania y Gran Bretaña en 1939?
       El panorama es el mismo que un paisaje después de la batalla. Algunos trasnochados que aún deambulan alrededor de la glorieta de Cibeles, en Madrid, incluso la Plaza de Mayo en Buenos Aires. Celebración, regocijo, destrampe… igual que al celebrarse el armisticio previo a la firma de la paz.
       Algo de eso coreaban los eslogans del Mundial de 1986, celebrado en nuestro país, cuando se celebraba en coro aquello de que “el mundo reunido en un balón”. Un año antes el país había sufrido el peor terremoto del siglo, y cuentan que lo primero que supervisó el entonces presidente Miguel de la Madrid fue, precisamente, el Estadio Azteca… que resultó indemne.
       Así que habremos de retornar a las rutinas de cotidiano; los 40 crímenes sumados a las “actas levantadas” en el ministerio público, los millones de litros descubiertos en el nuevo huachicoleo del rancho equis, los dimes y diretes descabellados en el legislativo. Y míster Trump azuzando a sus aliados para acompañarlo en sus campañas militares. ¿No estábamos mejor cuando el encuentro entre el seleccionado nacional y la república Checa?
       La ceremonia de premiación, por cierto, resultó por demás peculiar. Ahí, en el estadio Metlife de Nueva York, se dieron cita Ginno Infantino, presidente de la FIFA, Donald Trump y Mark Carney, mandatarios respectivos de EU y Canadá, con el rey Felipe VI de España y una presidenta Claudia Sheinbaum que no acertaba a sonreír. El gobierno de EU nunca les había respondido sobre el secuestro de Ismael Zambada, en julio de 2024 (y condenado a cadena perpetua en el tribunal de Brooklin), así como su majestad de España tampoco ha dado respuesta cabal (inculpándose) ante el reclamo por los abusos de la corona de Castilla y León cuando la guerra de conquista de 1521. ¿Era la circunstancia para hablar de esos eventos? Desde luego que no.
       Llegado el tiempo de los campeones, había que celebrar a la escuadra española que dio, una tras otra, lecciones de estrategia y juego acompasado. La presidenta Sheinbaum fue la encargada de entregarle el balón de oro al delantero Rodrigo Hernández Cascante (Rodri), quien fue la revelación del campeonato. Ahí sí hubo sonrisa y abrazo, faltaba más, porque en el resto de la premiación no abundaron los gestos de alegría.
       Los campeones celebran, sí, pero no deja de llamar la atención las ausencias paralelas de China y Rusia en la copa futbolística. Se sabe que China fue eliminada por equipos menores, como el de Indonesia, pero el caso más grave es el de Rusia. En el año 2022 la FIFA expulsó a la Federación Rusa debido a la invasión de Ucrania, lo que no ha ocurrido con Israel y Estados Unidos con sus ataques bélicos en el sur de Líbano e Irán. ¿No era el momento de sacar la tarjeta roja, como la de Enzo Fernádez en el minuto 92 del encuentro final del domingo pasado? Cosa de criterios.

¿Y SI SÍ?

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Al silenciar los trompetazos se esfumó el espejismo. Las camisetas verdes, los sombreros, las banderas y las serpentinas retornaron a los cajones. La noche del domingo, después del silbatazo final en el estadio Azteca, fue de luto nacional; o casi.
         Ganar o perder, a eso se reduce la lucha por la vida. No que Darwin lo extrapolara a las especies que pervivimos en el planeta, sino que el deporte –los campeonatos mundiales– han usurpado la fascinación que antes ocupaban las contiendas militares. Aunque claro, no es lo mismo el despliegue de 200 mil de infantería que los veintidós calzonudos correteando en el coliseo deportivo.
         Se va a cumplir un siglo de que fue concebido el campeonato mundial de futbol. Desde aquella copa jugada en 1930 en el estadio Centenario de Uruguay, ha habido campeones y derrotados, emoción cívica y la apoteosis de los vencedores. Brasil ha ganado cinco torneos, Alemania cuatro, lo mismo que Italia, Argentina tres, y Francia y Uruguay dos. Se ha dicho hasta el cansancio: la selección mexicana ha progresado mucho a lo largo de los años, desde aquella vergonzosa derrota ante el equipo inglés en 1961, con la histórica goleada de 8-0, en la que el cronista Manuel Seyde calificó al conjunto nacional como una corretiza de “ratoncitos verdes” en la cancha del estadio de Wembley.
         La derrota del domingo pasado, sin embargo, no lo fue tanto. El conjunto mexicano había logrado pasar a octavos de final, luego de abatir a los equipos de Sudáfrica, Corea, Chequia y Ecuador. Había sustento para gritar esa interrogante esperanzadora: “¿Y si sí?” (ganamos la Copa 2026). ¿Por qué no, con ese comienzo tan aplastante? Después de todo 47 equipos, con ese ímpetu inicial, bien que nos vendrían a hacer los mandados. Pero no.
         La vida termina por imponer su lección. Sí, vale soñar con todo derecho, y celebrar los triunfos, pero la realidad nos sitúa, tarde que temprano, en el sitio correspondiente. Al salir del mesón donde presencié el partido (eran las diez de la noche), un niño enrollaba la bandera que había tremolado durante buena parte de la transmisión, y lloraba en silencio. Era la imagen misma de millones de compatriotas retornando a la vileza rutinaria de la cotidianeidad. Cada cual en su lugar, y a’i la llevamos.
         La gran esperanza que, de tiempo en tiempo, florece en la sociedad. Lección de vida es aquella, enseñándonos que siempre hay un vencedor, un campeón, y varios (o muchos) derrotados. ¿Será que nuestra sociedad padece una avidez de buenas noticias? Algo que no sea el medio centenar de crímenes cometidos por las mafias a diario, algo distinto a los escándalos de corrupción y huachicoleo del día con día, algo distinto al asedio de la estrechez doméstica y los embustes que propalan los dueños del poder. De ahí la tristeza que ensombreció al país la noche del domingo.
         Los mariachis callaron, diría el vate José Alfredo, y cesaron las manifestaciones de júbilo que habían conjuntado a un millón de compatriotas alrededor del Ángel de la Independencia. La profecía no se cumplió, “no seas pesimista”, nos regañaban, y nos hermanamos con los seleccionados de Alemania, Holanda y Brasil, que han sido igualmente eliminados.
         El daño está en el espíritu combativo que traemos apenas saltar de la cuna. Ser el mejor, los mejores, y campear con nuestra ley “…después me dijo un arriero que no hay que llegar primero”, sabio José Alfredo. Hay naciones que han hecho del futbol su deporte nacional y los estadios el domingo son la apoteosis redentora que evita, muchas veces, el estallido social. Que gane el Atlante, el Rayo Vallecano, el Manchester, y no reviente el conflicto sindical o ciudadano en este o aquel rincón de la patria. “Pan y circo”, ¿Y SI SÍ? celebraban los emperadores en Roma, como lo hacía el dictador Francisco Franco al celebrar aquello de “vino barato y futbol”, para mantener controlada a la sociedad.
         La ensoñación nacional ha caducado. Somos buenos, muy buenos en la cancha, pero aún no los campeones. Guardemos muy planchada nuestra camiseta verde al fondo del cajón, que ya será el momento. Que cada cual retorne a su butaca y veamos cómo se desarrolla el fin de la contienda. Habrá un ganador, y ya lo celebraremos. “Y si no fuimos nosotros… ni modo”. Que gane el mejor; que de eso se trata.

POSTALES DE VIAJE

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Llamémosle “el arrime”. Transitando por la capital inglesa nos enteramos de que el dinero ha pasado a mejor vida. Ya nadie acepta los billetes con la estampa de S.M. la reina Elizabeth. “Card, please”, de modo que para pagar todo… una cerveza en el pub, el boleto del metro, la cuenta del hotel, la cena, el tren a Bath, un necesario paraguas o el taxi, todo, todo debe ser pagado con la tarjeta de crédito, arrimada al aparato de registro que, “ziip”, da por bueno el pago y “thank you”, a otra cosa.

Paseando por la ribera del Támesis presenciamos un episodio de desmesura. Un podiosero, sentado en su tresillo de aluminio, pide limosnas con su celular montado sobre un modesto atril. “Credit Card, please. 1 or 2 pounds; thank you», reza el letrerito. O sea, limosnero y con pago electrónico, pues.

       A las cinco de la tarde, más pronto que tarde, se van llenando los bares y pubs de todo Londres. Amigos que han quedado, colegas de oficina, compañeros de la universidad. Ellos y ellas se apoderan de una mesita, y así de pie comparten una guinness platicando, se exaltan, piden una segunda y, quizá, un “fish and fries” si es que almorzaron mal. Se contonean, cuentan chismes, gritan cuando alguien anuncia un despido o un divorcio. Luego, a las ocho o menos, se van despidiendo para volver a casa y sus rutinas.
       Pero si asoma el sol y la tarde entibia, ocurre lo mismo en la puerta del pub ocupando la banqueta. Una guinness para disfrutar de la resolana, hasta quedar “sloshed”.
San Sebastián, junto con Bilbao, son las capitales culturales de Guipúzcoa. Dos generaciones después, una vez superado el medio siglo del franquismo, la presencia de ETA es una mera anécdota. Los terroristas de los años setenta abandonaron la lucha armada y los atentados terroristas. Ahora disfrutan de la paz con el estatuto de autonomía que les da una suerte de “independencia virtual” e identidad, sin abandonar la nacionalidad española y la filiación a la Comunidad Europea.
Paseando en bicicleta por la avenida costera de la Concha, la proverbial playa donostiarra, de pronto se llega a las esculturas de Eduardo Chillida cimentadas en la roca. Les llamó “los peines del viento” y semejan, en verdad, unos trinches de hierro que deben pesar diez toneladas. Hay que tocarlos, retratarse junto a ellos, arte inesperado que no deja de llamar a sorpresa.
       Donostia (el nombre vasco de la ciudad) está cimentada en una curiosa península. De un lado la costa cantábrica, compartida con la Normandía francesa, y del otro la ría del Urumea, que desemboca allí mismo y que la hace poseer uno y otro puente de majestuosa presencia. Así que “Agur”, la despedimos, como aquí se acostumbra.
 Bordeaux, traspasando la frontera, fue la capital del dinero. No por nada una de sus explanadas pincipales se denomina Plaza de la Bolsa, donde en el siglo XVIII y XIX los caudales bancarios –originados en el comercio del famoso vino regional– sostenían buena parte de la economía francesa. De ese modo, cuando la Revolución de 1789, los bordeleses propusieron que se conformase una república moderada, federativa, alejada del radicalismo robesperiano. Los diputados que encabezaban esa iniciativa, los famosos “girondinos”, fueron todos guillotinados por el régimen en 1793. Hay un monumento admirable en su honor, Los Girondinos, al centro de la ciudad.
Pero lo más sobresaliente es su Museo del Vino, colindante con el río Garona. Se trata de un edificio de nueve niveles recubierto con placas de acero inoxidable, lo que lo hace único en su tipo. Dentro de el se despliega una muestra deslumbrante que cuenta la historia del vino, su consumo y comercio, desde los años de su invento en la alta Mesopotamia, seis mil años antes de nuestra era. Y al concluir la visita, obvio, en la terraza superior, una degustación del más exquisito vino de Burdeos.
Retornando a Madrid, en el tren AVE (alta velocidad), se puede observar el registro de la rapidez en cada vagón. Normalmente 248 kilómetros por hora, nada que ver con otros inventos caribeños.
       La capital española, desde ya, es la fiesta del turismo (y la gentrificación). Visitantes de toda Europa disfrutando de su animación, sus museos y su vida nocturna, toda vez que durante el día los termómetros llegan a los 38 grados, y que obligan a repostar frescura en cualquier cervecería de barrio. Una “tapa” obsequiada (de anchoa, de jamón) y a seguir recorriendo la ciudad de los desvelados.

 

Sorprende la ausencia de autos, toda vez que el transporte público es un servicio riguroso y ordenado. Los horarios se cumplen, todos los vehículos llevan aire acondicionado y el uso del automóvil es en verdad estorboso. Visitar sus museos es un encuentro con el arte europeo (España fue imperio), sobre todo con el Guernika de Picasso, en el Museo Reina Sofía donde se resguarda desde que fue cedido por el Museo de Arte Moderno de Nueva York. El cuadro retrata el primer bombardeo masivo de la historia, en 1937, sobre aquel pueblecillo vasco arrasado. Como otros “Guernikas” deberían estar siendo plasmados hoy alrededor de Beirut y Gaza.

EL DIA QUE PROHIBIERON LA ESCUELA.

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Apenas se aproximaba el fin de cursos, se repetía la cantinela en el patio de recreo: “Trabajar, ¡qué horror!, estudiar tantito peor… ¡prefiero que me dé viruela, para ya no ir a la escuela!”, y luego la gritería de los compañeros. Sí, la vida como unas vacaciones perpetuas llenas de juegos, paseos, travesuras y bicicleta por todo el barrio. “¿Cómo se obtiene la circunferencia de una círculo?” “¿Cuáles son las capitales de Albania y Yugoslavia?”. Ahí estaban los cuadernos garrapateados para estudiar y repasar la lección.
       A propósito, hará unos diez años en que publiqué un libro muy apreciado por mis lectores infantiles. Se titula “El día que prohibieron la escuela”, y al presentarlo en los colegios no faltan los burros de atrás que saltan festejando “¡Éeeeehh! ¡Síiii!”. El cuento de marras describe el día en que el profesor regresa a todos los alumnos a su casa pues el gobierno ha prohibido la escuela, el estudio, los recreos, y a los bomberos les impiden sofocar las casas incendiándose y a los panaderos amasar el pan. Todo se ha prohibido en vistas de retornar, más o menos, a los tiempos felices de las cavernas, cuando todo era de todos y nada de nadie.
       Ignoro si el titular de la SEP haya leído mi libro, y me enorgullecería saber que he sido su inspiración. El jueves pasado, al declarar Mario Delgado que las clases se suspenderían durante las cinco semanas coincidentes con la celebración del Mundial de Futbol y la canícula (que es el periodo con más calor del año), el encargado de Educacion se llevó su buena rechifla.
       Lo que ha propuesto es, casi casi, la reducción del periodo lectivo a la mitad (26 semanas) y el resto del año ofrecido como vacaciones, “puentes inhábiles”, conmemoraciones y días de “evaluación” magisterial. O sea, el paraíso mismo de mi época dorada.
       Que los alumnos no se sofoquen, que tengan tiempo de disfrutar los partidazos transmitidos y retransmitidos por televisión, que se queden en casa contemplando la realidad nacional desde la ventana de su recámara. El corolario de esa medida sería que la educación es perniciosa para la estabilidad nacional, que la quietud debe ser erigida como norma cívica, además de que es necesario adquirir un segundo ventilador en casa.
       El trasfondo de todo es político. Se habrá pensado que ausentándose los 24 millones de niños de los centros escolares se habrían evitado las manifestaciones y plantones del magisterio sindicalizado y la CNTE, se habría disminuido el tránsito vehicular, se habría retornado a la “paz pandémica” que vivimos en 2021. Y así, el medio millón de aficionados visitantes, y todos los medios de comunicación enfocados en nuestros estadios y sus alrededores, tendrían una opinión dulcificada de la violencia y el desastre urbano que viven nuestras metrópolis. Sugerir que éste es un país terso y funcional. Sí, claro.
       Habría que recordar al “padre fundador” del Singapur actual, Lee Kuan Yew, quien fundamentó el progreso de su nación bajo dos principios: educación y aire acondicionado. De ese modo la pequeña isla asiática, situada en el sofocante anillo ecuatorial (al igual que México), dejó de ser el “pozo de ignominia” colonial para situarse como una de las diez economías más ricas del orbe. Los niños en las escuelas de Singapur asisten siete, nueve horas diarias, aprendiéndolo todo (inglés y computación, desde luego), en un clima templado gracias a los millones de aparatos de aire acondicionado instalados en todos los hogares, comercios y centros escolares.
       Pero acá pensamos lo contrario… que las escuelas no tengan condiciones mínimas de confort, baños funcionales ni clases de inglés. Al fin que el periodo lectivo será demediado y todos podrán ver los golazos de Harry Kane los días en que juegue Inglaterra.
       La decisión está en el aire. “Algunos estados podrán alargar el periodo vacacional”, “no fue una ocurrencia de Mario Delgado”, afirmó el lunes 11 la presidenta Claudia Sheinbaum, así que el destino de los niños mexicanos sigue en el aire. ¿Y quién cuidará a los alumnos permaneciendo en casa mientras sus padres cumplen la jornada laboral? Seguramente el canal de Nickelodeon y las consolas de Play Station.
       Quedará en el aire, también, el destino de esta generación de niños y jovencitos que fueron “encarcelados” involuntariamente en casa durante la pandemia, y que ahora enfrentan otro periodo de aprendizaje nulo ausentes del pupitre y el pizarrón. El día que prohibieron la escuela, no lo saben, prohibieron también la geometría, el civismo, la historia, la gramática y la geografía que, por cierto, la capital de Yugoslavia era Belgrado, pero el país se desintegró en 1992. Y no gobernaba míster Donald Trump.

DON FIDEL, SU AUSENCIA.

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Todo se remonta a la plaza Haymarket, a orillas del lago Michigan, en 1886. De la represión que efectuó la policía contra los manifestantes obreros, se hablaría después de los “Mártires de Chicago” que así se inscribirían en la historia. Aquel Primero de mayo daría pie a la institución del Día Internacional del Trabajo (o del trabajador), que es celebrado en todos los países.

 

Para esa fecha circulaba ya el Manifiesto Comunista, publicado por Carlos Marx y Fedeico Engels, donde se instruía al movimiento obrero mundial para emprender la revolución proletaria que los liberaría de la explotación capitalista de los burgueses dueños de fábricas y empresas. Una de las medidas previas a la gran revolución obrera, consistía en luchar por medidas concretas de mejoramiento salarial, por ejemplo la reducción de la jornada laboral a ocho horas, que fue el motivo de aquella manifestación histórica.
Se cuenta que hubo tiros, la participación de grupos anarquistas, el estallido de algunas bombas de fabricación casera. Muchos heridos y algunos muertos en las calles, que derivaría en la detención de una veintena de obreros, de los cuales cinco serían condenados a la horca. Todos ellos, menos uno, eran de origen alemán.
Ese ha sido el discurso que han manejado todos los gobiernos  a partir de la instauración del régimen de la Revolución Mexicana, de modo que le resultó muy sencillo empatar el legado agrarista (que fue el principal motivo de la insurrección armada) con el “proletario” de aquel entonces. La Casa del Obrero Mundial y sus “batallones rojos”. Líderes como Vicente Lombardo Toledano (fundador de la CTM), Fidel Velázquez, Luis N. Morones (CNOP), Fernando Amilpa, Joaquín Hernández Galicia (“la Quina”, dirigente del sindicato petrolero), e incluso Joaquín Gamboa Pascoe (tan elegante), se empataban con el presidente en turno –Lázaro Cárdenas, Miguel Alemán, Adolfo López Mateos, José López Portillo, Carlos Salinas de Gortari–, y desde el balcón central de Palacio Nacional veían marchar los contingentes obreros donde se sucedían los ferrocarrileros, los electricistas, los petroleros, los maestros, las enfermeras, los pilotos comerciales…
Recuerdo que más de una vez mi padre, ingeniero civil contratado en la SCOP (luego en la CFE), regresaba por la tarde de aquellos Primeros de Mayo extenuado de sol, por decir lo menos, para beberse dos vasos de limonada y tirarse en la cama para una siesta de tres horas.
Ha sido la condena de todos los gobiernos. Empatarse con mayor o menor hipocresía al discurso proletario que ya no aspira a la revolución mundial, sino a la mejora paulatina de las condiciones de vida del trabajador (vía del aumento salarial o la disminución de la jornada), pues en el fondo la extinción del capitalismo ha quedado para las calendas.
El dirigente de dirigentes era el zorro Fidel Velázquez, secretario general de la Confederación de Trabajadores de México, acompañando a todos los presidentes desde Lázaro Cárdenas hasta Ernesto Zedillo, de modo que a sus 97 años era retratado por el caricaturista Magú rodeado de moscas, seguramente panteoneras, acechándolo.
 Y las gafas oscuras, y la imprescindible corbata, y sus declaraciones mofletudas que nadie comprendía, amén de sus tres frases históricas que han quedado para el bronce de los monumentos: “El que se mueve, no sale en la foto” (en política, no te salgas del huacal subordinado). “Llegamos a balazos, con la fuerza de las armas, y así nos habrán de sacar”. “Estamos con el partido, y con usted Señor Presidente… hasta la ignominia”, y José López Portillo, que era letrado, sonrió por el despropósito.
Ya mayor, a sus noventaitantos, llegó al hospital para atenderse de un mal que le impedía sostenerse en pie. El país entró en pánico, “¡cómo, está en peligro la vida del dirigente histórico del proletariado nacional?”. Una sagaz reportera se coló al nosocomio, se disfrazó de enfermera, llegó hasta su cuarto y en soledad le preguntó:
       –¿Don Fidel, qué ha sucederle al movimiento obrero ahora en su condición?
       El viejo zorro, reconociéndola, le respondió:
       –Ay, Carmelita, mire usted… los seres humanos a veces se enferman, y yo, que soy humano, ahora me encuentro malito.
Pero aquello se extinguió con el líder histórico en 1997, a poco de que el “sector obrero” del PRI se hiciera polvo con el partido agonizando en su lecho de muerte. Qué falta nos hace ahora don Fidel, erguido con su inseparable puro a la mano, aguantando unos segundos para estrechar la mano del presidente en turno. Ese era pundonor proletario, no como ahora.

UN MIRLO BLANCO

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Tenía 29 años y se transportó como pudo a ese rincón del país. Era septiembre de 1955, el servicio meteorológico vaticinaba de posibles tormentas arribando al litoral quintanarroense, como ya había ocurrido semanas atrás con el huracán Hilda. Y el territorio caribeño enfrentó ese nuevo ciclón. El 30 de septiembre, dictándolo por vía telefónica, el despacho del reportero afirmaba: “El huracán Janet tocó ayer las costas del Caribe mexicano dejando un sudario de horror y destrucción que suma ya 97 muertos, en su mayoría niños. Se puede afirmar que Chetumal, la capital de este territorio, ha dejado de existir”. Firmaba la nota el osado reportero Julio Scherer García.
Estos días se cumplen cien años de nacimiento del, quizás, más destacado periodista del siglo XX mexicano. Una semblanza de él, publicada por Arno Burkholder en las páginas de Letras Libres, refiere que el inquieto jovencito no se conformó con iniciar las carreras de Jurisprudencia y Filosofía en la Universidad Nacional, y así fue a dar (recomendado por su padre) a la redacción del diario Excélsior, que dirigía Rodrigo de Llano. De “office-boy” y “hueso” no pasó el primer año, pero poco a poco fue comprendiendo ese oficio de colmillo, astucia y filantropía.
 Muy pronto el joven Julio Scherer aprendió las claves y mañas que ejercían, en ese oficio, Enrique Borrego, Carlos Denegri, Luis Spota y el mismo Regino Hernández Llergo (director de Impacto) quien, al conocer su insobornable honradez, lo bautizó como “el mirlo blanco” del periodismo de aquel entonces. (Un mirlo, como todos recordarán, es negro renegrido).
Su desempeño y buen oficio lo llevaron a dirigir el periódico iniciando el año de 1968, hasta el golpe administrativo ocurrido en julio de 1976, y que fue auspiciado por el gobierno de Luis Echeverría. Así lo cuentan las hemerotecas: los reportajes, artículos y entrevistas de esos dos años (1974 y 75) eran feroces en cuanto al despilfarro y desatino de las medidas gubernamentales. Las firmas de Daniel Cosío Villegas, Heberto Castillo, Gastón García Cantú, Froylán López Narváez, Miguel Angel Granados Chapa, Vicente Leñero, Ángel Trinidad Ferreyra, Carlos Monsiváis, así como las caricaturas de Abel Quezada irritaron tanto al gobierno, que se decidió ese “golpe interno” manipulando una asamblea de cooperativistas que decidió la expulsión de Scherer y su equipo. Para bien.
A poco de eso los periodistas proscritos decidieron fundar una publicación igualmente crítica e insobornable. Así nació, en noviembre de 1976, la revista Proceso, cuya lectura fue obligatoria para mi generación. Los cartones de Naranjo, las colaboraciones de José Emilio Pacheco, los artículos de Heberto Castillo y Ricardo Garibay.
Decíamos que para bien fue el golpe de Echeverría al periodismo que representaba don Julio, ya que la embestida provocó la multiplicación de medios analíticos y esclarecedores que poco a poco fueron poblando los kioskos de prensa… después de Proceso, los diarios Unomásuno (luego LaJornada), Reforma, Milenio (en sustitución del viejo Novedades), El Financiero, El Heraldo (refundado), La Crónica, La Razón…
Los jueves por la tarde, a la hora del café en el Vip’s de Plaza California, era muy divertido encontrarse en la mesita del rincón a Vicente Leñero, don Julio, el jesuita Enrique Maza, Carlos Marín… callaban sus secretos de Estado y me saludaban. La secta se reunía ahí en preparación de la junta que decidiría la edición de Proceso, a dos cuadras de ahí.
 La escisión aquella que me permitió tratar, y cruzar alguna copa, con reporteros, jefes y editores como René Arteaga, Manuel Becerra Acosta, Jorge Hernández Campos, Rodolfo Roja-Zea, Rafael Cardona, Raymundo Riva Palacio, Carlos Duayhe, Antonio Andrade, Enrique Loubet, David Siller, Abelardo Martín, Jaime Avilés, Antonio Marimón, Carmen Lira, Agustín Gutiérrez Canet, José Manuel Fortuny, Guadalupe Irízar, Javier Molina, Ramón Márquez, Víctor Avilés, Ramón Colombo y Eduardo Deschamps quien, después de entrevistar a Brigitte Bardot en el Aeropuerto Internacional, a instancias de ella se bebieron una botella de champagne en el Ambassadeur de Reforma.
Y todo por la honorabilidad de don Julio. A mucha honra.