



Al fallecer el gran dirigente ruso, la patria bolchevique se vio hundida en la horfandad. Muerto Vladimir Uliánov qué quedaba. Optar por el legendario León Trotsky, comandante militar de la revolución de octubre, o por el trío siniestro encabezado por Koba (Iósif Stalin), quien heredaría el poder soviética, emprendería una purga política despiadada, y se encargaría de enfrentar la invasión de los ejércitos de Hitler… cobrándose con creces en la victoria, con el regalo que fue el Pacto de Varsovia.
Estamos hablando, obviamente, de 1924 y sus consecuencias en el plano mundial. Fue el momento en que Elías Calles sucedió a Obregón en la silla presidencial, el año de la asonada Huertista que se llevaría entre las patas al gobernador socialista Felipe Carrillo Puerto, el año que se inventaron los klínex y se instauró el 30 de abril como Día del Niño.
Ahora –un siglo después– concluye un ciclo más de historia con algunas sorpresas. Una mujer preside la nación (en 1924 ellas no tenían derechos cívicos), una silenciosa invasión trata de conquistar los Estados Unidos, las mafias del crimen controlan buena parte del territorio nacional, Palestina e Israel están en guerra, lo mismo que Ucrania luego de ser invadida por los rusos (que no soviéticos). Ha sido el año más caluroso desde que se tiene registro, la autonomía de los poderes judicial y legislativo ha desaparecido bajo la tutela del nuevo régimen, que ha sustituido al anterior luego de arrasar en las elecciones de julio pasado.
Eso no es todo. El de 2024 fue también el año de Donald Trump, quien recuperó la presidencia norteamericana luego de sobrevivir a un atentado que por una pulgada estuvo a punto de costarle la vida. El año de la espectacular Olimpiada en París. El de la Inteligencia Artificial que terminará por gobernar (si no hacemos algo) nuestra voluntad. El año también en que uno y otro choque han sacado a Choco Pérez de la palestra de la Fórmula Uno… perdón, Chico, Chico Pérez.
Lo que viene, por cierto, no es nada prometedor. A partir del 20 de enero próximo se anuncia una deportación masiva de migrantes indocumentados en suelo estadunidense que, según cifras publicadas, podrían sumar 11 millones de personas. Muchos de ellos son de procedencia mexicana, la mayoría han arribado de América Latina, aunque no faltan los africanos y asiáticos. La pregunta que se hacen hoy las autoridades es una: ¿cómo habrá de enfrentarse esa expulsión demográfica?
¿Dónde ubicarlos, cómo mantenerlos, proceder a otra remisión a sus países de origen? Y las armas diplomáticas que habremos de emplear… los aranceles, las cartas de protesta, las acusaciones ante los foros internacionales. ¿Serán 20 mil, 200 mil, 2 millones? No se sabe.
En el plano interno, sin embargo, la presumible ruptura de la presidenta Claudia Sheinbaum con su antecesor, por lo menos en el aspecto simbólico, es cada día menos probable. Los rituales siguen siendo los mismos, se repite la misma narrativa transformadora, aunque en los hechos no haya procedido ninguna medida de arrojo anticapitalista, como sí hizo el comandante Chávez al instaurar lo que él llamó “el socialismo bolivarista”, y que ha significado (en términos de evidencia) la ruina de esa nación.
También ha sido éste el año del arrasamiento de la oposición. Los partidos tradicionalmente rivales –el PRI, el PAN– no son ahora ni la sombra de lo que fueron. El partido de Jesús Reyes Heroles, de Luis Donaldo Colosio, de José López Portillo, Miguel Alemán, Carlos Salinas incluso, hoy es un cachorrito que ladra amarrado al fondo del galerón. Ya no se diga el partido del jefe Diego, Vicente Fox, Clouthier, por no referir a don Manuel Gómez Morín. Hoy se presentan como una cueva de Judas carentes de principios, demostrando quizá que el sitio de la democracia cristiana fue un sueño guajiro arañando al maderismo.
El buitre que asoma este año por iniciar, nadie lo dice, es la tentación de la reforma fiscal. No es ningún secreto: las arcas nacionales están en el último centavo, hubo un despilfarro populista para garantizar el voto de miles y millones de “beneficiados” y “becarios” que hoy pasan las de Caín para hallar un empleo formal. Ocurrió en Venezuela, recibir unos pesos mensuales está muy bien, pero eso no es garantía de aplicación laboral, aprendizaje industrial, ahorro y prosperidad, como se mereciera.
La alternativa seguirá siendo el ambulantaje y la informalidad. El comercio y las fondas al pie de calle… fritangas, mercancía de procedencia muy extraña (¿robos en carreteras?), conexión eléctrica irregular y sin recibo de pago, trabajadores sin seguridad laboral ni médica. Un poco lo que está significando la “chinacitación” de la economía nacional donde cada cual se rasca con sus uñas y agarra lo que puede. ¿Y el SAT, el IMSS, el IVA? Bien gracias.
2025 será el año de la firma de la paz en Ucrania, cediendo a Putin el 30 por ciento de su territorio original. Posiblemente también haya una tregua en Gaza y los territorios fronterizos de Israel, una vez que se ha dado un tremendo castigo a los milicianos de Hamas y Hezbollah, y colateralmente a la población que les proporcionaba escudo.
De 1924 a este año que concluye la evolución de nuestro mundo ha sido admirable. Hace un siglo no existía internet, la estación espacial internacional, televisión, pizzas, los teléfonos celulares, el servicio de Uber, el Rock, Netflix, Taylor Swift ni Shakira. Sí, es verdad, hemos progresado y hay que entenderlo. Y agradecerlo.
Ese año, el que se va, no fue tan malo, el que viene es una promesa de entendimiento y sosiego. Esperemos.
Bellas de día y de noche. Divas por divinas, diríase angelicales, aunque no siempre intérpretes de ópera a lo María Callas o Filippa Giordano. La voz de Silvia era ligeramente ronca y no se le reconocen, precisamente, escenas de mezzosoprano.

Decíamos que adorables porque en ellas habita la belleza clásica de las efigies que habitan en muchos museos romanos, por decir lo menos. Sólo que de los escenarios operísticos, del mármol y los lienzos, saltaron a las pantallas cinematográficas en los inicios del siglo pasado, y el paradigma varió. Con el invento de Lummiere las divas fueron, materialmente nuestras y a la mano… hablaban, bailaban, besaban en close up. Gritaban y se desnudaban, descendían corriendo las escaleras. Eran nuestras en blanco y negro, luego a todo color y en cinemascope. ¿Qué más podía pedirse?
Despiertas, dormidas; iracundas o carcajientas, las divas son simplemente adorables y se les perdona todo. Divorcios y borracheras, exabruptos y tropezones, que fumen o no, escapadas anónimas con el productor en turno… al fin que nadie vio; que para eso estaban los pasquines de escándalo.
Ha sido el caso de Elizabeth Taylor y sus ocho matrimonios, Brigitte Bardot (la famosa “bomba BB”) y sus desnudos a la menor provocación, Catherine Deneuve (con todo y su capítulo Mastroianni), la infantil y encantadora Marisol (Pepa Flores), que luego se afilió al Partido Comunista de España, Ava Gardner y los revolcones en la plaza con el matador Luis Dominguín, ya no se diga Gina Lollobrígida y sus devaneos con Fidel Castro.
Silvia Pinal, en una reciente aparición, se quejaba ante el entrevistador televisivo… “¿me pregunta de amor y experiencia romántica? Por Dios, eso ya es humo. Vengo de cuatro largos matrimonios, ahora tengo otros problemas…”, porque la Pinal casó, recordemos, con el productor Rafael Banquells, con el cineasta Gustavo Alatriste, con el cantante Enrique Guzmán y con el político Tulio Hernández (PRI) que la hizo primera dama del estado de Tlaxcala. Y a mucha honra.
Algo aprendería pues después se desempeñaría como diputada y senadora, con no tan malos desempeños. Y es que la política y la belleza, el poder y la fascinación erótica, nunca han estado distantes. Recuérdese, si no, los arrebatos que han tenido los poderosos John F. Kennedy con Marylin Monroe (léase de Jed Mercurio, “Un adúltero americano”), Nicolás Sarcozy con Carla Bruni, Mao-Tse Tung con la juvenil actriz Jian Qing (la temible Madame Mao de la “revolución cultural”), Juan Domingo Perón con Evita, José López Portillo con Sasha Montenegro, Miguel Alemán Velasco con la Miss Universo, Christian Martel (Magnani), ya no se diga Enrique Peña Nieto con Angélica Rivera (la “Gaviota”).
Silvia Pinal hizo lo que quiso con su porte y su belleza, y a mucha honra. Me recuerdo cuando alguna vez, en los años ochenta, acudí a entrevistarla y, la verdad, quedé como turulato ante su presencia. Tartamudeaba al preguntar… pobre de mí. Y es que la Pinal habitó siempre en las antípodas de la otra diva mexicana, María Félix, por cierto que ambas sonorenses, como Obregón, como Colosio.
Silvia era cálida, María gélida; una simpática y risueña a la menor provocación, la otra arrogante y jactanciosa. Ya lo decíamos, una bailando rockanrol con Enrique Guzmán, la otra recogiendo conchitas en la paya con Agustín Lara la noche de su luna de miel. Cada quien.
Se ha dicho hasta el cansancio. La revelación histriónica de Silvia Pinal ocurrió cuando hizo mancuerna con Luis Buñuel, el genio surrealista. Sus películas eran de escándalo y bostezo, decían, porque el realizador venía de la escuela de Salvador Dalí y Federico García Lorca. Hacer locuras que parezcan verdades (la realidad es insoportable, ¿no?), y así las películas de Buñuel con la Pinal… “Viridiana”, “El ángel exterminador” y “Simón del desierto”, fueron la sublimación actoral de nuestra diva, de la que el rústico aragonés, seguramente anduvo medio enamoradillo.
Silvia Pinal era todo. Coqueta, generosa, lista (más que lista), amorosa con sus hijos y transparente. Con ella hemos perdido a la última diva del cine de oro mexicano. ¿Quién no recuerda a Dolores del Río y María Douglas, Katy Jurado y Ninón Sevilla (aunque cubana), Mari Cruz Olivier y Lilia Prado, Isela Vega y Sasha (aunque argentina), Julissa, Tongolele (nacida en Spokane, EU), Angélica María, Salma Hayek, Verónica Castro, Maribel Guardia? O sus contrapartes de carcajada y despecho; Florinda Meza (la Chimoltrufia), Vitola (Famie Kaufman), o la india María.
Divas y señoronas de la pantalla, qué fácil decirlo, cuando que se han robado millones y más millones de suspiros, equivalentes a la deuda de Pemex. Han sido parte fundamental de la educación sentimental a la mexicana. Son las dueñas de nuestros sueños, nuestra conversaciones y, ¿por qué no?, también de nuestras perversiones. La belleza existe, quiérase que no, y con ellas queda redimido el mestizaje nacional.
La última neumonía se llevó a Silvia Pinal. La recordaremos siempre como el demonio provocador en la cinta “Simón del desierto”, nosotros queriendo ser el estilita trepado en su columna de renuncia y castidad –con los trapos de Enrique Rambal–, tentados a descender y entregarnos a los pecados de la carne, el poder y los programas de Bienestar Social. Ah, Silvia, qué tentación.
Irse a la bola. En los comicios de 1910 el resultado dio como ganador al general Porfirio Díaz Mori para ocupar la Presidencia de la República, de 1910 a 1916. Su partido coaligado (Democrático – Científico) obtuvo el 98.96 por ciento de los votos, frente al candidato del Partido Antirreleccionista, Francisco Ignacio Madero, quien solamente logró 196 votos, equivalentes al 1.04 por ciento del electorado. Pero las cosas no quedaron ahí.
Acusado de “conato de rebelión y ultraje a las autoridades”, el candidato perdedor fue encarcelado varias semanas, logró evadirse a San Antonio, Tejas, donde lanzó el Plan de San Luis, que incitaba: “Conciudadanos; no vaciléis un momento, tomad las armas, arrojad del poder a los usurpadores (…) Nuestros antepasados nos legaron una herencia de gloria que no podemos mancillar. Sed como ellos fueron, invencibles en la guerra, magnánimos en la victoria”, y aquí estoy.

El 20 de Noviembre es el día de la Revolución, que de algún modo fue el onomástico, también, del partido de la Revolución que gobernó, ininterrumpidamente, de 1929 a diciembre del año 2000 cuando el presidente Ernesto Zedillo entregó la banda presidencial a Vicente Fox. Lo demás, es historia. Con la fundación del Partido Nacional Revolucionario (PNR), después PRM, después PRI, correría esa época denominada, sin mayor rigor, “los años del régimen”.
Mi humilde circunstancia es producto de esa épica. Mi abuelo Leopoldo era un bonancible comerciante de Cuquío, en los Altos de Jalisco, donde había logrado establecer un próspero almacén. A mediados de 1918 (en plena lucha armada) una milicia ocupó el pueblo y don Polo, esa noche, fue advertido de que a la mañana siguiente vendrían por él para fusilarlo. Acusado de espía, traidor, contrarrevolucionario, cualquier pretexto con tal de despojarlo del negocio y su ranchito. Era lo que se acostumbraba. Y esa noche, a lomo de mula, don Leopoldo huyó por la cañada de Oblatos hasta alcanzar Guadalajara. Iban con él doña Herlinda, mi abuela, y los pequeños Enrique y Rafael, padre y tío míos, que cursarían estudios bajo la luz de una vela, “porque la luz era muy cara”. No he sabido cuál fue el generalote que decidió aquel veredicto, ¿Julián Medina Isidro Michel, Cleofas Merced, Ramón Romero, Cedano Mota?, pero me la deben. Sí, viva la revolución.
Después de la mexicana prendió la mecha. El XX fue el siglo de las revoluciones… la rusa, la española (guerra civil), la china, la cubana, la nicaragüense. Derrocar al tirano, despojar a los burgueses, hacerse del poder con un partido ceñido como haz… de donde porviene el concepto “fascista” de las huestes romanas, a fin de lograr que “el Estado impere por encima del individuo”.
Recuerdo a los maestros, cuando párvulo, y su dificultad para explicar los tumbos que significó aquel movimiento histórico. Sí, Madero derrocó a don Porfirio (y lo asesinaron), Venustiano Carranza firmó la Constitución (y lo asesinaron), Obregón fue el mejor general (y lo asesinaron), Pancho Villa fue un estratega feroz (y lo asesinaron), Emiliano Zapata defendió como nadie a los campesinos (y lo asesinaron). De modo que uno, a los once años, se preguntaba, ¿de qué se trató todo aquello? ¿Una feliz degollina? Por lo menos mi abuelo salvó la vida.

Ahora cabría preguntar, ¿y qué fue de aquellas tan célebres revoluciones? La mexicana dio el último respiro con la Casa Gris de Angélica Rivera de Peña Nieto. La rusa se extinguió con las fallidas Perestroikas y Glasnot del apocado Gorbachev. La china comunista recuperó el capitalismo de estado cuando Deng Xiaoping planteó que el color del gato, “blanco o negro”, no importaba sino que cace ratones. La cubana, que mandaba contingentes de “gusanos” a Miami, ahora expulsa columnas de migrantes que inician en Tapachula. La nicaragüense, luego hablamos. La “bolivariana” de Hugo Chávez que terminó como el pajarito consejero de Maduro. La Guerra Civil de España (que no revolución), acabó con las asonadas que se sucedían desde el siglo XVIII y modernizó al reino de Castilla.
Sin embargo perdura la violencia como sinónimo de las revoluciones. Y su épica, decíamos, poblada de mártires, canciones, himnos (La Marsellesa), desfiles militares, asonadas, folklor (Adelitas y Juanes), ideología y más ideología. Los héroes dejan de ser humanos, ascienden al cielo republicano, resucitan en los monumentos y las avenidas.
Así que la celebridad de las revoluciones está en entredicho, aunque la humanidad no sería lo que es sin esos periodos violentos de mutación. La política abandonando el diálogo para empuñar el machete, los fusiles y la guillotina. Llega el 20 de Noviembre y los atletas obreros marchan en las avenidas. “Gracias, señor presidente”, se leía en sus pancartas de antaño. Ah, la celebración de las cananas y “la bola” que se hizo régimen tricolor, hasta que se desbieló.

De todo ello deriva la xenofobia que se ha apoderado, abierta o sigilosamente, de medio planeta. Iniciando con los “pogromos” contra los judíos en Rusia, trasladado luego al holocausto nazi, pasando por las guerras tribales en el centro de África, y desde hace medio siglo el conflicto árabe-israelí. La facción Hezbolá (que significa “el partido de Alá”) tiene como propósito final la expulsión de Israel del medio oriente, y su exterminio.
Nuestra herencia devota señala que diez son los actos que nos hacen indignos, réprobos en términos bíblicos… hasta que somos redimidos. Le ha ocurrido al productor Harvey Weinsten, al expresidente Andrés Manuel, al químico Alfred Nobel.
En 1888 murió Ludvig Nobel, que la prensa francesa celebró erróneamente: “Ha muerto el mercader de la muerte”. Lo habían confundido con su hermano Alfred, quien ciertamente había inventado la dinamita y la cordita (pólvora sin humo), explosivos que renovaron el arte de la guerra y le generaron, por cierto, cuantiosas regalías. Así fue como el químico sueco, carcomido por la culpa, decidió limpiar su mala fama con la creación del premio internacional que lleva su nombre.
La culpa, la culpa, siempre la culpa. No fornicarás, no robarás, no mentirás, no matarás… que, a propósito, nuestro balance sexenal alcanzó la cota de los 200 mil homicidos, es decir, 92 asesinatos diarios, lo que nos sitúa como uno de los países más inseguros del orbe.
Pero estábamos con Alfred Nobel y el premio a la Paz concedido este año al colectivo Nihon Hidankyo, conformado por testigos de las bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945. Los sobrevivientes del ataque atómico se hacen llamar “hibakusha”, cada vez son menos (el más joven tiene 80 años), y son promotores de la supresión mundial de ese tipo de armas. La culpa arraigada.
Nihon Hidankyo será premiado con una medalla de oro y 900 mil dólares en metálico. El Doctor Simi (Víctor Manuel González Torres), por cierto se quedó con las ganas luego de una campaña mediática que lo propuso merecidamente, aunque fueron 268 los postulantes.
La culpa de Alfred Nobel es equiparable a la del físico Robert Oppenheimer, inventor de la bomba atómica, quien vivió hasta su muerte con el remordimiento de haber provocado la muerte instantánea de más de 150 mil personas. La historia está recreada en la película de Christopher Nolan estrenada a fines del año pasado.
No matarás, no robarás, no mentirás, honrarás a tu padre y madre. Que por cierto esta madre patria nuestra, que se llama España, ha sido vilipendiada por nuestros gobernantes al exigirle que se humille, y postrada grite a los cuatro vientos que sí, ha pecado al expandir su imperio por el Nuevo Mundo que descubrió el piloto genovés (ya ni su nombre podemos citar) hace 534 años.
“Repent, repent, repent!”, gritan como enloquecidos los ministros puritanos buscando limpiar de impiedad al mundo. Igual que el capitán Ahab, navegando incansablemente para exterminar al demonio que han bautizado Moby Dick. De ese modo andan ciertos almirantes denostando al impuro; que se enmiende y pida perdón. ¡Arrepentíos, hijosdeputa! ¿¡Por qué nos conquistaron?!, a ver si de ese modo recuperamos la armonía del comunismo primitivo que vivíamos con los Caballeros Águila.
El pecado ha sido vuestro, bandidos lujuriosos que sólo pensáis en robar nuestro oro… Y ya estarán los celtas redactando sus cartas exigiendo reparación al César de hoy (como se llame), que les envió aquellas belicosas legiones. O los pueblos tagalos condenando a los batallones del Japón que les invadieron sus islas filipinas. O los artesanos vieneses maldiciendo el asedio de Batu Khan, el conquistador mongol del siglo XIII. ¿A dónde enviarle la cartita? ¿A Pavlodar, Astracán? ¿Me vas a pedir perdón? y así cantemos juntos el bolero de Pedro Flores, “perdón, vida de mi vida, perdón si es que te he faltado, perdón, cariñito amado…”
La culpa de Alfred Nobel se hace presente una y otra vez. En los museos del Holocausto, en las peregrinaciones a Lourdes y Chalma, en el Viacrucis de Pascua que se repite en medio mundo. ¡Perdón, perdón por haberte crucificado, por haber exterminado a seis millones de judíos! Perdón, admirada Salma Hayek, por guardar estos pensamientos de lascivia.
El remordimiento no llega. La contrición incumplida impide completar la eucaristía. Sin perdón no hay olvido, y sin olvido vivimos en perpetuo reconcomio. Como era el destino de Alfred Nobel, hasta que decidió sobreponerse a la dinamita, poner el oro y abrirse a la vida, la esperanza, y la gratitud.