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La pasión de Iztapalapa que se inició en 1843 reúne actualmente a dos millones de espectadores que ven como cinco mil nativos de uno de los barrios más antiguos y poblados de la ciudad capital, crucifican al hijo del Dios cristiano en el monte de la Estrella donde los aztecas celebraban el rito anual del fuego nuevo. La conjunción de la cultura nativa del Anáhuac con la tradición cristiana apostólica y romana comienza, como todos sabemos, con la conquista. Los frailes dominicos, franciscanos y agustinos vieron que los cantos, los bailes y las ofrendas con las que los pueblos originales de la entonces llamada Nueva España celebraban sus ritos religiosos, eran la forma ideal para cambiar el contenido de aquella fe pagana por el de la iglesia de los conquistadores.

Hay dos formas universales de conseguir el sincretismo cultural: por las buenas o por las malas. Lo romanos, por ejemplo, permitían que los pueblos subyugados adoraran a sus dioses y practicaran sus ritos (Aunque fue el emperador romano, Teodosio I. quien  en el año 380 de la era actual convirtió al cristianismo en una religión de estado que persiguió con maldad y sevicia a quienes no se doblegaron a la fe impuesta). Por las buenas, los germanos, los galos y otros pueblos europeos adoptaron parte de la cultura romana sin perder su identidad.

Los españoles exterminaron a los infieles en su territorio y para sobrevivir árabes y judíos tuvieron que renunciar a la fe de sus ancestros o partir al exilio. En el Anáhuac los españoles arrancaron brutalmente los cimientos culturales y religiosos de los hablantes del náhuatl y otras lenguas autóctonas, y gracias al ingenio y acaso la bondad de los frailes, no exterminaron a todos los paganos porque estos hallaron en el teatro la manera de conciliar su fe ancestral con la de sus nuevos amos. Verbigracia: Tonantzin-Guadalupe.

 Las celebraciones cívicas-religiosas de los pueblos de Mesoamérica eran al aire libre así que los frailes levantaron capillas abiertas y utilizaron los atrios para que la multitud pudiera ver y participar en la celebración del rito cristiano, disfrazado de performance. Sí. Como en un inicio ni los indígenas hablaban español ni los frailes el náhuatl, las representaciones eran mímicas, gestuales, narraciones corporales apoyadas en el movimiento y los objetos que hacían de símbolos.

Más ocurrió que en 1533 el fraile franciscano Andrés de Olmos escribió en náhuatl El Juicio Final, un auténtico misil hipersónico que perforó la conciencia de los naturales para destrozarlos con la culpa y el castigo, con el pecado original de haber nacido y toda esa carga de rencor por estar vivo de la religión judío cristiana. La obra se presentó por primera vez en la capilla de San José de los Naturales, en el centro de la ya ciudad de México, y cuentan las crónicas que el efecto fue devastador para la multitud de nativos que terminando la representación salieron llorando, golpeándose el pecho, arrancándose los cabellos, gritando y lamentando sus “pecados”.

Y la culpa no fue solo del dramaturgo sino de los directores del espectáculo, los monjes que utilizaron todos los recursos del teatro para declarar el juicio final. Con los espectadores ya en sus manos, los frailes hicieron sonar las chirimías, los caracoles, los tambores, para darle su dimensión sonora a la escenografía que representaba el cielo, la tierra y el infierno, al que se entraba por la boca de un monstruo. Parte del ingenio del teatro evangelizador fue utilizar a los propios nativos como personajes, así que había docenas, acaso cientos de indígenas enmascarados de demonios que pululaban entre la multitud, mientras con un juego de poleas los ángeles descendían de las alturas con sus espadas de fuego para aniquilar a Lucía, la mujer disoluta cuyos pecados de la carne exigían el peor de los castigos.

Para entender la conmoción de aquel montaje, Miguel León Portilla nos recuerda que en el pensamiento indígena el tiempo era cíclico, de manera que el juicio final era definitivo, el fin del mundo. Creo que 493 años después de aquella memorable representación, los dos millones de espectadores de la Pasión de Iztapalapa ya han pecado lo suficiente con el cuerpo para saber que un buen baño de vapor nos permite ver a dios limpios de cuerpo y alma.

Sin renegar por haber nacido. Más bien dando las gracias.

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