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Las vacaciones son para los asalariados y similares, incluyendo a los dueños del negocio que igual descansan en las fiestas oficiales. Pero los artistas llamados independientes, porque no tienen patrón, ni horario, ni trabajo, para no andarme con rodeos, no se van de vacaciones sino de botargas de semana santa en donde con suerte la hacen de pilatos, el camarada que se lava las manos. El caso es que uno regresa a la realidad de siempre en la que se es el empresario y el obrero del teatro, el “creativo” y el realizador, el actor y el tramoyista y, sobre todo, ese ser “independiente” regresa a llenar formularios porque ya es la hora del embudo, ese aparato que tiene una boca enorme y un culo muy cerrado por el que apenas pasa el siete por ciento de los miles de trabajadores del arte, para llamarlos con decoro, que se lanzan por cuenta propia al triturador.

A propósito de los estímulos que da el gobierno federal a los artistas del país, el dramaturgo Enrique Olmos escribió en su columna semanal de un diario del estado de Hidalgo, un artículo muy pertinente porque basa su opinión en argumentos sólidos para exponer que la burocracia cultural ha perfeccionado un sistema de competencia que bajo su apariencia democrática esconde una perversión tremenda.

Dice Olmos: “En el ecosistema artístico mexicano la convocatoria ha dejado de ser un instrumento para convertirse en un entorno. No se trata de momentos específicos sino de una atmósfera permanente en la que los creadores existen como solicitantes crónicos. Todo artista es, en potencia, un postulante. Y toda obra, antes que un gesto expresivo, es un expediente en preparación”.

Los suplicantes del siglo XX tuvimos la suerte de que la obra del solicitante fuera el punto de partida y de llegada para el apoyo gubernamental, porque ahora, como dice Olmos, ese afán se ha desplazado de la creación a la gestión cultural. El tiempo que antes se empleaba en dragonear, bosquejar, idear una obra de ficción ahora se va en cumplir con los inverosímiles requisitos de la burocracia cultural.

Aunque lo verdaderamente significativo, dice Olmos, “no es la escasez -condición histórica del campo cultural-, sino la forma en que esta escasez organiza las prácticas. La convocatoria no solo distribuye recursos; modela comportamientos. Establece lenguajes, impone formatos, delimita lo decible. Se aprende pronto qué tipo de proyecto es legible, qué tono resulta financiable, qué clase de riesgo es tolerable. En este aprendizaje, inevitablemente algo se ajusta: la obra comienza a escribirse con la convocatoria en la mente”.

Naturalmente, el origen de esta trasmutación del artista de creador a formulante, está en que jamás se ha cumplido en la nopalera con la propuesta de la UNESCO de dedicar el uno por ciento del Producto Nacional Bruto a la cultura.  Como otros defensores de este mandato, Olmos cita el porcentaje que genera la cultura al respecto, evitando mencionar que ese porcentaje le pertenece en un 90 por ciento a la industria masiva del espectáculo porque la aportación al PIB de las artes escénicas es ridícula. Aunque este espejismo no le quita un gramo de razón a su critica al sistema del embudo por el que entra la masa de solicitantes sólo para descubrir, que de nueva cuenta, su solicitud fue rechazada.

 

Cuando a pesar de tu dedicación y tu tenacidad nunca eres la más talentosa del certamen ni el más creativo del concurso, acaso puedas seguir el ejemplo del artista visual Santiago Rebolledo, quien se planta con frecuencia ente el balcón de Claudia Stella Curiel de Icaza, en la calle de Arenal, sede de la Secretaría Federal de Cultura, para exigirle a gritos que lo reciba. ¿Se imaginan lo hermoso que sería organizar piquetes de rechazados de las convocatorias, que se turnen los días y los horarios con el fin de mostrarle a las autoridades lo feo que se siente ser triturado por el embudo de las convocatorias?

Si somos tan creativos, por qué no organizar tandas de teatro en esa calle fifí de Coyoacán que puedan comenzar a la hora que las madres llevan a sus críos a la guardería y hacer teatro para la primera infancia. El siguiente espectáculo sería a la hora en la que las y los niños de primaria salen al recreo, con una escena de teatro para adolescentes, y continuar con teatro contestario que exponga todo lo que callaron en los formularios para no ser rechazados. Acá en Arenal, puro teatro del oprimido, teatro de agitación, de denuncia, de hartazgo. Total, si actualmente es posible protestar por falta de agua en tu colonia sin que te   te rompan el cráneo a macanazos, porque no hacer del teatro una protesta permanente contra la falta de teatro. ¿No dice el clásico que el arte es el alimento del alma? Protestemos entonces porque la Cuatro T nos está matando de hambre.

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