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Si en la mirada de un niño podemos ver el inicio del mundo, en la mirada de un viejo observamos cómo ese territorio de la infancia se ha transformado radicalmente. La muerte de mi primo hermano Arturo Álvarez Icaza Carrasco me permite decir que los Llanos de Apan, siendo los mismos, son otros. Como tantos de nosotros, Arturo estuvo ligado desde niño a la leyenda de las haciendas que tuvo la familia de su padre y mi madre, que eran hermanos, particularmente a los solares de Zotoluca y Chimalpa que fueron administradas por nuestro abuelo Juan de Dios Álvarez Icaza y Téllez Girón; aunque la generación de nietos a la que pertenezco vivió o visitó Chimalpa cuando ya era propiedad del tío Nicolás Núñez.

Arturo no fue uno de ellos porque pertenece a la siguiente camada de nietos de las once hijas e hijos que tuvo la abuela Concepción, Sin embargo, y acaso por no haber estado ahí, Arturo se apropió de aquel pasado y rastreó la genealogía del abuelo Juan de Dios como quien sigue la contracorriente de un río para hallar la fuente de la que proviene. Ya como gerente de un prominente banco, grabó el escudo de la familia en algún pañuelo, camisa o suéter, y desde muy joven fue de los más entusiastas visitantes a las Lomas del Pedregal, que resultó el corolario de aquel pasado grandioso de las haciendas pulqueras: un monte lleno de piedras en donde apenas crecía la mala yerba, pero que el amor de mi tía Berta y la niña Alicia, mi madre, convirtió en un vergel con el concurso de sus hermanos Guillermo, Juan y Luis, este último padre de Arturo, de quien sacó el porte, el gusto por la guitarra y la sonrisa que conquistaba la atención femenina.

Con el tiempo y cuando murieron los tíos, Arturo se convirtió en el referente masculino de las primas que se quedaron en aquel pedregal, ahora florido, en donde mi difunto primo abrió un centro de sanación de medicina alternativa que hizo fama en los llanos por su pirámide y su temazcal, pero sobre todo por la gentileza y el don de gentes con los que ofrecía el primer remedio a sus pacientes, que ya se cuentan por docenas,

Paradójicamente, fue el respeto por la tradición curativa de los chamanes la que acortó su vida porque puso su fe en la falsa sapiencia de una curandera que le robó el tiempo que requería la medicina alópata para mitigar la insuficiencia renal que le arrebató la vida. Cuando intentó esa curación fue demasiado tarde.

Fueron muchos los días que compartimos la alegría de vivir, celebrando a los abuelos, los tíos, los primos, los amigos que dejaron su huella en este valle de lágrimas convertido por unas horas en todo lo contrario. En mi experiencia no hay una familia perfecta, pero en aquellos convivios los dramas personales no disminuían el contento general del encuentro, y Arturo era uno de sus animadores; siempre atento, siempre sonriente, siempre dispuesto a cooperar con algo, con alguien, para bien de la colmena.

De algún modo fue coherente que aquel gerente de banco, que aquel funcionario de CARITAS (amor al prójimo), terminara como un sanador de su comunidad. Acaso la tragedia de su muerte sea que lo mató su convicción de que se puede sanar la enfermedad del cuerpo y de la mente con la fe que exige el amor a Dios, mejor dicho: en aquellos que se dicen sus discípulos. Supe que en su último aliento dijo que necesitaba perdón, dejando la duda si era él quien debía dar o recibir esa gracia. Por mi parte nada tengo que perdonarle y en conciencia considero que él tampoco tiene que perdonarme nada. Consumada tu partida, Arturo, ya eres parte de la historia de la familia que tu rastreaste desde sus orígenes y cuyo emblema llevaste con orgullo. Sin duda, las nuevas ramas de ese árbol te recordarán con el cariño con el que nosotros añoramos a nuestros difuntos, y en las noches estrelladas de los Llanos de Apan, al calor de una hoguera recordarán tu nombre y tu bonhomía, y cantarán canciones en tu memoria, como hicimos nosotros con nuestros ancestros.

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