Cómo fue que el funcionario cultural se convirtió en el factor determinante de la creación artística y el ars, artis, (sujeto que tiene la habilidad de transformar la realidad en otra cosa), se quedó a la saga, sin ninguno de los beneficios que tienen los administradores del presupuesto público, cuando sin el trabajo de los artistas ellos serían los desempleados?
Si tomamos la fundación de la Secretaría de Educación Pública en 1921 como la primera piedra del Aparato Cultural del Estado Mexicano, veremos que fueron los mejores pensadores y artesanos de las artes quienes idearon, administraron y ejecutaron las acciones que llevaron a la creación del INBAL y las instituciones superiores e inferiores que se agrupan actualmente en la Secretaría de Cultura de la Federación.
De 1946 a 1952 los artistas tuvieron la dirección y ejecución de la cultura institucional. Entre 1952 y 1954 ya fue un abogado, diplomático y Académico quien dirigió el Aparato, aunque Andrés Iduarte también estudió filosofía y permitió que la velación de Frida Kalho fuera en el Palacio de Bellas Artes, más ese beneplácito le costó el puesto porque el presidente Ruíz Cortines no soportó que el féretro de la pintora fuera cubierto por la bandera comunista.
El presidente López Mateos nombró director del INBAL al abogado Miguel Álvarez Acosta, abogado y político que cubrió todo el sexenio (1954-1958). Días Ordaz devolvió el puesto a un hombre de vasta cultura como fue el historiador y ensayista, José Luis Martínez, quien tuvo a su cargo el Programa Cultural de las XIX Olimpiada que se hizo en 1968. Luis Echeverría tuvo cuatro directores de cultura. El doctor en filosofía y musicólogo Miguel Bueno y Malo: el arquitecto e historiador del arte Luis Ortiz Macedo; el escritor Sergio Galindo Márquez y el abogado Juan José Bremer.
En los 30 años que hay entre la fundación del INBAL y la presidencia de Echeverría, nadie advirtió públicamente que el Aparato Cultural se había convertido en otro activo del cooperativismo estatal a favor del PRI, afiliando a sus funcionarios públicos y a los trabajadores a las organizaciones y sindicatos que sostuvieron por 70 años la “democracia perfecta”, es decir, el dominio de un solo partido., dejando a la razón de ser del Aparato a la deriva, sujetos a las decisiones mas políticas que culturales de la cúpula burocrática que, como toda la pirámide del estado, tenía la vista fija en el presidente de la República.
En esos 30 años hubo diversos intentos de agrupar a los artistas, generalmente desde la izquierda, para oponerse al sistema opresor, pero a nadie se le ocurrió hacerlos partícipes del presupuesto público. Ciertamente su carácter de artesanos de la ficción (para griegos y romanos, nuestros padres linguisticos y por lo tanto conceptuales, artista era un labriego, un carpintero, un músico o pintor), dificulta su afiliación a la seguridad salarial, de salud y retiro, porque si su patrón es el estado se jodío su libertad creativa, aunque su paradoja consiste en que desde Homero esos buenos para nada (porque la poesía no cotiza en la bolsa de valores), han dependido del sistema dominante. Primero los reyes, la nobleza, lego la burguesía y finalmente el capitalismo que ha hecho, sobre todo de la pintura y los bets seller literarios, un valor de mercado.
En algunos países europeos se han formulado políticas públicas que protegen a los artistas como entes productivos para esas sociedades, y se puede añadir que en esos entornos la burocracia cultural no consume más del 35 por ciento del presupuesto cultural. En México el 80 por ciento del dinero público para la cultura se va en salarios y los generadores de ése cultivo del intelecto y la intuición tienen entre el siete y el diez por ciento para sobrevivir. Este verano, diversos miembros de la comunidad teatral han hecho valiosas aportaciones a esta incongruencia del Aparato, pero destaco la frase del director e investigador Rubén Ortiz donde dice que cuando un cómico no gana alguna de las convocatorias estalla contra el sistema, pero cuando gana lo atribuye a su mérito personal. Falta comunidad, concluye Rubén. Hay que formarla.
Luego de medio siglo de ver cómo y por qué han fracaso esos intentos, solo se me ocurre una acción radical. Tomar oficinas burocráticas, tomar teatros, hacer manifestaciones permanentes en Arenal, en el Auditorio, en Bellas Artes, bloquear avenidas principales de la ciudad, lanzar huevos podridos en todas las conferencias de presa de la burocracia cultural; cantar canciones obscenas cada vez que un alto funcionario inaugura algún evento para la fotografía. En fin, hacer lo que tantos sectores de la sociedad están haciendo para ser escuchados. Exigir, en suma, que la burocracia cobre el 10 por ciento del presupuesto público para cultura y los artesanos de la cultura reciban el 80 por ciento que ellos tienen (hay que dejar un diez por ciento para el mantenimiento del Aparato.) De otro modo todo cambiará para seguir igual, como dijo Lampedusa.







