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El teatro sigue siendo el lugar donde los seres humanos se reúnen para mirar le milagro de estar vivos. Porqué el teatro que merece ser visto, es la constancia de que vernos a los ojos sigue siendo el más alto grado de amor del ser humano: Fernando de Ita.

 Ahora que estoy batallando con mi vista recordé que hace un tiempo escribí que había siete miradas en el teatro: la del autor, el director, el actor, el escenógrafo, el iluminador, el vestuarista y el público. La séptima mirada de toda producción escénica es la suma de todas y en ella debe estar la del crítico, que al contrario del espectador común debe tener noción de cada una de las partes que componen el todo.

Entonces advertía yo el peligro de que el espectador sapiente que debe ser el crítico olvide que su lugar está en las butacas, aunque eso no impida que conozca lo más posible la tramoya de las seis miradas anteriores a la suya. Me refería al crítico que olvida que es el vínculo entre la intención artística de la obra y el efecto que hace esa voluntad creativa en la séptima mirada, para exigir el teatro que él quiere mirar, no el que está viendo el público.

Eran los tiempos en el que el teatro tenía un canon y los críticos juzgaban la producción dramática y escénica por géneros y estilos. Eran los días en los que yo me preguntaba como crítico: teatro para qué, teatro para quien, porque las salas estaban vacías y las butacas desiertas. Hoy, que esa ausencia es la de la crítica, me pregunto si tiene caso mencionarla porque nadie parece extrañarla.

Digo nadie y me salta el nombre de la doctora Elvira Popova  que hace unos días organizó un encuentro en la Universidad Autónoma de Nuevo León sobre la Crítica teatral en el siglo XXI. La teatróloga y dramaturgista llegó hace unos años de Bulgaria para ver con otra mirada la dramaturgia mexicana de entre siglos y valorar con otros instrumentos teóricos a los autores del siglo XXI que como Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio LEGOM, eran muy celebrados pero muy poco analizados.

Ignoro cuál fue el resultado de la discusión pero sé que uno de los temas fue el desplazamiento de la crítica formal por “contenidos de red”, rápidos, sintéticos y de fácil digestión, que es lo que hay en la nube, en donde no falta una opinión superlativa sobre algún montaje, o una condena visceral  sobre el mismo, que deja contentos o furiosos a los usuarios, y punto, porque la cultura líquida se va entre los cables de la computadora y la pantalla del Fon ya está reclamando otro post, otra alabanza, otro insulto. Aunque como excepción hay textos sorprendentes por su hondura y  buena factura literaria, que igualmente se pierden en esa red de formas sin fondo, de impresiones no de reflexiones, de tomas parciales de lo real cuyo montaje rara vez te permite el contexto.

La fragmentación del mundo que privilegia la virtualidad y la simultaneidad de las acciones que presenta en vivo han dinamitado el tiempo clásico del teatro y por ende el de la crítica. Ya se puede estar en el día y la noche al mismo tiempo y la historia criminal de La casa de Atreo se puede contar en cinco minutos. Ya no hay sustento mitológico ni simbólico en los crímenes de lesa humanidad que vemos por internet. Sólo sangre, fuego, demencia y sin sentido. Cómo puede el artificio del teatro capturar una masacre colectiva, la matanza de niños y mujeres embarazadas ya no en Palestina sino en el barrio donde vivo? Qué explicación da el arte a lo inexplicable?

Solo puedo añadir que el teatro y la crítica tienen mucho en qué pensar.

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