El mundo está dando pasos firmes hacia un conflicto nuclear y en nuestro país se encarcelan periodistas por decir lo evidente, como en Campeche, o desde el poder ejecutivo se busca imponer una ley que castiga con prisión de hasta tres años a quien ose escribir en las redes sociales algo ofensivo sobre la autoridad en todos sus niveles, como en Puebla.
En estos momentos álgidos de la historia uno se pregunta con los filósofos existencialistas qué sentido tiene la creación artística cuando el horror de la guerra, la violencia y el autoritarismo forman parte de nuestra cotidianidad. En su libro, ¿Qué es la literatura?, publicado en 1947. Jean Paul Sartre hace una división entre prosa y poesía para decir que la prosa es una herramienta ética cuya utilidad consiste en ser el medio para obtener un fin. La palabra es el medio, el fin es la libertad. Así nace el escritor comprometido políticamente -en el sentido original de la palabra- con el lugar y el tiempo que le tocó vivir.
Tanto Sartre como Albert Camus utilizaron el teatro como el medio para para divulgar su filosofía que en el caso de Camus era la del hombre rebelde y la de Sartre la del escritor comprometido. Ambos sostenían que el escritor tiene una responsabilidad moral que se resume en la búsqueda de la libertad individual y colectiva. Mucho se ha discutido sobre el compromiso del artista cuyo fin justifica los medios, porque fue precisamente ese apotegma el que provocó los campos de concentración del nazismo y el socialismo de Stalin, que no fue otro que el terror.
Mejor recordemos que el trauma de la segunda guerra mundial dio lugar al teatro del absurdo y al teatro existencialista. En esa medida, ¿qué teatro le corresponde a nuestros días huracanados por la naturaleza en sí y por la naturaleza humana? Está claro que para tomar las calles como lo hizo al inicio del siglo XX el “teatro de agitación” de Max Reinhart, ahora hay que asaltar primero las plataformas digitales, para desde ahí provocar la acción artística que nos ayude a encontrarle un sentido al sinsentido de nuestro tiempo.
En esta línea de pensamiento, ¿cómo hablar del aquí y ahora sin recurrir al panfleto o al teatro periodístico que solo hace eco de la realidad porque su formato no le alcanza para penetrarla? Los clásicos siempre han sido un recurso dramático para hablar del presente en pasado, pero no es hora de alegorías y metáforas. Está la sátira cuyo efecto por inmediato se evapora a la salida del teatro. Leyendo el libro de Rodolfo Obregón sobre las practicas documentales de la escena mexicana se me ocurre que se puede hacer un recuento vivo del día con día en los espacios independientes del país, no a la manera de los noticieros que muestran los hechos sino a la manera del teatro, transformándolos en materia plástica, contándolos con el cuerpo, resumiéndolos con el movimiento, la imagen, la contundencia de la presencia humana.
En otro momento álgido del país se hizo a finales del siglo pasado un ciclo de textos emergentes en la Casa del Teatro de la ciudad de México, en el que conocidos autores se ocuparon del tema que inquietaba a esa comunidad. Pero son otros tiempos y otros los medios que hay para provocar la reflexión del prójimo, aunque no esté próximo. Tantos grupos no oficiales parados por falta de trabajo podrían ocupar ese desempleo en imaginar formatos para la escena que documenten cómo seguimos viviendo con el horror en el espejo pensando que eso sucede del otro lado del cristal, aunque cada día esa violencia soterrada está más cerca de todos.

Consciente de que divago le pido a mi editor que esta vez el fondo musical de mi editorial sea la canción de Chava Flores sobre cómo sueña un mexicano.





