Skip to main content

Este 2025  celebra el centenario del nacimiento de la escritora Rosario Castellanos y en el país se han preparado una serie de actividades especiales y centralmente la exposición Un cielo sin fronteras. Rosario Castellanos: archivo inédito, en el Colegio de San Idelfonso que rinde homenaje a una de las voces más poderosas y lúcidas de la literatura mexicana del siglo XX.

Rosario Castellanos Figueroa  nació un 25 de mayo de 1925 en la Ciudad de México, sin embargo, sus padres la trasladaron inmediatamente a Comitán de Domínguez en Chiapas, donde vivió toda su infancia y adolescencia, y murió 7 de agosto de 1974 en Aviv, Israel en donde era embajadora de nuestro país en aquel país. Prolífica escritora, periodista, diplomática y una de las figuras más luminosas de la literatura mexicana del siglo XX que en la últimas décadas ha sido revalorada junto a otras escritoras del la generación de medio siglo.

Creció en una familia pudiente, conservadora y  típica de aquella época, su padre trabajaba mientras su madre era ama de casa que tenían una notable y clara preferencia por su hijo Benjamín, esto solo por ser varón, tal preferencia se mantuvo incluso tras la muerte del niño a los siete años en 1933, del que Rosario se sintió culpable por ser ella quien seguía con vida y no su hermano, entonces fue criada por su nana Rufina, la cual la acercó a la realidad indígena, de allí nace Balún Canán su primera novela.

La suerte de su familia cambió cuando el presidente Lázaro Cárdenas promulgó una reforma agraria y despojó a la familia de gran parte de sus tierras. A los quince años, Castellanos y sus padres se mudaron a la Ciudad de México. En 1948, sus padres fallecieron en un accidente, dejándola huérfana a los 23 años y con medios financieros limitados. Sintió la necesidad de sobrevivencia, estudios dos carreras, Derecho y Letras, y comenzó a escribir convirtiéndose en la primera mujer escritora de Chiapas. Una de sus mejores amigas fue la también poeta Dolores Castro, y otro de sus grandes amigos fue el poeta chiapaneco Jaime Sabines.

El legado de Rosario Castellanos se extiende a diversos géneros como la poesía, la novela, el ensayo, la dramaturgia y el periodismo, donde profirió una crítica aguda a las desigualdades y a la exclusión social con lucidez, valentía y sensibilidad. Con una mirada crítica e innovadora logró articular, desde la literatura y la reflexión filosófica, una visión compleja y profundamente humana de la realidad mexicana.

Ya en 2017 en Comitán, Chipas, se inauguró un Museo con su nombre, en una casona que data del año 1900, y marzo de esta año, en el mismo lugar, Comitán, se abrió  la Universidad Nacional Rosario Castellanos.

La exposición de San Idelfonso ofrece un descubrimiento a su dimensión más íntima, revelando aspectos poco conocidos de su vida a través de documentos, objetos personales y fotografías mantenidas en resguardo por su hijo, Gabriel Guerra Castellanos, quien los comparte generosamente, conformando un archivo único que se presenta por primera vez al público. Asimismo, incluye las ediciones originales de sus libros, una selección de audios y otros materiales audiovisuales.

Este tiempo se ha presentado actividades como una oportunidad para leerla y releerla como la mujer que sigue preguntando y que, por qué y nos obliga a reflexionar. Por su parte la Secretaría de Cultura, el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, Canal 22, la Cineteca Nacional,  la Secretaría de Relaciones Exteriores y el Fondo de Cultura Económica han contribuido al homenaje con conferencias, ciclos de cine, presentaciones editoriales, recitales de poesía, lecturas dramatizadas, conciertos, talleres y conversatorios, que seguirán durante 2025 y  hasta marzo de 2026.

Entre las próximas actividades están el ciclo “Rosario Castellanos 100” en la Cineteca Nacional, los miércoles del 9 de julio al 6 de agosto, con funciones gratuitas basadas en sus obras, con la participación de un especialista invitado diferente cada presentación. Además, como parte del ciclo “Ellas en el cine mexicano”, el viernes 18 de julio se proyecta El secreto de Romelia (1988), de Busi Cortés, que se basa en el cuento El viudo Román de Castellanos, en la Biblioteca de las Artes, en colaboración con el Centro de Capacitación Cinematográfica.

En cartelera de la Cineteca Nacional de las Artes está Los adioses, que se adentra en la vida íntima de Rosario Castellanos y su historia de amor con el filósofo Ricardo Guerra. Asimismo, en el Colegio de San Ildefonso, se presentan funciones especiales de Balún Canán (20 de julio) y Oficio de tinieblas (3 de agosto), junto con otras cintas y documentales dedicados a explorar la vida y obra de la escritora.

Rosario Castellanos fue, ante todo, una lectora apasionada y curiosa, capaz de perderse en las palabras para volver con preguntas más hondas. En Lecturas tempranas, ensayo incluido en Mujer que sabe latín, evoca “los personajes de Perrault, cuyos libros de cuentos me regalaron mis padres”, o narra cómo su padre le leía Las mil y una noches, con lo que revela el vértigo y la intimidad de los libros que la formaron.

Su mirada era exigente y lúcida: buscaba en la poesía belleza y rigor e inteligencia. Admiraba Muerte sin fin, de José Gorostiza, “el poema mexicano por excelencia”, y reconocía en Sor Juana Inés de la Cruz una voz hermana, aunque más rica en simpatía humana. Entre los poetas extranjeros, declaraba su predilección por Paul Valéry y T. S. Eliot.

Su obra transitó todos los géneros –poesía, novela, cuento, ensayo, dramaturgia, periodismo– con una voz crítica, irónica y compasiva, siempre atenta a la desigualdad y a la dignidad de las palabras. Su voz sigue interpelando a nuevas generaciones de lectoras y lectores, con una obra que combina sensibilidad, rigor y un pensamiento crítico que no ha perdido vigencia.

En septiembre se presentará en el Palacio de Bellas Artes Rosario Castellanos: Palabra que arde, un libro con 35 poemas traducidos a lenguas originarias de Chiapas, acompañado de registros sonoros y fotografías inéditas. Participan poetas-traductoras como Adriana López (tseltal), Susana Bentzulul (tsotsil), Lyz Sáenz (zoque), María Bertha Sántiz (tojolabal) y Estela Mayo (ch’ol).

“Muchas de las fotos para el libro nos las compartió con generosidad el maestro Guerra. Podremos escuchar, entre otros poemas, Nostalgia, de Rosario Castellanos, en tojolabal”, adelanta la también poeta Nadia López García.

El Canal Veintidós lanzó el videopódcast “Sobre cultura femenina: un acercamiento a Rosario”, en el cual se retoma su tesis de maestría para conversar con diversas mujeres del ámbito cultural y reconstruir así la figura de Rosario Castellanos como escritora, poeta, dramaturga, académica y diplomática. Se transmite los viernes hasta el 29 de julio a las 19:00 horas. Y se mantiene abierta hasta el 31 de julio la convocatoria “Apuntes de Rosario”, que invita al público a enviar videos breves en los que se lean fragmentos de su obra. Los tres mejores oradores verán sus videos difundidos en redes sociales y en la programación del canal.

Por su parte la Compañía Nacional de Teatro del INBAL y Teatro UNAM se suman a través del ciclo “Vindictas a la luz” para presentar Prendida de las lámparas, un homenaje escénico que explora la vida y la obra de Rosario Castellanos desde la teatralidad y la poesía. Escrita por Elena Guiochins y dirigida por Mariana García Franco, la puesta en escena combina textos dramáticos con poemas de Castellanos para construir un viaje retrospectivo, ambientado en el desierto de Israel.

En marzo la Coordinación Nacional de Literatura del INBAL inauguró el primer Espacio de Lectura Conmemorativo Rosario Castellanos en el CEDART Frida Kahlo. Jóvenes escriben y editan sus propios textos inspirados por la autora, la idea es que todas las escuelas de nivel medio superior del INBAL cuenten con un Espacio de Lectura Conmemorativo Rosario Castellanos y un acervo bibliográfico de literatura mexicana con programación mensual.

El homenaje estructurado en tres grandes ejes que, sintetizan su legado: primero, abrir camino a muchas escritoras al demostrar que podían habitar todos los géneros –no solo la poesía, sino también el ensayo, la narrativa y la dramaturgia–; segundo, su vocación de promotora cultural que centró la atención en los pueblos indígenas y sus lenguas, al generar un referente vigente hasta hoy, y tercero, los temas que llevó al debate público, como la participación de las mujeres en la cultura y la vida social.

Rosario Castellanos convivió con grandes figuras de la literatura mexicana del siglo XX: maestros, colegas, discípulos y amigos como Agustín Yáñez, Juan Rulfo, Luisa Josefina Hernández, Emilio Carballido, Jaime Sabines, Sergio Galindo, Sergio Pitol, Dolores Castro, Raúl Ortiz, Augusto Monterroso, Ernesto Mejía, Ernesto Cardenal, Efrén Hernández, Margarita Michelena, Julieta Campos y Elena Poniatowska.

Recordarla es escuchar el eco de quienes supieron reconocer su valor. José Emilio Pacheco habló de “su extraordinaria conciencia de la doble condición de mujer y mexicana, convertida en el material vivo de su obra”. José Joaquín Blanco la vio como “una historia de soledad y voluntad férrea, consciente de la hostilidad del medio que la rodeaba”, como se publicó en El Porvenir el 6 de junio de 1989 en la columna “Ellas, las número uno”.

Octavio Paz, en el prólogo a Poesía en movimiento (1966), describió su estilo como “llano y sentencioso, equilibrado entre pasión y pensamiento”. Andrés Henestrosa la consideraba una “excelente poetisa y novelista superior”. Eduardo Mejía subrayaba “la ironía de su visión sobre la sumisión y la rebeldía, logrando un equilibrio entre lo lírico y lo narrativo difícil de igualar”. Emmanuel Carballo la reconocía como “precursora del feminismo en México, no sólo por sus ideas sino por el rigor con que asumió su papel intelectual”.

Elena Poniatowska –en el conversatorio “Rosario Castellanos: Mujer de palabras y miradas”, realizado en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes el 25 de mayo de 2025– la evocó con cercanía y afecto: “Un gran mérito de ella fue no tomarse en serio, no creerse más que nadie. […] Era tan entrañable, la queríamos tanto, que a su muerte todos tuvimos muchas ganas de decir: ‘¿pero por qué nos haces esto?’. Nos hace mucha falta, Rosario Castellanos”.

Castellanos se sintió atraída por la luz. En una conversación con Emmanuel Carballo –publicada en El Nacional en 1984– reflexionaba sobre su trayecto como poeta. Admitía haber comenzado con “una poesía subjetiva, de experiencias personales pudorosamente disfrazadas”, pero con el tiempo se atrevió a incorporar la colectividad como “materia entrañable”.

Para ella, la poesía era mucho más que un género: “Un ejercicio de ascetismo, un intento de llegar a la raíz de los objetos”. Era capaz de aproximarse a la filosofía, porque ambas buscan “llegar a lo esencial”. Veía en la metáfora su principio de identidad y sostenía con convicción: “La inteligencia es un elemento que no puede ni debe faltar en la poesía”.

Su mirada sobre el amor era igual de lúcida y descarnada: “Un fenómeno esencial de la naturaleza humana, no un estado de ánimo que pueda durar uno o más minutos”.

Reconocía haber escrito “poemas de amor con cenizas”, describiéndolo como algo trágico, que “rompe el egoísmo que nos protege de las heridas” y nos obliga a exponernos al otro. Su aspiración última era lograr: “Ese tipo de poesía que lleva la inteligencia a alcanzar un grado de combustión luminosa”.

Rosario Castellanos murió el 7 de agosto de 1974 en Tel Aviv, Israel, donde ejercía como embajadora de México en en dicho país, en un accidente: intentaba prender una lámpara cuando sufrió una descarga eléctrica. Su chofer, que se encontraba a su lado, logró desconectar el aparato y llamar a una ambulancia que la trasladó al hospital local, pero Rosario falleció en el trayecto. Eran las 22:00 h en Tel Aviv, 14:00 h en México.

Ricardo Garibay describía el silencio absoluto que siguió a la noticia de su muerte en la redacción de Excélsior, mientras Julio Scherer estaba “verdaderamente derrumbado”. Su amiga Dolores Castro evocó su partida como “un mazazo. Es como quedarse hablando sola”.

Rosalía Muñoz de Chumacero, por su parte, escribió sobre el contraste irónico entre su vida y su muerte: “Sabemos que al dejar de existir físicamente por tan trágico suceso, ella entró para siempre a la luminosa inmortalidad de quienes, por su obra, se hacen eternos”.

En la esquela oficial del Gobierno de México se lamentaba su fallecimiento como una pérdida nacional. Su féretro, envuelto en la bandera nacional, fue recibido en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México por intelectuales, diplomáticos y su familia. Desde Israel, el gobierno brindó todas las facilidades para el traslado y en el aeropuerto de Tel Aviv se realizó una ceremonia solemne con coronas enviadas por la ex primera ministra Golda Meir, el presidente de Israel y representantes del cuerpo diplomático.

Castellanos, en México, fue velada en la Secretaría de Relaciones Exteriores, homenajeada de cuerpo presente en el Palacio de Bellas Artes –en el que destacaron su rigor intelectual, su compromiso con los marginados y la vigencia de su palabra–, y finalmente sepultada en la Rotonda de las Personas Ilustres del Panteón Civil de Dolores.

En agosto de 1984, a diez años de su muerte, se creó un ciclo de mesas de reflexión en su honor. Elena Poniatowska leyó un texto en el que recreaba con crudeza el momento del sepelio: “Cuando un grupo de amigos y admiradores de la escritora presenció cómo su féretro descendía para después ser cubierto por una tierra húmeda y casi lodosa, porque no habrá dejado de llover durante todo el sepelio. Una muchacha lloraba y repartía entre los asistentes la biografía de Castellanos diciendo a todos: ‘¡Para que no la olviden!’”.

La vida y obra de Rosario Castellanos esta también en una biografía de reciente aparición Rosario Castellanos. Materia que arde , de Sara Uribe y la ilustradora Verónica Gerber. El libro tiene como propósito acercar a nuevas generaciones a la vida y obra de Castellanos «es para cualquier lector que no conozca mucho la obra de Rosario Castellanos. No creí que al releer todas sus obras —que me tomó año y medio— tenía que incluir todas sus obras, pero así fue». Sobre el título de la obra, la poeta Uribe señaló que el fuego es una metáfora importante en la escritura de Rosario Castellanos, ya que a lado de este elemento siempre aparecen revelaciones: “El fuego es un elemento revelador en su obra, que habla de la pasión con la que ella vivía −sus anhelos, sus deseos, sus búsquedas, su propia vida personal−, pero también es un elemento que iluminan cosas que a primera vista no se ven -tanto el fuego. como el relámpago- Por eso es que quise ponerle Materia que arde ”.

Rosario Castellanos fue una mujer independiente, trabajadora, inteligente, adelantada a su tiempo, pero enamorada que sufrió por amor; su «independencia» ha llevado a definirla como feminista, pero en realidad nunca fue su intensión serlo; escribió de los indigenas no como un propósito per se, si no porque fue lo que le tocó vivir; vivió en un lapso en el que en las universidades había muchos más hombres que mujeres; viajo a España a estudiar, junto con Lolita Castro; y trabajó toda su vida, en un momento en que la mayoría de las mujeres dedicaban su tiempo a labores las  domésticas y los hijos, ella prefirió la escritura. Fue diplomática porque la circunstancias laborales le dieron esa oportunidad, pero su sentido de vida estuvo siempre en la escritura.

Acerca del autor

Leave a Reply