Skip to main content

Y ocurre de nuevo que la secretaria de cultura federal está feliz porque halló el remedio para el desastre de la educación artística: Aliarse con la SEP…

Ocurre que los antiguos comediantes se formaban en las tablas, las plazas y los caminos que recorrían para decirle a sus congéneres algo que ignoraban de sí mismos porque la comedia clásica se encargaba de mostrarles sus defectos, sus vicios y su mano larga con las mujeres, mientras que la tragedia los deprimía contándoles la historia de un rey que mató a su padre y casó con su madre por culpa del destino que juega con la criatura humana.

En el esplendor de la comedia isabelina en Inglaterra y de la comedia española en España y en América, los comediantes actuaban para la nobleza pero eran proscritos sociales. Abajo del escenario las actrices solo podían ser unas furcias y los actores unos descastados. Fue hasta finales del siglo XVIII y en la lejana ciudad de Moscú donde el célebre director ruso Constantin Stanislavski sentenció que la preparación del actor requiere de un método científico que fue uno de los orígenes de la pedagogía del actor en el mundo occidental desde entonces al final del siglo XX.

La equivocada interpretación del Método comenzó por su traducción y se magnificó en el Actor’s Studio de Nueva York fundado por Lee Strasberg y Elia Kazán en 1949. Ambos directores sacaron sus conclusiones del Método, ya pervertido por la traductora, para meterle la intensidad de un mundo que apenas salía de la mayor matanza de la humanidad, como fue la segunda guerra mundial, Y el resultado fue Marlon Brando, Paul Newman, Anne Brancfort, Marlyn Monroe, Jane Fonda, Al Pacino, Dustin Hoffman, De Niro y el resto de las estrellas de Hollywood que le dieron al Método su globalización. Porque la mayoría de esas y esos comediantes llegaron a Hollywood por el teatro, pero fue la meca del cine la que les dio la fama.

En México tuvimos a uno de los pocos alumnos directos de la Escuela de Arte de Moscú que salió al extranjero, el intenso maestro Seki Sano que presumía de haber tenido al menos cinco mil alumnos en México y Colombia, adonde fue expulsado por haber dicho públicamente que doña Teresa Montoya, la máxima diva del medio siglo XX mexicano, era una cacatúa que gritaba como desenfrenada y el teatro que hacía, un melodrama inmundo. El caso es que todos los que eran algo en el “teatro de ideas”, como se decía entonces en el México de fines de los 50 y 60, fueron alumnos de Seki.

 

 

 

Ahora sé que el teatro de la UNAM de 1975 a 1990 fue un movimiento más coherente y productivo artística y pedagógicamente que Poesía en Voz Alta, que es su antecedente inmediato, primero porque Héctor Mendoza y Juan José Gurrola comenzaron ahí, mientras que Ludwik Margules y Alejandro Luna estuvieron ahí. Así que siendo tan diferentes, los cuatro pilares del teatro UNAM de finales del siglo XX compartían la convicción de que el director y no el dramaturgo era el creador escénico; salvo Alejandro Luna, que que le daba a cada parte de ese todo que es el teatro, su propios sitio. Aunque los cuatro sabían de cierto que sin el actor no hay teatro. Así cada uno, según su temperamento, sostuvieron con “sus” actores una dominación emocional que acaso ellos propiciaban pero sobre todo que los actores no sólo permitían sino que se ponían de pechito porque tenían en la sala de ensayos al padre, el terapeuta, el oficiante, acaso el amante secreto, Salvo Alejandro Luna a quien sólo le interesaba el último ejercicio.

Como se agota el espacio, debo agregar que comencé esta reflexión por la crisis pedagógica que azota a la educación pública en general y a la educación artística en particular. Ese estado de emergencia ha sido constante pero alcanzó la catástrofe en el gobierno del señor López Obrador, tanto en el Conservatorio Nacional de Música, que está en ruinas, como en la Escuela Nacional de Teatro, que está ciscada (Ciscado, verbo transitivo que implica equivocación, inhibición, evacuación del vientre). Y ocurre de nuevo que la secretaria de cultura federal está feliz porque halló el remedio para el desastre de la educación artística: Aliarse con la SEP que es la culpable de esa calamidad, como puede comprobar cada uno de ustedes recordando que aprendió de música en sus seis años de primaria y tres de secundaria.

Para que la regla sea real requiere la excepción. Tengo la esperanza de que alguno de ustedes haya comenzado ahí su carrera de concertistas de violonchelo, pero cada vez que escucho el himno nacional en un estadio con mexicanos, sé que la educación artística de la SEP no alcanza ni para entonar el himno patrio, como lo hacen los europeos, por ejemplo, o los africanos, que tienen el ritmo en la sangre. Ya hablaremos de eso. Por lo pronto, la amenaza de estos días festivos tiene otro nombre: se llama Guadalupe y de apellida Reyes.

 

Acerca del autor

Leave a Reply