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El pasado 24 de febrero Teatro El Milagro ofreció un homenaje a la vida y la obra, -no del último caudillo cultural de nuestro teatro, pero sí del último cacique del teatro institucional patrocinado con fondos públicos-, que por la emotividad del gentío que acudió a felicitarlo se convirtió en un adoratorio singular, muy acorde con la vocación religiosa de este autor, director, maestro, pedagogo, actor y gestor de instituciones  que ha dejado la vida en ese espacio vacío que llamamos teatro.

En días marcados por la muerte del narcotraficante más poderoso del mundo, aquella congregación de amigos, alumnos, admiradores y pares de Luis Fernando de Tavira protagonizó un acto de amor a la inteligencia, el empeño, la audacia y la poíesis de un seminarista que halló en la liturgia religiosa su vocación artística. Precisamente su formación jesuítica marcó la diferencia en ese conglomerado variopinto de mujeres y barones seducidos por la invención dramática de los años 70, porque los jesuitas se distinguían por el rigor la profundidad y la duración de sus estudios, antes de ser consagrados sacerdotes.

omo Novicio Luis Fernando tuvo dos años para indagar la espiritualidad de San Ignacio de Loyola y la propia. En el Juniorado estudió filosofía, literatura y humanidades, aunque no estoy seguro sí hizo los votos de pobreza, castidad y obediencia para entrar a la fase siguiente, que es la del Magisterio, o si fue ahí donde enfrentó el dilema de obedecer la orden de sus superiores de abandonar sus pininos teatrales. Como fuera, ese voto de sometimiento a la autoridad del Papa que los jesuitas debían jurar además del voto de obediencia común a todas las órdenes religiosas, influyó sin duda en el director de teatro, el formador de comediantes y el utopista que buscó diversas formas de fundar su falansterio.

Aunque sus primeros montajes tuvieron un formato cuasiliturgico, Tavira encontró en Brecht la herramienta para socializar su labor artística, no por oposición a la fe sino como una extensión de la creencia en el bien común que predicó la Teología de la Liberación. La Casa del Teatro, San Cayetano y el Centro Dramático de Michoacán (CEDRAM) pretendieron formar congregaciones acéticas en pro de la verdad poética del mundo. Aunque de las reuniones nacionales en Pátzcuaro lo que se me gravó en la memoria fue la imagen de Francis Mor, actual secretaria de cultura de la ciudad de México, diciendo a mi lado: “Si Tavira vuelve a decir la palabra poíesis le aviento un zapatazo.”

Como director de escena de Tavira fue nuestro Peter Stein por su interés en el teatro alemán de los años 80 y 90 y en razón de los presupuestos monumentales de algunos de sus montajes, que, sin alcanzar las cifras astronómicas de los directores europeos, estuvieron muy por encima de las producciones públicas nacionales. Sin embargo, a mí y otros colegas el montaje que más nos motivó de la amplia obra de Luis Fernando fue su versión de la Suave Patria de López Velarde, un cuadro intimista bajo la sombra de Kantor.

La celebración de El Milagro demostró la influencia que ha tenido Tavira en el teatro mexicano de entre siglos, y el interminable y cálido aplauso que cerró los elogios vertidos por Marina de Tavira, David Olguín, Philipe Armand y Gabriel Pascal, fue el reconocimiento de una grey que ha recibido de diversas formas la experiencia, el discernimiento y la indagación sobre la conducta humana del maestro de Tavira, una de las figuras mas poderosas del teatro público que con sus 60 años de oficio teatral justifica el adjetivo tavireano como una escuela y una corriente del pensamiento en la que el ensayo de los montajes es el equivalente al rigor del noviciado, y el montaje en sí, un acto sacramental.

A partir de José Vasconcelos Enrique Krauze llama Caudillos Culturales a personalidades como Vicente Lombardo Toledano y Manuel Gómez Morín por el legado que dejó su vida y su obra. En el teatro tal vez podamos poner en esa lista a Rodolfo Usigli, pero nada más porque a partir de Héctor Azar nuestros proceres de la ficción dramática son más bien caciques culturales porque tanto en la UNAM como en el INBA fueron los mandones del presupuesto. Héctor Mendoza heredó el puesto de Azar y Tavira el de Mendoza, y todos ellos, incluyendo a Ludwik Margules. Lo ejercieron para su grupo, su claque, su pandilla, como caciques culturales.

Toda la obra de maese de Tavira y todas las iniciativas para formar comunidad teatral fueron patrocinadas por las instituciones, es decir, con fondos públicos. Cierto que el estado tiene la obligación de hacerlo, pero uno entre mil no es sólo una excepción sino un privilegio. Mese de Tavira supo contar con ese privilegio toda su carrera. ¿También hay que aplaudirle por ello? Ya vimos que sí.

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