El siete de marzo del 2006 murió Ludwik Margules, y su hija Lydia con el apoyo de las coordinaciones de teatro del INBA y la UNAM, mas el concurso del CITRU, hicieron un memorial cálido, lúcido y por fortuna disfrutable en vivo o grabado, por sus 20 años de ausencia. En suma, lo que dijeron las actrices, los actores y directores que participaron en el recordatorio fue que Margules es nuestro contemporáneo. Esa verdad me recordó que yo tengo un ensayo prácticamente inédito -porque sólo se leyó una vez en la Catedra Ingmar Berman que la doctora María Teresa Paulin sostiene con el apoyo de la Universidad Autónoma de Hidalgo-. Escuchar a Lorena Maza, David Holguín y Mauricio Jiménez hablas de su maestro y amigo fue gratificante, aunque entendí que mi privilegio con Ludwik fue no se su alumno ni su colaborador, sólo su amigo. Eso me permitió compartir con él algunas experiencias vedadas para sus colaboradores por su carácter etílico y personal. He aquí el fragmento de un capítulo sobre eso de ser contemporáneos en el arte de mentir la vida, para revelarla, haciendo teatro.
Fausto, la tragedia de Cristopher Marlow, fue el principio de una honda reflexión de Ludwik Margules sobre la vida en el teatro. Antes que en Camus Margules halló en Marlow la subversión del hombre rebelde, del santo maldito, del blasfemador de lo sagrado que pertenece, para decirlo con Ludwik, “a la corriente negra de los grandes transgresores de la cultura, como Ben Jonhson, François Villon, Jean Genet”. El teatro de Cristofer Marlow le dio a Shakespeare y el bardo inglés lo llevó a Jan Kott, el crítico polaco que nos ayudó a descubrir que el autor del Rey Lear era nuestro contemporáneo.
La hermenéutica de Kott sobre la obra de Shakespeare modificó la visión que tenía la gente de teatro sobre el autor emblemático del teatro isabelino, porque el critico polaco leyó a Shakespeare en clave existencialista y descubrió que los personajes del autor de Hamlet sufrían la misma neurosis del hombre del siglo XX, que a su vez luchaba por el poder con la misma crueldad que los isabelinos. Margules sabía que Kott luchó contra los nazis y fue parte de la resistencia polaca, más cuando la URSS se adueñó de Polonia fue un férreo defensor del estalinismo, y para su infortunio, dejó prueba de ello en un manifiesto donde le exige al teatro estar al servicio del partido comunista y de su máximo líder. Cuando murió Stalin Kott renunció al partido y comenzó una critica al sistema que lo obligó a emigrar a los Estados Unidos donde falleció.
Yo ignoraba la militancia estalinista del paisano de Margules cuando Ludwik me invitó al departamento de soltero que tenía en la colonia Hipódromo Condesa, para hablarme de Kott. Margules ya estaba casado con Lidia, a quien amó hasta su muerte, pero él y un grupo de amigos polacos tenían al inicio de los años 80 aquel refugio más para la tertulia que para el fornicio, aunque a veces se colocaba en la puerta un letrero que decía: “Wstep wzbroniony”. Prohibida la entrada.
Fueron los años en los que beber con Ludwik era una cuestión de fondo, de fondo de botella porque compraba un litro de vodka para él y otra para su invitado. En su español ladino Margules hizo aquella noche una exposición formidable no solo de Shakespeare, nuestro contemporáneo, sino de El manjar de los dioses, el ensayo sobre el teatro griego en el que Kott sigue los pasos de su Best Seller sin lograr el mismo efecto. Como eran tiempos previrtuales sólo Margules había leído entre nosotros aquel ensayo editado en inglés en 1973, doce años después de su hito literario que salió a la luz en 1961. Y puesto que Polonia no existe, como afirma Hamlet al decir que es un territorio imaginario, sólo Margules conocía la debilidad de Kott por el padrecito Stalin que mató a más compatriotas suyos que la guerra.
Y como no se bebe una botella de vodka polaco impunemente, luego de alabar a Kott sin mesura, comenzó a maldecirlo por culero. Aunque es poco probable que Ludwik haya pronunciado esa palabra porque es un mexicanismo y Margules maldecía en términos castellanos en desuso, pero el sustantivo resume la serie de imprecaciones que el polaco Margules soltó sobre el polaco Kott, a quien consideraba su maestro en Shakespeare. Ahí aprendí que el intelecto puede separar lo personal de lo histórico, lo ideológico de los artístico, pero el corazón borracho de vodka no.
Margules era un rencor vivo -para decirlo con Juan Rulfo- porque le ardía la vida y solo en el escenario podía aliviar esa carga soltando electricidad a diestra y siniestra en los ensayos. De ahí que cada montaje fuera para Ludwik un compromiso de vida tan a fondo que varias veces fue para él un compromiso de muerte. Suena retórico, pero quien ensayó con Margules sabe que es una frase verídica. En cuanto a esa noche que el vodka no pudo borrar de mi memoria, terminó cuando Ludwik comenzó a hablar en polaco y en ruso, y como en el breve y luminoso poema de Paz sobre las estrellas, sin entender nada comprendí todo.






