Quería terminar el año con una glosa de la Poética de la Precariedad, el ensayo de Enrique Olmos premiado por el Centro de Investigación Teatral Rodolfo Usigli por su aporte a la indagación de cómo los artistas que trabajan por su cuenta viven de milagro, pero ya son muchas las calamidades que he reseñado en estos doce meses en el contrastante campo de la cultura, así que mejor despido el 2025 con el recuerdo de dos hombres de teatro que dejaron su huella en el teatro y en mi vida.
Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio (LEGOM) y Ludwik Margulles Coben nacieron el tres y el quince de diciembre, respectivamente, así que son Sagitarios, como yo. Que mi primera evocación de estos seres indómitos sea el signo zodiacal puede parecer una broma, y lo es porque ambos odiaban la banalidad, pero no el augurio puesto que fueron profetas del teatro en la vena de Diógenes de Sinope, llamado el “filósofo perro” porque practicaba la parresia – que en griego quiere decir “hablar con franqueza”-. Luis Enrique lo hacía a la manera cínica de Diógenes, sin pudor alguno por el prójimo. Con su español arcaico Ludwik era un pícaro del siglo XVI en privado, delicioso en sus sentencias sarcásticas contra sus colegas y las posturas institucionales del medio cultural, aunque en público era muy comedido en sus comentarios.
Ludwik nació en 1933 y Luis Enrique en 1968. El director polaco murió en el 2006, el autor tapatío en el 2022. Nunca se conocieron personalmente, pero ambos estuvieron juntos por mi porque desde que conocí a Luis Enrique en el 2003 Margulles fue un compañero de mesa. Legom fue un lector voraz y un espectador atento del acontecer cultural, primero desde Querétaro y luego en Xalapa y Coatepec, y sabía con tino quién era ese polaco magnifico como director de escena y maestro, así que se deleitaba con las anécdotas que le contaba una y otra vez de Margulles acostando a sus discípulos en La Paz, Baja California, con los ojos cerrados y en concentración extrema, para bajar a comerse seis tacos de camarón en aquellos soñados carritos de mariscos en las calles de La Paz de los años 90.
Hay un episodio de mi trato con Ludwik que poco he contado porque aun hoy no tengo claro qué pasó en esos tres meses de vino y rosas en una casa de la Colonia Roma -o Hipódromo Condesa-, en donde compartí sobre todo el Vodka con una grupo de polacos de edad media que desataban sus demonios en esas reuniones que comenzaban en español para mi porque tanto las damas como los caballeros me dirigían la palabra en mi idioma, pero a la primera caja de Vodka yo tenía que interpretar quien estaba maldiciendo contra el régimen polaco del general Jaruzelski, o reclamándole a su colega porque se quería cepillar a su mujer, o sospechando que había algo ahogado en ellos que solo los desterrados de la tierra pueden compartir. De ahí a decir que nunca conocí a Margulles, pero tuve profundos destellos de quien era esa bestia tierna de hombre que entregó literalmente sus entrañas al teatro, es decir lo cierto.
Nadie que no se conozca a si mismo puede decir que conoce a un semejante, y como según Diógenes el Cínico nadie sabe realmente quien es, no puedo decir que conocí a Legom del todo. Pero a veces fue mi hermano, otras mi padre, algunas mi padrino y siempre mi cómplice. Sabía mucho más de teatro que yo que había viajado mucho más que él y conocido en persona a dramaturgos que él solo había leído. Digo “solo” y me apeno porque Luis Enrique era contemporáneo de Esquilo y cuando bebía se embriagaba con Cristopher Marlow en la taberna donde perdió la vida el autor de Tamerlán el Grande y El judío de Malta, dos obras que fueron el modelo del primer Shakespeare.
Legom irrumpió en el siglo XXI par darle un giro al fondo y la forma de la dramaturgia de su lugar y su tiempo. Su teatro era tan inmediato, tan descarnado que parecía espontaneo, aunque había mucha teoría en esa economía de lenguaje y en esos guioncitos que sustituyeron el nombre de los personajes. Experto en las diversas formas de construir un personaje formó el suyo como un hombre intransigente con la estupidez humana. La enfermedad renal que lo llevó a una muerte prematura le dio la libertad de llamar a los impedidos por algún defecto físico o mental por su nombre propio. Para él un invidente era un ciego, una mujer sin una pierna una coja, un guatemalteco un guatemalteco y un pendejo un pendejo. Como amó más a los perros que a los hombres nos retrató sin piedad sin ocultar su debilidad por los marginados sociales, esos seres de la orilla que como él debían conectarse tres veces a la semana a una máquina de trasfusión sanguínea para sobrevivir.
En el mes de su nacimiento extraño a estos dos sagitarios que lanzaron su flecha al corazón del teatro atravesando muchos corazones en su vuelo, entre ellos el mío.





