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En donde estaba Cutberto López había borlote, bulla, algarabía. Alto y ancho como era este hombre de teatro nativo del estado de Sonora, su risa era decibélica, estridente, estrepitosa. Su ruidosa cordialidad lo convirtió en un referente para la Muestra Nacional de Teatro en donde me enteré que era un prolífico dramaturgo que trabajaba para difundir las acciones culturales de la Universidad de Sonora. Ese fue el motivo de la distancia que marcó conmigo cuando coincidimos en San Luis Potosí. No su puesto ni la Universidad, sino el hecho de ser el antagonista del dramaturgo Sergio Galindo, también sonorense y cabeza del grupo que mantenía un pleito soterrado con el grupo universitario que comandaba Cutberto.

Yo conocí a Sergio desde los años 70 en la ciudad de México y cuando regresó a Hermosillo seguí su desarrollo como dramaturgo, actor y director de escena, mostrando públicamente mi entusiasmo porque su teatro se sumergió en la cultura popular de la sierra y en los mentideros de la ciudad, así como en los conflictos sociales de sus coterráneos, cuya traslación al teatro le dio reconocimientos locales y nacionales. Aunque a finales del siglo XX el teatro en Sonora andaba de capa caída porque no había dinero público para el teatro y Sergio tuvo la ocurrencia de hacer una farsa descaradamente sonorense llamada, Güevos rancheros, que tuvo un éxito tan contundente que 25 años después sigue llenando el local cuando se repone. Pero a Cutberto le pareció que el recurso carpero del texto y el montaje era inadmisible, y marcó la raya con su paisano.

Yo desconocía esta discordia y juzgué que su sequedad conmigo era porque le caía mal y punto. En el 2006 se estrenó en la UNAM Yamaha 300 dirigida por Antonio Castro y como tantos espectadores texto y montaje me parecieron magníficos y así lo dije en La Jornada. A la siguiente Muestra Nacional de Teatro Cutberto me invitó un mezcal y ahí descubrí que él no tomaba así que su desparpajo era de puro oxígeno, Me alegró que sin ser amigos no me considerara un enemigo aunque fue muchos años después, estando como jurado en una Muestra Estatal de Teatro en Hermosillo, que entendí las raíces del conflicto entre el grupo de Sergio Galindo y el de Cutberto López, que ya había trascendido a sus hijos porque eran ellos y no sus padres quien ahora competían por el lugar de honor en el pódium de la opinión pública.

En breve, Cutberto consideraba que Sergio arrasaba en su tierra con premios y apoyos públicos más por sus relaciones con los precisos que por su mérito artístico. Así que él hizo fama en el coto universitario y en otros lares, Monterrey entre ellos. Afortunadamente antes de la Pandemia coincidí con Cutberto como jurado del premio para obra dramática que instauró Medardo Treviño -otro incansable autor, director y promotor del teatro del norte-, en Coahuila, y en ese trance pudimos conversar ampliamente del teatro y de la vida, de manera que mi último recuerdo de él se asemeja a la multitud de reconocimientos y elogios que ha recibido por la noticia de su muerte. Mejor dicho, que no ha recibido porque murió antes de poder leerlos.

Lo que sí recibió un mes antes de su fallecimiento fue el homenaje por sus 40 años de teatro que le dio el Instituto Sonorense de Cultura. Sin duda, un dramaturgo que escribió más de 100 textos dramáticos y que amó al teatro tanto como a la vida deja el telón abierto para visitar algunos de los 57 textos que alcanzó a publicar. Quedan también en el archivo de la memoria obras como Yamaha, para decir que Cutberto López no pasó en balde por los escenarios de la ficción, que suelen ser mas reales que la realidad misma.

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