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Tzompantli un réquiem que resignifica la muerte como acto de resistencia.

“La memoría personal es frágil, la memoria social, la memoria colectiva, es duradera, y pasa de generación en generación. Pinto para no olvidar, para iluminar estos tiempos oscuros que me ha tocado vivir”.

Siguiendo esta línea de diálogo entre historia, sociedad y expresión artística, San Ildefonso exhibe Tzompantli (3.10 por 11 metros) obra monumental de Gustavo Monroy, un artista que ha desarrollado un lenguaje visual propio que, con crudeza y sensibilidad, entrelaza memoria y presente. Su propuesta trasciende la contemplación estética: busca confrontar al espectador con las huellas de la violencia que atraviesa el México  actual, invitándolo a reconocer en las imágenes el eco de una herida compartida.

Gustavo Monroy retoma la referencia visual del “Huey Tzompantli”, resaltando la brutalidad y solemnidad de la muerte para transmitir la idea de un sacrificio colectivo y evocar el rol de los mexicas como guerreros al servicio de sus dioses. Mediante una composición que estratifica paisajes y capas temporales, el mural vincula el pasado prehispánico con la actualidad, recreando un territorio mexicano marcado por los restos simbólicos de quienes han fallecido a causa de diversos conflictos sociales.

“A raíz de este nuevo descubrimiento (hallazgo de una nueva sección del Huei Tzompantli) comencé a pintar una larga hilera de cráneos pensando en estas dos realidades: un estado de luto permanente por los muertos de aquellos días de pandemia y en nuestro pasado prehispánico”, contó el artista durante la inauguración.

El pintor Gustavo Monroy (Ciudad de México, 1959) es el segundo artista en participar en el proyecto del Colegio de San Ildefonso que consiste en exponer de manera temporal murales contemporáneos que dialoguen con el legado artístico del recinto. El primero fue el pintor y escultor Alberto Castro Leñero, cuyo mural Desplazamiento se exhibió del 29 de marzo al 28 de septiembre pasado. Ahora, itinerará al Museo Vivo del Mural.

El muralismo mexicano surgió en el Colegio de San Ildefonso en la década de 1920, impulsado por José Vasconcelos, quien convocó a Diego Rivera, Fernando Leal, Fermín Revueltas, Ramón Alva de la Canal, Jean Charlot, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco a pintar sus muros, lo que marcó el inicio de un movimiento artístico que transformaría la historia del arte en México. Aquellos artistas plasmaron el origen histórico y mítico de México, abordando temas como el mestizaje, la revolución y la clase obrera y consolidando al recinto como un espacio fundamental para el arte y la educación en el país.

A lo largo de más de cuatro décadas, Monroy ha construido una obra que, en sus propias palabras, puede entenderse como una auténtica “bitácora de la violencia” en México. La mayor parte de sus piezas reflejan problemáticas que no sólo atraviesan la vida del país, sino que también, son universales: migraciones, desapariciones forzadas, masacres, feminicidios, opresión e injusticia. En este contexto, Tzompantli se erige como un clamor por la justicia olvidada y por el derecho a la vida arrebatada. A través de la resignificación de la muerte ritual como ofrenda a Huitzilopochtli, la obra representa un desmoronamiento social y, al mismo tiempo, una forma de resistencia de la vida frente al olvido.

La obra comenzó a gestarse en 2020 y concluyó en 2025; en medio de la incertidumbre global provocada por COVID-19, el autor encontró su inspiración en el hallazgo de una nueva sección del Huey Tzompantli, descubierto por primera vez en 2015 en la calle de Guatemala No. 24, en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Ideada inicialmente como un tributo a los fallecidos por la pandemia, esta monumental pieza de óleo sobre tela de 3.10 metros de alto por 11 metros de largo, fue ampliando su significado hasta integrarse a la narrativa contemporánea, en la que se acumulan víctimas no solo del virus, sino también de violencias anónimas que forman parte de este altar simbólico de cráneos sacrificados. En este sentido, la inauguración del mural adquiere un valor histórico al coincidir con el décimo aniversario del descubrimiento de aquel vestigio arqueológico, pero también por responder a los reclamos sociales de verdad y justicia que en la actualidad enarbolan los colectivos de víctimas, madres buscadoras y defensores de los derechos humanos.

«Ya no es el Tzompantli Covid, sino que se convirtió en una pieza que abraza a los desaparecidos, (las víctimas de) los feminicidios, los muertos y la violencia general. Además, lo integro un poco al concepto (manejado en el Templo Mayor) y a figuras prehispánicas, como la serpiente, que es símbolo de fertilidad; lo trabajo como capas arqueológicas que van desde el Tzompantli original hasta nuestra época”, dijo en entrevista Monrroy.

La obra retoma el símbolo del tzompantli como una estructura ritual que evoca no solo la muerte, sino el ciclo permanente de vida, sacrificio y renacimiento.

“Las dos serpientes representan el viaje de la muerte hacia la vida. Es un canal simbólico, un Mictlán que conecta con la fertilidad”, explicó. En el basamento de la pieza se aprecian líneas de cráneos que dan origen a una narrativa visual que incorpora armas modernas, elementos naturales, ruinas y cielos humeantes: una metáfora del territorio mexicano atravesado por conflictos.

Es también una propuesta que recupera el espíritu didáctico del muralismo clásico. “No se trata de un mural que complique su lectura. Yo quiero que se entienda, que se reconozca la historia y la realidad que estamos viviendo”, afirmó Monroy.

Ubicada en el primer piso del patio principal del recinto, la pieza muestra un largo paisaje sembrado con hileras de cráneos, con esta intervención, Gustavo Monroy prolonga el pulso del muralismo del siglo XX, al convertir su trabajo en una resonancia de reflexión y en un llamado al compromiso social. Su pieza se erige como un réquiem, compuesto por cortes transversales del paisaje que recorren desde la época prehispánica hasta nuestros días, en un acto de expiación frente a las realidades que nos hieren y conmueven. La obra se integra al recinto mediante paneles móviles, para respetar la arquitectura del patio interior y en diálogo con los murales históricos de José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros, Fernando Leal, entre otros.

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Gustavo Monroy nació en la Ciudad de México en 1959 y estudió en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado La Esmeralda. Desde mediados de los años ochenta, su obra ha destacado en el ámbito nacional e internacional, formando parte de importantes museos y colecciones en México y Estados Unidos. Entre ellas se encuentran el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México, el Museo de Arte Contemporáneo de Aguascalientes, el Museo Nacional de la Estampa, el Museo Universitario de Ciencias y Artes de la UNAM, el Museo de Arte Contemporáneo Carrillo Gil, así como el Museum of Modern Art (MoMA) de Nueva York, el Museum of Art de la University of Arizona, el Latin American Art Museum de Long Beach, el Mexican Museum de California, el Princeton University Museum, el Museo Casa Diego Rivera en Guanajuato, el National Museum of Mexican Art en Chicago y el Museo Alfredo Zalce en Morelia, Michoacán.

Pintor, grabador y dibujante, Monroy ha participado activamente en la vida cultural del país, construyendo una obra que recupera la memoria de los tiempos violentos de México. Ha recibido diversos reconocimientos, entre ellos el Premio de Pintura de la IX Bienal Rufino Tamayo. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte y ha fungido como jurado en certámenes nacionales, como la XII Bienal Rufino Tamayo.

Acerca del autor

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