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El arte es premonitorio: En 1896 Alfred Jarry estrenó en París Ubu Rey, una parodia juvenil del Macbeth de William Shakespeare que el inventor de la Patafísica escribió en el liceo para burlarse de su maestro de física, y resulta que 130 años después ese personaje grotesco, narcisista, esquizofrénico y profundamente imbécil que anunció el dadaísmo, el surrealismo y el teatro del absurdo es hoy el presidente del país más armado y peligroso del mundo.

Como Ubu Rey el monstruo anaranjado gobierna con las tripas y su irracionalidad amenaza con destruir el mundo. Ojalá esta sentencia fuera una alegoría porque luego del ataque a Venezuela sabemos que es literal. Hace 87 años otro hombre blanco, narcisista, supremacista, racista y perturbado de la conciencia inició en septiembre de 1939 la invasión a Polonia y con ello la segunda guerra mundial que dejó entre 75 y 80 millones de muertos contando las secuelas de la bomba atómica.

Ante esta catástrofe artistas e intelectuales de Europa se preguntaron cuál es el sentido del arte ante la brutalidad y deshumanización de la guerra. Acaso Theodor Adorno pronunció la frase más radical al respecto al decir que escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie. Paul Celan, judío sobreviviente al holocausto respondió con Muerte en fuga, un poema que comienza así: “Negra leche del alba/la bebemos por la tarde la bebemos al medio día y en la mañana/la bebemos de noche/bebemos y bebemos y cavamos una tumba en el aire”. Como Celan era un poeta nacido en Rumania, pero de lengua alemana, idioma en el que esta escrito el poema, comentó que incluso en el idioma del verdugo se puede escuchar el grito de las víctimas.

Ahora que vemos en vivo y en directo la destrucción selectiva de la guerra del siglo XXI, resuenan las palabras de Walter Benjamin: “La humanidad… se ha convertido en un objeto de contemplación estética de sí misma. Su auto alineación ha alcanzado un grado tal que le permite experimentar su propia destrucción como un goce estético de primer orden”.

¿Qué podemos decir hoy, artísticamente hablando, sobre la violencia inaudita y masiva de nuestro tiempo? Ante la sentencia de Adorno el escritor alemán Gunter Grass sostuvo que no se debía dejar de escribir el poema sino cambiar el sentido de su escritura. Para Grass la literatura ya no podía ser bella y evasiva sino cruda y colérica. Así escribió El tambor de hojalata que le valió reconocimiento internacional.

Antes de la posverdad se podía recurrir a Bertolt Brecht para criticar al poder entre líneas o poniendo la acción en el pasado para aludir al presente. Ya no hace falta porque si eres el dueño de los tres poderes que instauró la Democracia para equilibrar el poder absoluto de Ubu Rey, puedes hacer mil denuncias en contra del abuso del poder, incluso presentar pruebas contundentes…, y nada sucede. Ya puedes gritar a los cuatro vientos de las redes sociales que el Rey está desnudo y solo escucharas su carcajada, lo mismo desde Washington que desde Palenque. Lo irónico es que el primer país en implementar la división de poderes fueron los Estados Unidos al final del siglo XVIII.

En su libro mayor, Los orígenes del totalitarismo, la filósofa de origen judío Hanna Arendt asienta que ante el horror y la maldad sólo queda la comprensión como una forma de resistencia. En su caso comprender no significa perdonar sino analizar la carga que nuestro lugar y nuestro tiempo ha colocado sobre nosotros.

En El invencible verano de Liliana, Cristina Rivera Garza toma las consideraciones de la Arendt para afirmar que comprender no significa perdonar, en su caso a los violadores de mujeres, sino superar el dolor y afirmar que los feminicidios en México no son consecuencia de la degeneración individual sino un patrón de conducta auspiciado por la realidad política y social de nuestro país.

El tema es inmenso y hondo, así que apenas puedo repetir la pegunta: ¿cuál es el sentido del arte ante la barbarie?

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