Eric Martel. Vagabundo , la bici andando y contrarreloj.
En el dibujo, Eric Martel se destaca por la vivacidad de su trazo y la frescura de sus personajes de los cuales se desprende una energía natural.
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En el dibujo, Eric Martel se destaca por la vivacidad de su trazo y la frescura de sus personajes de los cuales se desprende una energía natural.
Enviado desde mi iPadObra de Barry Wolfryd, para Cultura en Bicicleta.
Las obras de este artista radicado desde hace mucho tiempo en México se ambientan en los años 50 – 60 del siglo pasado, cuando empezaba apenas el reino de la publicidad en Estados Unidos. Imágenes pre pop, recortes de revistas
Glamour o popular, iconos del sueño americano formaron la base de sus primeras exposiciones, generalmente en gran formato.
Barry últimamente se inclina hacia la representación de un universo de fake news, donde siempre nacen nuevas narrativas destinadas a engañar a la gente. Hay mucha referencia al mundo del hampa, a las pandillas con su pasión por el tatuaje, símbolo del poder y afirmación de la violencia del que los lleva, y de sus cómplices. Los tatuajes, como la señal con la bici aquí, son a la vez iconos, signos y mensaje dirigidos al otro: amigo o enemigo.
Otras referencias permanentes son la prensa amarilla y el mundo de la infancia, bien presentes aquí en el gangster de celluloid. La narrativa de Barry es múltiple, generalmente él no desvela la suya, pero le encanta que el espectador se haga una “movie” a partir de los elementos que están a la vista. Por ejemplo: “Me acusan de haber robado la bici de noche en el bosque. Es cierto, pero nadie me vio” o “el ciclista sueña con un bistec en forma de T-bone pero en esta sociedad vegana es un steak de ramas” etcétera…
Para terminar, esta señal del ciclista puede avisar qué hay que disminuir la velocidad pues puede también provocar un accidente al irrumpir tan bruscamente en el paisaje.
De la perversidad de las imágenes y las señales, nos advierte esta composición con marco clásico y kitsch a la vez.
Obra de Adonay Vásquez para Cultura en Bicicleta
El pintor se acerca al misterio, con tensión e intensidad. Misterio de la pintura, con una naturaleza casi ausente, contrastes y colores calientes que se responden de manera simétrica, entre azul profundo y rojo sangre, brillos y tonos que hacen pensar en los viejos iconos rusos , con el olor a madera quemada.
Misterio del tema , con estas tres edificios superpuestos que se parecen a antiguas capillas de pueblo y que recelan cada una varios tipos de bicicleta. Las bicis aparecen , de arriba hasta abajo, como esbozo primero, como dibujo en la casa del medio y como pintura en la inferior, y esto con una luz diferente cada vez. Para seguir con la metáfora del misterio sagrado, las bicis aquí serían un retablo.
.¿Y qué evocan? ¿Qué se transmite con estas composiciones habitadas por bicicletas en varias formas de su evolución o de su representación ? Una posibilidad de fuga, el wanderlust ( deseo irreprimible de viajar) de los pintores románticos alemanes, de salir del secreto de la infancia sin poder sin embargo soslayarlo, y una relación a la belleza que tiene que ver con la revelación o por lo menos con la idea de desvelamiento.
Bicicletas del maestro Eloy Tarcisio para Cultura en Bicicleta.
Título 1. Bicicleta, 07022021
Lápiz de color, acuarela y tinta sobre papel
Título 2: Bi, 07022021
Lápiz de color, acuarela y tinta sobre papel
Un Estudio ‘Patafísico.
Texto: Dominique Legrand.
Siempre pensé que Eloy Tarcisio tiene una propensión a la ‘patafisica, esa ciencia de las soluciones imaginarias tal como la definió su inventor Alfred Jarry (UBU REY), a quien Marcel Duchamp y Julio Cortázar admiraban tanto. Por eso me arriesgo a interpretar aquí a su manera las dos obras yuxtapuestas que nos envió:
Dicen los pesimistas que la finalidad del movimiento es la inmovilidad. O todo lo contrario según los optimistas. En esta última perspectiva se situarían las dos obras, si admitimos que las bicicletas tienen género o sexo. En la 1, tenemos al velocípedo en su majestad, al parecer en un pedestal con su engranaje cerebral que parece ser una tercera rueda, o un caballete (Eso no es una bici, pensaría Magritte). Y en la 2, un enjambre, un tropel, un hormiguero de bicicletas guardadas o que corren a toda prisa sin dueño hasta su destino final, la inmovilidad. Por el momento se ven muy alegres.
En las dos bicis hay una depuración de la imagen, característica de Tarcisio, con un distanciamiento al objeto representado aquí como en una radiografía de los radios del aparato y de sus elementos principales- cuya precisión clínica se ve cuestionada por un uso lúdico de los colores-.
En todo esto hay algo de ‘patafisico, con apóstrofe antes de la p. recordemos que Jarry casi siempre andaba en bicicleta y escribió “ la pasión considerada como una carrera de bicicletas cuesta arriba” , para poner estas obras de Tarcisio en cierta perspectiva que puede ser justa. O no.
Pieza realizada por el maestro para Cultura en Bicicleta.
En este óleo, la bici es un centauro (puesto que la máquina se confunde con su ciclista) lanzado a toda velocidad, fulminante. La acción se asocia a una tempestad. En las características del vehículo, se destaca la eficacia más que la elegancia. Hay que recordar que, desde la Segunda Guerra Mundial, a la mayoría de los grandes ciclistas de carrera contrarreloj, por su fuerza y la regularidad de su cadencia, se les comparó con una locomotora. En eso andamos aquí.
Estamos muy cerca de la abstracción lírica. Los colores violentos no hacen nada para frenar el movimiento irresistible del aparato. Estamos plenamente en el universo de Luciano Spanó, de violencia expresada y apenas retenida por los azules y una manchita de blanco.
Hay artistas para quienes el arte es una suerte de terapia, como lo sugería en una entrevista anterior el artista, aquí me parece que el arte se considera como un combate personal. Claro, hay que invitar al espectador a participar, sino el artista se encuentra en solitario. De aquí la maestría en la expresión de la velocidad, de la combinación de colores, la sensación de persecución a otra persona fuera del cuadro o de huida, en breve, una historia, un drama quizás.
Los elementos se contratan y se acurrucan, se expenden y están a punto de explotar, no hay duda, estamos en el camino violento y accidentado de la pintura gestual, de la que no perdona.
Obra de Juan San Juan Rebollar para Cultura en Bicicleta.
Al presentar este bodegón con hojas marchitadas y plato de barro en una Expo sobre bicicletas, el artista digital partió de la analogía entre la rueda y el ciclo de la vida, ya que círculo y ciclo tienen el mismo origen que indica rotación y serie.
Su trabajo fotográfico con la marchitación de las hojas relacionado con el envejecimiento del hombre lo sitúa en la línea de los pintores que trataron el tema de la vanidad, de la fugacidad del tiempo y de la muerte ineluctable.
Evidencia también una complicidad entre el hombre y la naturaleza, una relación profunda que se opone totalmente a la relación agresiva de explotación de esta naturaleza por nuestras técnicas modernas. (Por cierto, la bici es un modo de locomoción mucho más cercano al paisaje, y cien por ciento menos contaminante que los demás).
Este acercamiento amable a la naturaleza podría hacer que reconsideremos nuestras relaciones sociales al notar que, en el mundo vegetal, tan complejo y creativo, no hay jefe.
Una obra de arte vive raramente sola. En mi museo imaginario, pondría esta composición al lado del Vertumnus de Arcimboldo, este emperador compuesto de una multitud de legumbres, y del Sombrero rojo de Gauguin, uno de los primeros objetos con bodegón, por la forma similar y los colores que vienen del interior de las cosas.
Obra realizada por Néstor Quiñones para Cultura en Bicicleta.
Conociendo el gusto del autor por la filosofía, pensé al descubrir este acrílico en el eterno retorno de Nietzsche y en su opuesto, la fugacidad del tiempo. En la ecología con una sierra circular que corta el árbol pero éste, en vez de caer, se eleva en “la insostenible levedad del ser”, en el lado “conversación con el viento “ a la manera japonesa.
Pero recibí un correo de Néstor Quiñones que cambió la perspectiva, orientándome hasta otro protagonista de la gesta pictórica, el Dios azar, o serendipia, o más simplemente chiripada.
He aquí, in extenso, el contenido de su mensaje:
“No sé si alcanzas a notar qué hay un especie de remolino que rodea el árbol. Debajo de él está el círculo que hace la bicicleta.
En realidad ya tenía una pintura empezada con el árbol y empecé a poner pintura para darle cuerpo a la imagen.
De ahí surgió la idea de los círculos creados por la bicicleta rodeando el árbol.
En un principio eran dos bicicletas, lo cual me pareció simbólico en el sentido de que crearan un “equilibrio” entre su marcha pero en el tratamiento una fue desapareciendo y no hice mucho para hacerla notar.”
Chiripada o brusco arrepentimiento, gesto incontrolado en la desaparición, todo esto contribuyó a hacer esta obra sorprendente. La escritura de Néstor es tan fina y precisa como su dibujo, y me dio gusto recibir este testimonio del “work in process”.
Por otra parte, estas líneas del autor nos revelan una faceta importante de su talento: el arte de la elipsis que consiste aquí en llamar la atención sobre un pequeño detalle para hacernos ver la obra de otra forma. ¡Su sentido del atajo le permite cambiar la perspectiva sin usar las leyes que rigen esta técnica!
Otro secreto revelado después por el artista: ¡la otra bici está en la parte baja de la gran mancha blanca que cubre el tronco.
Obra de Roberto Parodi para Cultura en Bicicleta.
Con sus últimas grandes exposiciones en el Munal, Bellas Artes y San Ildefonso se pensaba que Parodi iba a seguir dialogando con los escultores o los muralistas, confrontándose pues con los grandes del pasado. Se dio lo contrario, un retorno a lo íntimo, a sus raíces norteñas.
Aquí estamos en el desierto, hay un ataúd con una bici. Se aprecia la ironía del título, que se opone sin embargo a la impresión de desolación que emana de la acuarela. Estamos en un ambiente rulfiano con espectros al acecho y la cromacidad que se mueve entre negros y grises le insufla algo de lóbrego.
Las cosas tienen su peso existencial, con contornos acentuados y profundidad de campo, pero hay también en esta tela una suerte de ligereza que se encuentra también en Rulfo, una impresión de flotar, de estar aquí y allá a la vez, siempre muerto y siempre presente. Hay viento. Hay duende, dicen los gitanos.
Me acuerdo de sorprendentes bodegones o naturalezas muertas de este artista. Aquí, a pesar de la idea de confinamiento y de la presencia de la muerte, se podría hablar de naturalezas vivas.
Obra de Gerardo Rivera Kura, una pieza hecha para Cultura en Bicicleta.
El título sorprende. Parecen estar bien tranquilos estos en su tándem, él un poco preocupado y ella dándole la espalda y al parecer comentando algo. Uno se imagina que van al aquelarre. Pero la contradicción forma parte del juego, estamos en su contexto, en el mundo de serpientes diablos y escaleras, en un universo laberíntico interactivo e inmersivo donde florecen los animales y en el que lo grotesco y lo serio cohabitan. Es el mundo de la fiesta medieval, del día de los locos o de nuestros contemporáneos alebrijes, cuyas formas y colores el artista retoma.
Esta obra me procura una sensación giratoria, obstinada y drolática, por sus tonos lóbregos y festivos a la vez, por la rueda -serpiente- y sobre todo por la sonrisa del animal que parece estar suspendida en la noche como la del gato de Cheshire en Alicia en el país de las maravillas.
La doble bici como escoba de bruja, ¿Quién se lo hubiera creído? No falta la alusión picante y picaresca con aquellos dos que circulan con su simple vestidura de nacimiento, él con los cuernos erguidos y ella chimuela
de sombrero azul.
Dan ganas de cantar con ellos la salsa del demonio.