Skip to main content

Sopló el viento, cayó el libro, abrí la página; era mi encuentro con Samuel Beckett publicada en el diario unomásuno el mes de febrero de 1982. Sentí una humedad en la nuca: Era la gota de agua que me cae cada vez que llueve y yo escribo en mi minúsculo pero esplendido refugio tepozteco.

En Tepoztlán el viento ulula como en los tiempos míticos y entra por las ventanas para transformar la casa porque hace de las cortinas velas de barcos, alas de hadas o látigos de tela que te pueden tirar un vaso de la repisa o un libro que esté suelto en el librero.

Cayó el libro y sentí esa mezcla de vergüenza y gozo que se alcanza cuando estas frente al hombre que de una manera involuntaria cambió la naturaleza formal del teatro y dejó atrás a las vanguardias del medio siglo XX, y no puedes abrir la boca. Ahora lo entiendo: era muy pendejo, o peor aún, creía conocer a Beckett. En esa juventud del oficio periodístico uno suponía que bastaba leer los libros de tal autor para saber quién era. Pero ni idea de cómo llegó Samuel Beckett a escribir Esperando a Godot, porque en realidad lo que le interesaba al periodista y al periódico, era la fama del personaje.

Cuando estuve sentado en la misma mesa de Beckett, en el verano de 1981, ignoraba que fue asistente de James Joyce con quien se mimetizo de tal forma que cruzaba la pierna como él, fumaba a su manera, hablaba con la misma tonalidad, se vestía como su paradigma y, lo peor, trató de imitar su forma de escribir. Por ello, su primera novela, Dream of Fair to Middling Women (Sueño con mujeres que ni fu ni fa), escrita en 1932, fue rechazada porque los editores la hallaron de una pedantería lingüística insoportable. Murphy, su primera novela “seria” fue rechazada por 42 editoriales distintas por ininteligible, aunque finalmente fue publicada en 1938 pero se vendieron tan pocos ejemplares que la edición fue destruida.

Tuvo que ocurrir la segunda guerra mundial para que Beckett cambiara de país y de idioma. Aunque pensaba en inglés comenzó a escribir en francés su trilogía de Molloy, que también fue rechazada inicialmente, hundiéndolo en la depresión, pero su mujer Suzanne Dechevaux tomó el manuscrito y comenzó a recorrer las editorial de París hasta encontrar al joven editor Jéróme Lindon quien la publicó en 1951. Infortunadamente solo se vendieron 100 ejemplares en dos años, aunque la salvación llegó inesperadamente con un divertimento llamado Esperando a Godot, estrenada el 5 de enero de 1953 en el pequeño Théátre de Babylone, en el Boulevard Raspail de París.

Según sus propias palabras, Beckett consideró que escribía demasiado bien en inglés y consideró que el francés le ayudaba a escribir sin estilo, de una manera mas directa, más humilde y honesta. Durante la guerra Beckett fue parte de la resistencia francesa y cuando fue descubierto por los alemanes tuvo que huir al sur de Francia donde pasó mucho tiempo esperando a que pasara la guerra. Godot fue escrita entre octubre de 1948 y enero de 1949, como un remedio para el bloque creativo que tuvo al tratar de escribir su novela El innombrable. Para Beckett la obra que le dio fama internacional que le permitió vender su producción literaria, fue una distracción.

Ese pasatiempo le valió el Premio Nobel de Literatura en 1969, cuando ya era el hombre solitario que amaba mas el silencio que las palabras. Por ello Suzanne, su mujer, dijo al enterarse de la noticia: ¡qué catástrofe! Y lo fue para ellos que amaban su intimidad que desde entonces fue mancillada por periodistas como aquel joven que se sentó junto al Nobel en una cantina desde la que se veía la famosa prisión parisina de La Santé, para verlo tomar guisqui con agua.

Aunque en el estreno de Esperando a Godot parte del público se salió del teatro, esa pieza en la que “no pasa nada, dos veces”, de acuerdo al crítico irlandés Vivian Mercier, fue un parte aguas en el teatro occidental del siglo XX. Así que ahora que el rugido del  viento me ha regresado la imagen de mi silencioso encuentro con Samuel Beckett, solo puedo agradecer que hace 45 años estuve tomando whisky con uno hombre que lucho denodadamente por ser leído, y cuando lo logró, se retiró del mundo para esperar la muerte.

Por cierto, cuando le preguntaron a Beckett si Godot era una forma de decir Dios en inglés. Respondió que de haber querido decir Dios, lo hubiera puesto.

Acerca del autor

Leave a Reply