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Fue la danza. La primera expresión subjetiva del hombre primitivo para hacer un comentario sobre su propia naturaleza fue el baile. Cuando imitando a los monos aquel ancestro se golpeó el pecho batió palmas y aplanó la tierra con los pies, descubrió el ritmo. El movimiento rítmico de su cuerpo lo llevó a emitir sonidos acompasados que ahora llamamos canto. La voz prehumana dio pie a que alguien soplara un hueso de buitre para que comenzara la música. Las primeras danzas fueron para pedir lluvia, buena caza y otra salida del sol. Cuando aquel danzante, aquel cantor imaginó a los dioses para darle forma a los misterios del mundo y del cosmos, la danza y el canto se ritualizaron. Los griegos le dieron a ese ritual su formato profano; el teatro.

En el siglo XVII y en Francia hubo un rey que hizo de la danza una forma de gobierno. Luis XIV fue un bailarín excepcional que reunía a su corte en Versalles para hacerlos bailar, y ay de aquel que no se supiera los complicados pasos de las danzas palaciegas porque caían de su gracia. Cuando el peso de los años y los banquetes le quitaron la agilidad de sus 14 años, en los que apareció como el dios Apolo con un traje dorado que le daría el mote de “El Rey Sol”, Luisito se propuso profesionalizar la danza y nombró a Pierre Beauchamps como director de la Académie Royal de Danse, en 1661, y Pedrito Campo Hermoso respondió al cargo estableciendo las cinco posiciones básicas de la danza clásica, así como la posición de los brazos, No me dilato en el plié, el Tendu, la piroutte, o el dehors (la rotación de las piernas hacia afuera desde la cadera, que surgió de la obligación de los cortesanos de moverse con gracia de lado a lado sin darle la espalda al rey), porque esta breve crónica está dedicada a Marta Graham, pues fue ella quien se rebeló radicalmente en contra de la rigidez simétrica y las puntas del ballet clásico, que por siglos fue un desafío contra la gravedad para dar la ilusión de una vuelo divino desde lo humano.

Marta Graham nació el 11 de mayo de 1894 en un pueblito que fue el origen de Pittsburgh, Pensilvania. De haberse quedado ahí no existiría la danza contemporánea porque al inicio del siglo XX Pittsburgh era la capital del acero y nada más lejano a la formación artística que la industria que contaminó ese territorio. Pero su familia se mudó a Santa Barbara, California, donde Martita pudo ver en 1911 una función de la pionera de la danza moderna, Ruth St. Denis, que le cambió la vida. Aunque fue su padre, el doctor George Graham, alienista -como se les decía entonces a los psiquiatras-, quien le dio la clave de su filosofía artística. Le dijo su padre; Marta, el cuerpo nunca miente porque registra el movimiento del alma.

La aportación de la Graham a la danza del ser humano fue cambiar el centro de su movimiento corporal que por siglos estuvo en las piernas y los brazos. Ella descubrió que la respiración es el fuelle del cuerpo y que es en la pelvis donde se da la contracción de energía que viaja hacia la columna vertebral. Y supo que, al inhalar, esa energía se libera, la columna se extiende, el pecho se dilata hacia el espacio proyectando fuerza, empoderamiento, libertad y éxtasis. Mientras la danza clásica es un desafío a la gravedad, la postura de la Graham fue dejarse abrazar por ella. De ahí que los bailarines de esa corriente se caen y se levantan todo el tiempo.

Como en The Notebooks of Marta Graham (1973), está toda la información sobre su vida y su obra, paso a comentar la influencia de su enseñanza en la danza contemporánea de la nopalera. El México Mágico de los años 30 y 40, cuando el muralismo y la música académica estaba en su etapa más creativa y los artistas de Europa y Estados Unidos viajaban a la tierra del sol y la serpiente emplumada en busca de una geografía utópica que los curar del desencanto de vivir en un mundo determinado de antemano. La Graham viajó a México al menos dos veces, pero su aliento, su aportación, su disciplina se propagó aquí gracias a dos mujeres fuera de serie: Waldeen y Anna Sokolov.

Waldeen fundó en 1939 el Ballet de Bellas Artes y tomó la técnica Graham para adaptarla al cuerpo de los nativos dando por resultado, La coronela, uno de los monumentos de la danza moderna en México, entre otras cosas por la música de Silvestre Revueltas y la participación de Josefina Lavalle, Guillermina Bravo y Mayra Montoya. Anna Sokolov, discípula directa de la Graham, impartió los principios de su maestra como fueron la expresión social, psicológica y humanista. Ella también trabajó con artistas mexicanos de la taya de Revueltas y Carlos Mérida; fundó La paloma azul, la primera compañía de danza contemporánea y propició la aparición de la Academia Mexicana de la Danza.

Aunque también estudió con la Sokolow, a Guillermina Bravo la llamaron la Marta Graham mexicana porque fundó en 1948 el Ballet Nacional de México a partir de la enseñanza de “la contracción y el reléase”, y en lugar de los mitos griegos que fueron un tema central de la Graham, la Bravo utilizó los mitos prehispánicos, En corto, Guillermina Bravo fue la matriz de la danza contemporánea en México, incluso por oposición, porque no todas y todos comulgaron con su maestría.

El caso que es que este año se conmemoran los cien años de la fundación de la Compañía de Marta Graham, ocurrida el mes de abril de 1926, y los herederos de aquel legado estarán en el Palacio de Bellas Artes próximamente para honrar la memoria de una de las artistas que reformularon el movimiento del cuerpo humano bajo la premisa que hoy es casi un dogma: el cuerpo no miente.

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