En una sociedad en la que coexisten diversas corrientes políticas
y en la que sus influencias se limitan o se eliminan mutuamente,
el individuo puede conservar sus peculiaridades y el artista
puede crear obras inesperadas.
Pero allí donde un solo movimiento político tiene todo el poder,
nos encontramos de pronto en el imperio del kitsch totalitario.
Milan Kundera
Hay libros que te alcanzan en el momento más inesperado, digamos 40 años después de que leíste la primera edición en español de La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera en editorial TusQuets. En el momento y el lugar más insólito como puede ser la oficina de una empresa subsidiaria de las farmacias del doctor Simi en la ciudad de Cuernavaca.
En un estante de aquel espacio en el que apoyaba a una famosa terapeuta Gestal jugando al teatro con 80 empleadas de Farmacias Similares, ya había encontrado y releído de una sentada El coronel no tiene quien le escriba, del Nobel colombiano, y cuando regresé el delgado volumen a su lugar note un libro con pasta azul en el que una mujer desnuda y decapitada flota en un sueño acuático. Era la reimpresión número 34 de la narración del escritor checo que destaca en un recuadro de la portada el millón de ejemplares vendidos hasta el 2019.
Esta vez el texto de la contraportada tiene razón al describir la novela como una extraordinaria historia de amor que abrió un nuevo cauce en la literatura europea, particularmente en los países que estuvieron bajo el dominio de la Unión Soviética. Quien escribe había pasado en los años 70 una extraordinaria experiencia en la ciudad de Praga y en dos pueblos muy pequeños de la campiña Checa, en donde a señas pasamos un amigo y yo dos veladas inolvidables porque tanto nuestros anfitriones como nosotros nos divertimos genuinamente sin entender una sola frase completa entre unos y otros. Aunque el recibimiento que nos dieron fue primero de rechazo, hasta ver en nuestros pasaportes que éramos mexicanos y entonces fue como si hubiéramos llegado de otro planeta. Al leer por primera vez la ficción realista de Kundera en los 80 entendí que el aislamiento de la población rural en los países de Europa del Este era tan brutal, a su manera, como el de los pueblos indígenas de mi país.
En Praga pasó todo lo contrario. En una cervecería del centro histórico antes de terminar la primera pinta estábamos rodeados por estudiantes que se morían por tocar nuestros pantalones vaqueros. Ninguno de ellos hablaba inglés, pero entre varios articularon el deseo de ver la marca de los pantalones, y cuando vieron Levy Strauss & Com., lanzaron una hurra con sus cervezas, y alguna de ellas derramó su espuma en el libro que llevaba yo a todas partes, y ahí comenzó la conmoción porque era, One-Dimensional Man, de Herbert Marcuse. Lo primero que hicieron fue tapar el libro con un periódico, lo segundo indagar quién hablaba inglés en el maravilloso salón en el que, ahora puedo imaginar, se curaban la resaca de la Primavera de Praga que terminó con la invasión de Checoslovaquia por la URSS.
Y llegó Agñezca, una joven delgada con grandes gafas y enormes pechos que platicó primero con el chavo que tapaba el libro, y luego preguntó de quien era el volumen, dije que mío, y fue a mí a quién le preguntó qué quería yo por él, respondí que nada porque lo estaba leyendo y eso quería seguir haciendo. Luego de hablar con el mismo tipo que tapaba el libro, Agñezca tomó mi mano izquierda y la puso entre las suyas para decirme: “es un libro muy importante para nosotros”. Gracias a Kundera puedo recomponer esa escena tan lejana en el tiempo paso por paso, pues al releer su novela aquel primer viaje a los países socialistas tomó otro sentido.
En Nueva York, donde comencé a leer a Marcuse, El hombre unidimensional era un libro de agitación intelectual entre los estudiantes latinoamericanos, en Praga era un acto de resistencia. Sería la deliciosa y potente cerveza oscura de Praga, o los besos de Agñezca, o el presentimiento de que un escritor checo me explicaría 15 años más tarde la insoportable levedad del amor, pero les dejé el libro.
- Mandatory Credit: Photo by Gallimard. Milan Kundera, writer, poet- 11 Jul 2023
EL KITSCH
En el capítulo número 8 de la sexta parte de La insoportable levedad del ser, titulada, La gran marcha, Kundera parte de la muerte del hijo de Stalin electrificado en la valla de un campo alemán para prisioneros, para disertar sobre la incompatibilidad de la mierda y Dios, recordando que de niño conoció a Dios Padre por un grabado de Doré y al ver que el creador de todas las cosas, incluyendo al ser humano, tenía boca, dedujo que debía comer y si comía tendría intestinos que convertirían el alimento en mierda. Esta deducción lo puso ante la siguiente disyuntiva:
- “Una de dos: o el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios y entonces Dios tiene tripas, o Dios no tiene tripas y entonces el hombre no se le parece” (1).
Kundera cuenta que Valentín, un maestro de la Gnosis del siglo II, procuró resolver el problema afirmando que Jesús comía y bebía, pero no defecaba, convirtiendo el problema de la mierda en una cuestión teológica más compleja que el mal (en palabras de Kundera), porque Dios le dio al hombre libre albedrio y por tal no se le puede culpar de los crímenes de su criatura, pero el único responsable de la mierda es aquel que creo al hombre, remata el escritor checo, para concluir de la siguiente manera:
- “En el trasfondo de toda fe, religiosa o política, está el primer capítulo del Génesis, del que se desprende que el ser es bueno y que, por lo tanto, es correcto multiplicarse. A esta fe la denominamos acuerdo categórico con el ser…
- “De eso se desprende que el ideal estético del acuerdo categórico con el ser es un mundo en el que la mierda es negada y todos se comportan como si no existiese. Este ideal estético se llama kitsch…
- “el kitsch es la negación absoluta de la mierda, en sentido literal y figurado: el kitsch elimina de su punto de vista todo lo que en la existencia es esencialmente inaceptable” (2).
Solo puedo lamentar no haber leído a Kundera entre 1979 y 1984 que fueron los años que visité como critico de teatro los países balcánicos que aun se agrupaban en la Yugoslavia de Tito, y como reportero Polonia, Alemana Oriental, Estonia y Lituania, porque habría visto con mayor claridad el trasfondo de aquellas sociedades socialistas en las que para forjar al hombre nuevo se habían jodido al modelo anterior porque en la sociedad sin clases había dos clases de ciudadanos: los miembros de la nomenclatura policiaca y política y los demás. Entre los artistas e intelectuales que frecuente en esos viajes persistía el idealismo comunista que Kundera describe en su libro como una corazonada en la que el sentimiento supera a la razón, de manera que la gran marcha de las izquierdas del mundo hacia la felicidad pertenece al reino del kitsch en donde impera la dictadura del corazón.
EL KITSCH TOTALITARIO
“,,, Cuando digo (kitsch) totalitario quiero decir que todo lo que perturba al kitsch queda excluido de la vida: cualquier manifestación de individualismo (porque toda diferenciación es un escupitajo a la cara de la sonriente fraternidad), cualquier duda (porque el que empieza dudando de pequeñeces termina dudando de la vida como tal), la ironía (porque en el reino del kitsch hay que tomárselo todo en serio) y hasta la madre que abandona a su familia o el hombre que prefiere a los hombres y no a las mujeres y pone así en peligro la consigna sagrada >>amaos y multiplicaos>>. (3).
“En el imperio del kitsch totalitario las respuestas están dadas de antemano y eliminan la posibilidad de cualquier pregunta. De ello se desprende que el verdadero enemigo del kitsch totalitario es el hombre que pregunta…” (4).
¿Cómo un libro escrito hace medio siglo en medio de la desesperanza que provocó la invasión soviética a Checoslovaquia en 1968 nos puede esclarecer el presente mexicano? Observando la forma en que el gobierno de un caudillo con fachada feminista busca la unanimidad de la vida pública, de manera que cualquier cuestionamiento a su política reduccionista es castigado según la nueva ley de los nuevos jueces del régimen morenista.
Lo perverso del totalitarismo de cualquier color político es que castiga a sus opositores con todo el peso de la ley porque ese estatuto jurídico esta hecho a su medida. De ahí que en Venezuela Maduro puede jurar ante el pueblo que fue electo por el pueblo porque así lo dictaminaron las instancias legales correspondientes. Bajo ese modelo no importa que el nuevo poder judicial haya sido “elegido” por un ridículo porcentaje de ciudadanos, lo importante es que se hizo la elección más enrevesada de la historia reciente y las instancias calificadoras la dieron por buena. Ahí comienza otro rasgo del kitsch totalitario: sólo es real lo que yo digo, el resto es falso.
En la Polonia gobernada por el general Wojciech Jaruzelski comía opíparamente en los elegantes restaurantes de la Nomenclatura del Partido Obrero Unificado Polaco, pero cenaba frugalmente en las cantinas frecuentadas por artistas y disidentes. Como nos mostró el levantamiento de los trabajadores en el astillero de Gdansk que llevó a Lech Walesa al poder, la realidad estaba en las cantinas y la irrealidad en la nomenclatura. La bronca está en que aquí el pueblo bueno y paupérrimo no moverá un dedo mientas las finanzas públicas resistan el déficit monumental que en breve será insostenible porque a la dádiva con sombrero ajeno hay que agregar la presión de las pensiones y las deudas billonarias de las empresas públicas, incluyendo las desastrosas inversiones del señor de Macuspana. Hago votos para que las nuevas generaciones no tengan que esperar medio siglo para entender que había que decir NO hoy, no mañana.


