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La conseja de los viejos de todos los tiempos nos dice que la vida cuelga de un hilo, aunque solo cuando esa hebra se rompe de pronto la tomamos en cuenta. La súbita muerte de Uriel Bravo, actor y director de teatro nativo de Michoacán, pero asentado en la ciudad de Querétaro desde 1996, le partió el hilo cuando preparaba el estreno de Karl, un acercamiento íntimo al autor de El Capital, Karl Marx, con su grupo Mezquite errante.

Egresado de la ENAT y afinado por Ludwik Margules en el Foro de la Rivera, Uriel no murió en el teatro, pero se fue a otra dimensión haciendo teatro y preparando otra gira por Colombia y Venezuela con las obras del dramaturgo juarense Pilo Galindo, cuya obra Río Animas le abrió los teatros alternativos de Suramérica. Desde el nombre de su primer grupo, Pulque y peyote, Uriel dejó en claro su afiliación a los usos y costumbres de su tribu, aunque sus primeros montajes de gran formato fueron Titus Andrónicus y Volpone, de afamados autores europeos.

Hace unos años Uriel le rindió homenaje a la ciudad y el estado que le dio teatro y amigos con una obra que LEGOM escribió para él: Volver a Querétaro. Para regresar hay que estar ausente y Uriel nunca olvido a su Matria y viajó con frecuencia a otros estados para presentar sus montajes o hacer uno de ellos en otras entidades, porque también ejerció el magisterio, el académico y el de las tablas. Hace tiempo no compartía con él un pulque, pero tengo nítido su recuerdo en el escenario y en la cantina: ¡Salud, camarada!

 DARÍO FO

 

El hilo de la vida fue largo y fuerte en el caso del bufón más famoso del teatro europeo: Darío Fo, quien murió el 13 de octubre del 2016 en la ciudad de Milán, de manera que se cumplen los primeros diez años de su partida. Fo murió a los 90 años y le dedicó al teatro 72 años de su vida porque debutó en la radio en 1954, pero muy pronto se subió a los escenarios con su esposa, Franca Rame, para hacer desde el Vodevil la crítica de la burguesía de la posguerra.

El de la voz tuvo el placer y el privilegio de estar con Darío Fo dos veces en la vida, la primera en 1987 y la segunda en 1993. La primera en el pueblo de San Giano, junto al lado Maggiore de la provincia de Verase, donde nació el comediante. En aquella ocasión me negó la entrevista que había tramitado mi camarada Giorgio Ursini, porque estaba ahogando la pena del primer y único rompimiento con su mujer, Franca Rame, con quien estuvo casado 59 años. Me negó la entrevista, pero no la compañía así que cuando el vino hizo su efecto lo vi bailar y cantar canciones medievales obscenas en dialecto lombardo con su amigo de parranda. Fue un regalo de Risus, el dios romano de la risa.

Hablo de cosas personales porque cualquiera se puede enterar de la prodigiosa carrera que Fo compartió con Rame. En la entrevista que sí le hice en 1993, publicada en el libro Telón de Fondo, hay un buen compendio de los diversos periodos de su teatro, siempre en contra del poder impuesto, ya sea por la iglesia, los partidos, los gobernantes, las ideologías, los empresarios, los dogmas, incluyendo los revolucionarios.

Para colocar una flor en su tumba reproduzco una de las preguntas que le hice hace 33 años, y su respuesta, claro está.

-Usted comenzó a hacer teatro a la mitas del siglo (XX), y tiene, por lo tanto, casi cincuenta años sobre la escena. ¿Qué le ha dejado esa experiencia?

-La convicción de que la risa es insobornable. En todos esos años que usted menciona he vivido el nacimiento de varias utopías, he luchado desde mi trinchera por algunas de ellas y he combatido la opresión del hombre por el hombre. En ese andar he comprendido que en nombre de las ideas se prohíbe pensar y en nombre de la libertad se esclaviza a pueblos enteros. Frente a la estupidez de la Historia queda la risa. El único poder que no corrompe.

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