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Como en un poema de Lorca, eran las cuatro de la tarde del once de mayo cuando la muerte en forma de bala amenazó la vida de Daniel Serrano, trabajador de la Dirección de Cultura de la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS), quien murió en Culiacán el martes 23 de junio a consecuencia de la agresión recibida a las puertas de la dirección mencionada en Culiacan.

El día del ataque se presentaba en la tarde-nochi, en la explanada del edificio central de la UAS, el Trio Azteca, así que cuando sus camaradas de trabajo regresaron de su lonche se les torcieron las tripas con la noticia. Todos pensaron que se suspendería el concierto De Romances y Algo Más porque en el infierno de Culiacán nunca se había dado una agresión directa en un recinto cultural y porque se trataba de un grupo local que podría reprogramarse. Pero no, el director de cultura, Homar Medina dijo que la función debe continuar, aunque la mayoría de los trabajadores del área estaban devastados porque algunos vieron desde la ventana como se paró la motocicleta para balear a su compañero, y otros salieron a auxiliaron tratando detener la sangre de tantos disparos.

Pero el señor Medina, reconocido por su autoritarismo, insistió en que debía darse la función por la paz que estaba programada para las seis de la tarde, apenas dos horas después el atentado. Cuenta Jesus Solían, colega del agredido, que él no pudo cumplir la orden del jefe porque ya había sido testigo de otra agresión semejante, así que se retiró del recinto, mirando como sus compañeros cumplían con el trabajo por el temor a las represalias. Aunque estaban como él: consternados.

Daniel resistió 43 días en el hospital, pero su fallecimiento ha puesto en cuestión la insensibilidad del director de cultura, y ha fortalecido la sospecha de que su hubiera sido un funcionario el baleado se habría suspendido la función. Pero sólo era un trabajador de la cultura, así que había que ocultar el hecho lo mas posible y seguir cobrando como si nada. Salvo la muerte, que en Culiacán reina a sus anchas.

La Fiscalía del Estado concluyó que pudo ser la mujer de Daniel que ante la batalla por el divorcio y la custodia de la hija lo mando matar aprovechando que en Culiacán cada día es más barato asesinar alguien porque todo se lo cargan al la batalla de Chapos contra Mayos. Aunque lamentable, el problema es otro, según artistas culiches que se han pronunciado por la destitución del señor Homar Medina por no haberle dado a esa agresión la importancia que tenía para sus camaradas de trabajo.

Joder. Si balean al compañero con el que has trabajado meses, años, no tienes animo para escuchar boleros románticos. Si ves a tu equipo acongojado por la violencia, lo menos que debes hacer es tomarlo en cuenta. Sobre todo, como dicen los afectados, porque en Culiacán la muerte siempre anda rondando.

La cuestión de fondo, a mi juicio, es que si haces un concierto por la Paz no puedes ignorar la agresión mortal a uno de tus trabajadores, y menos obligarlos a seguir colocando mamparas, tarimas, micrófonos, bocinas, sillas y demás parafernalia para un concierto que podías presentar más tarde.

Ciertamente, hoy vivir en Culiacán es, sin exageración alguna, un peligro mortal. Por lo mismo la cultura por el bien común no puede ignorar ese riesgo cuando ocurre en las puertas de tu oficina. Todo lo contrario. Era la oportunidad para respetar la vida sobre la muerte anunciando que el concierto se suspende parar dar paso a una reflexión sobre la violencia que ya alcanza en Sinaloa proporciones demenciales.

Pero no; primero está el hueso.

Lo incomprensible es que ante la violencia imparable todo siga igual en el gobierno de Sinaloa; desde la gobernadora, las mismas gentes que participaron en el narco gobierno, incluyendo a los funcionarios universitarios e institucionales de la cultura. ¿Cómo pueden cambiar las cosas cuando no se cambian a quienes contribuyeron activa o pasivamente a que así fueran las cosas?

Pensando en Oscar Liera, cómo se extrañan para Sinaloa a los bandidos del siglo XIX que robaron a los ricos para beneficio de los pobres. Ay Jesús Malverde, ay Heraclio Bernal, ay Rafael Buelna, cuanta falta hacen en su estado natal.

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