¿QUÉ HARÍAMOS SIN LAS MALAS? No me refiero a la gobernadora de Campeche, ni a la presidenta municipal de Acapulco, ni a la senadora que ambiciona mandar en Chihuahua, ni a la buena cantidad de mujeres en el poder que se manchan el plumaje en el lodo de la narco-política, como la gobernadora de Baja California; hablo del melodrama, ese género emocional que pasó de la ópera al teatro, del teatro a la telenovela y de ahí a las series de las plataformas que miramos la mitad de la humanidad.
Los viejos del congal recordamos la noche del viernes 5 de julio de 1987, cuando el país quedó en suspenso, con las calles vacías, esperando el final de Cuna de Lobos, el melodrama del dramaturgo Carlos Olmos producida y dirigida por otro hombre de teatro, Carlos Téllez. Luego de 170 capítulos de media hora en los que Catalina Creel, encarnada por la actriz María Rubio, hizo de su ojo parchado el emblema de la maldad superlativa de la que es capaz una madre para que su hijo consentido herede la fortuna de la familia, millones de televidentes conocieron el desasosiego de sentir su muerte a pesar de haberla deseado con vehemencia. ¿Será que el oscuro resplandor del mal nos encandila internamente?
Lady Macbeth horrorizó a los espectadores del siglo XVI por alentar el crimen de su marido, pero Claire Underwood -personaje inspirado en la anti heroína de Shakespeare -, la esposa de Frank Underwood en House of Cards, fascinó a la audiencia por hacer lo mismo, e incluso más porque no dudó en sacrificar a su esposo para alcanzar ella la presidencia de los Estados Unidos. A partir de ahí el melodrama serial fue exponiendo la caída del hombre común en el delito y el crimen de tal forma que uno termina amando a Walter White y Jesse Pinkman como los productores y traficantes de anfetaminas en Breaking Bad. ¿Y qué decir de la risa que provocan los criminales de los hermanos Coen y el desprecio que inspira Jerry Lundegaard, el patético hombre común de Fargo, la película?
Aunque el melodrama negro no comenzó con el film noir del siglo XX sino con el teatro de Boulevard en tiempos de la Revolución francesa, con un teatro denominado el Boulevard del Crimen porque se representaban traiciones, robos, asesinatos, torturas e inmoralidades en el sentido de que no existía una línea entre el bien y el mal porque todo estaba permitido. El autor que reclama la paternidad de ese teatro malévolo fue René Charles Gilbert de Pixérécourt (1666-1709), un noble francés que escribió 120 melodramas, la mayoría dirigidos por él mismo con gran cuidado en la mise-en-scéne, a decir del Cambridge Guide of Theatre.
La novela gótica de los siglos XVIII y XIX es otra de las fuentes del melodrama que muestra una belleza decadente y mezcla lo sublime con lo grotesco (en México Eduardo Ruíz Saviñón practicó el teatro gótico primero en los escenarios y luego en Radio Universidad, labor por la que recibió hace unos días un reconocimiento público de la UNAM por sus 80 años de vida). Yo mismo incurrí en el melodrama negro con La enfermedad del amor, porque me permitía exponer el desorden de los sentidos con la exageración del género y en un ámbito decadente que logró magistralmente el arquitecto y escenógrafo Jorge Ballina, al inundar la casa en ruinas en donde ocurría la acción, porque una de las reglas del gótico es que los espacios sean opresivos, como la angustia de los personajes.
Como genero dramático el melodrama se permite lo inverosímil para contar sus historias; hijos que descubren que su hermana es su madre, madres que se roban en la cuna a los hijos que no pueden tener, hombres que tienen tres esposas a la vez, maestras que seducen a sus alumnos, alumnos que seducen a sus maestros, aunque esos dislates sociales tienen una coartada irrefutable: la realidad. Todo pasa en los hechos por inverosímil que parezca. El melodrama solo lo saca a colación y lo muestra con la intensidad de las emociones del corazón, por mas que ahora sabemos que el corazón solo bombea sangre y nuestros sentimientos más profundos nacen en los intestinos.
En fin, la verdad es que estoy atónito con el hiper melodrama que ocurre en el estado de Sinaloa, donde la realidad se niega por decreto, a pesar de todas las evidencias de que el gobernador del estado tiene forma de pato, grazna y se comporta como un pato, ahora resulta que es una blanca paloma.










