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Cuando se cierra un teatro se frustra un anhelo personal y colectivo, sobre todo si ese espacio se abrió con el esfuerzo de gente de teatro sin otro recurso que su habilidad y su talento. En el año 2013 de nuestra era, precisamente cuando el gobierno de los Estados Unidos descalificó la información sobre el avión U-2, que desde los años 50 dio pie a que un inmenso solar en el desierto de Nevada, llamado Groom Lake  -marcado simplemente en los mapas militares como Área 51-, fuera considerado un sitio de aterrizaje de naves extraterrestres, Luis Enrique Gutierrez Ortiz Monasterio (LEGOM), logró que el CONACULTA, presidido por Rafael Tovar y de Teresa, le diera los fondos iniciales para abrir el Foro, Área 51 en la calle Revolución número 307 en la ciudad de Xalapa, Veracruz.

Eran los días en los que Legom y el de la voz hacíamos pareja para fastidiar a los funcionarios culturales en los diarios de circulación nacional que aun tenían un peso político. Aunque esta vez no presionamos a nadie porque el prestigio de Luis Enrique bastó para que un jurado del FONCA le otorgara el recurso solicitado. Así comenzó la imposible tarea de Patricia Estrada, Ana Lucía Ramírez, Karina Meneses, Agustín Morgan, Miguel Corral y Eglantina González, para limpiar aquella bodega que era la imagen misma del desastre.

Limpiar los escombros fue una tarea titánica, pero faltaba lo más complicado: la tramoya, en una casa diseñada para que viviera una familia y no la cantidad de personajes que han expuesto ahí la condición humana de mil maneras distintas. Ignoro el número de obras que se han presentado en Área 51 en sus 13 años de vida, pero lo importante es que se convirtió en un espacio de la comunidad artística para la comunidad artística y desde ahí para el público. Al respecto, lo que nos reitera la crisis económica que amenaza con cerrar el espacio, es que el teatro que busca hablar críticamente sobre la dicha y el tormento de ser humano, no se sostiene con la taquilla. Ni en Berlín ni en Xalapa. Sólo que en Alemania sí hay recursos para los grupos independientes y  contestatarios. En México no.

Con Legom dándole de latigazos, Agustín Morgan hizo el milagro y poco a poco aquella bodega se transformó en un espacio para la ficción y la convivencia. Ya con Karina Eguía y Alejandra Serrano de refuerzos, Área 51 conoció la bonanza, es decir, el equilibrio financiero, gracias al apoyo institucional de la Federación y a la gestión de la Serrano, que tiene por costumbre administrar proyectos incipientes y de dudosa fortuna, pero cuando son un éxito, los deja en otras manos (¿cómo no quitarse el sombrero?) Patricia Estrada tomó la estafeta varios año que consolidaron la vocación independiente, critica y abierta a otras experiencias del Foro, en el que sí aterrizaban extraterrestres disfrazados de comediantes. Pero llegó el populismo y terminó con el mérito artístico como el santo y la seña de los proyectos de la imaginación creativa. Cero apoyos para los artistas capaces de sostener con su trabajo un foro abierto a la aventura artística.

Como explicó Karina Meneses en la red, la falta de apoyos institucionales y la insuficiencia de la taquilla, además del reclamo de los dueños de la casa por el terreno que quieren convertir en un espacio realista, hacer ficción ahí ya es insostenible. Queda la dudosa esperanza de que el gobierno de la ciudad de Xalapa, que últimamente ha mostrado simpatía por el diablo, quiero decir, por el teatro, les de un espacio en comodato para que la cuerda del teatro siga tensando esa línea divisoria entre la vigilia y el sueño que es el teatro. Ni siquiera menciono al gobierno del estado porque Roció Nahle es uno de los personajes más nefastos de ese circo de horror que es la 4T.

Cuando un teatro se cierra termina un sueño. Cuando un teatro se clausura la imaginación pierde un espacio. Cuando un teatro muere ni siquiera queda una tumba. Queda un vacío que se llena de nada.

 

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