Los conocedores, los que escriben sobre arte, los expertos que autentifican las obras son generalmente gente de poder y pueden llegar a creer que son infalibles. Como parte de su afán, elaboran hipótesis, y es allí donde intervienen algunos grandes estafadores:
Bredius, el especialista en Vermeer, estaba tan persuadido de que el pintor había tenido un periodo italiano que el falsificador Hans Van Meegeren se apresuró a entregárselo.
Igualmente, cuando se dijo que Modigliani, ebrio o desesperado, había echado sus esculturas a un canal de Livorno, una directora de museo decidió en 1984 drenar el canal. Unos estudiantes bromistas esculpieron unas piedras y las tiraron de noche al agua. Muy contenta, la conservadora así como su hermano que dirigía la Galería d’ arte moderna de Roma las autentificó . Se burlaron de ella y fue a dar al hospital por algún tiempo. Perdió su avidez de encontrar obras que habían desaparecido.

Lo mismo pasó con los falsos Mondrian del Centro Pompidou de Paris en 1978. Sólo tenían uno, y querían más. Cuando se les ofreció tres de una vez , por menos de 20 millones de pesos actuales, los compraron, y luego dudaron , para finalmente suspender la compra. El proceso que siguió terminó hasta 1987, cuando un experto comprobó que la tela de las obras fechadas en 1915 y 1921 había sido fabricada después de 1932.
