Como crítico sistemático del sistema cultural mexicano quiero reconocer que la actual secretaría de cultura federal, Claudia Curiel de Icaza, parece entender que el apoyo a las etnias originales, a los grupos vulnerables y minorías de todo tipo no debe borrar de la agenda pública la atención a la cultura académica y a la creación individual y grupal que se realiza por esa necesidad inexplicable que tenemos los humanos de pasar la realidad por el tamiz del arte.
Al contrario del sexenio anterior este 2025 comenzó con iniciativas esperanzadoras: la restructuración del Festival Internacional Cervantino, que por tantos sexenios malditos se sostuvo como el jolgorio artístico más importante de Iberoamérica es una buena noticia porque en el primer sexenio morenista se convirtió en una feria de rancho con sus intentos de ser culturalmente mejor que Dinamarca aunque con los mismo resultados que en salud pública. La segunda buena nueva es que el Festival Teatro de Una Sola Voz cumplirá sus 20 años ampliando su cobertura a 20 estados porque se une mi estado de Hidalgo (luego les muestro mis títulos de propiedad), aunque sigo notando la ausencia de Nuevo León. Como dice el adulto maravilla Luis Mario Moncada, ahora coordinador del área teatral del INBAL, se trata “de un festival itinerante que llega a veinte estados en el que cada institución se compromete con una pequeña parte de la organización y en el que artistas y público tienen un intercambio esperado y vital”. La tercera buena ventura está en el ámbito de la UNAM y se trata del coloquio Dramaturgias en nuestro presente, que del 26 al 28 de febrero abrirá la discusión del multiuniverso actual y futuro del teatro, con todos los pesos pesados académicos-administrativos de nuestra máxima casa para desburrar al prójimo.
Luego de seis años y pico de pasmo artístico la cultura oficial intenta ser pública. Con ya saben quién la división política fue tan drástica que los responsables de hacer de la cultura un puente la convirtieron en un ejido en el que todo aquel que no tuviera raíces autóctonas era sospechoso. En esa medida, y por lo pronto sólo en esa, es alentador que desde la oficialidad se tomen iniciativas para ver la cultura artística como un campo de cultivo para todo aquel que tenga la necesidad de decir algo por sí mismo. Igual el campesino que ese huevón que pinta en una colonia perdida de cualquier metrópoli, o la chava que halla en su computadora la herramienta para hacer metáforas. Joder, si el arte no es de todos no es de nadie.
Lo que no entendieron los “morenos del primer periodo” es que a pesar del PRI a pesar del PAN la cultura artística floreció porque sin afiliarse a esos partidos sino más bien estando en su contra, los inventores de realidades alternas eran en su mayoría morenistas. Pero el solipista de palacio fundió a todos los intelectuales en dos nombres: Enrique Krauze y Héctor Aguilar Camín, que eran la excepción de la regla en cuanto a la cercanía y los contratos que tuvieron con el Sistema. Con los artistas no tuvo bronca porque para él el arte es Silvio Rodríguez, Los caminos de la vida y Eugenia León, ah, y los tamales de chipilín. Sospecho que de haber conocido a la Jesusa Rodríguez cabaretera y crítica del poder no la habría hecho senadora, aunque igual que los moneros que hicieron fama criticando sin cortapisas los dislates del PRI y el PAN, cuando llegó el apóstol a la silla del águila se convirtieron todos esos espíritus libres en comparsas del poder presidencial que tanto criticaron. Dioses: la distancia que hay entre las obras perturbadoras de Jesusa, como Vació, o plenas de belleza lésbica como Doña Giovanni, con sus montajes del Zócalo, nos indican que el poder, por zurdo que sea, siempre corrompe, o por lo menos disminuye.
Me interesa destacar el proyecto de los soliloquios (los actuales le dicen monólogos), que recorrerán 20 estados en un compromiso compartido entre la federación y las regiones. Sin barbear a nadie, sólo por haber constatado que la premisa para hacer un programa artístico pedagógico y de llamada al público a nivel nacional requiere del presupuesto del INBAL pero también de que las instituciones estatales, tan celebres por su inoperancia, se esfuercen por ser operantes y además del techo, el alimento y la movilidad les brinden a los visitantes las mejores condiciones técnicas y personales para que “el hablar solo” que es lo que dice la raíz latina de soliloquio, sea un acto colectivo.
El acto de hablar con uno mismo es algo que hacemos todos nosotros todos los días, conscientes o sin saberlo, por ello el soliloquio se dio en el teatro como una manera no solo de reflexionar del personaje sino de hablar consigo mismo, que no es lo mismo. Uno de los más célebres soliloquios es el de Hamlet, aunque ya los griegos habían charlado por dentro pero en hexámetros. Fue en la presidencia del gerente de Cocacola, Vicente Fox, cuando se abrió este programa, y durante la regencia cultural de Sari Bermúdez que se logró la primera comunidad de los estados para el proyecto que a dos décadas de aquel día sigue vivo. Porque en términos natales fue un sietemesino en el sentido de que era muy costoso hacer giras nacionales con grupos numerosos y se dio el monólogo como una forma de salvar a la criatura formando un circuito nacional que tuvo su gloria cuando el Teatro Escolar se hizo por un año, ¿o fueron dos?, en todos los estados de la República Mexicana. Pero ese es otro cantar.
Por lo pronto pongan en su agenda que del 26 al 28 de febrero quien quiera puede asistir a la la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM para debatir sobre la expansión, la transversalidad y la liminidad del teatro de nuestros días desde un enfoque multidisciplinario. Y si ya andan por ahí, el 27 también se presenta en la misma facultad el libro de Rodolfo Obregón: Mirar y reconocer: Prácticas documentales en la escena mexicana, del que hablaré en cuanto lo haya leído.



















































El primer acierto de esa presentación es conocer a uno de los narradores búlgaros que ha reorientado, según Wikipedia, la literatura de su país hacia la valoración del pasado como una forma de tener control sobre el futuro. Entre los países balcánicos que estuvieron bajo el dominio soviético Bulgaria fue de los más aislados del mundo y solo los especialistas conocían su literatura. Gospodinov fue uno de los hombres de tinta que rompió aquella cortina de hielo y les dijo a sus vecinos que Bulgaria también es Europa. Al día sus libros han sido traducidos a 25 idiomas y sus novelas han merecidos premios nacionales e internacionales de relevancia.




Naturalmente armaron aquel artefacto escénico con vivencias individuales que trasladaron al escenario como un soliloquio corporal que en conjunto formó una poderosa manifestación colectiva de una identidad que hoy sopla en las capitales del mundo con un empuje ciclónico. Hace medio siglo esa identidad estaba oculta entre las capas del patriarcado que constituían la estructura del poder establecido. De ahí que ahora me parezca admirable aquel coro de solistas que alzó literalmente la voz en un tiempo en el que solo hablaban los señores.

















En México tuvimos a uno de los pocos alumnos directos de la Escuela de Arte de Moscú que salió al extranjero, el intenso maestro Seki Sano que presumía de haber tenido al menos cinco mil alumnos en México y Colombia, adonde fue expulsado por haber dicho públicamente que doña Teresa Montoya, la máxima diva del medio siglo XX mexicano, era una cacatúa que gritaba como desenfrenada y el teatro que hacía, un melodrama inmundo. El caso es que todos los que eran algo en el “teatro de ideas”, como se decía entonces en el México de fines de los 50 y 60, fueron alumnos de Seki.








