Extractos de conferencias leídas en el marco de los 100 años de Jaime Sabines durante marzo y abril 2026.
Estamos conmemorando los 100 años del nacimiento de Jaime Sabines, el poeta que, se ha convertido en el autor más leído; aquel de quien muchos conocemos sus versos de memoria. ¿Quién no ha dicho: «Los amorosos callan», o «Yo no lo sé de cierto, lo supongo»?
Fue un escritor que logró penetrar a través de su obra en el gusto de miles de personas en México y el extranjero. Porque los lectores de Sabines van más allá de nuestras fronteras: existen antologías de su obra en distintas lenguas como inglés, francés, alemán, italiano, chino, japonés o árabe, el idioma que hablaba de niño su padre, el Mayor Sabines.
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Me refiero, particularmente, a la antología que apareció tras su muerte, traducida por el poeta libanés Afif Albert Kaissar, de la cual su traductor ha dicho recientemente: «Mi interés por traducir a Sabines no fue solo por su origen libanés, sino porque encontré en él la sabiduría de lo sencillo». Sin embargo, esa aparente sencillez fue uno de los principales retos al llevar su poesía al árabe. Kaissar explicó: «»Me encanta Dios» no pude traducirlo al árabe clásico, como los otros poemas». A diferencia de otras lenguas, el árabe presenta una división entre el registro clásico —usado en contextos formales— y el coloquial, que varía según la región. «Si lo traducía al clásico, había palabras que se perderían totalmente, así que lo traduje al coloquial libanés».
Incluso hay poemas/libros emblemáticos como Algo sobre la muerte del mayor Sabines o Tarumba que vuelven a versificarse constantemente.
Jaime Sabines sigue siendo un poeta de todos. Basta recorrer hoy las redes sociales —Facebook, Instagram, X o TikTok— para encontrar su nombre multiplicado en voces de personajes anónimos: lectores jóvenes, o no tan jóvenes, que descubren en sus versos el arrebato del amor, el consuelo ante la pérdida o la intensidad misma de sobrevivir.
Desde que publiqué en 2012 mi libro Jaime Sabines. Apuntes para una biografía —resultado de casi diez años de conversaciones con el poeta, sostenidas entre 1988 y 1999—, he seguido con atención sus huellas con la intención de comprender más profundamente la raíz de sus palabras y el difícil arte de su sencillez.
Sabines y su obra son una mezcla entre el cedro del Líbano y el robledal de Chiapas. En esta imagen está cifrada la identidad profunda del poeta: la raíz oriental que le heredó la sangre de su padre y la fuerza terrestre de su voz a través de los cuidados de su madre, doña Luz. De esa confluencia nace su poesía.
Cito un fragmento de lo que Jaime me contó para mi libro:
«Siempre he pensado que mi infancia y mi juventud me influyeron en ese ambiente de libertad y de naturaleza maravillosas que hay en Chiapas, donde sobra la luz. Es decir, me dieron carne y sustancia, aunque en mi poesía nunca he hablado de Chiapas; pero sí fue determinante en mí. No soy un poeta bucólico ni paisajista, ni he hablado de la selva ni de los ríos de Chiapas, como Carlos Pellicer sí lo hizo con Tabasco».
Solamente hay un poema donde la naturaleza es el tema central, se llama «Las montañas». En la finca de Orencio López, llamada El Carmen, en el municipio de Ixhuatán, Chiapas —dice el poema— es donde Sabines conoció las montañas: «Aquí Dios se detuvo, se detiene, se abstiene de sí mismo, se complace».
Sobre su libro Adán y Eva, el poeta contaba:
«Ellos se encuentran en el paraíso; no hay una influencia directa de la tierra ni de la naturaleza de Chiapas. El poema habla del paraíso y de las cosas que hay en él: el mar, el aire, los árboles, las estrellas… La formación del medio ambiente que rodea a Adán y Eva. Es un poema que, al leerlo, da una sensación de tranquilidad, como debió haber sido su mundo, ¿verdad? Ellos jamás tuvieron celos; no había un tercero, ni hombre ni mujer, que se metiera en sus vidas».
La primera edición de mi libro, publicada por Coneculta, se presentó en 2013 en el Líbano, la tierra desde la cual el Mayor Sabines partió hacia América alrededor de 1902. En este volumen se incluyen fotografías y documentos del archivo de la familia Sabines Rodríguez que confirman su participación en la Revolución Mexicana. La presentación fue organizada por Jaime García Amaral, entonces embajador de México en Líbano, quien junto con el Instituto Cervantes de Beirut reunió a un grupo de lectores e hispanistas. Entre ellos se encontraba el estudioso Antoine S. Khater, quien me dijo: «Sabines parece un poeta que nunca hubiera salido de Líbano».
Aquellas palabras confirmaban algo que el propio Jaime sabía:
«Fue mi padre quien me enseñó la profundidad de la literatura árabe. Sabía de memoria las historias de Las mil y una noches o Las aventuras de Antar. De igual modo, me repetía enseñanzas espirituales y filosóficas de la Biblia: poesía pura que no seduce los oídos, sino el alma. En la secundaria y la preparatoria leí muchísimo; acudí a infinidad de libros, pero la influencia mayor fue a través de mi padre. Su conocimiento de la literatura oriental me ayudó a llegar a las raíces de todo. Soy, al mismo tiempo, un poeta oriental y occidental, porque mi poesía intenta hacer confluir la mística con el razonamiento contemporáneo».
Con los años, Jaime siguió interesado en la literatura que le había descubierto su padre. Así llegó a Tagore, el primer no europeo en ganar el Premio Nobel. Tagore fue uno de sus grandes maestros: lo fascinaba por su sinceridad y su ternura. Sabines aspiraba a esa profundidad de la poesía oriental; lograrla fue su meta. Me encanta la literatura árabe. Creo que es muy diferente a la occidental; ellos son más sueltos, más profundos, más líricos, ven el mundo con ojos más generosos, más transparentes”.
Pero tambén sabía que en una parte recóndita, y cito: « toda la literatura árabe y mi descendencia paterna marcaron mi visión fatalista de que el hombre, cuando habla de libertad, no es más que un muñeco manejado por la vida (…)
»
Alguna vez fue invitado al Líbano, pero tuvo que declinar porque temía encontrar un país muy diferente al que recordaba su padre: «Yo soñaba con conocer la tierra de mis ancestros, pero luego ya no me dieron ganas de ver un Líbano destrozado por las luchas intestinas», dijo entonces, con una vigencia que duele hoy mismo.
¿Pero quién fue este poeta que, a cien años de su nacimiento, sigue atrayendo a multitudes? Jaime Sabines Gutiérrez nació en la primavera de 1926, un 25 de marzo, en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. Fue hijo de Julio Sabines, quien llegó a América siendo un niño desde Saghbine, una aldea en el distrito de Beqaa Occidental, en la frontera de Líbano con Siria. Aquel hombre ingresó al ejército mexicano y en 1914 llegó a Chiapas como capitán de las tropas de Venustiano Carranza, alcanzando el grado de Mayor.
Su madre, Luz Gutiérrez, pertenecía a la aristocracia chiapaneca, sabía tocar piano y violín; a su hermana, la Tía Chofi, contaba el poeta, la bañaban con leche de burra para conservar su cutis blanco y terso. Su familia, de hacendados, lo perdió todo con la Revolución. Un tío abuelo de ella, Joaquín Miguel Gutiérrez, fue gobernador del estado, y es por él que la ciudad de Tuxtla lleva el apellido Gutiérrez.
Jaime fue el menor de tres hermanos: Juan, Jorge y él.
Muchas noches de su niñez, el Mayor le contaba las historias de Las mil y una noches.
De su padre escribió para el libro: De Líbano a México. Crónica de un pueblo emigrante: (Mi padre) Decía que el cedro no era nada más una madera preciosa, era una preciosa sombra, un techo para los juegos de los niños, un regazo para el adolescente que piensa. Traía la harina y el horno, la semilla y la flor del Líbano. Aquí encontró el dolor, la nostalgia, los sueños. Se hizo hombre comose hace una espada, a fuerza de golpes: el señor de la vida es un herrero. Aquí encontró mujer. La cuidó y la amó, fue amado. Anticipó el paraísoen el lecho nupcial. Recibió el regalo de los hijos y construyó su casa.
Sacó agua del pozo y cultivó la tierra. El señor de la vida es sembrador y es albañil y es carpintero.
Fue agredido por el desprecio y la soberbia de los tontos. Pero no alimentó
rencor ni odio. Puso a crecer su corazón y creció limpio. Se llamó resistencia.
Adoptó a este país como adoptar a un padre, como escoger a una familia, como optar por un lugar donde vivir y donde quedar muerto.
Su interés por la poesía también llegó por su madre, quien le hacía recitar. Jaime sabía de memoria El declamador sin maestro y devoró a autores como Víctor Hugo, Tolstoi, Dostoievski, Balzac, Dumas. En 1945, cambió Tuxtla por la «hostil» Ciudad de México para estudiar Medicina. Tres años de angustia le bastaron para comprender que esa no era su vocación. En ese tiempo de soledad, leyó desesperadamente a Lorca, Machado, Neruda, Whitman y Vallejo. Allí, la Biblia se convirtió en su libro de cabecera.
En ese tiempo de soledad pudo leer y escribir desesperadamente. Aparecieron autores como James Joyce, Aldous Huxley, Friedrich Nietzsche, Cesar Vallejo, Baudelaire, Omar Khayyám y Tagore… Sabines dijo que en esos años de sufrimiento y soledad se hizo poeta
Volvió a Tuxtla para ver a su familia y le confeso a su padre que terminaría la carrera de medicina, pero nunca la ejercería. Entonces el mayor Sabines le dijo que estudiara lo que él quisiera, pero estudiara.
En 1949, regresó a la capital para estudiar Lengua y Literatura Castellana en la Facultad de Filosofía y Letras, en el legendario edificio de Mascarones. En aquellas madrugadas de café, cigarros Delicados y música de Bach, escribió «Los amorosos», donde ya aparecían sus grandes temas: la soledad, el amor y la muerte. Así nació Horal (con «H», como los libros de horas medievales), publicado en 1950 cuando apenas tenía 23 años.
Pero hay que hablar también de la presencia de Dios en su obra. Sabines tuvo la audacia de bajar a la divinidad de los altares para meterla en la cocina y la taberna. Para él, Dios no es un juez distante, sino un acompañante de la soledad; un ser al que se le habla de «tú», al que se le reclama y al que, a veces, se le compadece. Introducir a Dios no fue un acto de fe, sino de compañía.
En 1952, durante una estancia en Tuxtla, su padre sufre un accidente y esto lo obligó a quedarse… meses después decide casarse con Josefa Rodríguez, «Chepita», su novia desde la preparatoria. Se hace cargo de «El Modelo», una tienda de telas que era de su hermano Juan. Tras ese mostrador, con la noticia del pronto nacimiento de su primer hijo, escribe su poema: Tarumba (1956), del que decía era «un canto a la sobrevivencia», uno de sus libros cruciales… el grito del hombre cercado; es ese ‘otro’ al que le habla, no un personaje literario, sino el único testigo de su resistencia.
Fueron siete años tras el mostrador y un largo aprendizaje de humildad. Sabines tuvo que desprenderse de la soberbia del poeta joven que se cree un ser sagrado o privilegiado para aceptar que, antes que nada, era un hombre común que barría la calle y atendía a la clientela. Detrás de ese mostrador, sin embargo, encontró una libertad inesperada al no tener que hacer literatura por obligación.
En 1959 vendieron la tienda de ropa y toda la familia, con sus padres, se mudó definitivamente a la Ciudad de México. Casi de inmediato, Jaime comenzó a trabajar con su hermano Juan en una fábrica de alimento para animales. En medio de este cambio de vida, el Ateneo de Ciencias y Artes de Chiapas le otorgó el Premio Chiapas, un reconocimiento que fue a recibir en abril de 1960. A este le seguirían más de una decena de reconocimientos, entre ellos el Premio Xavier Villaurrutia y el Nacional de Ciencias y Artes (1983). Sabines dijo que la poesía para él, más que una vocación, fue un destino que lo atrapó para siempre.
En esos años, Sabines recorría la ciudad con su camión repartiendo alimentos, de establo en establo, actividad que lo acompañará durante más de dos décadas. Por ese tiempo su padre enferma de cáncer y el poeta, como una imposición natural ante el dolor y la cercanía de la muerte, comienza a escribir los versos que se han convertido en uno de sus más importantes poemas: Algo sobre la muerte del Mayor Sabines. El 30 de octubre su padre fallece y Sabines abandona el poema… Pero en 1964, la imposición del tema de la muerte lo obliga a escribir la segunda parte, que se publica hasta 1973.
Entonces combina su vida entre su rancho de Yuria en Chiapas y la Ciudad de México; entra por dos periodos cortos a la política como diputado, pero no es un político… Sabines sabe entonces que al escribir y publicar —y cito mi libro—: “Existen dos alegrías: la del momento en que se escribe un poema, cuando se sabe que es un buen poema y nadie te ve, y puedes ponerte a bailar a solas en tu cuarto por el gusto de haberlo escrito; y la otra alegría es saber que te leyeron, porque de algún modo uno está buscando el amor de las gentes”.
Desde sus inicios fue un autor universal. Ya en 1977 se tradujo Tarumba, en una edición a cargo de Philip Levine y Ernesto Trejo. La editorial alemana Vervuert publicó en 1987 una antología que en ese idioma llevaba el nombre de su poema “Tu cuerpo está a mi lado”.
En la última década de su vida aparecieron también versiones al inglés y al francés con la colaboración de poetas-traductores como Jean-Clarence Lambert y W. S. Merwin, ambos también traductores y amigos de Octavio Paz.
Además, existen otras versiones en francés para Quebec, Canadá, como la realizada por Émile Martel en Les Écrits des Forges, y las recientes de Colin Carberry, un canadiense de origen irlandés que vive en México y lleva años traduciendo toda la obra de Sabines.
El pasado 29 de marzo en el homenaje que se le realizó en el Palacio de Bellas Artes, que fue en la sala Manuel M. Ponce, con e 245 butacas, y que desde 15 minutos antes de la hora estaba llena y muchas personas ya no pudieron entrar, en su ponencia el escritor, poeta, diplomático y fundador de la organización ecologista Grupo de los Cien, Homero Aridjis, recordó el Festival de Poesía de la Ciudad de México, que organizó en agosto de 1987 en el Teatro de la ciudad, en el que participaron 22 poetas extranjeros procedentes de 19 países, y 17 poetas mexicanos, entre los que figuraron Octavio Paz y Jaime Sabines.
Y cito a Aridjis:
«Allí Paz leyó dos largos poemas “Pilares” y “Carta de Creencia” de Árbol Adentro, su libro de poesía que saldría en octubre de ese año».
Dijo que Paz terminó con estos versos:
Tal vez amar es aprender
a caminar por este mundo.
Aprender a quedarnos quietos
como el tilo y la encina de la fábula.
Aprender a mirar.
Tu mirada es sembradora.
Plantó un árbol.
Yo hablo
porque tú meces los follajes.
Y continuó: «La lectura de Paz fue recibida con aplausos.
Cuando vino el turno de Sabines, apenas enunció “Los amorosos callan”, el público empezó a corear con él, porque se sabía el poema de memoria:
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable…
Siguió con “Te desnudas igual”, “Los he visto en el cine”, “Tu cuerpo está a mi lado”, “Me tienes en tus manos”, “No es que muera de amor”, “He aquí que está sola”, “Me doy cuenta de que me faltas”, “No es nada de tu cuerpo”, y “En la boca del incendio”… Para terminar su lectura con “Amor mío”… la gente acompañándolo, recitando.
Te quiero desde el poste de la esquina,
Desde la alfombra de ese cuarto a solas,
en las sábanas tibias de tu cuerpo
donde se duerme un agua de amapolas.
Cabellera del aire desvelado,
río de noche, platanar oscuro,
colmena ciega, amor desenterrado,
voy a seguir tus pasos hacia arriba,
de tus pies a tu muslo y tu costado.
Y explotó el teatro con emoción.
Terminada la sesión, Octavio Paz, visiblemente molesto, vino conmigo para preguntar: “¿Quién le paga a la gente para aplaudir a Sabines? ¿No será el Gordo Pesqueira?, se refería a Eduardo Pesqueira Olea, el secretario de Agricultura y Recursos Hidráulicos de 1984 a 1988.
Le dije, Octavio, nadie le paga al público para que le aplauda a Sabines, no es el tipo de público que asiste a los festivales de poesía».
En noviembre de 1989, durante un viaje a Chiapas, resbala en un pequeño escalón y se fractura el fémur de la pierna izquierda. A partir de entonces la enfermedad comienza a golpear su cuerpo, que sufrió más de 40 operaciones.
Hace unos años, su hijo mayor, Julio Sabines Rodríguez, contó una pregunta que le hizo a su padre: ¿por qué la mayor parte de su poesía estaba escrita en primera persona? Entonces el poeta le respondió: “Esa fue una decisión muy consciente desde que comencé a escribir poesía. Es una manera de favorecer la comunicación con el lector”. Aquella apuesta literaria —dijo Julio Sabines— la sigue ganando Jaime Sabines.
El viernes 19 de marzo de 1999 murió Jaime Sabines, víctima «del Príncipe Cáncer». Murió en su casa, al sur de la Ciudad de México, bajo los cuidados de su familia… Antes de morir, ya sin hablar, sus ojos verde-azules se quedaron mirando a través de la ventana de su habitación: al otro lado, una buganvilia comenzaba a florecer tras la cercanía de la primavera.
Seis días después el poeta habría cumplido 73 años.
El autor de el Recuento de poemas es hoy aquello que solo el tiempo consagra: un poeta universal, un clásico vivo en la memoria de sus lectores, en la página y en el libro, en la literatura y en la respiración misma de la lengua. Jaime Sabines pertenece ya a esa rara estirpe de poetas que trascienden su país y su tiempo.
Como decía su paisano, el escritor Eraclio Zepeda: “La semilla de tu nombre, Jaime Sabines, ha congregado a los lectores; una de las grandes virtudes que tiene tu nombre es que, como una campana, reúne a la gente a la enorme ceiba que eres. Tú, Jaime, eres un poeta que nace una vez cada quinientos años. Dentro de 500 años, cuando nadie recuerde a los pequeños hombres que hoy son importantes en el mundo, dos jóvenes amantes, tomados de la mano, entrarán a una librería a comprar tu libro y serás tan joven como ellos”.