En los años 80 una fotógrafa (Lourdes Grobet), una cantante (Margie Bermejo), una investigadora de la danza (Patricia Cardona), una escritora (Ethel Krauze) y una actriz (Ariela Ashwell), montaron en Casa del Lago De mugir a mujer, un espectáculo multidisciplinario que en el nombre tenía su propia declaración de principios, para exponer desde la feminidad, aunque no desde el feminismo, su condición de mujeres dedicadas al artificio artístico en un ámbito dominado notoriamente por los masculinos.
Naturalmente armaron aquel artefacto escénico con vivencias individuales que trasladaron al escenario como un soliloquio corporal que en conjunto formó una poderosa manifestación colectiva de una identidad que hoy sopla en las capitales del mundo con un empuje ciclónico. Hace medio siglo esa identidad estaba oculta entre las capas del patriarcado que constituían la estructura del poder establecido. De ahí que ahora me parezca admirable aquel coro de solistas que alzó literalmente la voz en un tiempo en el que solo hablaban los señores.
En esos ayeres era notorio que las feministas estaban casadas o vivían en pareja con machos de pelo en pecho que llegaban al maltrato físico que acompaña el tormento psicológico. Incluso los próceres que estaban iniciando la formación del Partido del Trabajo, antecedente del PRD, trataban a las mujeres como Adelitas y los líos de faldas con la mujer ajena provocó más peleas entre camaradas que las históricas escisiones de la izquierda mexicana.
Lo valioso de aquella experiencia fue que el discurso artístico era político de la mejor manera; evitándolo. Al concentrarse en buscar los resortes internos de su identidad personal descubrieron que el machismo no era el unico obstáculo de su redención femenina. El patriarcado era el muro, y uno tan denso y duro que no había que tirarse de cabeza sobre del sino darle la vuelta. Así, la acción artística no se contaminó ni con la ideología ni con la denuncia feminista porque cada una de esas mujeres se ocupó de mostrar, fundamentalmente, el efecto del quehacer artístico en su vida, y esa conmoción superaba con creces el conflicto con el sexo opuesto, sin evitarlo pero ya no desde la inferioridad del sujetado sino a la par del sujetador porque ahora confirmaban que al igual que sus machos ellas también utilizaban la realidad para sacarle un conejo de la chistera.
El espectáculo fue celebrado por esa minoría de minorías que asistía la minúsculo foro de La Casa del Lago, y quedó como otra de las manifestaciones “extrañas” de aquel refugio de la vanguardia escénica. Pero es el tiempo el que me permite observar ahí el inicio de una toma de conciencia entre las mujeres de los diversos gremios artísticos que sólo nominalmente forman la comunidad artística. Porque abusamos de los términos, como nos excedemos con la corrección política. Como el espacio se acaba los remito a la serie hispano-argentina, Las Bellas Artes, del 2024, en la que los hermanos Gastón y Andrés Duprat ironizan hasta la carcajada no sólo respecto a las formas del lenguaje inclusivo, la diversidad de géneros y la corrección política en el arte, sino dejan en claro la superficialidad y la inconsistencia de una tendencia que noble en sus fines utiliza medios deleznables por contradictorios e ineficaces.
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Dirán ustedes; ¿Qué le pasa a de Ita que comienza el año 2025, hablando de una obra de hace 45 años? Bueno, si prefieren el triunfalismo centralista, consulten el diario La Jornada del 30 de diciembre del 2024 donde se afirma en el encabezado de la sección cultural que el teatro se consolido el año pasado como motor del cambio social. Como pruebas da una lista de obras públicas y privadas de la ciudad de México porque el teatro de los estados no existe. Frente a eso, mejor recordar un tiempo en el que el teatro fue escrito en el cuerpo de cinco mujeres tan libres, tan ellas mismas que aún las veo desnudarse en el escenario.






El Museo del Prado cerró 2024 como el mejor año de su historia, con cerca de tres millones y medio de visitantes, nuevo récord que supera el anterior que se logró en 2023.
Además ha renovado sus salas. Las colecciones escultóricas del Museo del Prado cuentan con las más excepcionales representaciones de escultura renacentista en bronce y mármol que saliera de los talleres de Leone (1509-1590) y Pompeo Leoni (h. 1533-1608), afamados escultores milaneses que trabajaron para la Corte española. Se trata de uno de los grupos más icónicos del panorama artístico del aquel momento. La alta calidad técnica y formal de diversos retratos de la familia del emperador Carlos V se sitúa en uno de los estadios más elevados de excelencia artística de lo que se estaba llevando a cabo en la escultura europea del siglo XVI. 


























La artista perteneció a un importante linaje de militares y de los llamados caballeros de leyes, que estuvieron muy unidos a la realeza española, muchos de ellos ejerciendo como consejeros de derecho de la Casa Real.
Los cuadros de Elena Verdes Montenegro que estarán exhibiéndose hasta el mes de abril en el Colegio de San Ildefonso, serán posteriormente donados a las autoridades del Museo Bellas Artes Gravina (MUBAG) en Alicante, su lugar de origen, en donde recuerdan con mucho cariño a la pintora hispana-mexicana.



En México tuvimos a uno de los pocos alumnos directos de la Escuela de Arte de Moscú que salió al extranjero, el intenso maestro Seki Sano que presumía de haber tenido al menos cinco mil alumnos en México y Colombia, adonde fue expulsado por haber dicho públicamente que doña Teresa Montoya, la máxima diva del medio siglo XX mexicano, era una cacatúa que gritaba como desenfrenada y el teatro que hacía, un melodrama inmundo. El caso es que todos los que eran algo en el “teatro de ideas”, como se decía entonces en el México de fines de los 50 y 60, fueron alumnos de Seki.





